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LA
JIRIBILLA Existen
algunos antecedentes al éxito recientemente
conquistado por el Ballet Nacional de Cuba durante su
gira por los Estados Unidos. Pero de acuerdo con las
opiniones vertidas por algunos de los más importantes
periódicos norteamericanos, las actuaciones de nuestra
principal compañía de danza parecen marcar un nuevo
hito en la apreciación del mejor arte cubano al
exterior de la Isla. En el extremo oeste, la gira tocó San Francisco y
Los Ángeles, dos de las metrópolis culturales más
importantes. En el Zellerbach Hall, de San Francisco,
fue mostrada la versión cubana de Coppelia,
catalogada por el San Francisco Chronicle, como “una
de las más dulces sorpresas de la historia: una puesta
en escena de la gran obra francesa basada en un cuento
alemán, hasta ahora más conocida a través de las
interpretaciones rusas, ha llegado a nosotros en la
perfecta y espectacular
recreación hecha por la bailarina cubana. Hubo
en la función verdadera comedia, con el público
aplaudiendo largamente una de las más pantomimas más
picarescamente divertidas en todo el ballet. Apreciamos
también el alto voltaje de virtuosismo cubano con una
majestuosidad que detuvo los corazones de tal forma que
nos hizo creer que la danza no tiene límites”. Más adelante, el cronista se detiene en toda suerte
de elogios a las principales figuras del Ballet, por
cierto, casi todos muy jóvenes: “La mayoría de los
aquí presentes constituyen la nueva generación de
bailarines cubanos ya listos para continuar la tradición
de la Alonso. Lorna Feijóo encarnó el viernes en la
noche la picante Swanilda con unos pies perfectos; su
partenaire Joel Carreño interpretó con precocidad a
Franz. El sábado
Viengsay Valdés fue totalmente adorable con su
Swanilda, idealmente empastada con Víctor Gilí, quien
acababa de representar al más sensual y encantador
Franz desde los días gloriosos de Ivan Nagy”. Epítetos
todos que a alguien pudieran sonarle a exageración
periodística, si en otras ciudades no se hubieran
repetido iguales o mayores superlativos, casi todos
acentuando que no se trataba solamente de la complejidad
clásica brillantemente asumida, sino de interpretarla
humanamente, hasta hacerle creer al público en el poder
de la danza para reafirmar lo mejor que hay en todos y
cada uno de los espectadores. Muy cerca de San Francisco, se encuentra la ciudad de
Sacramento, cuya prensa insistió, como inevitable
estribillo en la precisión, el balance y la
profesionalidad que distinguieron al Ballet Nacional de
Cuba en fragmentos de El lago de los cisnes, Giselle,
Coppelia y Don Quijote, durante la
apertura de la temporada de conciertos en el Community
Center Theatre. El periódico Sacramento Bee dedicó un
aparte al fragmento de El lago...: “Galina Álvarez
como Odette, el cisne bueno, bailó tan delicadamente
que parecía como si fuera a quebrarse y hacerse añicos
sobre el escenario, o como si un tenue ruido intentara
quebrar su encanto. La delicadeza necesita mayor fuerza
y concentración que la grandilocuencia en muchos casos,
especialmente en este ballet”. Cuando actuaron en el Orange Performing Arts Center,
de Los Ángeles, también con fragmentos de los más
populares ballets clásicos del siglo XIX, ya venían
precedidos del ruido de los aplausos en las funciones
anteriores. Lewis Segal, en Los Ángeles Times, no
escatimó adejtivos ante la actuaciones de Víctor Gilí
y Viengsay Valdés: “...inició
la función en escenas del segundo acto de Giselle como
un Albrecht noble, apoyado en sus habilidades de buen
partner para hacer que Galina Álvarez pareciera flotar
en el aire, al tiempo que la actuación de éste hizo más
creíble la angustia del amor de la pareja más allá de
la muerte. Más tarde, Gilí conquistó el corazón del
público al olvidar la nobleza y convertirse en un Franz
