LA JIRIBILLA
EL RETRATO

Pedro de Jesús López  | La Habana


1
Ella se llamará Ana. Será pintora.
Él se llamó Jorge. Fue propietario de un Chevrolet 57 y chofer.
Ellos se llaman Gabriel y Héctor. El primero es bello. El segundo posee al primero.
2
Ana conocerá a Jorge en la acera del hotel Presidente un día en que ella intentará llevar hasta Ánimas 112, su cuarto, a dos marchands norteamericanos. Ellos pagarán los cinco dólares que Jorge les cobró por el viaje, y Ana invitará al chofer, provocativa, a visitarla cuando él fuera de nuevo por La Habana Vieja.
Él fue la semana siguiente, sin pretextos, viajes imaginarios o casualidades de última hora. A ella le habrá gustado mucho su cuerpo robusto y velludo, el desenfado casi vulgar de su jerga, el bulto preciso y compacto de su pelvis, las manos gruesas, el cabello cortísimo y negro, la barba incipiente, las patillas largas y profusas, las orejas sin las argollas de moda, el torso breve y musculoso. Ella lo bautizará Toulouse-Lautrec aunque no se lo diga. Le habrá gustado su piel trigueña, continuamente sudada, y la despreocupación con que dejaba acumular las pequeñas gotas de la frente y desplazar las grandes del pecho y el abdomen. A lo sumo él se abría la camisa y trataba de ventilarse batiendo la tela contra la carne. A ella le habrá gustado su primitivismo y la seguridad con que lo exhibía. A ella le gustarán los hombres que gustaban antes de las revoluciones sexuales y los movimientos feministas. Adorará sentirse penetrada, avasallada por un cuerpo grávido que la cubra completamente hasta llegar a los umbrales de la asfixia. Solo eso le insuflará fuerzas para pintar y se las quitará de nuevo: un ciclo eterno que la arruinará como artista. «Yo no soy pintora; soy una de las putas de Toulouse-Lautrec», escribirá en un diario que a nadie le interesará leer: nunca aparecerá: no existirá.
Ella abrirá la puerta, se sorprenderá realmente, y así sorprendida le preparará una infusión de canela y jengibre porque no tendrá café. Será de noche. Estarán solos. Mientras hierva el agua ella correrá al espejo del baño para escrutarse, obsesiva, la fealdad del rostro largo y enjuto, la nariz escabrosa, la frente ancha, el pelo lacio y demasiado seco, el cuello raquítico. No intentará maquillarse; se dirá que la expresividad de la mirada la torna bonita, y con esa convicción regresará a la sala.
Él le preguntó por los norteamericanos, y ella le responderá que no habrá tenido suerte, a ellos no les habrá interesado su pintura. Fue entonces cuando él supo que ella será pintora. Pintora. La palabra no le sugirió nada preciso, sólo una extraña imagen se posó en su mente: los dedos de Ana apretando una brocha, tal vez un pincel. Ana atravesará esa imagen con una rapidez fotográfica: Ana rozándole el miembro por encima de los pantalones. Ella le pedirá desnudarse inmediatamente y le aclarará que no puede sostener una relación con hombre alguno sin verle antes la pinga.
Él lo hizo, parsimonioso, y eso aumentará el deseo de ella; las rodillas le temblarán de tanto deseo. Sentirá un ahogo, y creerá haber perdido la voz para siempre. Pero la mirada no: la fijeza de la mirada le arrebatará las ropas a Jorge como arañazos sordos. La vivacidad del pene durante la ceremonia del desnudamiento le servirá a Ana para corroborar que aquel hombre habrá sido correctamente elegido. Un hombre que no se preguntaba nada. Un hombre que sabía percibir la furia de su mirada y no le reprochaba una frialdad que no existirá. Varias veces escribirá esa idea en el diario y estará tentada a decir que esa conducta suya será la de una mujer posterior a las revoluciones sexuales. Pero no lo escribirá, no lo pensará siquiera. Sólo afirmará: «Detesto las contradicciones».
Jorge desnudo fue la destrucción de Ana. Ella vestida se arrastrará arrodillada hasta la destrucción, a unos centímetros de su boca. Pondrá unos cojines para alcanzarla. La mojará con la punta de la lengua, la pellizcará con los labios, la morderá muy suavemente, la succionará, la esconderá dentro de sí con la falsa tranquilidad de que las cosas sumergidas terminan por desaparecer. Ella jugará con la destrucción, querrá tenerla y dejarla, la sacará y volverá a descubrirla, enorme —¿por qué ella habrá de suponer siempre que la destrucción es algo enorme?— y no se atreverá a tocarla por miedo a perder la posibilidad de destruirse. Llorará.
Jorge trató de incorporarla tomándola por los codos, pero Ana se resistirá con desgano. Estará fláccida. Él cobró más fuerzas y repitió el movimiento. Ana tendrá que ceder, erguirse hasta que el pene le roce el ombligo. Sentirá el frío de la saliva en el vientre. Le implorará a Jorge caminar por la habitación.
