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LA
JIRIBILLA
FIGURAS EN EL LIENZO
Francisco López Sacha
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La Habana
En la noche de estreno de Garin, Emilio Zola se
puso el gabán, tomó la chistera y la capa de aguas, y se
dispuso a asistir al teatro. La Comedia Francesa estaba
lejos y todavía una gruesa llovizna, molesta y pertinaz,
castigaba los tejados brumosos y las calles empedradas
de Montparnasse. Aunque no podía malgastar los pocos
luises, tomó un coche y dio al cochero las señas.
La función comenzaba a las ocho y el estreno, a pesar de
su recelo natural contra todo debut, podía deparar
sorpresas.
No le animaba ese joven autor, recién llegado al mundo
del teatro, a quien había visto alguna vez por los
salones de Octavio Mirbeau. Pulcramente vestido
-chaqueta muy ceñida, corbata de seda y pantalón de
nankín-, aparentando cierto desaliño para ponerse a tono
con la bohemia, Paul Delair se paseaba muy orondo por
los diversos grupos en tertulia. Tenía el aire tonto de
los provincianos sin talento, el cuello colorado y la
mirada fría. De negro, y de bigote rubio, a ratos se le
oía alzar la voz. Quizás fuera realmente pobre, como le
habían dicho, pero eso no justificaba el desenfreno, la
torpeza con que se conducía: malgastaba las frases, se
adelantaba a dar fe de un rumor, bajaba la cabeza, de
pelo crespo y fino, y accedía a cualquier comentario. Se
conocía enseguida que no era un artista, sino uno más,
entre los tantos que querían llegar a través del teatro,
la redacción de una casa impresora o la antesala de
algún ministerio.
Siempre se comenzaba por aquí, un manojo de versos, una
pieza teatral dulce y coqueta, o una comedia para hacer
reír. Y no podía faltar una dedicatoria: "Al barón de
F., por su gentileza". Lástima de mundo, tan lleno de
cumplidos. Sin embargo, algún esfuerzo tuvo que dedicar
para poder colocar un estreno, nada menos que en ese
teatro. Ocho años de trabajo y más de mil doscientos
versos, se decía. ¿Amigo de una cocotte? ¿De un
societario? Quién sabe. Lo cierto es que la obra se
anunciaba por todo lo alto en las columnas de
Temps y Le Figaro y se reproducían,
incluso, algunos fragmentos. Si la anunciaban Maret y
Mirbeau no podía ser algo de primera, a lo sumo una
tragedia conciliadora y romántica, al gusto del momento,
llena de apartes, largas tiradas y apasionados
monólogos. Últimamente, no se veía otra cosa en el
teatro.
El coche dobló por la Rue de Rennes y a la altura de
Saint German des Pres el cochero, atento a su trabajo,
chicoteó con el látigo los flancos de ambos caballos. En
la esquina siguiente, bajo el farol de gas, uno de ellos
piafó, encabritándose, y al volver a golpear los
adoquines, manchó de barro el regazo de una vieja señora
que se apresuraba bajo la lluvia. "Merde", le oyó decir,
al paso ahora agitado del carromato. Emilio Zola volteó
el rostro y alcanzó a ver a la mujer que se limpiaba
apresuradamente. Volvió a su latitud, arrebujado en el
cojín del coche. La palabrita le sonaba hueca, casi una
interjección. La había escuchado demasiado, en todas
partes, a propósito de la más mínima molestia. Curioso:
no aparecía en ningún texto y no la declamaba ningún
actor. Corría el peligro de desaparecer, en todo su
sentido, si no la rescataba la literatura. Ah, merde.
Muchos de sus colegas se resistían a reconocer esa
verdad. Qué tontos. Le huyen a la frase viva como si les
quemara. No aceptan el lenguaje de la vida, se hartan en
el teatro de cosas sin sentido y se horrorizan cuando
yo, o Jules, o Gustave, decimos crudamente la verdad.
"Ataque a la virtud", "desfachatez", ésos son los
epítetos que nos endilgan. Hipócritas. En los banquetes
o con sus amantes, dicen cosas que sonrojarían a
cualquier verdulero. Pero tienen columnas en los diarios
y crédito en los bancos. Prefieren a Talray, con sus
estupideces, porque alquiló el Dejazet toda la temporada
y convenció a Perrin de las utilidades. Con diez o
quince mil francos, todo se compra. Naturalmente, Talray
entiende ser dueño absoluto en el teatro donde se
representa su obra. ¡Sí, éste es el sueño! Sólo las
gentes ricas pueden permitirse una tentativa semejante.
Nosotros no tenemos protectores. Nuestros libros se
venden a hurtadillas, se leen en el desván, apenas se
comprenden. Hay que escribir largos prólogos y dar la
batalla, para que se digieran. Y no digamos nada de las
piezas teatrales. Cortes, enmiendas, suben a escena por
puro compromiso. No pasan más allá de las primeras
representaciones. Ah, sí, naturalismo en el teatro, ya
se sabe. Hasta Francisque Sarcey, tan comedido, tan
atinado a veces en sus juicios, se retuerce el mostacho
cada vez que le mencionan eso. "Lo importante del teatro
es el teatro", pregona a toda voz, "y no esas cosas de
prostitutas y tullidos y enfermos mentales que nos
quiere imponer Zola". "Para eso tenemos la vida",
concluye, dando un tirón a la pipa y enarcando las
cejas. En realidad, uno va hoy al teatro como al velorio
de un viejo difunto.
Emilio Zola abrió la tabaquera y pellizcó la punta de un
grueso cigarro. El trabuco se quemó al instante, al
siseante contacto con la cerilla. Fumaba poco, más bien
sin entusiasmo, y no podía darse el lujo de gastar en
habanos, apenas podía vestirse con decencia.
La lluvia seguía cayendo, incesante, mientras la niebla
bajaba a la ciudad. Pasó el Quartier Latin, con sus
calles estrechas y las casas encaladas de amarillo,
brumosas residencias de empleados públicos y plátanos y
tilos que ahora invadían con su modorra el modestísimo
barrio de París.
Cuando el landó cruzó el Pont-Neuf, pudo atisbar, a la
luz de unas antorchas, un paisaje digno de su amigo
Manet. Abajo, en la barcaza, entre el fuego y el humo de
unas pipas, dos prostitutas paseaban su desnudez,
envueltas en quimonos, como nuevas Olimpias en un basto
decorado natural. Borrachas, seguramente, pensó. Y pensó
también que el cuadro de Manet era muy limpio, demasiado
gentil para estos tiempos. La pintura también tiene que
cambiar, la realidad es borrosa, deprimente. Lanzó una
bocanada de humo y el Sena se esfumó, a sus espaldas,
como en el trazo de un loco puntillista.
