LA JIRIBILLA
JOSÉ MARTÍ: POR EL EQUILIBRIO
Y EL DECORO DEL MUNDO


En Martí la capacidad de intuición se alimentaba de hechos. Él conocería tempranos indicios de la codicia de los Estados Unidos con respecto a Cuba y, sin duda alguna, la historia de la fundación de aquel país, que creció de este a oeste a base del exterminio masivo de "indígenas" y la usurpación de sus tierras, en una acometida expansionista que aprovechó asimismo ventajosos negocios con otras naciones.
 

Luis Toledo Sande | La Habana

No son necesarias la inminencia de otro aniversario (el 149) del nacimiento de José Martí ni la todavía cercana tragedia del 11 de septiembre de 2001 -con sus pavorosas derivaciones- para meditar sobre el tema sugerido en el título de estas líneas. Pero la reflexión puede sentirse estimulada por ambos hechos.
Ante las maniobras del Congreso Internacional de Washington -que sesionó en el invierno de 1899-1890 y fue el inicio de una serie de Conferencias al servicio del panamericanismo imperialista, todas ellas precursoras del truculento ALCA-, José Martí advirtió la encrucijada que se le presentaba a Cuba. Si los países ya emancipados del coloniaje europeo eran objeto de los planes de dominación económica y, por ese camino, política de los Estados Unidos, esa nación le preparaba a Cuba -todavía colonia- "otro plan más tenebroso": "el inicuo de forzar a la Isla, de precipitarla, a la guerra, para tener pretexto de intervenir en ella, y con el crédito de mediador y de garantizador, quedarse con ella".
En Martí la capacidad de intuición se alimentaba de hechos. Él conocería tempranos indicios de la codicia de los Estados Unidos con respecto a Cuba y, sin duda alguna, la historia de la fundación de aquel país, que creció de este a oeste a base del exterminio masivo de "indígenas" y la usurpación de sus tierras, en una acometida expansionista que aprovechó asimismo ventajosos negocios con otras naciones. Tan voraz empuje, que no soslayó el norte -no debería desconocerlo Canadá-, se desató sobre todo hacia el Sur, con el saqueo de más de la mitad del territorio mexicano. En la matanza de "indígenas" y en la operación contra México los conquistadores echaron mano a la presunta inferioridad (cultural, religiosa...) de sus víctimas, y en el segundo caso provocaron que fuera antecedida por disturbios fronterizos que adujeron para justificar sus planes.
Martí no ignoraba que prácticas y concepciones semejantes podían desplegarse contra Cuba. El pretexto, muerto ya Martí en combate, lo proporcionó el hundimiento del Maine todavía hoy se discute si fue un accidente, un atentado o un autogolpe. La respuesta exacta quizás nunca se sepa, y acabaría siendo secundaria con respecto al hecho de que, repitámoslo, la tragedia de aquel acorazado sirvió de pretexto a los Estados Unidos para justificar su intervención en la guerra que el pueblo cubano libraba contra el colonialismo español, y para tratar de quedarse indefinidamente con Cuba. Consumada en 1898, la intervención corroboró las previsiones de Martí: fue parte de un plan más vasto, cuyos resultados para Puerto Rico, Filipinas y otras partes del mundo son bien conocidos, o deberían serlo, y que abrió el camino a las guerras de rapiña del siglo xx. 
La relación de pretextos utilizados por los Estados Unidos para consumar sus planes injerencistas e intervencionistas es larga. Sin pretender exhaustividad, añadamos a los ya mencionados los que les han servido a los gobernantes de esa nación para invadir, entre otros países, a la República Dominicana -varias veces víctima de esos actos-, Granada y Panamá, que de hecho durante un siglo mantuvieron ocupada y en 1989 bombardearon para apresar a su presidente. Con Pearl Harbour, acontecimiento al que no han faltado razones para atribuirle una urdimbre diabólica, se les presentó el pretexto para el monstruoso ensayo de la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki. La inaceptable ocupación de Kwait por Iraq les facilitó "justificar" sus inaceptables bombardeos y actos posteriores contra este último. A complicados conflictos internos en Yugoslavia echaron mano para dar por buenos los bombardeos contra ese país, cuyo pueblo padeció así daños todavía mayores que los ocasionados por dichos conflictos.
Los atentados del 11 de septiembre último, especialmente los perpetrados contra las Torres Gemelas, han recibido de los medios dominantes un despliegue propagandístico incomparablemente mayor que el reservado a la masacre que veintiocho años antes sufrió Chile y en la cual intervino la complicidad del gobierno estadounidense. El desbalance noticioso no es un hecho casual: la nueva tragedia les sirvió en bandeja a los imperialistas el pretexto para reforzar la desfachatez con que, desde las agresiones contra Iraq y Yugoslavia, vienen corroborando, auxiliados por la quiebra del campo socialista europeo, su absoluto desprecio a la comunidad internacional y a la ONU. Con respecto a los actos terroristas del 11 de septiembre último siguen en pie, como en lo tocante al Maine, hundido hace más de cien años, incógnitas que acaso nunca se esclarezcan plenamente. Pero la respuesta que a esos actos vienen dando los gobernantes de los Estados Unidos muestra a las claras la prepotencia del imperio que se siente a la cabeza de un mundo presuntamente unipolar.