Él se desplazaba con la torpeza del asombro. (Era un chofer modelando). Pero su pene seguía vibrátil, balanceándose precariamente en el aire. Ana se secará las lágrimas y extática empezará a sugerir posturas atrevidas. Al final, después de una veintena de poses, él estuvo obligado a machihembrarla encima del piso, en una esquina de la sala, con la cabeza de ella chocando contra la pata de una vieja silla de mimbre.
Cuando Gabriel y Héctor tocan a la puerta, Jorge había eyaculado tres veces y Ana estará deseosa de coger los pinceles abandonados durante semanas, desde su última aventura erótica. Tendrá una idea muy vaga. Querrá pintar su propia mirada.
Jorge se vistió con premura. Ana lo hará despacio. Gabriel y Héctor entran intempestivos, sin importarles la presencia del desconocido, como si no existiera. Jorge se fue apenas presentado: ella no soportará la mezcolanza de sus amantes con sus amigos gays. Después de saludar a Ana con la espectacularidad típica de quienes no se ven desde hace un año, Héctor comenta la huida de Jorge en tono jocoso. Ana defenderá una vez más su concepto separatista del mundo. Héctor riposta —frase célebre:
—No es que tú pongas las yaguas antes de caer las goteras, sino que tienes el techo forrado de yaguas siempre. Eso es fraude.
Ella tal vez la consignará en el diario, como prueba del ingenio del amigo.
Tratando de cambiar el curso de la conversación, Ana le preguntará a Héctor sobre sus andanzas en España. Él se extiende en la respuesta pero lo hace con la misma neutralidad que siempre usa cuando habla delante de Gabriel. El único énfasis se lo dedica al centro Humboldt en las islas Canarias: «un lugar de ambiente donde no van ni travestis ni transexuales ni gays muy afeminados; por supuesto, tampoco lesbianas. Son cuatro pisos dispuestos alrededor de un parque que tiene un lumínico con el emblema del centro: un dinosaurio. Los pisos están repletos de discotecas, bares, cines porno, saunas, cuartos oscuros... Es inmenso, cinco o seis veces La Manzana de Gómez».
Ella no abrirá la boca para admirarse. Gabriel se mantiene mudo. Ella se tomará demasiado en serio su papel de anfitriona y querrá introducirlo en el diálogo:
—¿Y tú, Gabriel, extrañaste mucho a Héctor?
«Estúpida interrogante», anotará ella. Gabriel lo extraña mucho, ha vivido extrañándolo desde el principio de esa relación, como si todo el tiempo Héctor hubiera estado muy lejos suyo. Pero esa clase de distancia no es posible tocarla, empieza por respirarse: es como un aire denso que se le va acumulando a Gabriel y llega a impedirle la respiración misma; se queda ciego, sordo, pierde la capacidad de sentir la distancia. Se enajena. Vivir es saber cuán distantes están los otros de uno. El viaje del que ama le otorga a Gabriel el privilegio de esa lucidez. Qué alivio saber que un océano real lo separa de Héctor y no esa insondable asfixia cotidiana.
—Muchísimo.
Ana se mostrará inquieta y dispersa. Terminará declarándose incapaz de continuar atendiéndolos. Utilizará como pretexto a la musa. Antes de despedirse, Héctor saca de la mochila un estuche con tubos de óleo. Ana casi se desmayará de felicidad por el regalo, tan oportuno. Besará al amigo mil quinientas veces en las mejillas y la boca. Ya al final, cuando la pareja está en la calle, Ana elogiará a Gabriel desde el umbral:
—Sigues bello.
En realidad esa frase irá dirigida a Héctor, sólo él la disfruta. Abraza fuerte a Gabriel por los hombros, como diciendo: «Eres bello, me perteneces». En alta voz inquiere:
—¿De verdad me extrañaste muchísimo?
El silencio. La manera más absoluta de despojarnos de toda propiedad.
—¿De verdad?
La insistencia. El intento de exorcizar el silencio, esa fisura por donde intuimos que el otro se nos va escapando.
—Casi me muero.
Héctor lo besa en la boca. Manifiesta deseos de hacer el amor.
Hacer el amor. Hacer el amor es encuerarse y pedirle al maestro, por favor maestro...alza mi culo hasta tu cintura/...por favor maestro hazme decir por favor maestro jódeme ahora, por favor/...por favor acaricia tu verga con blancas cremas/ por favor maestro toca con la cabeza de tu pene mi arrugado agujero del ser/ por favor maestro vete metiéndomela suavemente.../por favor maestro métemela un poquito, un poquito, un poquito,/por favor maestro húndeme tu enorme cosa en el trasero/ y por favor maestro hazme retorcer mi trasero para devorar el tronco de tu pene/ por favor maestro, por favor jódeme de nuevo con tu ser, por favor jódeme. Por favor/Maestro empuja hasta que me duela la blandura hasta la /Blandura por favor maestro haz el amor a mi culo... y jódeme de verdad como a una chica/.../Por favor maestro hazme gemir sobre la mesa/Hazme gemir O por favor maestro jódeme así/...Por favor maestro llámame perro, bestia anal, culo húmedo/ y jódeme con más violencia.../ y lánzate dentro de mí en un brutal latigazo final.../ y vibra durante cinco segundos para eyacular tu calor de semen/ una y otra vez, metiéndomela a golpes mientras yo grito tu nombre Cómo te amo/por favor Maestro.