El coche se detuvo bajo los faroles públicos de la
Comedia, al lado de otro coche de alquiler y de un
tilburí, de capota cerrada, que arrancaba de prisa por
Saint-Honoré después de haber dejado a un hombre grueso,
de chalina y gabán. Monsieur, le dijo el conductor,
extendiendo la mano y la sonrisa. El hombrecito se
congeló en el gesto y le mostró sus dientes, manchados
de tabaco, su chaleco raído, que alguna vez fue azul, y
la pechera sucia, abultada bajo la capa de aguas. Emilio
Zola abrió la portezuela, contra toda costumbre, pues el
cochero, que bajaba del pescante, ya se disponía a
hacerlo. Con una reverencia, desenrolló el estribo y el
pasajero pudo bajar. La marquesina del teatro
resplandecía en toda su extensión y a la luz azulaba el
porche, nebulizando las gotas de lluvia. El arco y la
fachada estaban engalanados y la gente hormigueaba por
el salón de acceso, a la espera del inicio de la
función. Ahogó el tabaco, en un charco vecino, y sin
saber por qué, contempló a uno de los caballos. El
tordillo movía la cabeza con tristeza, mientras soltaba
por las ventanas de la nariz el vaho cálido y húmedo de
su respiración. Apretó la bolsa, dejando en las manos
del cochero dos tintineantes monedas. La efigie de Luis
Felipe de Orleáns brilló un segundo, antes de
desaparecer en las faltriqueras del conductor. Merci,
Monsieur, susurró débilmente, al comprobar que le dejaba
propina. Cuando echó a caminar, hacia el vestíbulo,
lamentó la ausencia de su querido Alphonse, que se
sentía indispuesto, y de Gustave, que no vendría,
enojado además por la censura de
El candidato -sólo tres presentaciones en el
Vaudeville-, que había decidido publicar en estos días,
alentado por el éxito de su último libro de relatos.
Bah. Ahora se aburriría de lo lindo, no tendría con
quién conversar.
Adentro, después de la lluvia, protegida por la fría
nevisca, la multitud se alineaba en el vestíbulo. Cuando
pasó entre ella, despacio, para no enlodar el piso,
percibió el tufillo a naftalina de las ropas, la
abundancia del negro y el marrón, los primeros colores
del invierno. Saludó a un conocido, bajando la chistera,
y se quitó la capa de aguas. Las bombonas del techo
iluminaban fuertemente el salón de estar y la cálida
sensación del amarillo se reflejaba en las ropas, en los
torsos ceñidos de las mujeres, en el rosa o el mate de
sus cachetes y en la palidez de las canas que algunas
pretendían ocultar. Las conversaciones, en pequeños
corrillos, creaban una atmósfera de intimidad, donde
podía sentirse, en agradable eco, el fru fru de las
faldas tachonadas y el crac crac de los botines de los
caballeros. Había de todo, en materia de levitas y
rebozos. No faltaban, por supuesto, algunas señoras del
beau monde, escoltadas por sus damas de compañía, que de
seguro asistían al estreno más por snobismo que por
convicción. Éste no era su sitio. La nobleza se batía en
retirada hacia la Porte-Saint Martin, donde
representaban tragedias de Racine y donde se lucía una
joven de mucho talento, aunque viciado por el
Conservatorio, a quien conocía por Sarah Bernhardt. Lo
que sí le extrañó fue la cantidad de empleados que
asistía a la representación. Pensó un instante, al
contemplar a esos tristes burócratas de bastón de nogal
y pechera almidonada, si no sería un funcionario del
gobierno el verdadero protector de Paul Delair. Se las
gasta el bretón, pensó enseguida, dando por sentado que
el dramaturgo había encontrado asidero entre los
círculos republicanos. Con tal que no se pase después a
los monárquicos, si tiene éxito, meditó más tarde,
mientras entregaba la chistera, el gabán y la capa a la
demoiselle de la guardarropía.
Se dio vuelta y consultó el reloj. Eran las ocho y
cinco. Cayó en la cuenta, por la actitud tranquila y
displicente de las damas, por la curiosidad de algunos
abonados y por el volumen de consejeros y edecanes que
se movían intranquilos en el vestíbulo, atentos a la
llegada de los coches, que la función debía esperar por
el arribo de un importante dignatario. Viendo la cara de
aquellos burgueses, podría tratarse de Gambetta, o del
mismísimo Jules Grevy. Ya podía vérselas con una función
política del más bajo nivel con alusiones a
La Marsellesa y a la France, con una turba de
funcionarios ineptos dando patadas y berridos a cada
nuevo aire de la orquesta.
A las ocho y cuarto, y a un leve movimiento de un
entorchado edecán, la multitud creció hacia uno de los
ángulos del salón, los caballeros, de frac, tomaron del
brazo a sus mujeres, las damas se apartaron y los grises
funcionarios saludaron con una salva de aplausos. De un
elegante cabriolé, tirado por una cuadra de caballos,
descendía, sereno y conciso, el señor Gambetta. De
etiqueta, bastón en mano, repartiendo sonrisas y
apretones, el flamante presidente de la Cámara marchaba
hacia su palco, seguido por una muchedumbre bullanguera
de senadores y diputados de izquierda. El grupo se
desplazó por el centro del vestíbulo, todo de negro,
todo de gris, hacia las grandes cortinas de terciopelo
rojo. Zola reconoció a Fleury, calvo y mofletudo, a
Maret, magro y espigado como un arenque, que ahora
dirigía el
Temps y servía de consejero municipal después
de haber traicionado a la Comuna. Cómo no me di cuenta
antes, he aquí al protector. Entonces no pudo evitar una
sonrisa, teñida de ironía, al ver tantos enemigos
juntos, hombres que hasta ayer habían servido a Napoleón
III, Thiers o MacMahon con la misma fidelidad perruna y
ahora cortejaban a Gambetta, disfrazados de humildes
servidores de la nueva República. Maret, el viejo zorro,
más aristócrata que el conde Galiffet, pero todavía con
el brazo en alto, declamando sus largos discursos con la
antigua pasión de un communard. Pasó Guillaume y saludó
de prisa. Los últimos miembros del séquito comenzaron a
zigzaguear en los pasillos, temerosos de retrasarse y no
ocupar balcones.
La multitud comenzó a entrar, a la llamada de la
campanilla y a la zaga de los diputados. Zola compró el
programa, alentado cortésmente por una dama que abría
las dos hojas de papel de China admirando la composición
del reparto. A decir verdad, no había nada de interés,
salvo uno o dos comediantes que hacían comparsa en los
melodramas de Luis Davyl y ahora aparecían contratados
para trabajar en el género trágico. Quedaba por ver si
el texto propiciaba la actuación y ese Mounet-Sully se
lucía en su papel sin caer en las falsas transiciones de
los viejos actores de carácter.
Cuando ocupó su butaca en la décima fila del lunetario,
sintió de nuevo el olor a naftalina, mezclado un tanto
al del tabaco rancio y el agua de Colonia que destilaban
los hombres de la clase media. Todo estaba copado por
sus severos representantes. A la derecha, donde
terminaba el arco de la herradura y los querubes
cargados de flores aparecían dibujados en uno de los
ángulos del proscenio, varias parejas de regordetas
señoras intercambiaban miradas de asombro con sus
maridos de sacos de paño y corbatines negros. Las buenas
señoras del barrio Saint-Lazare, acostumbradas a los
teatrillos de poca monta y a las funciones dominicales
de los bufos, se resistían a creer que asistían a la
Comedia Francesa acompañadas nada menos que por los
propios diputados de sus distritos. En sus caras
redondas y graves se reflejaba el cambio de rutina, el
placer de una noche de fiesta sin grapa y sin anís, pero
en el alborozo de un sitio escogido. Sus ojillos vivaces
y azules recorrían con mal disimulada timidez la escala
de los palcos, la araña de caireles que pendía en lo
alto de la bóveda y el foso de la orquesta, donde los
músicos distribuían las partituras y comenzaban a afinar
sus instrumentos.
Zola se acomodó la chaqueta y decidió mirar al fondo.
