|
LA
JIRIBILLA
CIUDAD SIN ÁNGEL
Ahora nos vuelve a sorprender con "Ciudad sin ángel", con la que resultó finalista del Premio Rómulo Gallegos en 1997. Lo primero que llama la atención de esta novela (al menos a mí) es su técnica deslumbrante. Pocas veces he visto en la literatura latinoamericana de los últimos años semejante maestría en el empleo del punto de vista espacial.
Eduardo Heras León |
La
Habana
Nunca había tenido la suerte de presentar un libro de Jorge Enrique Adoum. Hace unos años, cuando era director de la Editorial Casa de las Américas y publicamos
Entre Marx y una mujer desnuda, su primera novela, pensé que surgía esa oportunidad, incluso de presentar la edición cubana en Ecuador, pero por diversas razones, no pudo hacerse.
Ahora la suerte me sonríe, porque cuando menos lo esperaba, alguien me propuso acompañar a Jorge Enrique Adoum en la Feria y en la fiesta que es siempre "lanzar" -como decimos en Cuba- un nuevo libro, esta vez su segunda novela,
Ciudad sin ángel.
Aquí estoy, entonces, con mi amigo Adoum, el ecuatoriano universal, a quien conocí a través de nuestro común hermano, Eduardo Galeano, y con quien me he cruzado por algunos de los caminos del mundo de la cultura, dígase Nicaragua, México, Argentina, siempre con el nombre de Cuba en los labios y, sobre todo, en el corazón.
En el ámbito de la literatura, Adoum fue siempre para nosotros un gran poeta, autor de aquel libro
Dios trajo la sombra, que obtuvo uno de los primeros premios Casa de las Américas, si no recuerdo mal, el de 1960. Los lectores cubanos sufrimos un verdadero impacto cuando nos cayó en las manos
Entre Marx y una mujer desnuda, una novela que venía avalada con el Premio Xavier Villaurrutia de México y que nos pareció novedosa, experimental, de muy compleja técnica: una original reflexión sobre la novela y la realidad.
Ahora nos vuelve a sorprender con Ciudad sin ángel, con la que resultó finalista del Premio Rómulo Gallegos en 1997. Lo primero que llama la atención de esta novela (al menos a mí) es su técnica deslumbrante. Pocas veces he visto en la literatura latinoamericana de los últimos años semejante maestría en el empleo del punto de vista espacial. El manejo de los narradores que hace Adoum es sencillamente sorprendente y va dotando a la narración, a medida que ésta se despliega, de una variedad de voces, de una dinámica perfectamente ajustada a los contenidos que narra: esa búsqueda psicológica, permeada por la ansiedad de toda búsqueda de un amor que
"en mezo del camin" de la vida del pintor protagonista, se perdió en los avatares de la lucha política para no regresar nunca. La novela se inicia en tercera persona, en lo que parece ser la clásica tercera persona omnisciente, omnipresente, que todo lo sabe, ve o intuye, pero apenas en la segunda página, Adoum presenta sus credenciales técnicas. En un giro sorpresivo, introduce una primera persona que incluso a mí, lector bastante acostumbrado a pirotecnias de todo tipo, me dejó impactado. Veamos lo que sucede en el relato: después de esa tercera persona cuyo foco narrativo parece seguir de cerca a Bruno, el protagonista (Pág. 10)
Adoum se burla irónicamente de lo que todos los técnicos han llamado el poder de persuasión del relato basado en la mimesis, en la reproducción de los mecanismos de lo real mediante la imagen de verosimilitud, en la tan estudiada "verdad de las mentiras" de la ficción. Sencillamente se acerca al lector y le dice: ésta es una novela, éste es un relato que estoy construyendo y te estoy haciendo partícipe de sus dificultades, de sus problemas composicionales. Y profundizando en este recurso, que no es más que una variante del método del distanciamiento que Brecht introdujo en el teatro (de otra manera, por supuesto), y llevándolo a sus últimas consecuencias, también se abalanza sobre el tiempo, reconstruye (¿o mejor decir deconstruye?) el pasado y nos lo vuelve presente. (Pág. 11)
La originalidad del procedimiento está en que Adoum lo emplea de diversas formas, con lo que logra ensanchar el espacio del narrador y de lo narrado, obteniendo una libertad de composición que le permite moverse casi sin limitaciones por los tejidos del argumento. (Pág. 36)
La maestría técnica de Adoum se despliega además en un empleo también original del llamado recurso de los "vasos comunicantes". A lo largo de todo el texto de
Ciudad sin Ángel, aparecen unas notas al pie que Adoum anuncia como citas de
Conversaciones con Bruno Salerno, el pintor protagonista de la novela. Estas citas generalmente relacionadas con la estética de la pintura son como comentarios contrapuntísticos de la trama del relato, lo iluminan desde distintos flancos: las citas son parte de un supuesto
Cuaderno de notas para una tesis de estudio de la mujer protagonista, Ana Carla, dedicada al pintor Bruno Salerno, su maestro y posterior amante. Viendo estas notas al pie, uno piensa inevitablemente en los fragmentos de Morelli que Cortázar coloca en
Rayuela y propone leer desde su tablero de dirección. Sin embargo, en el caso de Adoum, el carácter comunicante de estas citas es mucho mayor que en Cortázar, e incide directamente, reforzándolo, en el trenzado de la trama.
Pero esta novela no es sólo forma, por supuesto. Junto con un lenguaje en perfecta adecuación con los contenidos que aborda, esta novela es una historia, trágica, nostálgica, existencial, donde como en toda la obra narrativa de Adoum es posible rastrear un triple discurso, según señalaba la ecuatoriana Margarita Lasso: el amoroso, el político y el estético. El discurso político se imbrica dentro de esta historia, que Adoum ha caracterizado como una novela visual, donde la Tortura, con mayúscula, es una presencia agobiante: así, los momentos dedicados a la narración de la tortura son capaces de violentar al lector más impasible, y son casi siempre presentados bajo la forma de una violación. "Fue deliberado ese empleo", ha dicho Adoum. "Toda tortura es una forma de violación, sea psicológica o física". Sin embargo, esas escenas de tortura funcionan en la novela como un mecanismo de equilibrio argumental con las escenas dedicadas al puro erotismo, a la seducción y al amor a París, sobre todo porque, como el mismo Adoum señala, él quería llegar a la tortura como una metáfora; "algunas de las secuencias de tortura en el fondo son la descripción de un cuadro. Que no fuera la tortura como simple descripción documental de un hecho que desgraciadamente se repitió mucho, sino como una tercera dimensión también en las consecuencias posteriores, no sólo para la torturada en este caso, sino para quienes tienen relación con ella".
Ciudad sin ángel es la novela de una búsqueda, de una nostalgia del amor que se perdió y que no puede recuperarse; es también la evocación de una presencia, a través de la ausencia. Y aunque el lector sabe gracias al autor -como ya hemos visto- que se trata de una historia construida con palabras, con recursos técnicos, con puros procedimientos formales, la maestría y el poder creador de Jorge Enrique Adoum se imponen, y tal vez a su pesar, el lector va penetrando en su historia, se emociona, ama y sufre con sus personajes y, al final, siente lástima por este pintor que tal vez no esté totalmente seguro, pero intuye que la pérdida del amor, no es más que una forma de perder la vida.
•
Palabras de Eduardo Heras León en la
presentación del libro Ciudad
sin Ángel de Jorge Enrique Adoum.
|