LA JIRIBILLA
APLAUSO DE COSTA A COSTA
BALLET NACIONAL DE CUBA EN EE.UU.

Existen algunos antecedentes al éxito recientemente conquistado por el Ballet Nacional de Cuba durante su gira por los Estados Unidos. Pero de acuerdo con las opiniones vertidas por algunos de los más importantes periódicos norteamericanos, las actuaciones de nuestra principal compañía de danza parecen marcar un nuevo hito en la apreciación del mejor arte cubano al exterior de la Isla.

Joel del Río |
La Habana


Es cierto que hay algunos antecedentes al clamoroso éxito recientemente conquistado por el Ballet Nacional de Cuba durante su gira de octubre y noviembre por toda la anchura de los Estados Unidos, desde la costa del Pacífico a la del Atlántico. Pero de acuerdo con las opiniones vertidas por algunos de los más importantes periódicos norteamericanos, las actuaciones de nuestra principal compañía de danza parecen marcar un nuevo hito en la apreciación del mejor arte cubano al exterior de la Isla.

En el extremo oeste, la gira tocó San Francisco y Los Ángeles, dos de las metrópolis culturales más importantes. En el Zellerbach Hall, de San Francisco, fue mostrada la versión cubana de Coppelia, catalogada por el San Francisco Chronicle, como “una de las más dulces sorpresas de la historia: una puesta en escena de la gran obra francesa basada en un cuento alemán, hasta ahora más conocida a través de las interpretaciones rusas, ha llegado a nosotros en la perfecta y espectacular  recreación hecha por la bailarina cubana. Hubo en la función verdadera comedia, con el público aplaudiendo largamente una de las más pantomimas más picarescamente divertidas en todo el ballet. Apreciamos también el alto voltaje de virtuosismo cubano con una majestuosidad que detuvo los corazones de tal forma que nos hizo creer que la danza no tiene límites”.

Más adelante, el cronista se detiene en toda suerte de elogios a las principales figuras del Ballet, por cierto, casi todos muy jóvenes: “La mayoría de los aquí presentes constituyen la nueva generación de bailarines cubanos ya listos para continuar la tradición de la Alonso. Lorna Feijóo encarnó el viernes en la noche la picante Swanilda con unos pies perfectos; su partenaire Joel Carreño interpretó con precocidad a Franz.  El sábado Viengsay Valdés fue totalmente adorable con su Swanilda, idealmente empastada con Víctor Gilí, quien acababa de representar al más sensual y encantador Franz desde los días gloriosos de Ivan Nagy”. Epítetos todos que a alguien pudieran sonarle a exageración periodística, si en otras ciudades no se hubieran repetido iguales o mayores superlativos, casi todos acentuando que no se trataba solamente de la complejidad clásica brillantemente asumida, sino de interpretarla humanamente, hasta hacerle creer al público en el poder de la danza para reafirmar lo mejor que hay en todos y cada uno de los espectadores.

Muy cerca de San Francisco, se encuentra la ciudad de Sacramento, cuya prensa insistió, como inevitable estribillo en la precisión, el balance y la profesionalidad que distinguieron al Ballet Nacional de Cuba en fragmentos de El lago de los cisnes, Giselle, Coppelia y Don Quijote, durante la apertura de la temporada de conciertos en el Community Center Theatre. El periódico Sacramento Bee dedicó un aparte al fragmento de El lago...: “Galina Álvarez como Odette, el cisne bueno, bailó tan delicadamente que parecía como si fuera a quebrarse y hacerse añicos sobre el escenario, o como si un tenue ruido intentara quebrar su encanto. La delicadeza necesita mayor fuerza y concentración que la grandilocuencia en muchos casos, especialmente en este ballet”.