Héctor lee en España un largo poema de Allen Ginsberg; se reconoce en algunos versos, los copia, los recuerda como si en realidad esos fragmentos constituyeran todo el poema. Pero no se los trae a Gabriel. En Angola, su jefe, también su amante, lo ha poseído así, brutal, sobre el escritorio donde Héctor ha mecanografiado tantos informes de la compañía. Los empujones han fracturado el cristal y herido un muslo de Héctor. Pero Gabriel no debe leer esas cosas, no debe saber nada de ese capitán, ese maestro. La primera vez que Héctor y Gabriel se acuestan, Gabriel se interesa por la cicatriz. «Me caí cuando niño sobre una botella rota». La primera vez que Gabriel se acuesta con un hombre ese hombre tiene una cicatriz; Gabriel pregunta por ella y lo engañan.
Hacer el amor es para Gabriel que Héctor se le encime, lo bese, lo toque, lo lama, lo siga besando, lo toque más, lo succione, lo bese, lo bese, ay, y lo masturbe. Gabriel es el espejo de Héctor. Hacer el amor es para Gabriel vivir la experiencia de esa simetría. ¿Cuántas veces ha querido romper esa imagen, esos reflejos? Sería deshacer el amor.
Debe haber algo que diferencie el erotismo homosexual, le explica Héctor sin que Gabriel nunca le haya preguntado. El reino de Gabriel es el silencio. La superioridad de los homosexuales sobre los heterosexuales radica en que los primeros pueden prescindir de la penetración, cifrar la entrega en la ternura, la espiritualidad, sigue argumentando Héctor. El reino de Héctor es la insistencia.
Héctor es artesano. Tiene treinta y dos años. Gabriel estudia filosofía en la universidad. Tiene veinte. Esta noche hacen el amor. ¿Qué es hacer el amor?
«Hacer el amor con un hombre que no piense que hace el amor, me inspira» —escribirá Ana en su diario. Después de irse Héctor y Gabriel, Jorge regresó. Ella lo abrazará, le pedirá disculpas por la demora de la visita, no habrá podido acortarla más. Le enseñará el regalo, le acariciará la verga, lo despojará de la ropa y le pedirá tenderse sobre el sofá, quieto.
Ana tendrá un lienzo ya preparado. Lo embadurnará con timidez. Ella querrá aprehender la fuerza devastadora de su mirada sobre el cuerpo de Jorge, no detallar los rasgos de los ojos que la producirán. «El dibujo carece de fuerza, no me sirve. No puede haber retrato, ni rostro, ni nada definible. La fuerza carece de forma», ¿escribirá?, sabiendo que la idea no será original ni completamente verdadera. Eso no le importará; ella será una puta, no una pintora. Podrá permitirse cualquier desfachatez, cualquier locura: lanzar brochazos eufóricos sobre la tela pasivísima.
Jorge se durmió sin emitir comentario alguno. Dormido así será más profanable. Ella gozará esa indefensión, lo escrutará hasta la fiebre. Los ojos enrojecidos. El llanto otra vez. Pero se le ocurrirá que habrá de ser más excitante hacerlo reposar en una habitación que habrá de tener una ranura, a través de la cual ella habrá podido observarlo sin que él posara para ella. Ana precisará la existencia de un límite, una barrera; sólo saber que ese cuerpo no le pertenecerá la impulsará a su conquista. Ella necesitará el susto de la prohibición, el placer del hurto. «Héctor siempre me dice que yo soy un maricón con tetas. Creo que es cierto». No podrá pintar más, tapará a Jorge con una sábana.
¿Será una mujer posterior a las revoluciones sexuales? ¿Qué deberá ser una mujer después de las revoluciones sexuales? Esos pensamientos la contaminarán, fugaces, pero no los escribirá. No los habrá pensado siquiera. «Detesto las contradicciones» —será la frase que más repetirá en el diario y nunca la explicará.
—¿Me fuiste infiel? —Héctor persiste en la misma pregunta y aprovecha ahora para quitarle la sábana a Gabriel y obligarlo a mostrar la belleza de su desnudez. Pudoroso, Gabriel vuelve a cubrirse. Al fin decide quebrar el silencio.
—Nunca.
—No sé si creerte —y lo destapa de nuevo, lascivo.
¿Qué es la creencia?: lo que no existe. Lo que existe es la necesidad de la creencia. (Manuscrito de Gabriel: Apuntes filosóficos, página 34).
—Deseo hacer el amor otra vez —insiste Héctor, reaccionando al mutismo de Gabriel.
Ninguno de los dos desea al otro. ¿Qué es el deseo? Una creencia. Algo que no existe. Lo que existe es la necesidad del deseo. (Ídem. página 78).
Gabriel no responde, se entrega, busca el deseo.
