LA JIRIBILLA
JOSÉ MARTÍ Y EL EQUILIBRIO
DEL MUNDO

Publicado por la colección Tierra Firme, del Fondo de Cultura Económica de México, el libro José Martí y el equilibrio del mundocomo preludio del homenaje que se rendirá al Apóstol en el sesquicentenerio de su nacimiento.

Raúl Roa Kourí | La Habana

Oportuna, en efecto, ha sido la publicación por la colección Tierra Firme, del Fondo de Cultura Económica de México, del libro José Martí y el equilibrio del mundo, que tengo hoy el honor de presentarles en esta XI edición de la Feria Internacional del Libro, que honra a Francia y a Miguel Barnet. Oportuna, porque el estudio introductorio de Armando Hart, que precede a los textos seleccionados, resulta obligada lectura “para comprender cabalmente el significado real de la personalidad y el pensamiento de Martí para Cuba, América y el mundo” y porque preludia, con un año de anticipación, el homenaje que rendiremos al Apóstol los cubanos, pero no sólo los cubanos, en el sesquicentenerio de su nacimiento.

El volumen, de cuidada factura, contiene asimismo veintitrés citas de sendas personalidades españolas, latinoamericanas y cubanas que valoraron a Martí desde diferentes perspectivas: literaria, filosófica, política, revolucionaria, humana. Desde Rubén Darío, a quien aquel luminoso precursor del modernismo llamó “hijo”, hasta Fidel Castro, que hizo carne de realidad los sueños del Apóstol, pasando por Pablo Iglesias, Pedro Henríquez Ureña, Miguel de Unamuno, Fernando de los Ríos y Ernesto Che Guevara –para mencionar sólo algunos– se recogen valiosas impresiones sobre “el más universal de los cubanos”.

Siguen 215 páginas, escogidas y anotadas por el Centro de Estudios Martianos, que constituyen una acertada muestra de la obra de Martí, de sus muy diversos intereses y preocupaciones: artículos de juventud, donde ya se vislumbra la hondura ulterior de su pensamiento político y revolucionario, como La República española ante la revolución cubana, críticas literarias, análisis de las relaciones económico–comerciales entre el naciente imperio estadounidense y países de nuestra América, su penetrante y esclarecedora pieza sobre la Conferencia Monetaria de las Repúblicas de América, correspondencia con amigos entrañables, con la madre y con un estadista de la época, el Manifiesto de Montecristi, crónicas sobre el acontecer político, social y cultural norteamericano, así como la conmovedora página sobre Carlos Marx en la hora de su muerte, figuran en el tomo junto a otros trabajos y cartas de trascendental valor político, como Nuestra América y su misiva inconclusa a Manuel Mercado, escrita en el Campamento de Dos Ríos la víspera de su caída en combate.

“José Martí –afirma Hart en su introito– adquiere una renovada vigencia, representa la cúspide de la cultura política, social y filosófica nacional en el siglo XIX. Su legado se proyecta en la presente centuria orientado hacia los intereses de los pobres de la tierra y de la humanidad y mantiene una vigencia para enfrentar los problemas actuales que debe ser examinada por todos aquellos preocupados por el futuro de la humanidad.”

No pudimos los cubanos conmemorar condignamente el centenario de nuestro más “solvente fiador intelectual, político y moral ante el mundo”. La tiranía de Batista y una república que fue, desde sus inicios, negación radical de la que Martí quiso que fuera, lo hicieron imposible. Aquellos que acudieron a la invitación del bárbaro no hubieran estado nunca junto al Apóstol en su brega emancipadora. Junto a él sólo estuvieron los desterrados, los estudiantes y obreros revolucionarios y los que en el asalto al cuartel Moncada donaron su sangre por completar su obra de liberación nacional y social.

“Debieron pasar cerca de 200 años –advierte Armando Hart– para que, con el triunfo de la Revolución en enero de 1959, se abrieran las posibilidades de un sistema democrático como el que hoy tenemos, que asegura la participación y la unidad popular del país.”

Hoy, pues, nos preparamos, en una patria libre y verdaderamente soberana e independiente, no sólo a rendirle tributo en el 150 aniversario de su nacimiento, sino a ahondar en su visión ecuménica que, con perspicacia asombrosa, ubicó “el fiel de América” en las Antillas, “que serían, si esclavas, mero pontón de la guerra de una república imperial contra el mundo celoso superior que se prepara ya a negarle el poder –mero fortín de la Roma americana– y si libres –y dignas de serlo por orden de la libertad equitativa y trabajadora– serían en el continente la garantía del equilibrio, la de la independencia de América española aún amenazada y la del honor para la gran república del norte, que en el desarrollo de su territorio –por desdicha feudal ya, y repartido en secciones hostiles– hallará más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores y en la pelea inhumana que con la posesión de ellas abriría contra las potencias del orbe por el predominio del mundo”.

