LA JIRIBILLA
CAMINANDO BAJO SU SOMBRA

La Editorial Unión nos presenta la última novela de una de nuestras mejores escritoras jóvenes. La Sombra del Caminante, de Ena Lucía Portela, nos obliga a sufrir la angustia de un viaje por la sordidez interior de sus personajes, peregrinos de una Habana poco visitada.

Tupac Pinilla |
La Habana


La novela La Sombra del Caminante (Unión, 2001) no es la narración de un crimen múltiple ni del homicida, también múltiple. De principio a fin, en principio y fin, la historia abre y cierra el ciclo de la muerte (ajena y propia) como accidente de la conciencia. Mas a nadie, ni a la autora ni al lector, les importa el destino de los ultimados ni el castigo del culpable. Los muertos fueron vivos sin historia, livianos: nadie; mientras la mano que dispara es demasiado de todos como para perseguirle.

Un personaje, “criatura dúplex”, asesin@ de la rutina, de la asfixia cotidiana de una realidad asumida (realidad de fuera y dentro) y violad@ por los azares de su imaginario, violenta lo supuesto, el siempre. Pero incluso así, ni el protagonista ni su historia son, como se venden en contracubierta, un relato sobre la violencia. El libro es más que eso, es la autopsia imposible sobre un cuerpo sano: un viaje al dolor por el válido goce del dolor.

El sórdido escenario de la trama, si bien es cierto que se aleja afortunado de los estereotipos, no es (ni quiere ser -vuelvo a discrepar con el pregón de la edición-) una mudanza hacia “La Habana profunda”. La Habana tiene otras profundidades más suyas, menos cosmopolitas. El encuadre es habanero sin dudas, pero el corrimiento del ojo es más lateral que hacia adentro. Es la misma Habana diaria, pero su acera a la sombra, o mejor, sombría.

Su autora, Ena Lucía Portela (o Emilio U –quién sabe-), es dueña absoluta de su oficio e, incluso, del lector que se le resiste. No sólo lo demuestran las citas y parodias eruditas o el hábil manejo de los discursos paralelos, sino la levedad con que su secuencia nos convierte en masoquistas complacidos de sus caprichos. Ena Lucía no es ya una escritora que crece: la promesa de Pájaro, pincel y tinta china se nos revela cierta. Sólo cabría preguntarse, así, en público, como si escribiésemos para el Hideputa, por qué tanta mala leche.


2002. La Jiribilla. Cuba.
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