LA JIRIBILLA
Presentación del libro
Propagandas silenciosas
de Ignacio Ramonet.


Ricardo Alarcón de Quesada | La Habana


Dueño de extensa y sólida cultura y de un pensamiento riguroso, independiente y creador, Ignacio Ramonet nos ha entregado numerosos libros y artículos, indispensables para comprender el mundo en que vivimos. Súmase a ello la labor sistemática de Le Monde Diplomatique prestigioso y eficaz espacio alternativo frente a los grandes medios dedicados a desinformar y embrutecer. Él viene de Porto Alegre, donde acaba de participar en el segundo Foro Social Mundial, que tanto debe a su iniciativa y tenaz esfuerzo y constituye la esperanza cierta de que es posible articular en un movimiento amplio, multicolor y a la vez coherente, todas las fuerzas que en el mundo entero se oponen al neoliberalismo para lograr derrotarlo.
Propagandas silenciosas se inscribe en ese contexto. A partir de su reconocido dominio sobre los temas que examina y de una copiosa información manejada con pericia e imbuido de la actitud comprometida de su autor, su indagación es integral e incluye aristas que lo enriquecen y hacen su lectura particularmente atrayente. Penetrante y lúcido es su estudio acerca de la televisión y el cine como instrumentos de propaganda comercial y política. Una propaganda que si en sus inicios era más bien ingenua, explícita y directa, progresivamente fue empleando técnicas cada vez más sutiles que operan sobre la mente del receptor, y la condicionan, sin que él se de cuenta. El libro ofrece una visión abarcadora y crítica del cine occidental, certeramente relacionada con las circunstancias políticas, económicas y sociales y desentraña su papel como medio para influir en las mentes del auditorio. La guerra de Viet Nam y su reflejo en el cine y la televisión le permite presentarnos un ejemplo insuperable de manipulación. Las películas-catástrofes, los westerns italianos y las comedias sobre la guerra nos hacen regresar, con pupila más alerta, a las salas de proyección.
Especialmente revelador es el análisis que hace respecto a la cada vez más estrecha simbiosis entre el cine y la televisión y la disección de los seriales policíacos con Kojak y Colombo al frente. Incisivo su estudio sobre los spots televisivos, y la lógica específica de su técnica y su injerencia en los mecanismos mentales del receptor con efectos decisivos en todos los aspectos de la vida desde la elección de un Presidente a la selección de una marca de cigarrillos.
Desde el comienzo del libro Ramonet expresa su desconfianza respecto a la "industria cultural" y a su "silenciosa propaganda" porque aprecia en ellos tres evidencias: la reducción de los seres humanos a masas manipuladas, "incapaces de discernir y de decidir libremente", la introducción de "un conformismo y una pasividad peligrosamente regresivos" para llevarlos a "olvidar, por un instante, el mundo absurdo, cruel y trágico en que viven". Subraya el peso enorme que tiene al respecto la industria norteamericana que "exporta cada año doscientas mil horas de programación, lo que representa aproximadamente el 75% de la totalidad de las exportaciones mundiales de emisiones televisadas" y son las únicas que "gozan de una difusión mundial". Señala que "en la misma trama de las imágenes se difunde la americanización" y hace que ya muchos europeos sean "una especie de seres 'transculturales', híbridos irreconciliables, que poseen una mentalidad norteamericana en un cuerpo europeo."
El libro es anterior al 11 de septiembre de 2001 y obviamente no puede cubrir las consecuencias del atroz acto terrorista y su reflejo en la información y la propaganda. Los más notorios predicadores evangelistas de la nueva derecha, explicaron el ataque en términos de un castigo divino a las pecaminosas conductas que ellos perciben en esa sociedad.
El presidente Bush tan cercano a la mentalidad de esos teleclérigos, convocaba a una apocalíptica cruzada del Bien contra el Mal, ambos con mayúsculas. Para él, sin embargo, la sociedad norteamericana es esencialmente virtuosa, la encarnación del Bien y su suprema virtud la resumió en un verbo, "consumir", que pronto se plasmó en un spot televisivo que tiene al inquilino de la Casa Blanca como actor principal y que persigue a los norteamericanos día y noche. Por las razones ya dichas, la misma consigna, "consumir", atosiga con su irónico mensaje a centenares de millones de personas en todo el mundo, incluyendo a los argentinos que reclaman su dinero secuestrado en el "corralito".
