LA JIRIBILLA
LA NAO CAPITANA

La obra de Galvani, bien investigada y escrita con la fluidez de un prosista que conoce también los secretos del buen periodismo, constituyó una suerte de descubrimiento para los brasileños y portugueses, porque muy pocos se habían ocupado de la figura de Cabral y casi era desconocida su azarosa y amarga vida.

Raúl Roa Kourí  |
Miami


El 22 de abril de 1500 llegaban a las costas de Brasil, sin percatarse claro está de la verdadera dimensión de ese territorio que por primera vez veían, once de las doce naves que originalmente constituyeron la flota al mando del hidalgo portugués Pedro Álvarez Cabral. Para el enviado del rey Don Manuel, la montaña que se alzaba ante ellos, en aquella semana de pascuilla, sería "Pascual y la tierra Vera Cruz", según anotara en su diario, a fin de informar luego al monarca, el escribano Pero Vaz de Caminha.
De la vida y acción de aquel hijo segundo de una vieja familia portuguesa al servicio de la Casa Real durante más de doscientos años, se ocupa el periodista y escritor gaucho -como llaman en Brasil a los oriundos del Río Grande del Sur- Walter Galváni, en su libro La nao capitana, que recibiera el Premio de Literatura Brasileña de 2001 en el concurso convocado por esta CASA hace dos años.
Galvani, quien como muchos coterráneos suyos conocía solo superficialmente la vida y biografía del "descubridor" del Brasil, decidió dedicar 3600 horas de investigación y 140 días revisando fuentes portuguesas, amén de otras pesquisas en el viejo continente -particularmente en Italia- a verificar como había sido su paso por la tierra. Con pasión intelectual no exenta de emoción, visitó los lugares donde Cabral había sido Pedrito, después el hidalgo Gouveia, más tarde el poderoso Cabral y por último el preterido, ofendido y olvidado Pedro Álvarez Cabral.
Así hemos conocido de su iniciación en la corte del Rey Juan II, donde aprendió con su hermano mayor -el primogénito de la casa Cabral- las artes marciales, a cabalgar durante horas y días, a endurecer el cuerpo y espíritu para mejor servir al monarca y a la cristiandad; de su bautismo de fuego en Marruecos, donde enfrentó la muerte en la guerra contra los denominados "infieles", que Portugual intentaba someter y catequizar.
Tras la muerte de Rey Juan II -que algunos atribuyeron a envenenamiento- ascendió al trono su sobrino Don Manuel, ya que su hijo bastardo, Don Jorge no podía hacerlo. Manuel, hermano del Duque de Viseu, asesinado por el propio monarca, que temía serlo por el hijo mayor de su hermana, siguió la obra, el gran sueño más bien, de Enrique el navegante, llevando el pabellón de la corona lusitana hacia el Asia, bordeando el Cabo de Buena Esperanza y navegando la costa africana hasta el Mar Púrpura y el sub continente indio, al reino de Calicut.
Fue Don Manuel quien, al regresar Vasco de Gama de su primer viaje a la India y rechazar el mando de una segunda expedición designó a Cabral al mando de la mayor flota que zarpara de Restelo, después de firmado con los Reyes Católicos de España el Tratado de Tosdesillas, que dividiera al mundo entre los dos reinos ibéricos.
Pedro Álvarez Cabral, siguiendo las indicaciones de su señor y los concejos de su amigo y compañero Vasco de gama, navegó hacia el sudoeste, pasando por las Islas Canarias y Cabo Verde, "navegando en grupo, como había aprendido, todos los barcos a una distancia prudencial, para cumplir los objetivos que el Rey delegó en él, siempre con la bandera de la orden de Cristo entregada por Don Manuel en persona, el birrete papal Don Diogo Ortiz le colocara sobre la cabeza, y la confianza de quienes acudieron a la despedida en el Restelo".
De los indígenas que hallaron en Vera Cruz, unos doscientos que, poco a poco, vencieron el temor que inspiraban aquellos seres parecidos, pero diferentes, con sus cuerpos desnudos y pintados, que sin reservas trocaban sus arcos, flechas y alfombras de plumas por los collares de cuentas, gorros y otras chucherías ofrecidas por los portugueses, dijo Cabral que se trataba "de una gente bruta, de poco saber y muy esquiva". Sólo por señas se entendieron, pues ninguno de los intérpretes -lenguas- de la flota pudo comunicarse con los habitantes de aquellas tierras, que creyeron islas.
Galvani narra las desventuras y venturas de la flota comandada por Cabral, la pérdida de cinco naves más en el Cabo de Buena Esperanza, que volvieron a llamar Tormentoso a su regreso a Lisboa, incluyendo la desaparición del primero que le dio vuelta, Bartolomé Días, de aires Correa y Pedro Vaz de Caminha. Su deslumbramiento en la corte del Rajá de Calicut, las negociaciones en Melinde, su paso por Mozambique y Beseguiche, y los enfrentamientos y nuevas bajas.
A su regreso a Portugal, a pesar de un recibimiento cordial en la corte, Álvarez Cabral comenzó a ser preterido, o a sentirse así. De las doce naves regresaron solo seis y muchos apreciados navegantes fenecieron. Se habla de su mala suerte, tal vez de su incompetencia. Decíase "quien tiene mala suerte en el mar no ha de volver a él"
Lo cierto es que, cuando se aprestaba a comandar una segunda flota, a pedido del rey, éste no hizo caso de los reclamos de Cabral de tener el mando absoluto. Excesivamente pundonoroso tal vez, el hidalgo presentó una carta al monarca que aceptó su rechazo y nombró a Vasco de Gama comandante de la flota.
No le valieron al navegante de Belmonte ni la imposición de la Orden de Cristo, heredero de la tradición de los caballeros templarios, en Tomar, donde nuevamente recibió el favor real, ni la carta del monarca más tarde, en la que enviaba su beneplácito a Cabral, ni el ser incluido entre los caballeros de la Casa Real en 1518. Lo cierto es que Pedro Álvarez Cabral no fue llamado más nunca al servicio del Rey y murió aislado, en un ostracismo no declarado, con su esposa extrapolación hijos, en Santarém, en 1919 o 1920.
La obra de Galvani, bien investigada y escrita con la fluidez de un prosista que conoce también los secretos del buen periodismo, constituyó una suerte de descubrimiento para los brasileños y portugueses, porque muy pocos se habían ocupado de la figura de Cabral y casi era desconocida su azarosa y amarga vida.
Por sus méritos literarios e historiográficos, La Nao Capitana mereció el voto unánime del Jurado de Literatura Brasileña, integrado por tres escritores del hermano país y por dos cubanos, entre los cuales me cuento. La traducción al español, de Miriam López Suárez, conserva la frescura del estilo original y proporciona una agradable y rica lectura del texto. Les insto pues a zambullirse en este apasionante libro de Walter Galvani, trasunto de una historia que también es nuestra.

La Habana, 30 de enero de 2002 


Este texto es la presentación al libro: LA NAO CAPITANA. Pedro Álvarez Cabral: Cómo y con quien comenzamos, de Walter Galváni, Premio Casa de Las Américas, 2000


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