La revolución cubana no podía, según Martí, sin traicionar su destino, concretarse a liberar a Cuba. La revolución cubana tenía, a la vez, que emancipar a Puerto Rico y, con su independencia, levantar una muralla inexpugnable a todas las expansiones futuras y, en particular, a la norteamericana, cuyos designios imperiales se tornaban cada vez más evidentes. Ello requería ampliar el contenido social y los objetivos económicos de aquella brega e impedir que, con su participación, los Estados Unidos la hegemonizaran a favor de sus intereses.

“El alcance histórico de esa tarea ha planteado, más de una vez –escribió Raúl Roa–, el problema de si Martí trascendió o no, en su concepción teórica y práctica, el ámbito específico de la revolución de independencia nacional. Se ha considerado por algunos que Martí fue recónditamente socialista. Es una opinión sobremanera aventurada. No basta con reunir un haz reverberante de frases aisladas y aducirlos como ejemplo{...} La genialidad de su pensamiento político estriba en haber planteado la revolución de independencia nacional sobre bases que garantizaran su ulterior desarrollo en la república. Esta concepción, que lo convierte en pionero de la lucha antiimperialista en América, hubo de tropezar con los resabios castrenses de los jefes de la guerra grande{...} y con algunos núcleos de emigrados, víctimas aún del complejo de inferioridad creado por la prédica falaz de los anexionistas.”

Al cabo, la tenacidad de Martí logró vincular a la empresa revolucionaria a Antonio Maceo, a Máximo Gómez y a Flor Crombet, “a los pinos viejos y a los pinos nuevos, a los héroes curtidos del 68 y a los combatientes bisoños del 95. Y, para viabilizar esa empresa, para obtener la independencia de Cuba y fomentar y auxiliar la de Puerto Rico, surgía y se organizaba el Partido Revolucionario Cubano, que convocaba a la guerra –afirmó el Apóstol– para bien de América y del mundo”.

Como se desprende de varios de los trabajos incluidos en el libro que reseñamos, incluida a introducción de Hart, José Martí no concibió “la guerra necesaria y justa” contra España ni los españoles, sino exclusivamente contra la dominación opresora de la monarquía borbónica; como tampoco fue su oposición al desplazamiento geográfico del poder político y económico de Estados Unidos dirigida contra el pueblo norteamericano. Si distinguió siempre entre la “la España oficial” y la “España vital”, también diferenció claramente la “América de Lincoln” de la “América de Cutting”. Por eso fue llamado, con justicia, “libertador sin ira”.

Por otra parte, para Martí, la república que fundaría la revolución –que no por independiente y soberana debía enemistarse con el poderoso vecino del norte– debería dar satisfacción plena “al anhelo y necesidad de cada ciudadano, sin distinción de razas ni de clases, mediante la abolición de todas las desigualdades sociales y de una equitativa distribución de la riqueza”. En esto fue tajante. “La revolución –escribió al lider obrero Carlos Baliño– no es la que vamos a iniciar en la manigua, sino la que vamos a desarrollar en la república.” “Si la república –advierte– no tiene por base el carácter entero de sus hijos, el hábito de trabajar con sus manos y pensar por sí propio, el ejercicio íntegro de sí y el respeto, como un honor de familia, al ejercicio de los demás; la pasión, en fin, por el decoro del hombre, la república no vale una lágrima de nuestras mujeres ni una gota de sangre de nuestros bravos. Para verdades trabajamos y no para sueños. Para liberar a los cubanos trabajamos y no para acorralarlos{...} Hay que impedir que las simpatías de Cuba se tuerzan y esclavicen por ningún interés de grupo, o de la autoridad desmedida de una agrupación militar o civil, ni de una comarca determinada, ni de una raza sobre otra{...} El hombre –asevera para todos los tiempos– no tiene ningún derecho especial porque pertenezca a una raza o a otra: dígase hombre y ya se dicen todos los derechos. El negro, por negro, no es inferior ni superior a ningún otro: peca, por redundante, el blanco que dice mi raza; peca, por redundante el negro que dice mi raza. Todo lo que divide a los hombres, todo lo aparta, especifica o acorrala, es un pecado contra la humanidad. Hombre es más que blanco, más que mulato, más que negro. Dos racistas serían igualmente culpables: el racista blanco y el racista negro.”

Completando su idea de la república por la cual luchaba, Martí manifiesta su aversión profunda por la explotación del hombre por el hombre. “Esclavo –puntualiza– es todo aquel que trabaja para otro que tiene dominio sobre él.” “Con los oprimidos habrá que hacer causa común para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de los opresores. Mientras haya un pobre, a menos que no sea un perezoso o un vicioso, hay una injusticia.” Avizoró para Cuba, como para toda la América, una república “con todos y para el bien de todos”, cordial, digna y libre, cuya ley fundamental fuera “el culto a la dignidad plena del hombre”.

“Y cuál es el valor actual de la utopía martiana para el siglo venidero”, se pregunta Hart. “Para algunos puede ser irrealizable –afirma–, pero quienes sentimos a Cuba al modo martiano no vamos a renunciar al sueño. No encontramos otra forma de ser cubanos, no apreciamos otra manera de ser hombres. En todo caso estamos hablando de la utopía del hombre que la humanidad de hoy necesita para salvarse del infierno de una civilización que, tras los dramáticos acontecimientos que simbolizamos con la caída del muro de Berlín, se acabó por imponer con el más vulgar y feroz materialismo, hermano gemelo de una espiritualidad que en muchas ocasiones la historia de Occidente había situado en antagonismo con la ciencia. En la cultura cubana no existe ese antagonismo.”