Para despojar a las gentes de su capacidad de pensar y decididos a evitar explicaciones profundas -que llevarían inevitablemente a descubrir un orden internacional injusto e insostenible- empleando técnicas idénticas a las del spot televisivo, los grandes medios norteamericanos han inventado una nueva manera de aludir a la tragedia: después de machacar las referencias al "once de septiembre", como una fecha única, como si nunca antes atrocidades terroristas hubieran causado miles de víctimas como ocurrió en Chile en 1973, para recordar una coincidencia jamás mencionada por esos medios. Ahora es suficiente repetir "nine eleven". Este ejemplo de hipersimplificación ilustra una técnica que sustituye el razonamiento por estereotipos y fórmulas reduccionistas convenientemente repetidas hasta volverse imágenes que provocan emociones y reflejos automáticos. Es la consagración del spot televisivo convertido ya en modo de expresión habitual de los programas informativos.
Se ha vuelto algo natural una suerte de militarización de los servicios noticiosos de las televisoras norteamericanas de alcance global -CNN, MSNBC y Fox- donde hace cinco meses que el lugar de los analistas lo ocupan generales, almirantes y coroneles a quienes se identifica como "retirados" aunque curiosamente hacen análisis semejantes, con una jerga idéntica, esencialmente destinada a reproducir la línea oficial. Ésta, además, es omnipresente, sobre todo con las casi diarias conferencias de prensa en las que el Jefe del Pentágono actúa como simpático profesor.
En esos encuentros, varias veces Ronald Rumsfeld ha definido el período actual como una nueva "guerra fría", ha reiterado que no se trata sólo de bombardear Afganistán ni de contentarse con operaciones militares contra las próximas víctimas que decidan atacar, sino de la batalla prolongada, tanto como lo que duró el enfrentamiento con la Unión Soviética, del que se suponía Washington había emergido victorioso, una lucha en la que los componentes políticos, económicos y propagandísticos tienen tanta o más importancia que los militares.
Una guerra fría sin una potencia adversaria, cuando el capitalismo se globaliza y convierte todo el planeta en su mercado, desatada contra un enemigo que está en todas partes, incluyendo los propios Estados Unidos y cuyo propósito es tratar de liquidar los movimientos contra la globalización neoliberal.
El sentido de esa ofensiva del gran capital es evidente en la llamada Ley Patriota, verdadero inventario de las metas y aspiraciones de los cuerpos represivos estadounidenses, presentada al Congreso una semana después del 11 de septiembre y aprobada por ambas Cámaras con inusitada rapidez, amplísima mayoría y casi total ausencia de discusión. Para que nadie dude que se regresa a la guerra fría, vuelven otra vez las amenazas a los intelectuales con acusaciones macartistas y "listas negras" como en un reciente documento significativamente emitido por Lynn Cheney, esposa del actual Vicepresidente y Joe Liebermann, frustrado candidato a ocupar el cargo que hoy ostenta el marido de su amiga, aficionados los tres a la cacería de brujas. El objeto de su ira son los profesores y estudiantes que se han manifestado contra la guerra en más de cien universidades norteamericanas en actos sobre los que los grandes medios han guardado hermético silencio. Porque la manipulación mediática no se traduce sólo en los textos y las imágenes que son diseminadas por todo el mundo, sino también en lo que es censurado y ocultado. Pensemos en el caso más cercano a los cubanos, el de nuestros cinco héroes sometidos a un régimen carcelario perverso y cruel, tras un proceso judicial arbitrario y fraudulento en el que fueron sentenciados injustamente a condenas que allá no imponen a los peores criminales, por autoridades corruptas y que son cómplices de los más notorios terroristas del Continente. ¿Cuándo se darán por enterados de ese caso y permitirán al pueblo norteamericano conocer del vergonzoso contubernio entre las autoridades de Miami y los asesinos que alegremente se pasean por sus calles?