3
Ana le contará a Héctor cada detalle de su relación con Jorge y la necesidad de encontrar un lugar idóneo para observar al amante a hurtadillas. A cambio, Héctor le narra las aventuras suyas con los hombres españoles, debidamente calladas en la última visita.
Ana adorará a ese Héctor confesional y exaltado que se devela cuando está solo. Sin embargo, le preguntará por el otro. Ana no entenderá cómo un muchacho tan bello puede vivir enclaustrado como si fuera una mujer del siglo XIX. Héctor replica, argumenta que Gabriel sale para lo imprescindible: la universidad. Ni a las bibliotecas tiene que ir porque él le ha traído los libros de España. La calle está muy mala, Ana; a Gabriel no le falta nada. Héctor se lo da todo: dinero, ropa, comida...
Ana estará tentada a recriminar el egoísmo del amigo, pero la contendrá la sensatez.
Héctor comenta que los dos cuartos pequeños de su casa que él acostumbra alquilar, están desocupados ahora; son contiguos y entre ellos es posible agenciarse el espionaje. Ella aclarará que no tendrá dinero, él se los ofrece gratuitamente hasta que el cuadro esté listo. Ana dudará de tanta bondad, pensará que Jorge pudo sentirse mal en la casa de unos gays, a ella también le molestará esa proximidad. ¿Valdrá la pena poner en peligro su relación con Toulouse-Lautrec por aquella idea?
Ana aceptará e inventará una causa distinta para explicarle el cambio a Jorge. Él la creyó.
Gabriel no comprende el altruismo repentino de Héctor, tan reacio a compartir su espacio incluso con amigos a quienes les apremia más la ayuda. Pero calla, recibe a los refugiados con la cara bella e inexpresiva de siempre. No soporta la chabacanería del chofer, no entiende esa mezcla entre pintura y jerga solariega, pero calla. Su silencio es total.
Ana alabará el minucioso trabajo de marquetería que la separará de Jorge. Él se sorprendió al encontrarse aquel cuarto inmenso dividido en dos, y cuando se quedaron solos manifestó su aturdimiento. ¿No vinieron aquí a estar juntos, Ana? Sí, pero cuando él hubo muerto por el cansancio de tanto fornicar, ella quedará sola y pintará, sobreponiéndose a la destrucción física. Él lo acató todo, aún sin comprender. Él no tenía que comprender.
Por minúsculos resquicios que habrá entre las figuras geométricas que compondrán la pared, Ana escrutará el cuerpo de Jorge. Ella le pedirá dormir desnudo. Él no indagó razones, le bastó el masaje casi etéreo que ella le propinará en los genitales para intuir la pertinencia de obedecerla. Únicamente después, cuando estuvo solo, empezó a extrañarse. Miraba el techo, las imágenes formadas en la madera, la lámpara. ¿Qué hacía él allí? Había algo incomprensible en todo aquello; nunca antes se tropezó con una mujer así, tan rara.
Cuando la palabra «rara» apareció en la mente de Jorge, Ana inundará el lienzo de un ocre intenso que irá transfigurando las pequeñísimas manchas de amarillo del primer día. Avanzará, frenética. Destapará otro tubo de óleo: verde. Dudará. Sentirá que algo la observará lascivamente desde el cuadro en ciernes. Querrá liberarse de toda la ropa, impúdica, conminada por esa fuerza ¿Será su propia mirada que habrá comenzado a revelarse? ¿Existirá su mirada más allá de ella realmente?
Cuando la palabra «rara» apareció en la mente de Jorge, él se incorporó, palpó las decenas de triángulos, óvalos y pirámides que se interpondrán entre la rareza y él. Casi por instinto pegó las pestañas al barniz. Buscó. Vio a la pintora en cueros, de espaldas, encabritada sobre un trípode, balanceándose como una esquizofrénica en crisis, derrochando óleo a diestra y siniestra. Se creyó repentinamente descubierto, tuvo miedo y se alejó un instante del resquicio. Pero la atracción fue mayor.
No será el cuerpo delgado de Ana quien lo seducirá sino un efluvio cálido e indescifrable. Empezó a masturbarse mirando a Ana porque será lo único concreto que se le ofrecía. Sintió que él también se estaba convirtiendo en un hombre raro. Imaginaba otros cuerpos y los iba superponiendo sobre el de Ana. Ninguno lo motivaba. La causa de su enardecimiento era otra.
Ana estará hierática, inclinada hacia delante, el clítoris rozando el cuerpo del trípode. No sabrá qué la irá excitando hasta obligarla a aferrarse con los dedos al asiento. ¿Querrá hacer el amor con Jorge? ¿Querrá hacer el amor? Tendrá que buscar a Toulouse-Lautrec para saberlo. Tendrá que buscar a alguien.
Ana se levantará e irá lenta, tiesa y contraída.
Jorge se tendió nuevamente, con los ojos abiertos y la verga dura, fracturable.
Ella no lo mirará.
Él tampoco la miró.
Ella sentirá ese temblor repetido.
Él se derramó como pinceladas epilépticas.
Ella y él, por vez primera irreconocibles, ajenos.