Arriba, en los primeros balcones, las damas extendían
sus lorgnettes, de mangos de nácar, para observar los
palcos de enfrente y descubrir a conocidos que las
saludaban con el guante o una leve inclinación de las
cabezas. El lunetario era una mancha negra y blanca, de
pavorosos pingüinos, incómodos ya por la excesiva demora
de la función. Era el público ignaro que había hecho
fracasar tantos empeños, bloqueando a Musset, a Balzac,
y aceptando a una piara de imbéciles con el gusto
retorcido por la piece bien faite. "¿Quién soy?"
Vautrin. "¿Qué hago?" Lo que me da la gana.
Salió el director y recibió estruendosos aplausos. Se
colocó en el podio y alzó la batuta. Las cortinas del
primer telón se descorrieron al sonido insistente de
tres fuertes martillazos que se escucharon tras los
bastidores. Todo el mundo hizo silencio, o más bien se
escuchó, de galerías, el murmullo conforme del público
de un franco cincuenta, más habituado a la barraca de
guiñol que a sus estrechas bancas de palomar.
Al bajar poco a poco la luz del gas, entró con alguna
premura un joven de saco negro y corbatín de lazo que se
acercó a su fila y pidió permiso para ocupar una butaca.
El matrimonio contiguo, una blonda y pálida damita con
un alto y colorado normando, de anchas guías en el
bigote, se puso de pie. El joven agradeció la cortesía y
se sentó a su lado. Enseguida le llamó la atención, pues
no parecía francés. Diríase que español, por el acento,
o mejor de ultramar, por lo cálido de sus limpias
facciones, el pelo crespo, oscuro y abundante, el fino
bigote y los ojos glaucos que destellaban de vitalidad.
El joven se acomodó en la butaca y colocó una mano en el
brazo del asiento. En lugar de una joya, un anillo de
hierro le circulaba el anular. Zola cesó de mirarlo al
encenderse las candilejas y al oscurecer, de súbito, el
resto de la sala.
El escenario resplandeció en el centro. La boca del
telón se iluminó y aparecieron cinco telones pintados
que semejaban el atrio de un castillo, dos bastidores
con pórticos labrados y un viejo mesón de utilería. En
lo alto, los hilos de tramoya sostenían los grandes
tapices con los símbolos del poder real. Predominaban el
oro, el gualda, el azul, una decoración estilizada y
fastuosa. El conjunto pretendía la imagen de un palacio
feudal en la Bohemia del siglo XIII. Zola contuvo un
gesto de animosidad. Los decoradores no habían tenido el
más mínimo escrúpulo al colocar, junto a la silla de
Sept-Savix, un balancín de comienzos de siglo. Sólo
faltaban el gorro frigio y la escarapela para indicar
que el ambiente estaba corregido por una copia al uso
del típico salón del gabinete.
Cuando entró el rey, en pose solemne, se escucharon
murmullos en la sala. El viejo actor se colocó cerca de
la concha del apuntador y luego se arrodilló en la
escena. Alzando los brazos, el señor de Sept-Savix se
lamentó una y otra vez por no tener un heredero al
trono. Su mirada se empañaba de lágrimas mientras fingía
una cuidada respiración del texto. Se incorporó con
dificultad y avanzó hacia el proscenio. Por el lateral
derecho, de calza y jubón, apareció un criado con la
cena. Herbert de Sept-Savix lo despidió con un gesto de
ira, se cubrió el rostro y bajó la cabeza. La orquesta
acompañó su ruego con el suave gemir de los violines.
Bruscamente, cambió de posición. Rodeó la silla,
extendiendo los brazos, y pidió al criado que llamara a
su sobrino Garin.
El público prorrumpió en aplausos. Mounet-Sully hacía su
entrada con la capa al vuelo, el arco en una mano y la
otra en el pecho. ¿Señor, me llamabais? Los aplausos se
hicieron más fuertes. El actor se detuvo, ya fuera del
papel, y repitió el gesto, pasando de un estado a otro
con los ojos cerrados. La claque de las primeras filas
hizo sonar las tablillas de madera y Mounet-Sully
aprovechó la oportunidad para saludar el palco del señor
Gambetta. Zola meneó la cabeza y dedicó un instante a
contemplar al matrimonio normando, que resplandecía de
felicidad.
La damita apretaba las manos henchida de emoción. Oh,
Jacques, oh, Jacques, le decía al marido. En cambio, el
joven de ultramar no parecía sorprendido y apoyaba el
mentón en sus dedos finos y firmes. ¿Qué opinión le
merece?, se atrevió a preguntarle, luego de un momento
de vacilación. El joven ladeó la cabeza y lo miró de
frente. Quisiera darle una imagen exacta, le respondió,
acentuando las sílabas, como un francés meridional.
¿Conoce usted el arte del violín? Zola afirmó con la
cabeza. Pues bien, es un Stradivarius en manos de un
actor de tercera categoría. Zola pestañeó, sorprendido
por la agudeza. ¿Le parece? Sin duda, sonrió el joven,
interesado también por lo que ocurría en escena, la
naturaleza lo ha dotado con dones muy superiores a su
inteligencia. Zola iba a replicar, pero Mounet-Sully
hablaba ahora en voz alta, imponiendo respeto. El viejo
señor ocupaba su silla y aceptaba la sugerencia.
El escenario se pobló de luces. Tras una fila de
antorchas, la bailarina Aischa iniciaba una danza de
velos. El rey la miraba con lujuria y Garin, embozado en
la capa, le sonreía con benevolencia. Aischa danzaba
para el viejo señor, ondulaba en sus sedas de tul y se
rendía a sus pies. Sept-Savix se incorporaba, presa de
un rapto de emoción, y oprimía sus manos en el pecho.
Las antorchas salían veloces hacia el foro y la luz
corría desde las candilejas, creando un círculo de
intimidad. Garin y Sept-Savix quedaban a solas. Hablaban
en voz baja, sin extremar los gestos. Era el mejor
momento de la escena.
Zola se arrellanó con satisfacción en su butaca y se
dejó arrastrar por las suaves palabras de los actores.
De la tramoya bajó el manto real y el espacio se redujo
al mínimo. Aquí se tiene un rinconcito íntimo, natural y
encantador. Me consta, y lo pensó con el dedo en la
sien, que para gozar de todo ello, hay que encontrar un
placer en el hecho de que los mismos actores vivan la
pieza y no se limiten únicamente a ejecutarla. Pero el
encanto se rompió al instante. Un trovador apareció en
escena e interrumpió la intimidad del diálogo. Aimery,
el hijo bastardo del rey, le reclamó a su padre un poco
de piedad para los campesinos de su feudo. Le recordó,
además, que había violado a una doncella y que ese acto
le impedía reinar. Garin se interpuso entre ambos y el
viejo señor quedó indeciso. Daba a entender con su mano
en la frente, que no aceptaba la recriminación, y al
mismo tiempo, que le era muy difícil elegir. Si se ponía
de parte de su hijo, perdía el trono, y si lo hacía de
parte de Garin, perdía a su hijo. Al fin tomó una
decisión y señaló bruscamente a Aimery. Los
contendientes se enfrentaron por primera vez, arrancando
exclamaciones de júbilo. Bastó un segundo para que sus
movimientos se hicieran torpes, estudiados. El rey
tembló, enarcando las cejas, Garin abrió la capa y
amenazó con el arco, y Aimery, con su melena castaña y
el laúd a la espalda, al ver que su padre no se dejaba
conmover y más bien se retiraba asustado, pronunció el
nombre de Francia y arremetió contra los viejos señores,
profetizando el día en que las chozas quemaran los
palacios y los siervos reinaran a su lado. Los aplausos
llenaron la sala. Zola volteó el rostro hacia el joven,
pero éste cruzaba los brazos, adelantaba la cabeza y
prestaba atención. Es el colmo. Al dramaturgo no le
basta con aludir a nombres que no podían tener ningún
sentido en ese siglo, sino que pinta a un señor feudal
que se deja injuriar por el primero que llega y entra en
su casa para decirle cuatro verdades y anunciarle la
Revolución Francesa. Es falso, completamente falso. Es
cierto, musitó el joven, que había vuelto a recostarse
en el asiento, dice usted la verdad, pero en la obra hay
una idea magnífica. El autor ha puesto toda la culpa
sobre el rey y sobre el hijo legítimo de la nobleza, y
toda la justicia, virtud y encanto, de parte del hijo
del pueblo. De acuerdo, le respondió Zola, pero no veo
ningún motivo para mentir de esa manera. Sí. Uno. El
arte sigue la marcha del progreso y se pone al servicio
de la libertad. No sé si deba responderle así, le dijo
Zola, pero el arte no se hace para rendirle homenajes a
nadie. El joven sonrió, mostrando la tersura de su
rostro y sus ojos almendrados, nítidos. Comprendo su
pesar, le dijo entonces, pero en estos tiempos, en que
todo parece que se hunde, la virtud debe ser exaltada.