“Nuevas generaciones –escribe Roa en 1953, tras la gesta del Moncada empujadas históricamente a completar la trunca epopeya de 1895, le inyectaron al pueblo cubano nuevos bríos y nuevas esperanzas. José Martí fue reconquistado para la vida y para la lucha.” A pesar de los tremendos desvíos y dolorosas frustraciones del movimiento revolucionario que derrocó a Machado, Fidel infundió nuevo impulso a la brega secular, iniciada en la manigua redentora hace más de 100 años, y junto con la FEU heroica de José Antonio Echevarría y los sectores obreros y campesinos más radicales, dio cima a la aspiración de nuestros próceres: patria soberana e independiente, sociedad libre de explotadores y explotados que constituye el socialismo, a pesar de las enormes dificultades, retos y amenazas de un tiempo signado por la globalización neoliberal y el hegemonismo yanqui, y aspira a coadyuvar al advenimiento de un mundo donde imperen la libertad, la justicia social, la igualdad, la fraternidad y la cooperación entre todas las naciones.

En José Martí y el equilibrio del mundo hallará el lector el pensamiento vivo de quien fuera nuestro Héroe Nacional, y más aún, paladín de la libertad de los pueblos del mundo y de la plena realización, individual y colectiva, del hombre. Constatará su sentido ético de la vida y la política, aprendido en Félix Varela y José de la Luz y Caballero, en Rafael María de Mendive, en la prisión temprana y el largo destierro, en su andar americano bajo el halo libertario de Bolívar y en  permanente contacto con las profundas corrientes históricas que informaron a la América nuestra; con el indio, “universo callado”, sin cuya plena integración no es posible salvarnos; con el negro, cuya emancipación era conditio sine qua non de una sociedad justa y libre, con los humildes de la tierra, en fin, con quien echó su suerte.

En sus páginas vibran las ideas del Apóstol sobre la educación, que debe incorporar los avances científicos y tecnológicos sin abandonar la belleza y el nuevo espíritu; sobre el gobierno en nuestras patrias, que debe ser creador y no mero reproductor de esquemas europeos, ajenos a nuestras raíces; sobre la cultura que, sin desdeñar a Grecia y a Roma, debe tener como tronco el de nuestras repúblicas; sobre el amor, que expresa, rebosando de ternura, en carta a María Mantilla; sobre el deber, que antepone a todo otro sentimiento, en las palabras de despedida de la madre amada; sobre su entrega a la causa de Cuba, que resume en másculas letras a Manuel Mercado.

Darío dijo de él: “El cubano era un ‘hombre’. Más aún, era como debería ser el verdadero superhombre, grande y viril; poseído del secreto de su excelencia, en comunión con un Dios y con la naturaleza”. Don Fernando de los Ríos, que ahondó en el sentido revolucionario de su vida, afirmaba, “Martí pertenece al grupo de los que consideran, ante el gran problema de la relación entre el ideal y la vida, que no es la vida la que ha de enfeudarse al ideal sino que es el ideal quien debe penetrar la vida; posición que representa la bisectriz de las dos direcciones: la ascética y la hedonista”. Gabriela Mistral –“santa a la jineta”, que diría Andrés Iduarte– afirmaba: “Hay que llamar a este hombre, entre otras cosas, el gran leal. Lo que será por muchos capítulos, pero principalmente por este haber llevado a la expresión hablada y escrita el resuello entero, caliente y oloroso de su atmósfera circundante y haber vaciado en ella la cornucopia de su riqueza geográfica”.

Che, expresaba: “De todas las frases de Martí, hay una que creo que define como ninguna otra el espíritu del Apóstol. Es aquella que dice: ‘Todo hombre verdadero debe sentir en la mejilla el golpe dado a cualquier mejilla de hombre’{...} Nosotros sabíamos también, por Martí, que no importaba el número de armas en la mano, sino el número de estrellas en la frente”.

No en balde Fidel lo señaló como “autor intelectual del Moncada”. Al referirse a la guerra de los diez años, aseveró: “Aquella guerra engendró numerosos líderes de extracción popular, pero también aquella guerra inspiró a quien fue sin duda el más genial y el más universal de los políticos cubanos: José Martí”.

“Para redescubrir al hombre –se advierte en el libro que hoy les presento– especialmente al pensador, se ha elaborado esta antología que ofrece al lector un conjunto de textos que ponen de manifiesto la profundidad y el alcance de lo contemporáneo de las ideas del libertador José Martí.” Así es, en efecto. Léanlo con provecho, con visión de presente y proyección de futuro, porque en las ideas del Apóstol, en el pensamiento martiano y revolucionario de Fidel y de los cubanos de hoy, está la simiente de la que puede brotar un mundo equilibrado.

La Habana, 9.02.02


2002. La Jiribilla. Cuba.
http://www.lajiribilla.cu