Héctor no puede conciliar el sueño, suda, enciende la luz del escritorio, deambula por el cuarto. Gabriel lo vigila con los ojos semicerrados, la sábana tensa, atrapada por los talones y los dedos de las manos. Héctor sale del cuarto, camina por el pasillo, se detiene ante la puerta de la otra habitación. Se enardece. Piensa en Gabriel pero en verdad no piensa en Gabriel. Se enardece. No puede salir para la calle, caminar, buscar en la oscuridad. Piensa en Gabriel, se lo dice muchas veces para creerlo. Retrocede, abre la puerta, se le aproxima con furia, le arrebata la sábana, le baja el calzoncillo, intenta succionarlo. Gabriel está yerto, aterrorizado. Los ojos se le han hecho dos globos enormes, el pene es una arruga gruesa inatrapable. Héctor se le sienta encima, frota su ano contra la arruga, que va dejando de existir. Se estruja contra lo que ya no existe. Procura los labios de Gabriel, que apenas se entreabren. Los lame, la lengua toda afuera. Gabriel tirita. El aire acondicionado está muy frío. Gabriel no habla, Héctor recobra la lucidez, se desmonta, quita el aire, apaga la luz, se tiende, Gabriel se cubre. Héctor le dice que tuvo una pesadilla.
Ana se separará del cuerpo anónimo que la atravesó y paseará intensa e inacabada por la habitación. Sentirá como si algo la conminara hasta el frenesí y el agotamiento. Si no lograra controlar eso, terminará golpeándose, lacerándose el cuerpo. Sin embargo, no podrá nada. Moverá los objetos que encontrará a su paso, los apretará hasta que amenacen romperse. Los impulsos la harán llegar delante del cuadro; la idea de destruirlo la compulsará a contraer los dedos. «Es una mueca, una mueca de las manos», pensará. No, no deberá descargar aquello contra su propia obra. Tratará de preservar el cuadro colocándolo de frente a la pared.
Habrá un alivio paulatino, y después una quietud adormecedora. Ana reconocerá a Jorge, lo abrazará. Él la besó, apacible, como quien hubiera rozado un recuerdo.
4
A la mañana siguiente, cuando Ana voltee el cuadro para seguir pintando, volverá a experimentar el mismo desasosiego. Sin explicaciones plausibles que atribuirle, terminará aceptando la única en la cual nunca habrá creído hasta entonces: la genialidad. Una sensación tan extraña como aquélla sólo habrá podido provenir de una conexión espiritual profundísima y esencial de la artista con su obra y de ambos con los misteriosos ritmos cósmicos.
«Durante esos días no me sentí puta sino pintora; toda la energía sexual la descargué en el lienzo. Fue tanta la entrega que olvidé a Toulouse-Lautrec. Era simplemente Jorge. Ya ni era» —podrá escribir.
Jorge también se despertó con apetencias descomunales. Esta vez, lejos de provocarle inquietud, las asumió ufano, como naturales suyas. Aquella desmesura ratificaba su virilidad.
Héctor abre los ojos, ha tenido un sueño fabuloso con el capitán, un sueño que no sabe si es un recuerdo o una premonición o una fantasía. Lo que sea, es bueno: Héctor no quiere desprenderse de semejante asidero.
Gabriel permanece estirado desde anoche, sufre de un encogimiento que no logra articularse físicamente. El más mínimo roce lo convertiría en un ovillo.
Jorge caminó desnudo hasta Ana, eterna sobre el trípode. Le puso la verga erecta sobre la espalda, la acomodó a lo largo de las vértebras, luego pegó su cuerpo al de ella y pudo abrazarla por detrás. Con las manos le atrapó los senos. Ella se erizará. Sin embargo, no dejará de maniobrar con el pincel para besar a Jorge. No le hablará. No lo mirará. Él le respiró el fogaje de su aliento en el oído de ella. Ana estará todo el tiempo enhebrada por espasmos, pisando la insistencia de un borde. Él se exacerbaba más. Ella hará un levísimo ademán para separarse. Sin comprenderla, él acató la distancia súbita.
Retrocedió tambaleante y enseguida volvió a acercársele, tratando de situarse entre el cuadro y ella, pero el brazo de Ana se lo impedirá. Con su mano gruesa Jorge inmovilizó aquel brazo. Ella reaccionará al fin, sabrá que él estaba ahí, que la destrucción estuvo a unos centímetros de su boca. Cerrará los ojos, molesta, y los abrirá, violenta casi, cuando sienta esa enorme cosa latiéndole en los labios. Con los pies impulsará el resto del cuerpo hacia atrás y el trípode caerá. Él la sujetó más fuerte aún por el brazo y la obligó a erguirse. Los dedos de Ana habrán dejado libre el pincel, que imprimirá una mancha azul sobre el piso.
Ella discutirá, hablará del respeto mutuo, de la necesidad artística, del ultraje. Él le reprochó frialdad. Ella repetirá los mismos argumentos. Él desistió, alarmado por aquella verborrea inusual en Ana, y la soltó.
Ana alzará el trípode, lo colocará en su sitio y volverá a sentarse. Tardará unos minutos para recuperarse del temblor que le inutilizará la mano. Jorge salió del cuarto y bajó las escaleras, furibundo. Héctor baja también, alucinado.