irresistiblemente presuntuoso en el pas de deux
del tercer acto de Coppelia, junto a una
asombrosa Viengsay Valdés. Con los prolongados balances
de ella y las elegantes cargadas de él, ambos artistas
mostraron sólo una faceta de su complejo baile y del
colosal encanto
con que supieron interpretar su fragmento”. El mismo
periodista, cuando pudo apreciar la versión íntegra de
Coppelia, sentenció rotundo que esta versión
cubana del clásico: “ha mantenido la historia
original extraordinariamente alegre y probó una vez más
que tanto en el dominio técnico como en espíritu los
bailarines de la Alonso están a la altura de cualquier
bailarín norteamericano¨, criterio realmente
arriesgado pero contundente cuando lo emite una voz
autorizada. Pero no se detuvo ahí el exigente crítico:
“La noche fue de Lorna Feijóo y Oscar Torrado,
respectivamente Swanilda y Franz, matizados por una
insuperable química sensual junto a una instintiva
relación en la pareja de baile. La Feijóo interpretó
el rol con dificultad, aunque ejecutó eficientemente la
pantomima y basó su triunfo en la complejidad técnica
de su baile y en su ligera velocidad, alcanzando una
perfecta fusión de alegre viveza y perspicacia en el
ataque con el baile de la muñeca y el solo de la danza
escocesa del segundo acto”. Después
de conquistar el oeste, el Ballet Nacional tocó el
centro, colidante con los Grandes Lagos. En el Northrop
Auditórium, de Minneapolis, volvieron a presentar la
media docena de fragmentos de ballets clásicos, ante
los cuales el Star Tribune publicó que volvía a verse
una compañía meticulosamente entrenada, ofreciendo un
arte para todos los gustos, danza llena de romanticismo,
magnificencia, ingeniosidad y bravura.
Ya
en noviembre, arribaron la embajada artística cubana a
las grandes urbes del este, incluidas, por supuesto,
Nueva York y Washington. En La Gran Manzana hicieron
escala en el City Center, para presentar el programa
concierto La Magia de la Alonso, integrado por pasajes
de ballets famosos coreografiados por la genial
ballerina cubana. Philip Anson los llamó el Bolshoi del
Caribe pero de todas formas inició su reseña con
cierto recelo: “Al principio, el reducido cuerpo de
baile de 16 bailarinas parecía insuficiente para
deslumbrar al auditorio del City Center, sin embargo a
medida que uno se acostumbraba al tamaño del coliseo y
de la compañía, la velada se transformó en puro
encanto. El espectáculo alcanzó su clímax con la
entrada de la polonesa en la escena de la boda del
tercer acto de La bella durmiente del bosque (de
la Alonso según la original de Petipa) y la entrada de
Oscar Torrado (Príncipe Desiré) y Lorna Feijóo
(Princesa Aurora), quienes en una elegante y atractiva
pareja encarnaron convincentemente los glamorosos
personajes de la obra. Torrado se destaca sobre todo por
sus largas piernas y noble porte. La Feijoo, con sus
potentes piernas, ejecutó con extraordinaria rapidez
los pasos, los fouettés y realizaba las terminaciones
con mucha seguridad. Sus tres perfectas ejecuciones del
“fish” en los hábiles brazos de Torrado
dejaron al público boquiabierto. El bailarín estrella
de la función fue el joven Joel Carreño (21 años),
hermano de José Manuel Carreño, primera figura del
American Ballet Theater. Joel dominó la escena en
fragmentos de los actos primero y tercero de Don
Quijote (Alonso según la original de Petipa y
Gorsky). En el pas de deux del tercer acto, como
el barbero Basilio, este geniecillo a semejanza de
Nijinski logró ejecutar con éxito conmovedoras
interpretaciones, las cuales incluyeron saltos hacia atrás
y vertiginosos giros que dejó al público delirante de
emoción (especialmente el club de admiradores que
vociferaba desde el balcón). El diario The Los
Angeles Times ha destacado: Todo un especialista