Para enfrentar lo que Ramonet llama "la nueva ofensiva cultural norteamericana" puede resultar útil recordar algunos antecedentes. La afirmación de Henry Kissinguer acerca de que la historia de los Estados Unidos es la historia de la realización de la libertad, es, en el mejor de los casos, una broma en la que no cree ni su autor. Pero lo importante es que con esa definición coincide plenamente la mayoría de los blancos anglosajones protestantes (los wasps) y una buena parte de los pobladores de Estados Unidos. De poco sirve que la contradiga la historia verdadera, la del genocidio de la población aborigen, la de un sistema esclavista que se mantuvo y se extendió a nuevos territorios durante un siglo de vida republicana, la del racismo y la violencia étnica que aún perdura, la del expansionismo y las intervenciones militares en este Continente, y en otros lugares tan numerosos entre los que sólo cabría recordar a Viet Nam y Chile a las que no fue ajeno el prolífico autor y ex-asesor de Nixon.
Este distanciamiento entre la realidad del mundo y la visión que de ella tienen los ciudadanos del país que ejerce una discutida hegemonía planetaria es algo como para alterar el sueño a toda la humanidad. Que ello ocurra, además, allí donde hay un muy elevado desarrollo tecnológico en materia de información y comunicación y en una sociedad que todavía es percibida por muchos como abierta y liberal, es para trasformar el sueño en pesadilla y obligarnos a despertar.
La verdad es que en Estados Unidos existe lo que Chomsky denominó "una forma de totalitarismo autoimpuesto". A él se llega mediante "la fabricación del consentimiento", empresa en la que los ingenieros son los grandes medios y un destacamento especial de investigadores y analistas que arropan ese totalitarismo con el manto de la libertad.
El singular sistema no surgió de un golpe de estado ni como consecuencia de la derrota ante una tiranía extranjera. Es una construcción de cimientos muy profundos que reposan en los orígenes mismos de la nación norteamericana y no es poco lo que debe a sus "padres fundadores". Es posible identificar algunas de sus raíces en los ochenta y cinco ensayos publicados entre octubre de 1787 y mayo de 1788 en El Federalista. La república naciente tendría un claro sentido de clase, establecería un sistema representativo elitista, con límites precisos a la participación democrática. Para John Jay "quienes poseen el país deben gobernarlo", puesto que la responsabilidad del gobierno, según James Madison sería "proteger a la minoría rica de la mayoría", lo cual requería, de acuerdo con Alexander Hamilton, "domesticar" al pueblo.
Para Walter Lipmann, reconocido como gran teórico de la democracia liberal y apologista de su variante norteamericana, el conflicto entre las elites privilegiadas y las masas populares había aparecido en los primeros tiempos de la república y la habían acompañado a todo lo largo de su historia. Recordemos lo que escribió en 1947: "Esta oposición apareció cuando Washington aún vivía y se ha acentuado durante los últimos ciento cincuenta años. En nuestro tiempo ha alcanzado su clímax y su crisis. Si queremos entender a Washington y apreciar la importancia universal de su ejemplo ¿qué tenemos que hacer? Creo que tenemos que negarnos a identificar la causa de la libertad, la justicia y el buen gobierno de la mayoría".
Estas palabras fueron pronunciadas en solemne ocasión, al ser develada la estatua del primer Presidente en la catedral de la capital bautizada con su nombre.
Lipmann, el gran liberal, no se andaba con medias tintas cuando se trataba de defender los intereses de las clases dueñas del país y del gobierno. Le preocupaba especialmente la insistencia de las masas, para él carentes de educación, en intervenir en la vida pública. Ellas "tienen que ser puestas en su lugar", sólo así los ilustrados miembros de los grupos dominantes podrán evadir "las patadas y el bramido del rebaño salvaje", o sea, el pueblo, que debe conformarse con su papel de "espectador".
A reducir al pueblo a esa condición, a domesticarlo, ha dedicado la oligarquía norteamericana, más tiempo y más recursos que los que ha destinado a satisfacer sus derechos básicos -educación, salud, cultura, empleo, seguridad social- en dos siglos. Lo ha asumido, además, como la esencia misma de su sistema político.
Es difícil superar a Edward Bernays en el reconocimiento explícito de la manipulación de las conciencias como sustancia fundamental del modelo norteamericano. Y no será fácil hallar a alguien más autorizado pues su larga carrera de propagandista la inició asesorando al presidente Wilson y la culminó como jefe de relaciones públicas de la United Fruti Company y de su campaña en 1954 para justificar la agresión de la CIA contra la indefensa Guatemala.