¿No mintió Shakespeare, no mintió Víctor Hugo? Zola no
pudo menos que sonreír. La respuesta era caústica,
precisa. Volvió a mirar la escena, a tiempo para que el
trovador diese la media vuelta y se marchase. La intriga
comenzaba ahora con la expulsión de Aimery y el anuncio
de que el viejo señor se casaría con la bailarina.
La boda se alargó sin necesidad. Era el momento de lucir
los trajes y el atuendo. Una mueca de disgusto se
advirtió también en los labios del joven, que movía su
poblada cabeza e inclinaba su tersa y amplia frente.
Zola se acarició la barba y entrecerró los párpados, al
comprobar que a partir de ese acto la obra tomaba el
sesgo de un plagio.
En efecto. Como en Macbeth, Aischa compulsaba a
Garin a matar a su tío. Garin se resistía, lleno de
súbitos temores, pero al final vencía su ambición. En la
oscuridad de la alcoba, mientras el rey dormía, Garin
tensaba el arco y descargaba el flechazo. Sin mediar
palabras, Aischa ponía una mano en su pecho y lo
declaraba rey.
El instante resultó muy efectivo. Garin recibió los
atributos del poder e hizo un breve aparte para el
público. La bailarina le dio el manto y la espada,
inclinándose hasta besar sus manos. De los palcos atronó
el aplauso. La nobleza se reconocía en un suceso digno
de su atención. Zola miró hacia arriba, desencantado por
la resonancia. Otro tanto hicieron los normandos,
contentos de la alianza momentánea con los pocos
asistentes del Faubourg. El joven manifestó su
desacuerdo con una frase cortante. Ha ido demasiado
lejos, le dijo de inmediato, está aprobando la
coronación de un rey. El gesto puede ser efectivo en las
tablas, pero falsea la ley de sucesión. En la antigua
Bohemia se celebraba un ritual diferente. Zola escuchó
con interés y acercó la cabeza, para responder en la
mayor intimidad. No sólo eso, sino que el dramaturgo se
ha visto en la necesidad de complacernos a todos. Más
tarde verá usted un cambio de fortuna. Aimery regresará
triunfante y con ello se encantarán los demócratas. Es
así. El joven lo observó serenamente. Veo que no le
agradan ni unos ni otros. De ningún modo, respondió
Zola, volviendo a su posición original, soy republicano,
lo que me desagrada es la pieza. El teatro sólo requiere
de una acción sencilla para ser moderno. Téngalo por una
verdad, añadió, con el índice en la punta de los labios,
o la República será naturalista, o no será República. El
joven lo miró con estupor y su mirada se hizo
intensamente clara, de un ámbar opalino, al tiempo que
el incendio de las candilejas marcaba el fin del segundo
acto. Es la primera persona que conozco en París que
sostiene ese punto de vista, le dijo con firmeza. Zola
esbozó una sonrisa, mientras su barba se oscurecía bajo
el efecto instantáneo del apagón. No encontrará muchas
más, se lo aseguro.
Ahora los nuevos príncipes no podían dormir. El espectro
de Sept-Savix se levantaba ante ellos. Tampoco podían
comer. El viejo señor aparecía en la mesa con la túnica
manchada de sangre. Aischa y Garin se deseaban la
muerte, mientras recorrían de puntillas el escenario.
Una sierva lenguaraz, vieja y descalza, profería
extrañas maldiciones contra los homicidas. La madre de
Aimery había sido testigo del crimen y clamaba por el
regreso de su hijo. Esto era
Macbeth, por el espectro de Banquo sentado a la
mesa, pero también la vieja Juanhumaca de Víctor Hugo en
Los Burgraves, y sobre todo, Thérèse Raquin.
Zola cruzó una pierna sobre otra y comenzó a balancear
la puntera del botín. Un extraño calor le subió de
improviso al notar que plagiaban su obra. Ese fantasma
entre los dos amantes, ¿no era Camille Raquin?, y esas
recriminaciones, esos remordimientos, ¿no recordaban a
Laurent, a Thérèse? Notó que le ardía la cara. Pero la
culpa no es de Paul Delair. El autor no es culpable. Al
menos, su culpa es indirecta. Simplemente, realiza su
aprendizaje siguiendo una mezquina tradición. La causa
está en los negocios. ¿Cómo es posible que estemos
atrapados? Desde los tiempos de
Marion Delorme, los empresarios nos mandan en
todo, controlan los escándalos, protegen la taquilla e
imponen sus normas. Claro, la innovación no paga. Por
eso no ocurre nada nuevo en un teatro donde los
dramaturgos, los decoradores y los régisseurs se dedican
a copiarse unos a otros. Basta una señal de éxito para
que todos corran y el próximo estreno sea un robo
descarado de la pieza. ¿Cómo voy a creer lo contrario?
Las normas económicas y el tanto por ciento acabarán con
lo que queda de teatro. Ni las obras románticas, ni las
clásicas, despiertan ya un sentimiento de animosidad.
Estamos muertos. Las dos revoluciones han pasado, sólo
quedan las sobras. Zola estrujó el programa y el papel
de China crujió débilmente. La damita sacaba un pañuelo
y se secaba las lágrimas. El joven permanecía atento.
Aischa y Garin se abrazaban por última vez y el telón
descendía con el cierre impetuoso de la orquesta.
Nada y nunca. Zola se incorporó de un salto, apoyando
las manos en los brazos del asiento. Ni siquiera
aplaudió. Cuando quiso dirigirse al joven, éste salía
del lunetario por el extremo opuesto y se perdía entre
la multitud. Iba a llamarlo y se secaron sus labios.
Tampoco conocía su nombre.
El ruido de los aplausos se fue apagando a medida que el
público abandonaba la sala. Por ambos laterales, y por
el centro, la multitud arrastraba los pies y murmuraba
apenas, mientras se dirigía de nuevo hacia el vestíbulo.
Las cabezas sobresalían bajo las arcadas, las mujeres
componían su atuendo, arreglando una pucha de flores o
ladeando el sombrero, y los hombres, con discretas
sonrisas, hacían guiños cómplices a las señoras que
reconocían a los amigos que iban retrasados o a las
personas que deseaban ver. En cambio, para los demás, y
al acercarse a los pasillos circulares, emitían un leve
silbido, levantaban el torso y la barbilla en un gesto
que debía significar apremio, vieja manera francesa de
obligar a otro, sin ofenderlo, y sin hacer el ridículo.
