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LA
JIRIBILLA El individuo y la historia, dualidad inseparable a lo largo de la novelística de Lisandro Otero, desenvuelven a lo largo de estas páginas la dinámica de una relación cuyo equilibrio radica probablemente en la lucha contradictoria de un personaje que no acepta su circunstancia pero que tampoco se enajena de ella. Luis Dascal padece una realidad – su historia personal, la Historia Nacional – dolorosa pero entrañable. La situación obtuvo el Premio Casa de las Américas en 1963. En sus primeras líneas, Luis Dascal, amparado en su escoch, contempla un rojo crepúsculo de agosto de 1951, frente al mar incomparable de Varadero. El día es espléndido. Dascal es joven. Dascal siente «aquella sensación de comenzar la historia» que marca el inicio de su evolución como personaje. En 1970, aparece En ciudad semejante, que continua la saga de Luis Dascal. Separadas por solo siete años, ambas novelas conservan también una continuidad de lenguaje y estilo, que recoge los más altos alcances de la literatura latinoamericana de las dos décadas anteriores, con un ritmo ágil y un montaje que se ha dado en llamar cinematográfico por las peculiaridades de la alternancia de los planos narrativos, y un tipo de diálogo que compete a una plasmación directa de los personajes y situaciones. Pero estas peculiaridades estilísticas no resultan de un ejercicio donde el escritor se deslumbra por las nuevas técnicas narrativas sino el instrumento del que se vale para trasladar las contradicciones y cambios de un personaje y una época convulsa. Solo después de veintidós años se completa la trilogía. Para Luis Dascal son apenas diez años desde aquel atardecer en Varadero, sin embargo, todo es diferente. También lo es la lengua literaria. En plena madurez creativa, Lisandro Otero luce en Árbol de la vida un lujo verbal ajeno a La situación y a En ciudad semejante pero que ya se había anunciado en Pasión de Urbino (1967) al nivel de la agudeza en la introspección, y se había mostrado en toda su opulencia en Temporada de Ángeles (1984), obra donde a la erudición histórica se suma la excelencia lingüística para recrear la Inglaterra del siglo XVII, escenario ideal del choque permanente del individuo y su historia, donde el «ser, infinito y vulnerable, establece su presencia» en el mundo que le toca vivir. Sin embargo, estas diferencias, vienen a constituirse en señales de enlace más allá del lenguaje que las conforma. El ciclo que había comenzado diez años atrás, en un espléndido crepúsculo marino, también culmina frente al mar, pero esta vez el paisaje se ha transformado. Unas gaviotas cruzaron aleteando desesperadamente, huyendo de los embates del vendaval, buscando un refugio tierra adentro. Las olas encrespadas se elevaban en columnas vaporosas y se derrumbaban abatidas sobre la lengua de tierra de la misma manera que se había desvanecido aquella sensación de comenzar la historia, de partir junto a una vanguardia inaugural para acometer de nuevo la creación del mundo. Luis Dascal ha cambiado. El mundo también. |
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