La desembozada tendencia a la fascistización -cualesquiera que sean los términos esgrimidos por sus gobernantes o por quienes se encargan de maquillarles la imagen- confirma que a la orientación política dominante en los Estados Unidos la Alemania hitleriana le molestaba como rival, no por los crímenes que los nazis cometían. Los pronunciamientos del actual presidente estadounidense contra los derechos civiles y, en general, contra la tan ensalzada institucionalización de su país, se han podido calificar como un golpe de estado. El presidente del país que más tiranías ha prohijado fuera de su territorio, que más ha patrocinado o estimulado el terrorismo en el mundo y que más ha violado las leyes internacionales y más muertes ha ocasionado en el planeta, se permite hablar en nombre de la Injusticia Infinita y de la Libertad Duradera, y presentarse como paladín de la lucha contra el terrorismo. Para colmo, arrastró o aún arrastra en sus maniobras a gran cantidad de gobiernos y de medios capaces de manipular, ocultar y falsear la opinión y los intereses de los pueblos.
En "aquel invierno de angustia", como dijo que para él fue el de 1889-1890, Martí consolidó su comprensión de que estaba en juego el equilibrio, más que de un continente, del mundo. Y ante esa realidad vio el mayor significado de la independencia de Cuba, por hallarse esta Isla, como parte de las Antillas, "en el fiel del mundo": debía servir de garantía, escribió en 1894, a la independencia para nuestra América toda, y al "honor para la gran república del Norte, que en el desarrollo de su territorio [...] hallará más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores, y en la pelea inhumana que con la posesión de ellos abriría contra las potencias del orbe por el predominio del mundo". El 25 de marzo de 1895, camino hacia Cuba alzada en armas por su liberación, reiteró esos propósitos con mayor precisión aún: "Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo."
Lo ocurrido, como espiral de tragedia, desde 1898 hasta nuestros días, certifica la claridad con que Martí, auxiliado por la experiencia de los casi quince años que vivió en los Estados Unidos, veía el devenir del mundo y, en particular, las entrañas de ese país. Aparte de que no tardó en apreciar la esencial similitud entre los partidos Republicano y Demócrata, ya en 1883 definió a la facción más recalcitrante del primero como "los imperialistas, los 'mejores',-y sus apodos son esos,-los augures del gorro frigio, que, como los que llevaron en otro tiempo corona de laurel, y túnica blanca, se ríen a la callada de la fe que en público profesan; los que creen que el sufragio popular, y el pueblo que sufraga, no son corcel de raza buena, que echa abajo de un bate del dorso al jinete imprudente que le oprime, sino gran mula mansa y bellaca que no está bien sino cuando muy cargada y gorda y que deja que el arriero cabalgue a más sobre la carga".
Se ha llegado hoy a un punto culminante en esas prácticas. El que aparece como gobernante de los Estados Unidos es algo más que un jinete imprudente, y la tragedia del 11 de septiembre le proporcionó, de paso, argucias para tender un manto de olvido sobre las jugarretas que le sirvieron en su tránsito a la Casa Blanca. En ella se instaló con su aval de promotor de ejecuciones "legales", aplicadas con sospechosa preferencia contra miembros de las "minorías" discriminadas; y -con beneplácito de la ultraderecha, particularmente de los dueños de la industria militar- ha coyundeado la opinión pública doméstica, capitalizado actos terroristas que se atribuyen a antiguos socios suyos -no harán falta más títulos para caracterizarlos- y logrado que se sometan al imperio, de manera más bochornosa que nunca antes, si cabe, otros gobiernos que también quieren que sus pueblos sean mulas mansas y bellacas.
Harto roto está el equilibrio del mundo, y más que dudoso y lastimado el honor de quienes rigen una potencia que procura imponerle a todo el planeta las reglas que a ella le convienen. Nada nuevo parece haber empezado el 11 de septiembre, sino un reforzamiento mayor de males que han tenido una larga gestación. El sello de cruzada religiosa que de diversos modos los gobernantes de los Estados Unidos y sus voceros han querido dar a una escalada de agresiones internacionales en función de la cual el imperio ha dictaminado que quienes no estén con él están en su contra, ratifica la esencia fundamentalista del imperialismo.