Los palcos se vaciaban lentamente, caían y se cerraban
las cortinillas. Los jóvenes bajaban de inmediato, el
saco les flotaba en la carrera y les resplandecía el
chaleco. Para ellos comenzaba otra función, el teatro de
los camerinos. Los funcionarios, cuidando su empaque, se
demoraban más. Sus caras opulentas, de gruesas patillas,
se asomaban con mucho disimulo para mirar a los palcos
vecinos. No podían perder la ocasión de acompañar al
diputado o al ministro. Los señores, los pocos elegantes
del Faubourg, no tenían prisa. Ocultaban el rostro tras
el cuello desnudo de una dama, prometían un beso y
celebraban alguna ocurrencia.
La multitud se dispersó en la entrada. Sonaron los
botines y crujieron las faldas. Los grupos se formaron
en la sala de estar, junto a la escalerilla de los
palcos y alrededor de los pequeños mostradores donde
servían el vino y la cerveza. Los comentarios se hacían
ahora, nunca en voz alta, acompañados de algún gesto del
actor visto en las tablas y recalcado con evidente
placer.
Zola se arregló las solapas de la chaqueta y se estiró
los bordes inferiores del chaleco. Estaba incómodo. La
gente y las palabras le molestaban ya, lo mismo que la
obra que acababa de ver. Le molestaban -lo percibió
ahora- porque parecían salir de ella. Además de ropajes
antiguos, trapajos medievales y frases sin sentido, ese
teatro cumplía otra función. En lugar de reflejar la
vida, era la vida quien lo copiaba a él. Durante la
semana, si la obra se convertía en un éxito, el marido
tendría un gesto de ira con una rápida inclinación del
cuello en el mejor estilo de Mounet-Sully, la señora un
aparte con su cocinera, la mano al pecho y los ojos en
blanco, por favor, Louise, no eche más apio en la sopa,
el jovencito un sonoro desplante con el brazo extendido
y el guante en la mano, la modistilla de la Porte des
Lilas, un aire zalamero, una caída de ojos, y el
funcionario un chiste de ocasión. Quien no fuera a la
Comedia a ver a Garin quedaba al margen de todo acto
social. Con el próximo estreno se cambiaban las señas, y
cualquiera, sabiéndolo o no, se comportaba como
Coq-Hardy, Margarita Gautier o Monsieur Cheribois.
Ya aparecían los imitadores. Dio media vuelta y atravesó
el pasillo. El salón resultaba muy caldeado y muy
pequeño para tanta gente. Se dirigió al mostrador de
galerías donde pidió una jarra de cerveza fresca y la
apuró en varios sorbos. No le calmó la sed y pidió otra.
La demoiselle se la puso delante con algo de tristeza en
la sonrisa. Vestía de azul celeste, el pelo rubio
recogido en la nuca, velo de encajes alrededor del
cuello, ojos verdes, acuosos y grandes, y labios
carnosos. No era fea. Tampoco incitante. Tenía algo
solitario y lejano que la emparentaba con aquel caballo,
el cochero y la noche invernal. La lluvia y la muchacha
vinieron juntas a su imaginación y Zola sacudió la
cabeza. Su vestido drapeado, de color azul, y el rubio
de su pelo, formaron la silueta, la impresión. La imagen
se detuvo en su mirada ansiosa de muchacha pobre,
vendedora de vino y de cerveza en el centro de un teatro
opulento. Tras ella, en la cristalería, se reflejaba él,
mudo, con la barba rojiza, llevando la jarra a la boca
una y otra vez.
Tan solo como él, y al otro extremo, el joven saboreaba
una copa. Al descubrirlo, la sonrisa le vino de adentro
y le ensanchó la cara. Dejó unas pocas monedas en el
mostrador y caminó hacia él. Ahora lo pudo contemplar
mejor, en el reflejo y de cuerpo presente. Parecía
menudo y enjuto en el cristal, pero en el mostrador, la
melena rizada, todavía romántica, la frente despejada,
la nariz recta, el saco negro y el corbatín de lazo, le
daban un porte y una estatura mayores. Los ojos le
chispeaban, inquietos, de un azul lila, en el óvalo de
un rostro delicado, para denunciar, tras lo apacible de
su compostura, una fuerte determinación y un
temperamento sanguíneo.
Monsieur, murmuró el joven, al reconocerlo, mientras se
abrían sus ojos y se acercaba con ademán resuelto.
Cuando lo iba a saludar, otra persona se interpuso entre
ellos. Emilio, gritó con alegría, menos mal que lo
encuentro. Venga. Quiero presentarle a un amigo. Ha
venido de muy lejos para conocerlo. Zola y el joven se
miraron de súbito. André, ¿no se da cuenta?, me
interrumpe con este señor. El recién venido se detuvo en
seco. Zola tomó su mano, la estrechó, y de inmediato le
indicó al joven. Acérquese; él es Antoine, figurante de
la Comedia Francesa. El joven dio unos pasos y le tendió
la mano. Perdón, murmuró el otro, le ruego que sepa
disculparme. Ambos inclinaron la cabeza. Antoine se
enderezó enseguida y con un leve movimiento hacia atrás
se recogió los mechones de la frente. Sus ojillos
penetrantes se fijaron en Zola, y sus facciones duras,
de aguilucho, se distendieron en una franca sonrisa. ¿De
veras no interrumpo? Zola no supo qué decir. Sintió
hacia él la misma antipatía que le provocaban esas
salidas suyas, cuando se oponía a todos en las reuniones
del Círculo, clamando por un teatro pequeño, de autores
desconocidos, en el que no podían faltar esos bohemios
de Villiers de L'Isle Adam y Henry Becque. No. De ningún
modo, se adelantó el joven, acabo de conocer al señor.
Antoine hizo un gesto de sorpresa, llevándose las manos
a la cara. Después que se repuso, tomó la leontina entre
los dedos y sacudió hacia abajo el chaleco. Nada es
extraño en el París de hoy; pero venga, vengan, no lo
tomen a mal. Soy actor, mi profesión es mi defecto. Se
echó a reír de sus propias palabras, con tanto
entusiasmo, que el rostro le cambió, ruborizándose.
Emilio, Emilio, le arrastró Antoine por la manga del
saco, mi amigo insiste tanto en conocerlo. Es un
fanático de sus teorías. Lo ha perseguido desde que
llegó. En Zola está la clave del teatro, es lo que dice.
El joven se detuvo entonces. No es posible. ¿Es usted
Emilio Zola? Zola afirmó con la cabeza. El joven lo miró
con alegría y le mudaron de color sus ojos, que se
pusieron ambarinos, grises. Enseguida le tendió la mano.
José Martí; suyo.
Antoine los condujo hacia un ángulo del salón, donde un
hombre, de pelo abundante y rojizo, se adelantó con
ansiedad. Venía de prisa, y sus ojos saltones, rasgados
y nórdicos, lo miraban todo a la vez. Me llamo Augusto
Strindberg, dijo de pronto. Saludó al joven, haciendo la
venia, y agradeció a Antoine por su gestión. Entonces se
dirigió a Zola. He llegado esta mañana de Estocolmo para
una breve estancia. Sabía que estaba aquí, no perdí
tiempo. Hizo una corta pausa, congestionado por la
emoción. Con ambas manos se sujetó las solapas del
redingote, que le quedaba estrecho, y respiró con
dificultad. La voz le salió suave y cantarina. Mi mayor
deseo es someter a su consideración el capítulo inicial
de una novela que titulo
El cuarto rojo y que está cerca de sus ideas
sobre el arte. ¿Es usted naturalista?, inquirió Zola.