Cuando actuaron en el Orange Performing Arts Center, de Los Ángeles, también con fragmentos de los más populares ballets clásicos del siglo XIX, ya venían precedidos del ruido de los aplausos en las funciones anteriores. Lewis Segal, en Los Ángeles Times, no escatimó adejtivos ante la actuaciones de Víctor Gilí y Viengsay Valdés: “...inició la función en escenas del segundo acto de Giselle como un Albrecht noble, apoyado en sus habilidades de buen partner para hacer que Galina Álvarez pareciera flotar en el aire, al tiempo que la actuación de éste hizo más creíble la angustia del amor de la pareja más allá de la muerte. Más tarde, Gilí conquistó el corazón del público al olvidar la nobleza y convertirse en un Franz irresistiblemente presuntuoso en el pas de deux del tercer acto de Coppelia, junto a una asombrosa Viengsay Valdés. Con los prolongados balances de ella y las elegantes cargadas de él, ambos artistas mostraron sólo una faceta de su complejo baile y del colosal  encanto con que supieron interpretar su fragmento”. El mismo periodista, cuando pudo apreciar la versión íntegra de Coppelia, sentenció rotundo que esta versión cubana del clásico:ha mantenido la historia original extraordinariamente alegre y probó una vez más que tanto en el dominio técnico como en espíritu los bailarines de la Alonso están a la altura de cualquier bailarín norteamericano¨, criterio realmente arriesgado pero contundente cuando lo emite una voz autorizada. Pero no se detuvo ahí el exigente crítico: “La noche fue de Lorna Feijóo y Oscar Torrado, respectivamente Swanilda y Franz, matizados por una insuperable química sensual junto a una instintiva relación en la pareja de baile. La Feijóo interpretó el rol con dificultad, aunque ejecutó eficientemente la pantomima y basó su triunfo en la complejidad técnica de su baile y en su ligera velocidad, alcanzando una perfecta fusión de alegre viveza y perspicacia en el ataque con el baile de la muñeca y el solo de la danza escocesa del segundo acto”.

Después de conquistar el oeste, el Ballet Nacional tocó el centro, colidante con los Grandes Lagos. En el Northrop Auditórium, de Minneapolis, volvieron a presentar la media docena de fragmentos de ballets clásicos, ante los cuales el Star Tribune publicó que volvía a verse una compañía meticulosamente entrenada, ofreciendo un arte para todos los gustos, danza llena de romanticismo, magnificencia, ingeniosidad y bravura. 

Ya en noviembre, arribaron la embajada artística cubana a las grandes urbes del este, incluidas, por supuesto, Nueva York y Washington. En La Gran Manzana hicieron escala en el City Center, para presentar el programa concierto La Magia de la Alonso, integrado por pasajes de ballets famosos coreografiados por la genial ballerina cubana. Philip Anson los llamó el Bolshoi del Caribe pero de todas formas inició su reseña con cierto recelo: “Al principio, el reducido cuerpo de baile de 16 bailarinas parecía insuficiente para deslumbrar al auditorio del City Center, sin embargo a medida que uno se acostumbraba al tamaño del coliseo y de la compañía, la velada se transformó en puro encanto. El espectáculo alcanzó su clímax con la entrada de la polonesa en la escena de la boda del tercer acto de La bella durmiente del bosque (de la Alonso según la original de Petipa) y la entrada de Oscar Torrado (Príncipe Desiré) y Lorna Feijóo (Princesa Aurora), quienes en una elegante y atractiva pareja encarnaron convincentemente los glamorosos personajes de la obra. Torrado se destaca sobre todo por sus largas piernas y noble porte. La Feijoo, con sus potentes piernas, ejecutó con extraordinaria rapidez los pasos, los fouettés y realizaba las terminaciones con mucha seguridad. Sus tres perfectas ejecuciones del “fish” en los hábiles brazos de Torrado dejaron al público boquiabierto. El bailarín estrella de la función fue el joven Joel Carreño (21 años), hermano de José Manuel Carreño, primera figura del American Ballet Theater. Joel dominó la escena en fragmentos de los actos primero y tercero de Don Quijote (Alonso según la original de Petipa y Gorsky). En el pas de deux del tercer acto, como el barbero Basilio, este geniecillo a semejanza de Nijinski logró ejecutar con éxito conmovedoras interpretaciones, las cuales incluyeron saltos hacia atrás y vertiginosos giros que dejó al público delirante de emoción (especialmente el club de admiradores que vociferaba desde el balcón). El diario The Los Angeles Times ha destacado: Todo un especialista en combinar asombrosos giros, las piernas de Joel Carreño brillaron por el aire como nadie lo ha hecho desde los tiempos de Fernando Bujones, y su energía como actor/bailarín nunca se apaga´. Alihaydée Carreño, su prima, en el papel de Kitri fue muy virtuosa”.