A través de los cristales de la sala, Jorge, sentado, trataba de diluirse en la inasible rectitud del horizonte. La vista y la mente anhelaban una fijeza que fuera blancura, despojo, nulidad. Imposible.
De pie, Héctor observa las líneas múltiples del cuerpo de Jorge. Sinuosas, nítidas, alcanzables. Héctor pondera la nube magnífica que emergía de la cintura de Jorge y le impide concentrarse en la integridad del paisaje.
Jorge no existió más. Sólo hay esa nube, sin horizonte, sin espacio real o imaginario para apoyarse o flotar. Sólo hay ese impulso, esa fe, esas rodillas sobre el piso, esa boca famélica que se va tragando la nube, esa lengua como un relámpago, esa lluvia, esa acidez triunfal hasta el estómago.
La blancura. El despojo. La nulidad. Jorge apostaba, obstinado, a la línea del horizonte, que poco a poco fue tornándose borrosa y absurda; luego se aferraba a los cristales, demasiado limpios para negarle la imagen de Héctor arrodillado y omnímodo; luego apretaba los párpados; luego no supo.
«Excesivamente abstracto» —evaluará Ana su cuadro en un instante de desapego. ¿Aquellas manchas sin concierto, aquellos colores vivos degradados por antojo hasta una palidez mortecina traducirán su mirada? El temor de haberse equivocado la obligará a continuar, porque sólo en su mano, en el avance de su mano, hallaría la respuesta.
La perseverancia es miedo. Toda pregunta repetida, toda búsqueda obsesiva, están guiadas por la misma timidez esencial. No somos osados cuando interrogamos. Inquirir algo es quedarse atrapado en la propia duda; todo movimiento creado por ella es falso, encubre una inercia a la que somos incapaces de sobreponernos nunca. ¿Y qué es la vida: un acto afirmativo y arbitrario o una interrogante paralizadora? (Ídem, página 99).
Gabriel se atreve a incorporarse en la cama. Cruza las piernas hasta hacer que los pies toquen los glúteos. La sábana es un chal muy íntimo que cae con blandura sobre sus hombros fornidos. Gabriel es libre. Sabe todo esto: Héctor y Jorge han bajado, Ana pinta, nadie husmeará en la belleza de él: Gabriel goza de un olvido absoluto. No existe. Quisiera correr por el cuarto, danzar, tararear una canción tal vez infantil. Ha leído o alguien le ha dicho que la libertad es ese regocijo efímero que sobreviene con el olvido. La palabra efímero lo detiene, ¿o han sido más bien los deseos quienes se han escurrido de pronto y lo han hecho pensar en la palabra?
Flexiona el tronco, alcanza con la mano la gaveta adosada a la cama, hurga dentro de ella y encuentra el tarot, la espiga de incienso y la fosforera. Gabriel sabe que abajo, después de succionar a Jorge, Héctor se ha parado y empieza a masturbarse frente a él. El chofer se sorprendió por la grandiosidad de aquel pene. Descomunal y robusto. Terso y uniforme. Imperioso. Altanero. Gabriel sabe que Héctor no pretende posar para el otro, incluso la sospecha de que ese oteo hondo a sus genitales sea un reproche, una blasfemia o una culpa recóndita, lo induce a voltearse. Sus nalgas son rotundas.
Gabriel sabe que a través de los cristales Héctor fija los ojos en el cuerpo exquisitamente lánguido de Jorge sobre el sofá, como si fuera un horizonte que una vez pudo hacerse táctil en un sueño y ahora es sólo eso: memoria, tristeza, capitán moribundo, horizonte mayúsculo hasta la ceguera.
Pero Gabriel sabe que Jorge arrasó con los paisajes. Tormenta. Impetuoso avanzó, enhiesto para siempre, dispuesto a desdibujarlo todo. Y sabe también que Héctor, cortés y valiente, se dobla hacia delante en una reverencia secular, y con las dos manos separa las nalgas una de otra y está a punto de llamarle Maestro a Jorge.
«Demasiado académico» —valorará Ana. Gabriel sabe que ella, al contrario de sus propias intenciones, habrá contorneado una nube casi perfecta en el lienzo. «¡Y pensar que lo he entregado y arriesgado todo por una imagen que al final no era mi mirada!» Pero Gabriel sabe que ése no es el final; Ana insistirá, se empeñará en borrar o perpetuar la imagen después de preguntarse si en realidad su mirada no sería esa nube y no poder responderse.
El final es siempre un acto afirmativo y arbitrario. Enemigo acérrimo de las interrogantes. (Ídem. página 112).
Gabriel sabe que Jorge se la fue metiendo suavemente a Héctor, un poquito, un poquito, un poquito, y terminó hundiéndosela por completo en el trasero. Sin cremas blancas, sin mesa, sin que mediara una súplica o una indicación; sin que Jorge lo nombrara perro, bestia anal, culo húmedo, ni nada. ¿Qué es hacer el amor? ¿Qué debe ser? ¿Qué puede?