Ahora lo soy. He escrito algunas piezas sobre la
historia de mi país. Al conocer sus puntos de vista, he
cambiado de opinión. Nada de historias antiguas; hechos
de actualidad. Dejó caer las manos y las cerró con
fuerza. Me alegra que se interese por los problemas de
hoy. Hay tanto que escribir. Zola miró en derredor, se
dirigió a él y a los demás, pero en un tono tan pausado
y convincente que parecía hablar consigo mismo. Nuestros
autores no quieren comprender. No es posible dormir con
la cabeza en Cartago y los pies en Saint-Germain. Hay
que escribir la tragedia de la burguesía contemporánea,
el drama real que se representa todos los días ante
nuestros ojos. Eso es mucho más grande, más viviente, de
más pasión, que estos tres actos que acabamos de ver.
¿Pero acaso no es grande el drama de un pueblo que se
debate entre la monarquía y la República?, terció el
joven, con un relámpago de autoridad. Es lo que digo yo,
replicó Zola, con énfasis, pero me irrita que ese drama
tenga que ser parabólico, fingido y estilizado en formas
muertas. ¿Por qué no se copia la vida con mayor
fidelidad? Amigo mío, ¿no sería más hermoso ver este
asunto representado en prosa, con las palabras de todos
los días, con gente que coma y beba y discuta el
conflicto? El joven alzó el índice de la mano derecha.
Ése es precisamente el error. Si con ser como somos
necesitamos ser mejores, ¿mejoraremos algo copiando lo
que somos? Zola movió la cabeza con inquietud, adelantó
las manos y las abrió de golpe. Sí, mejoraremos, hay que
saltar a las estrellas mediante el trampolín de la
exacta observación. Strindberg se introdujo de pronto.
Estaba pálido y le latían las sienes. Su larga cara, de
caballo fogoso, se apresuraba en un gesto irascible.
Comprendo al señor y lo comprendo a usted, dijo
enseguida, pero vivimos en una época de transición. Éste
no será el público de nuestras obras. Éste tampoco será
nuestro teatro. ¿Vamos a conmover a los burgueses con
historias de amor? No. Dejemos eso al arcángel Gabriel.
El arte verdadero no es la copia, sino la vida misma. El
arte no tiene que copiar ni que mentir. Su posición
parece irreductible, le respondió Zola, mostrando una
sonrisa de indulgencia. Lo es. Strindberg volvió a tirar
de las solapas con el índice y el pulgar de ambas manos.
Hizo girar los ojos, de un iris claro y frío, y no supo
qué hacer con la cabeza, la movía hacia acá y hacia
allá. Admiro su obra y sus doctrinas, dijo por fin,
aunque también me parece que el naturalismo se excede en
los detalles. Ustedes, los franceses, escriben en una
prosa simétrica, matemática, que parece salida de un
manual. Hay que romper con eso. La gente no habla así.
Si lo dice por
Thérèse Raquin, se lo concedo. Zola comenzó a
hablar claro y despacio y fue elevando el tono de su
voz. Sintió que lo sofocaba la discusión porque sabía
que sus palabras, sin el ejemplo concreto de la escena,
no podían convencer a nadie. No tengo espíritu de
fabricante. Antoine lo sabe bien. No escribo para mí ni
para nadie, sino para decir la verdad. Con el estreno de
Thérèse Raquin sólo encontré rencores, y como
quiero ser bueno, llevo la bolsa vacía. Si le puede ser
útil, le diré que la obra no consiste en ninguna
historia inventada para la ocasión. No hay una lógica de
hechos, no la hay. La acción no es más que el resultado
matemático del problema propuesto. Lo que quiero decir
es que el espíritu científico del siglo, el método
analítico, la observación exacta de los hechos, la
vuelta a la naturaleza por el estudio experimental,
barrerán bien pronto nuestros convencionalismos
dramáticos y llevarán la vida a las tablas. Se detuvo.
Los demás lo contemplaron en silencio. El joven los
observaba de cerca con su mirada radiante y azul.
Strindberg permanecía hosco, concentrado. Antoine, el
más distante, se acariciaba el corbatín y se estiraba el
cuello de celuloide. Lo descubrió en un raro temblor,
lleno de asombro, con los labios muy juntos, a punto de
llorar. Eran pobres, tan pobres como él, y no esperaban
nada. Discutían a fondo sus ideas y eran capaces de
morir por ellas. Repudiaban la moda y el dinero y
prometían luchar hasta el fin por algo que nunca les
daría la recompensa. Eran artistas. Por su amor al
teatro y a la vida tenían frío en los pies y levitas
raídas y hasta esa sombra velada en los ojos por el
esfuerzo con la pluma y la cuartilla. Se enterneció.
Puso una mano en el hombro de Strindberg y le dijo.
Puede dejarme el manuscrito; le daré mi opinión.
Antoine rompió el silencio y carraspeó una risita
nerviosa. ¿Aquel no es Coquelin? ¿Cuál?, preguntó
Strindberg. El gordo, el que parece un conde y no lo es.
Lanzó una carcajada, señalándolo, y dando pataditas en
el suelo, para justificarse, giró en torno y extendió
las manos. Es lo único en común que tengo con Balzac,
dijo a los otros, me río de mis propios chistes.
Enseguida adoptó un aire marcial. Venga, Augusto, quiero
que lo conozca. A pesar de su empaque y su fortuna
también es de los nuestros.
Coquelin se dirigía a los palcos, con su cara redonda y
su larga nariz y su chaleco de brocados, el aire todo de
un hombre de mundo que levantaba su cabeza y saludaba al
pasar. Antoine lo siguió con la vista y después apresuró
a su amigo. Vamos, se acaba el entreacto y se hace
necesario verlo ahora; más tarde, es imposible. Entonces
se aproximó a Zola con un dedo amigable en el aire. Me
emocionaron mucho sus palabras. Créame, le tengo afecto.
Aún sigo en África, bajo el mando del general Boulanger.
El martes se me acaba la licencia. Cuando regrese
haremos todo eso. No me olvide. El joven palmeó el
hombro de Antoine. Vaya usted, le dijo, es el actor más
célebre de Francia; lástima que no hiciera un papel.
Zola asintió de nuevo al tiempo que daba las señas de su
casa y estrechaba la mano de Strindberg.
Zola y Martí dieron la espalda al salón y contemplaron
en silencio el largo pasillo circular que se anudaba
bajo las galerías. Las lámparas de gas teñían de azul
las pesadas alfombras del piso, los cupidos de mármol,
los espejos. La gente entraba y salía por el corredor y
los grupos se formaban y desaparecían de pronto. Por
entre el humo de los gruesos cigarros distinguieron a
los hombres del siglo, sus negras y sus rubias cabezas,
sus anchos bigotes, sus lazos y corbatas de tafetán y
sus blancas pecheras, a las mujeres que hablaban entre
sí, como en secreto, y sus grandes sombreros de
alabastro y sus rizos oscuros y sus sedas crujientes y
sus pañuelos bordados de cenefas, y las grandes cortinas
escarlata donde el tiempo lo dibujaba todo como nítidas
figuras en el lienzo.
Zola introdujo las manos en los bolsillos de su
chaqueta, sacó la tabaquera y le brindó a Martí. La
punta se asomó, gruesa y oscura, por el cuero laqueado
del estuche. Gracias, negó Martí, fumo muy rara vez
aunque soy de la tierra que produce el tabaco. ¿De La
Habana? Zola arqueó las cejas y lo miró con extrañeza.