Por ello vale la pena citarlo: "La manipulación conciente e inteligente de los hábitos y opiniones de las masas es un elemento importante en la sociedad democrática". Para Bernays eso implicaba "regimentar la mente del público hasta el último detalle" lo cual definía como "la esencia del proceso democrático".
Brzezinski explicó con franqueza la reconversión de las instituciones académicas en "tanques pensantes" articulados al sistema de poder y la transformación de ciertos intelectuales en lo que él denominó house ideologues del imperio.
Así se ha llegado a lo que Ramonet describe con estas palabras: "en múltiples campos Estados Unidos se las arregló para obtener el control del vocabulario, de los conceptos y del sentido; obliga a enunciar los problemas que crea con las palabras que propone; proporciona los códigos que permiten descifrar los enigmas que ella misma impone, y dispone para ello de gran cantidad de instituciones de investigación y de tanques pensantes (think tank) con los que colaboran miles de analistas y expertos. Estos producen información sobre cuestiones jurídicas, sociales y económicas desde una perspectiva favorable a las tesis neoliberales, a la globalización y a los medios de negocios. Sus trabajos, generosamente financiados, se difunden y divulgan a escala mundial".
Brzezinski definió también, hace algo más de treinta años, la esencia de esa manipulación: "Explotando efectivamente las últimas técnicas de la comunicación, manipular las emociones y controlar la razón".
Hace tres décadas nadie imaginaba muchas de las técnicas hoy en boga que permiten afirmar a Ramonet:

"Gracias a las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación, los mecanismos de americanización a través de la imagen son hoy mucho más temibles; los satélites de difusión directa, en particular, propician sobremanera la expansión universal de las imágenes emitidas desde los Estados Unidos; estimulan vigorosamente los equipos de violencia simbólica que apenas encuentran resistencia en muchas de las actuales culturas. Ahora más que nunca conviene meditar sobre la advertencia de Herbert Schiller, 'Una nación cuyos medios masivos de difusión están dominados por el extranjero no es una nación'".

Y Ramonet nos ofrece su propia advertencia: "la americanización nos penetrará por los ojos con la temible eficacia de una silenciosa propaganda. De ahí la urgencia de aprender a desconfiar de las imágenes reiterativas y machacadas que nos suelen dar el cine y la televisión para que las mastiquemos y las rumiemos, como si se trataran de una especie de caramelo dirigido a la mente o un chicle visual".
Al terminar la lectura el lector quedará meditando sobre problemas que gravitan sobre todos cada día y que requieren su respuesta urgente.
¿Qué hacer?
Debo concluir regresando a Brzezinski. La eficacia perfecta que él atribuye a la tecnología moderna en el control del pensamiento, tiene como premisa su actuación sobre el individuo aislado, víctima indefensa del narcótico que le reserva la pantalla grande o chica y del poder oculto que se lo envía. Es el individuo aislado sin sindicato, sin partido, sin periódicos ni libros, que nada puede hacer por sus propios medios frente a un poder ilimitado. Por eso esas instituciones, edificadas laboriosamente a lo largo de los tiempos, tienden a ser eliminadas o vaciadas de sentido en esta época de capitalismo desenfrenado.
El ser humano organizado, será siempre más fuerte que cualquier técnica. "Agrupémonos todos", pedía la hermosa canción que con tanta saña se ha tratado de hundir en el olvido. Volverla a entonar, despojada de todo sectarismo, es el camino. Otro mundo es posible si somos capaces de animar una nueva solidaridad, sin exclusiones, que incluya a todos bajo la común bandera de salvar la vida y la libertad. La tiranía globalizada conduciría a la hecatombe la civilización, un planeta arrasado por la codicia suicida sería el hábitat del último hombre que caería, finalmente descerebrado, entre las ruinas.
Otro mundo es posible y se hará realidad. El porvenir no quedará en las manos de Wall Street y sus ideólogos. El futuro se anuncia, esperanzador, allá lejos, en el sur. ¿Quién no lo escucha ya avanzando luminoso y seguro desde Porto Alegre?

* Palabras del Presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular en la presentación de Propagandas Silenciosas, efectuado en el Teatro Carlos Marx  el 10 de febrero del 2002.


2001. La Jiribilla. Cuba.
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