en combinar asombrosos giros, las piernas de Joel Carreño
brillaron por el aire como nadie lo ha hecho desde los
tiempos de Fernando Bujones, y su energía como
actor/bailarín nunca se apaga´. Alihaydée Carreño,
su prima, en el papel de Kitri fue muy virtuosa”. En
otro de los momentos más emocionados de su relato,
cuenta Anson: “La Alonso se unió a la compañía en
los saludos finales. La gran dama de 79 años, pasada de
peso, con artritis y con problemas de la vista, sonreía
al público que puesto de pie la ovacionaba. Para el público
entendido, fue una función colmada de una conmovedora
danza, a pesar de la modesta producción presentada
(diseños en una sola dimensión, desgastado vestuario,
y viejas pelucas) y de la música grabada pésimamente
tocada por la Orquesta Sinfónica del Gran Teatro de La
Habana. Por supuesto, el bloqueo de los Estados Unidos
es el causante de la pobreza que vive Cuba y de la falta
de recursos en sus producciones de ballet. El hecho de
que Cuba pueda aún formar alegres y excelentes
bailarines constituye sólo una prueba de lo estúpido
que resulta mantener el bloqueo a la Isla. Como dijera
el año pasado el The New York Times en un artículo
sobre el ballet en Cuba ´los recursos faltan pero el
espíritu humano es inagotable´. El arte lo conquista
todo”. Aunque no fueran tan categórico ni sinceros,
el Newsday y The New York Times también se deshicieron
en elogios que no incluimos en este resumen para no
hacerlo demasiado retirativo. Finalmente,
el Kennedy Center, de Washington acogió a los cubanos
después de 22 años de ausencia en esa plaza. El Ballet
Nacional de Cuba preserva en perfecto estado su Giselle,
fue el titular del periódico The Washington Post para
una crítica de Sarah Kaufman en la que se subraya el
concepto de estilo sostenido por la compañía cubana,
además de la consistencia estética, el cuidado en los
detalles históricos de la pieza y la precisión técnica
de los bailarines. Más adelante la crítica especifica:
“Ninguno de los primeros bailarines que bailaron el
martes nos decepcionó: Lorna Feijóo en el rol titular;
Óscar Torrado como Albrecht, el duque que se hace pasar
por un aldeano para conquistar su amor. Indudablemente,
la profundidad dramática de la Feijóo, su
vulnerabilidad, su ardor, y su aparente naturalidad en
la caracterización del personaje, la convirtieron en la
perfecta Giselle que se pudiera desear, en una Amanda
McKerrow de cabellos negros con la fineza técnica que
distingue a las cubanas. (...) La Giselle que
presentó el Ballet Nacional de Cuba pareció como si
una litografía se hubiera iluminado y cobrado vida. No
quiere esto decir que la Giselle de la compañía
esté prisionera de la historia; por el contrario,
constituye un tributo a ésta. Giselle ha ocupado
siempre un lugar especial en el repertorio de la compañía
gracias a la fuerte conexión que une a Alicia Alonso
con el rol titular de esa obra; su interpretación, en
fechas tan lejanas como los años 40, cuando la
bailarina cubana era primera figura de una compañía
que luego se llamó American Ballet Theater, es
considerada una de las más brillantes. En la función
del martes quedó demostrada una poco común y unificada
profundidad de sentimiento y comprensión de dicha
obra”. En
pocas palabras: un aplauso rotundo, de costa a costa,
reflejado por los críticos más exigentes y tanto por
el público conocedor como por el masivo. Habrá
excelencia en el Ballet Nacional de Cuba por muchos años.
Le toca a los norteamericanos elegir si se quedan
boquiabiertos de la sorpresa con cada nueva presentación
en su patio, o reconocer de una buena vez que la pequeña
Isla vecina ha logrado crear y mantener una de las
mejores compañías de su género en el mundo. Ahora, de
momento, parecen haberlo reconocido, hace falta que no
lo olviden de nuevo. |
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