Luego encendió la cerilla, chupó hacia adentro para
avivar el fuego y añadió. Éste es un puro de Virginia.
El dinero no me alcanza para comprar los habanos. Lanzó
un chorro de humo que se hizo gris azul y le nubló la
barba. Lo sabía de ultramar, dijo a continuación, pero
más bien del Istmo, o de México. Su confusión me agrada,
le respondió Martí, nosotros, los americanos, vamos
juntos en la misma familia. Zola volvió a fumar, sin
entusiasmo, sólo por ver volar el humo. ¿Y qué le trae?
¿Negocios? Martí juntó las manos antes de responder.
Estoy aquí de paso. Acabo de ser expulsado de mi país
por el gobierno español. Marcho al destierro. Zola
inclinó el tabaco y la cabeza en gesto de total
comprensión. El iris verde de sus ojos se humedeció de
pronto. La política europea hace estragos en el Nuevo
Mundo, comentó con tristeza, son los tiempos. Ahora dejó
el tabaco entre el índice y el cordial y no volvió a
chuparlo. Se sintió enrojecer. Cuando le vi, a mi lado,
me extrañaron su acento y ese anillo. Martí enderezó la
cabeza. Es un recuerdo del presidio político. Lo llevaré
toda mi vida. Zola ladeó la cara y rechistó. Al volver a
mirarle sus ojos destellaron con una claridad inaudita.
Si pudiera cerrarle esa herida, el odio puede marcarle
el corazón. Martí le respondió sin amargura, sus pómulos
se alzaron y su fina nariz se dilató. Abrió mucho los
ojos, tanto, que su mirada lo iluminó por completo.
Siempre supe que era usted un hombre sensible, y ahora
lo confirmo. Pero no se apene. Para el amigo soy todo
corazón. Incluso, para el enemigo. Sin corazón no hay
empeño que triunfe. Zola entornó los párpados con un
ligero temblor. El tabaco se contoneó entre sus dedos y
cayó al piso la capa de ceniza. ¿Entonces, cuál es su
meta? Martí le contestó de cuerpo entero. Por ahora
conocer, urgir; mañana, aunar voluntades.
Sonó la campanilla, reclamando al público. Los grupos de
charol y gabardina se dispersaron en suave abanico. Zola
apagó el tabaco y conminó a Martí. Avanzaron muy juntos,
entre tanta gente.
En uno de los primeros balcones estaba Paul Delair,
solo, acodado en la baranda, ansioso y trémulo como un
pájaro negro. Iba de frac y sostenía los guantes en la
mano. El pelo crespo y fino le ondulaba sobre las orejas
y su rubio bigote le resaltaba entre tanta oscuridad.
Zola lo descubrió de pronto, mientras llegaban a la
décima fila. Aquél es el autor, le susurró a Martí,
indicando levemente hacia arriba. Martí ladeó la cara y
lo observó. Pobre, añadió Zola, cualquiera sabe lo que
cuesta un estreno. Entraron muy despacio y ocuparon sus
negras butacas. Por cierto, expresó Zola, un tanto
compungido, no sé qué va a pasar ahora. Abrió la palma
de una mano y contó con los dedos. Un acto de
exposición, uno para el asesinato, uno para los
remordimientos. Tal vez uno más para el castigo. Pero la
obra no da para cinco actos. Mostró la mano abierta,
miró de nuevo hacia el primer balcón y esperó la
respuesta. Martí le confesó. Hay algo que me molesta de
la pieza: la falsedad, el oropel. Le diría incluso que
falta el hálito de vida, el desarrollo natural de los
personajes y una explicación racional de sus actos. Pero
algo me agrada. El autor ha tenido el valor de izar la
bandera de la República en el templo del drama. Zola se
inclinó a la derecha para evitar que se estrujara su
chaqueta. En ese instante bajó la luz del gas y su
rostro empezó a oscurecerse. Volvemos a lo mismo, le
dijo con dulzura, sin embargo, ahora lo comprendo mejor.
Usted mira esta obra con su vida y yo con la mía. Martí
juntó una mano sobre otra y el anillo le resaltó en el
anular. Al contrario, el autor toma un punto en común:
la generosa necesidad de vindicar en las tablas los
derechos de los infelices. La luz había bajado por
completo y las claras pupilas de Martí se dilataban en
la oscuridad. Sus propósitos son nobles, no lo dudo,
pero no sus resultados. ¿Cómo hablar de la Francia bajo
Felipe Augusto? Pronunciar la palabra de patria que no
tenía entonces ningún sentido. Eso demuestra, o su poco
talento, o su débil formación. Zola se fue animando a
medida que se encendían las candilejas. ¿Cuándo
comprenderán los autores el profundo ridículo de ese
patriotismo en falso? No es ni siquiera honrado, ya lo
he dicho, porque no puede ver en esto más que una cómoda
manera de robar los aplausos del público. El telón se
descorrió con suavidad y dejó ver un bosque de cartón.
Las figuras del fondo avanzaron despacio hacia el
proscenio. Martí negó otra vez, pero bajó la voz. Una
sonrisa de incredulidad se dibujó en sus labios. ¿Acaso
no lo ve?, indicó hacia los palcos vecinos, el partido
gobernante en la República Francesa aún está apenas
seguro de su poder, está ansioso de afirmarlo. Zola le
respondió de un tirón. Caramba, es usted muy agudo. Ya
sé de qué se trata. Se quiere rebajar el arte a servil
instrumento de la política. Pero este no es el caso, le
interrumpió Martí, además, el teatro ha de ser siempre,
para valer y permanecer, el reflejo de la época en que
se produce. Zola se reclinó hacia atrás y su cara se
inflamó de improviso con el fuerte resplandor de la
escena. No se puede escribir bajo el impacto de la
ocasión. La política cambia, el arte queda. Cuando pase
Gambetta se hundirá todo esto y nadie recordará la
coyuntura. ¿Conoce
El candidato?, apuntó con el índice a Martí. No.
Aunque debo advertirle que nadie sabe lo que va a
quedar. Martí levantó la mano y la sostuvo a la altura
del rostro. El arte verdadero nunca muere. Cúmplase con
el tiempo, luego vendrá la memoria. Eso es lo que
queremos, le sonrió Zola, pero no nos dejan.
El candidato es de Gustavo Flaubert y fue
censurada en el 74 por los mismos que aplauden a Delair.
¿Sabe por qué? Martí se interesó. Apoyó el codo en el
brazo de la butaca y la cara entre sus finos dedos.
Porque no se adecuaba al momento. La República acaba de
nacer y todos tenían miedo a la Comuna. Flaubert tuvo el
valor que se necesitaba para decir que aquello era una
farsa. Los políticos cambiaban de partido, la prensa se
dejaba corromper, los electores no elegían a nadie. El
dinero, en verdad, lo controlaba todo. Se acarició la
barba. Thiers no lo podía permitir. Martí cerró los
párpados, respiró suavemente y preguntó. ¿Qué escribe
ahora su amigo Flaubert? Zola se encogió de hombros. No
lo sé a ciencia cierta. Está en Croisset y no viene a
menudo a París. En la fila contigua, un caballero volteó
la cabeza y les pidió silencio. Zola se contuvo y bajó
la voz. La última vez que nos vimos me comentó una larga
novela cuyos protagonistas son dos ancianos que se
retiran a Chavignolles a vivir de rentas después de un
largo periplo por el mundo. Se llama
Bouvard y Pecuchet. Martí le sonrió,
mostró sus ojos glaucos, acuosos y buenos. Zola apretó
las manos. Es un libro cordial. Habla de la amistad
entre los hombres.