Gabriel sabe que Jorge puso su mano sobre la de Héctor cuando Héctor comienza a frotarse el pene. Jorge movía la cintura y la empujaba, agresivo, contra la nube; la traspasaba, la convertía en una película transparente —un cristal en medio de la sala— cuya delgadez le permitía tocar la mano convulsa de Héctor, que dibujaba un horizonte del otro lado.
Gabriel sabe que la violencia de los brochazos rápidos y opresivos de Toulouse-Lautrec arremetió después contra esa mano, para eliminarla del paisaje y consumar la creación del horizonte —recto, blanco, posible— con la suya sola, la única mano: —lo peor.
«Poético. Muy poético. Falso» —juzgará Ana. A distancia del cuadro apreciará la nube, que permanecerá allí, protuberante, inmovible como un reto, tal vez como una verdad; maltrecha por las pinceladas, hendida, goteante de sí misma, casi una pérdida total, pero jamás una pérdida: siempre allí.
«Primitivo. Común. Cursi» —Ana prolongará su tormento.
Gabriel sabe que Jorge no se arrepentía de nada, ni siquiera meditaba sobre lo sucedido; antes bien se dedicaba a imaginar con placer y morbo infinitos lo que hubo de acontecer entre Héctor y él más tarde, enseguida, porque la intensidad de Jorge era mucha y no admitía espera. Declaró:
—Si yo tuviera una pinga como la tuya, sería el hombre más feliz de Cuba. Tendría miles de mujeres. Es una lástima.
Gabriel sabe que a Héctor le parece abominable la envidia de Jorge. Sabe que Héctor ha cobijado a la pareja para seducir al chofer de una manera preconcebida e inalterable: inaugurándolo Maestro, invistiéndolo Capitán, como quien otorga y deposita sobre la cabeza, el cuerpo o la frente de algún elegido, una corona de laurel, una toga o una diadema. (¿Desde cuándo Gabriel sabe esto?) Y Héctor no le perdona a Jorge las atribuciones suyas para modificar y destruir los mejores y más importantes actos del rito. Gabriel lo sabe: la espontaneidad de Jorge, su ausencia de culpa y su deslumbramiento compulsivo con el pene de Héctor, son crímenes.
La fantasía es el reverso de la libertad, su antagonista irreconciliable. La fantasía es dogmática y autoritaria; no admite réplicas ni exenciones. Por su renuncia a las interrogantes tiene las apariencias de un final, de algo que se cierra. Pero es un fin siempre, algo que debe y procura abrirse. De ahí su paradoja y su patetismo. (Ídem, página 127).
Héctor aclara —frase célebre si Ana la incluyera en el diario que no existirá:
—Y si yo tuviera la tuya sería el gay más feliz del mundo. Sólo te tendría a ti. Sería un orgullo, pero sigue siendo una lástima.
Gabriel sabe que Jorge no pronunció otra palabra. Era más sencillo abalanzarse contra Héctor y poseerlo, una y mil veces. Ahora, cuando Jorge emprendía la enésima, Héctor, tendido de espaldas encima de la mesa de granito, siente necesidad de suspenderlo todo, virarse
—inventando un cristal debajo suyo— y proponerle al chofer: «Te pago lo que pidas, hasta el mismísimo horizonte. Sé Maestro. Sé Capitán. Yo seré Perro. Bestia Anal. Culo Húmedo. Muslo Roto».
Pero la gratuidad, las evidencias palmarias que han resultado de ella, seguirían lacerando a Héctor. Después de los develamientos de la entrega el pago es imposible, mucho más si Jorge le regalaba un beso profundísimo entonces, el primero: atroz, prohibido, definitorio. Aquel beso lo destruía todo.
Gabriel sabe que Héctor se adentra en la destrucción, estoico y rebelde a un tiempo, como si la novedad de la saliva, de los ojos que desaparecen y resurgen y se pierden, del jadeo pausado hasta la inexistencia, de la caricia cada vez más caricia y melancolía, fueran una espesura de la que hay que cuidarse, no obstante ser inútil toda prevención, porque la espesura es eso: la realidad, el zarpazo, la muerte.
Vivir la fantasía es arriesgarse a convocar el vacío: cerrar y abrir una puerta al unísono. La locura. Habría que ser la puerta, no la mano. Habría que ser. (Ídem, página 141).
Gabriel sabe que no ha escrito nada original, no porque haya leído o escuchado palabras semejantes a las suyas, sino porque son tan obvias que remedan el eco de una voz desconocida y sin embargo familiar, de una presencia inobjetable. Eso no lo postra ni lo angustia. Sabe que es un joven bello, no un filósofo. Su manuscrito no existe, sólo su juventud y su belleza ¿Puede haber algo más?
Sabe que también ese gesto, esas tres cartas entresacadas al azar y dispuestas sobre la cama, esa lectura tan personal que hace de ellas mientras el incienso arde, son redundantes, prescindibles. La Emperatriz y La Torre y en medio El Diablo. Arte, nihilismo, tentación. Trampa, deseo, descendimiento. Saber oscuro, peligro, dolor. Sin matices ni fraseos curvos: tajante, collar de escasas pero pesadísimas perlas que nos fuerza a doblar la nuca y caer prosternados sobre el suelo: cadena áurea.
