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LA
JIRIBILLA
Rinden homenaje a
LA Loynaz en el centenario de su
nacimiento.
Se presentan los títulos El áspero
sendero y una edición canaria de Un verano
en Tenerife.
Adrian R. Morales|
La
Habana
La XI Feria Internacional del Libro de La Habana fue el marco propicio para rendir homenaje a una de las representantes más ilustres de la literatura cubana, Dulce María Loynaz, cuyo centenario tiene lugar este año 2002.
Bautizada por algunos como la Bella Durmiente de las letras cubanas, dado el prolongado silencio en que estuvo sumida, Dulce María parece estar hoy más viva y presta a abrir las valvas de su concha.
La reedición de parte de su obra y la convocatoria al Premio Hispanoamericano de Poesía y Ensayo que lleva su nombre, la acercan de manera definitiva a las nuevas generaciones para quienes la poetisa era un fantasma, a pesar del amplio reconocimiento recibido en España y Latinoamérica.
Uno de las novedades que trajo la feria fue el cuaderno El áspero
sendero, poemas de los 18 años recogidos por el joven poeta Roberto Carlos Hernández, luego de una ardua búsqueda en gastados ejemplares del periódico La Nación, del año 20. Por alguna razón, la autora rehusó incluirlos en posteriores libros y antologías, comentó el investigador.
Angel Marrero, responsable de cultura del gobierno de Islas Canarias, presentó la edición más reciente de
Un verano en Tenerife, considerado por la propia escritora su mejor libro.
Según Marrero, Dulce María es una canaria más, no solo por haberse casado con el cronista Alvaro de Caña -quien muy joven emigró a Cuba a hacer fortuna-, sino también por los viajes que la poetisa realizó a las Islas y que le inspiraron su obra maestra
Un verano en Tenerife. Dulce María, señaló, es hija adoptiva del Puerto de la Cruz, ciudad de Tenerife donde residía cuando viajaba a Canarias.
El prólogo de esta nueva entrega -facsímil de la de 1992- estuvo a cargo de la joven poetisa canaria Ana Martin, para quien fue un privilegio acercarse a la obra de la Loynaz. Siempre he admirado, dijo Ana, la obra en prosa de Dulce María, pues su valor poético es incalculable.
Por su parte, Juan Ramón de la Portilla, director del Centro de Promoción y Desarrollo de la Literatura Hermanos Loynaz, de Pinar del Río, se refirió a la labor del desaparecido Aldo Rodríguez Malo de rescatar la obra de la "inaccesible y amurallada dama que había renunciado a la literatura con una intensidad tan ardua".
Según el escritor Virgilio López Lemus, Dulce María dejó una obra maestra, Jardín, tan cercana a Paradiso, de Lezama Lima, como cualquiera de las grandes novelas cubanas.
La recordación a la autora de Poemas sin nombre concluyó con las
Crónica o ceremonia para una despedida, del poeta César López: "Dulce María Loynaz llegó temprano en el siglo XX y se nos marcha tardíamente en el mismo, como se abriera y cerrara la poesía de la Isla para estos tiempos convulsos, plenos, inquietantes".
El homenaje a Dulce María, que presidió Pablo Armando Fernández en la sala Tribu de Poesía (Capilla de la Plaza de Armas), se suma a las actividades por el centenario de nuestro Premio Cervantes 1992, que no solo tiene por escenario a Cuba sino a otras ciudades europeas, entre ellas Madrid, Bruselas y Berlín.
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