La obra transcurrió sin ninguna sorpresa. El acto
comenzó por la catarsis porque el autor preparaba un
final que rebasara la pieza de teatro. Aischa tuvo locas
pesadillas y se vistió de blanco a la luz de la luna. El
bosque se acercó al proscenio, mientras ella bailaba con
el pelo suelto y una corona de guirnaldas en la frente.
Más tarde se asomó al balcón. Por su pálido rostro le
corrían las lágrimas. No pudo más y preparó un veneno.
Se estremeció en la sala del castillo. Garin llegó
demasiado tarde. Se miraba las manos y la miraba a ella.
En ese instante se transfiguró. Su voz era profunda,
auténtica, con el nervio de un actor de carácter.
Garin se suicidó sobre su amante, con la espada, después
de pronunciar su confesión. Hubo un silencio enorme y se
sintió por todo el lunetario el crujir de los pañuelos
de batista y los suspiros entrecortados de los
espectadores.
El bosque se retiró hacia el fondo. El atrio del
castillo resplandeció en el centro y desde todas partes
vinieron los aplausos. Aimery entró en escena con su
capa escarlata y una aureola de luz. Besó las tablas y
su oscura melena se cubrió de escarcha. Una marcha de
pífanos se escuchó de pronto. Aimery alzó los brazos y
prometió un reino de paz y de justicia. Alix, una
doncella rodeada de flores, se enamoró del poeta. Él la
tomó del talle. La luna de papel brilló en lo alto y las
palabras levantaron vuelo. Los siervos se acercaron a
las luces con sus tridentes y sus alabardas y
proclamaron rey al trovador.
El final fue la apoteosis que se necesitaba. Aimery
declamó su discurso, lleno de frases románticas y
llamamientos a la unidad. En sus palabras, elaboradas
cuidadosamente, había una perfecta consonancia con la
nueva era. El actor gritaba para todos, con los
hexámetros del siglo XIX, que terminaba el partido
militar, la monarquía, la dictadura del general
Mac-Mahon. Él -analogía de Gambetta o de Jules Grevy-
nunca sería un señor feudal ni cobraría el derecho de
pernada ni permitiría que se abusara de los suyos. Cayó
el telón sobre la hermosa pareja y el público se puso de
pie, emocionado. Martí aplaudió con entusiasmo y Zola lo
hizo por cortesía. Los actores salieron varias veces al
llamado insistente del público.
Era la medianoche. La gente abandonó la sala comentando
esta vez en voz alta. Los palcos se vaciaron de
inmediato. Cesó la luz del gas y en la sala vacía se
hizo un silencio profundo. Zola y Martí atravesaron el
pasillo y se dirigieron a la guardarropía. La demoiselle
le dio el gabán a Zola y el abrigo de paño a Martí. Las
damas se enfundaron en sus pieles, los caballeros
subieron a sus coches y partieron de prisa.
Zola quedó indeciso, con la chistera entre las manos. Su
barba oscura y enhebrada, de salientes rojizos, tembló
por un instante. Querido amigo, ¿por qué no viene a casa
y se toma una copa? Puedo brindarle ajenjo, tokai,
lácrima christi. Martí le sonrió con pena. Me dirijo a
la casa de Sarah Bernhardt. Esta mañana la conocí en el
hipódromo y me invitó a su tertulia, después de la
función. Zola insistió, mientras se colocaba en el brazo
la capa de aguas. Podrá ser mañana. De ningún modo.
Martí cerró los ojos y abrió los brazos. Parto al
amanecer por El Havre. Despídame de Francia.
Martí se colocó su sombrero de hongo y le apretó la
mano. La nieve comenzaba a caer sobre la Place de
Theatre-Français.
Zola lo despidió desde la acera. Martí salió a la calle,
entre la multitud. Todavía le vio tomar un coche, abrir
la portezuela, saludar con la mano en el aire. El
cochero tiró de las riendas. Emilio Zola se quedó muy
solo, en el destello azul, bajo la luz macilenta de un
farol.
Fue entonces cuando vio a Paul Delair, de negro y rubio,
tras el cortejo de los diputados. Los dejaba pasar, se
ponía el abrigo, tomaba recto por la rue de Rivoli y
desaparecía en la blanca nevada. También estaba solo, a
pesar de su éxito. Tuvo lástima del pequeño autor, de su
corta grandeza y de su vida. El caballo le vino de
pronto, la muchacha, la sordidez del mundo y de París.
El autor era un simple instrumento y le dolió por
primera vez en su larga carrera de crítico lo que iba a
escribir sobre la obra. Llamó a un coche y subió a la
carrera. Le ordenó que tomara por Saint-Honoré para ver
las luminarias de arco voltaico que acababan de instalar
los ingenieros rusos en el puente de Alejandro III.
En el coche, pensó con ansiedad en el autor. Se arrebujó
mejor, pues hacía frío. El dramaturgo era pobre de
verdad y tal vez un escritor auténtico. Pero el texto
era malo y la puesta un desastre. Iba a fumar de nuevo y
se contuvo. Pasó el Sena con su oscuro lecho, iluminado
a retazos por la luz intensa y rosada de las lámparas.
Era la luz, el portento del siglo. Todos estos detalles
me turban y nunca he comprendido tanto como ahora lo
dolorosa de decir que es la verdad. Sintió una tibia
humedad en sus ojos. El coche pasó el puente y llegó a
Les Invalides por el Arco de Triunfo de la Étoile. Pero
debo decirla. Mi trabajo no es mío y no podemos engañar
a nadie. Me dolería que al cabo de los años, o mañana
mismo, alguien me echara en cara. "¿Quién? ¿Emile Zola?
Ese hombre ha mentido y no tiene derecho a estar entre
nosotros". Se restregó los párpados. Los plátanos
enormes del Quartier Latin se cubrían de escarcha bajo
la penumbra.
Pagó y saltó del coche. Ya sabía lo que iba a escribir.
La puerta de la calle estaba sola con su tenue farolito
de gas.
Emilio Zola atravesó el umbral, dejó el gabán, la
chistera y la capa en los ganchillos del recibidor, se
dirigió a su gabinete de trabajo y entró en el cuadro de
Eduardo Manet. Allí tomó la silla de brocados, se sentó,
abrió un libro por las hojas del centro y lo mantuvo
largo rato en la mano.
Enderezó la cabeza, de manera que su barba rojiza se
enhebrara con el fulgor del saco e hiciera un limpio
contraste con la mano apoyada en el muslo y el beige del
pantalón, con sus ojos claros, serenos y húmedos, con el
buró caoba repleto de otros libros encuadernados en
pasta, con el tintero rococó y la pluma de ave, con la
reproducción de Olimpia colgada en la pared al lado de
una figura japonesa. Se mantuvo expectante entre tanto
abigarramiento de color, escoltado por el biombo del
fondo, donde un pajarillo cantaba a la mañana desde la
fina rama de un cerezo. Cuando se puso a trabajar, pensó
que mejor escribiría el comentario para el Noticiario
Europeo de Rusia, como una de sus habituales "Cartas de
París". Así obtendría unos francos de más, si los
juntaba con los que le pagaban por el mismo artículo en
las redacciones de
Voltaire y El Bien Público. No era
mucho dinero, al fin y al cabo, pero el costo del gas
había subido. Esas noches en vela, tratando de ordenar a
sus Rougon-Macquart, no salían tan baratas que digamos.
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