Ana pinta un cuadro perturbador y bajo su influjo misterioso la paz y el orden se desmoronan. En el centro está El Diablo. Gabriel sabe que alguien ha escrito esta historia, que todo es una repetición confusa, casi etílica, de esa otra historia: el retrato de un viejo cuyos ojos fueron trazados con tal excelencia que no parecían una copia, miraban humanamente desde el lienzo y arruinaban su armonía. El viejo era El Diablo. El retrato anduvo de mano en mano, sembrando sensaciones angustiosas y sórdidas en quienes lo poseían, y al final alguien lo robó en una subasta.
«Genial. Era una obra maestra. Haberla perdido fue dejar de ser pintora, no existir. Desde entonces fui una puta más, confundible» —afirmará Ana meses antes de morir en un diario que no aparecerá nunca.
«Genial. Es una obra maestra. Soy una pintora» —pensará Ana frente a la nube diseminada, aquel remolino grisáceo e informe, jaspeado con delgadísimas vetas negruzcas y toscas salpicaduras de colores varios. Repetirá —salmo, estribillo— que es genial. Tres, cinco, veinte veces. Se masturbará balbuceándolo y ronca se dormirá.
Gabriel sabe que él, con el chal sobre los hombros, entra en el cuarto donde Ana yacerá. Encima del trípode la pintora habrá dejado la paleta y los pinceles. El joven, bello como nunca, empuña uno al revés y mientras perfora el lienzo rítmicamente con el arma improvisada, siente el óleo húmedo de las cerdas hociqueándole la palma de la mano. Su respiración le dicta la frecuencia de las acometidas. Gabriel lo sabe: la sábana resbala y cae sobre el piso manchado. Él no la recoge hasta que la mirada se halle extinta, hasta que Héctor y Jorge se queden paralizados, uno de bruces contra la mesa de granito; el otro, Maestro sólo unos segundos, de pechos contra la espalda de Héctor.
Gabriel sabe que Jorge, extraño y asustado, se separó de Héctor y subió las escaleras hincando el cemento con una rapidez que Héctor escucha como si fueran puñetazos, puertas, finales.
Gabriel sabe que pasa un largo rato antes de que Héctor se decida a subir también. Roza los escalones cansadamente; el sudor de los pies descalzos marca la trayectoria de esa lentitud.
Gabriel sabe que él se lava la mano embadurnada de pintura y luego hunde la sábana en un cubo con agua y detergente para hacerla reposar hasta que Héctor y él se queden solos.
Al amanecer Ana despertará sobresaltada ante los ripios de tela y el bastidor vacío y se arrojará sobre Jorge zarandeándolo por los hombros e increpándole con gritos histéricos el haberse dejado llevar por impulsos tan bajos, el haberla traicionado así, de manera tan alevosa. Jorge supuso que Ana había descubierto la locura suya con Héctor. No valía la pena refutar nada, ni siquiera justificarlo; era preferible abandonar todo, vestirse sin mirarla y salir sin despedirse de nadie.
Gabriel sabe que Héctor consuela a la amiga sollozante, la ayuda a juntar sus pertenencias en una mochila, la acompaña a la puerta de la sala y casi la empuja dentro del ascensor. Hoja metálica. Imagen cercenada. Adiós inexpresivo.
Gabriel sabe que Héctor regresa, y que otro hombre, sin rostro ni señas, anónimo, busca a Gabriel en alguna parte, y se detiene ahora, sobrecogido por la ausencia temeraria del joven. Ese hombre lo desea. No hay un silencio que los inmunice y los haga saludables y falsos. Sólo la noche, las palabras trémulas y vehementes de Gabriel, incoercibles como los silabeos de un niño; sólo ese beso realmente cálido después de las palabras, sólo sus cuerpos desnudos, ingrávidos, casi irreales. Sólo el deseo, simple y atávico. Ese hombre es lo único que existe.
¿Quién es el otro que viene ahora hacia Gabriel? Él lo sabe, es Héctor, llega y se sienta en el borde de la cama, mira a Gabriel acostado y llora mudo frente a él. Luego se tiende al lado suyo y lo aprieta y sigue sin hablar nada. Atávico y simple como el deseo. Gabriel se deja abrazar, sabe que el hombre desconocido empieza a moverse, se va alejando mientras él se deja abrazar, y termina esfumándose en alguna esquina. Sólo existen ellos dos, Héctor y Gabriel. Ana jamás se encontrará con Jorge; Jorge nunca se encontró con Héctor. Todo es obra del Diablo. Gabriel lo sabe, se levanta y va al baño, sumerge sus manos en el cubo y restriega la sábana con devoción.
5
Ella se llama Ana. Es pintora.
Él se llama Jorge. Es propietario de un Chevrolet 57 y chofer.
Ellos se llaman Gabriel y Héctor. El primero es bello. El segundo posee al primero.


© La Jiribilla.
La Habana. 2002
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