Para apreciar y condenar la actitud, pronunciamientos incluidos, del gobierno estadounidense, no hay que imaginar un mundo islámico idílico. Las desigualdades -multimillonarios en un extremo, hambrientos del otro-, las monstruosidades, los crímenes no son privativos de una zona geográfica o poblacional del planeta o de otra. Aunque ciertamente no faltan en los Estados Unidos, donde, por cierto, ni siquiera han escaseado los sectores fanáticos a ultranza: en el plano "racial", ha sobresalido el odioso Ku-Klux-Klan; y en el estrictamente "religioso" no han faltado casos escalofriantes. No olvidemos la sorpresa que los cabecillas del país se llevaron cuando, con la esperanza de hallar culpable del también monstruoso atentado contra un edificio en Oklahoma a algún miembro de una de las "minorías" satanizadas, descubrieron a un rubio teutónico, a quien fue preferible tildar de enfermo mental antes que reconocerlo como exponente de una de las vertientes más sombrías generadas por la bestialidad imperialista. Y, si se quiere hablar de la "racionalidad suicida" de quienes -cualesquiera que sean sus motivaciones: no hay por qué creer que en todos los casos sean iguales- están dispuestos a morir con sus víctimas, tampoco hay por qué soslayar, ni estimar que es mejor, la "racionalidad homicida" de quienes solamente están dispuestos a matar en nombre de una presunta superioridad que no excluye la manipulación del ingrediente "religioso". Veamos un ejemplo.
Urgidas de justa solución en favor de ambos pueblos, las milenarias contradicciones entre judíos y palestinos, han sido utillizadas por el imperio para que en la región el gobierno sionista -no confundirlo con el pueblo israelí- le sirva de punta de lanza en sus estratagemas geopolíticas. No es sensato olvidar los indicios de turbios nexos de aquel gobierno con los sucesos del 11 de septiembre último. Ahora, embriagados con la ilusión o la avidez de una unipolaridad que parece reforzada por las secuelas de aquellos sucesos, los rectores de los Estados Unidos pudieran hasta haber aparentado alguna vez la voluntad de restringir su apoyo al gobierno de Israel. Pero lo comprobable es que perduran las masacres de palestinos llevadas a cabo por fuerzas de dicho gobierno, y vuelve a intensificarse la desfachatez imperial en cuanto a desconocer los derechos del pueblo palestino y la legitimidad de su organización representativa. No habría por qué asombrarse si, intensificado todavía más semejante cuadro, el imperio propiciara la fundación, no del Estado palestino a que ese pueblo tiene pleno derecho, y que convendría a las más nobles aspiraciones humanas, sino un Estado que, con el rótulo de palestino -y hasta mejor aún tal vez si formalmente estuviera representado por sus más prestigiosos símbolos históricos, para acabar de aniquilarlos-, también tribute, como el sionismo en pago de la protección recibida, a las ambiciones del imperio. Todo eso redondearía, en gran medida, la satánica "obra maestra" que el imperio yanqui perfecciona desde el 11 de septiembre. 
El imperialismo de los Estados Unidos es, desde hace ya tiempo, el poder central y hegemónico de un Occidente (anti)Cristiano que durante siglos ha basado también sus prerrogativas, su "derecho" a dominar el mundo, en paradigmas y conceptos "religiosos" impuestos como únicos o superiores. Se sabe lo que, en el seno del propio Occidente y fuera de él, ha sufrido la mayor parte de los pueblos del mundo. Recientemente le ha tocado una dosis mayor de sufrimiento al pueblo afgano, como consecuencia de una criminal agresión militar que sus responsables califican de castigo al terrorismo. Pero sobran razones para pensar que tan brutal agresión -cuyas víctimas "militares" han estado, sobre todo, entre los niños, en almacenes de alimentos para un pueblo paupérrimo, en una instalación de la Cruz Roja Internacional, en una oficina de la ONU- es parte de una campaña que le sirve al imperio para incrementar su poderío directo en la región, y en las cercanías de otros países que han sido o pudieran ser sus adversarios, o volver a serlo, aun cuando entre ellos los haya con gobiernos cuya conducta de pena, para decir lo menos.
Urge que los pueblos todos del mundo se levanten contra las injusticias y las falsificaciones, aunque para ello tendrán que hacer ingentes esfuerzos frente a gobiernos deplorables, sectores dominantes que no querrán perder sus privilegios, y medios (des)informativos que sirven a tales gobiernos y sectores. Esperemos que el fanático y fanatizante fundamentalismo imperialista no logre demonizar a los ojos de nadie bien nacido la cultura de ningún pueblo, ni consiga que parezca un crimen disfrutar un libro como Ismaelillo, de un poeta y redentor como José Martí, quien, admirador discipular de la entrega de Cristo a la dignificación humana, enalteció las virtudes fundadoras de los pueblos, sin restricción sectaria alguna. Entre los versos de ese libro, el aniversario 120 de cuya publicación se cumple en el presente año, leemos: "¡Oh, Jacob, mariposa, / Ismaelillo, árabe!" No olvidemos los niños y las niñas que siguen muriendo bajo las bombas en una operación desatada por los gobernantes de los Estados Unidos con el proclamado apoyo directo de sus socios británicos, a quienes ayudaron sin tapujos en la guerra de las Malvinas, cuando todavía el pueblo argentino padecía una feroz dictadura militar a la cual seguirían ensayos de democracia y liberalismo cuyas consecuencias se han hecho notar terriblemente.
Está harto probado que el imperio, cuya expansión Martí quiso impedir a tiempo, no será precisamente, ni para nuestra América ni para el mundo todo, incluido el pueblo estadounidense, la garantía de la realización de lo que para el revolucionario cubano fue una aspiración cardinal: el "fin humano del bienestar en el decoro".


© La Jiribilla.
La Habana. 2002
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