En otro de los momentos más emocionados de su relato, cuenta Anson: “La Alonso se unió a la compañía en los saludos finales. La gran dama de 79 años, pasada de peso, con artritis y con problemas de la vista, sonreía al público que puesto de pie la ovacionaba. Para el público entendido, fue una función colmada de una conmovedora danza, a pesar de la modesta producción presentada (diseños en una sola dimensión, desgastado vestuario,  y viejas pelucas) y de la música grabada pésimamente tocada por la Orquesta Sinfónica del Gran Teatro de La Habana. Por supuesto, el bloqueo de los Estados Unidos es el causante de la pobreza que vive Cuba y de la falta de recursos en sus producciones de ballet. El hecho de que Cuba pueda aún formar alegres y excelentes bailarines constituye sólo una prueba de lo estúpido que resulta mantener el bloqueo a la Isla. Como dijera el año pasado el The New York Times en un artículo sobre el ballet en Cuba ´los recursos faltan pero el espíritu humano es inagotable´. El arte lo conquista todo”. Aunque no fueran tan categórico ni sinceros, el Newsday y The New York Times también se deshicieron en elogios que no incluimos en este resumen para no hacerlo demasiado retirativo.

Finalmente, el Kennedy Center, de Washington acogió a los cubanos después de 22 años de ausencia en esa plaza. El Ballet Nacional de Cuba preserva en perfecto estado su Giselle, fue el titular del periódico The Washington Post para una crítica de Sarah Kaufman en la que se subraya el concepto de estilo sostenido por la compañía cubana, además de la consistencia estética, el cuidado en los detalles históricos de la pieza y la precisión técnica de los bailarines. Más adelante la crítica especifica: “Ninguno de los primeros bailarines que bailaron el martes nos decepcionó: Lorna Feijóo en el rol titular; Óscar Torrado como Albrecht, el duque que se hace pasar por un aldeano para conquistar su amor. Indudablemente, la profundidad dramática de la Feijóo, su vulnerabilidad, su ardor, y su aparente naturalidad en la caracterización del personaje, la convirtieron en la perfecta Giselle que se pudiera desear, en una Amanda McKerrow de cabellos negros con la fineza técnica que distingue a las cubanas. (...) La Giselle que presentó el Ballet Nacional de Cuba pareció como si una litografía se hubiera iluminado y cobrado vida. No quiere esto decir que la Giselle de la compañía esté prisionera de la historia; por el contrario, constituye un tributo a ésta. Giselle ha ocupado siempre un lugar especial en el repertorio de la compañía gracias a la fuerte conexión que une a Alicia Alonso con el rol titular de esa obra; su interpretación, en fechas tan lejanas como los años 40, cuando la bailarina cubana era primera figura de una compañía que luego se llamó American Ballet Theater, es considerada una de las más brillantes. En la función del martes quedó demostrada una poco común y unificada profundidad de sentimiento y comprensión de dicha obra”.

En pocas palabras: un aplauso rotundo, de costa a costa, reflejado por los críticos más exigentes y tanto por el público conocedor como por el masivo. Habrá excelencia en el Ballet Nacional de Cuba por muchos años. Le toca a los norteamericanos elegir si se quedan boquiabiertos de la sorpresa con cada nueva presentación en su patio, o reconocer de una buena vez que la pequeña Isla vecina ha logrado crear y mantener una de las mejores compañías de su género en el mundo. Ahora, de momento, parecen haberlo reconocido, hace falta que no lo olviden de nuevo. 


2001. La Jiribilla. Cuba.
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