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LA
JIRIBILLA
UN
MURO ES UN MURO
Palabras en la presentación del libro Desde mi
altura,
de Antonio Guerrero
Edel Morales |
La
Habana
En varios de sus apuntes íntimos, Walt Whitman recomienda la expresión natural, liberada de artificios infecundos, ornamentales, como vía apropiada para una creación literaria que pretenda evitar el agotamiento y acercarse a lo esencial humano: ¡Sea natural, sea natural, sea natural!, exclama, y luego nos informa que el secreto para escribir poesía es entrar en contacto con la humanidad, saber qué está pensando la gente, retirarse hacia las fuentes más profundas de la vida...
Esa relación antigua, fecundante, entre humanidad, naturaleza y verdad, tan apreciada, cantada, y defendida por el gran poeta norteamericano, es la misma que nos propone nuestro poeta mayor, José Martí, como noción de profundidad para alcanzar el bien más preciado en la vida del hombre moderno: la libertad plena, y con ella, también, la poesía de la libertad, en tanto nuevo culto del hombre.
En su muy conocida crónica de 1887, El poeta Walt
Whitman, Martí ubica a sus lectores delante del hombre desnudo, virginal, amoroso, sincero, potente-del hombre que camina, que ama, que pelea, que rema,-del hombre que, sin dejarse cegar por la desdicha, lee la promesa de final ventura en el equilibrio y la gracia del
mundo... y luego contrapone esa imagen de pureza original y rebelde a la parálisis de miedo que ofrece una especie adocenada, conservadora, amedrentada, sumisa,
descolorida, encasacada, amuñecada.
Hacia esos derroteros mayores, sólidamente afincados en el devenir de la historia y la literatura americanas, me llevó la segunda lectura que hice de estos poemas, escritos por Antonio Guerrero en su mínimo espacio de una prisión de Miami, Fla:
Porque un muro es un muro y tú lo sabes.
La primera vez que los leí, en cambio, muy de madrugada, me había dejado arrastrar por las ideas inmediatas que comunican los textos, para sentir en ellos la presencia cotidiana, emocional, de esos temas eternos de la poesía y la existencia humana: el amor, la soledad, la muerte, el tiempo, la guerra o la paz interior más plena. Escritos con un lenguaje sencillo, evocador, desnudo de todo afeite, asumí que Antonio no pretendía hacer con esos temas Gran Literatura, sino testimoniar en versos los días de un hombre situado en una circunstancia extrema, cuando se llega a ese momento en que la soledad es uno mismo.
El más reciente de estos textos fue firmado apenas el 30 de junio de 2001, el más antiguo data, creo, de los últimos meses de 1998. En conjunto, un período de tres largos años, muy agitados para este mundo que se globaliza, minuto a minuto, con impulsos electrónicos, capitales y botas de siete leguas, y que ve aparecer, en paralelo y sin centros aparentes, un intenso movimiento antiglobalización en numerosas zonas del planeta, pues el día nunca es pálido y sombrío; tres años, también, de experiencias y significados muy especiales para todos y cada uno de los cubanos que somos. Tres años, amigo lector, durante los cuales Antonio Guerrero ha estado prisionero en una cárcel de máxima seguridad, mayormente solo, con unos pocos libros, algunos mochitos de lápices y pedazos de papel que vienen y van, escribiendo versos:
para ser lo que soy, y además, poesía.
Sin pretender novedad, así se escribe al regreso del límite, he dicho antes, en otra parte, por otra razón. Y Antonio estuvo, está, qué duda cabe, en una experiencia de vida que lo sitúa en la puerta corrediza del infierno y la gloria, en el borde delantero, en el límite. Él lo sabe y lo asume, se asume, plenamente, en cada uno de estos poemas, con una sinceridad que estremece:
Yo, mendigo de versos, fiel abrigo/ escribo lo que soy sin formas
raras, nos dice, a la manera expedita en que Martí preconiza, desde su altura humana y poética, ese credo fundador sobre la necesidad de poner el sentimiento en formas llanas y sinceras.
Pero ya desde el mismo comienzo de su libro, Guerrero, que ha vivido y conoce el peso y los peligros de la soledad y no les teme, nos advierte, con humildad y destreza, que estamos entrando a un espacio de riesgo múltiple: Aquí estoy arriesgando estos versos, espacio en el cual la poesía funciona a un tiempo como asunción y como exorcismo de la cruda realidad y de los fantasmas de la memoria, no para buscar la salvación individual por la escritura: Canto por los que amo y lucho por ellos, sino como ofrecimiento y puente de comunicación con un mundo y unos seres queridos de los cuales el autor no acepta ser desplazado, en tanto siente que aún puede ofrecerles su servicio en la peligrosa aventura de vivir:
Tómalos si te sirven,/ para cruzar el mar/ o algún
abismo.
Esa vocación de servicio, esa entrega absoluta que no espera recompensa: Saber dar, sin recibir, de honda raíz martiana, transita todo el poemario, lo sustantiva, define su ética, y en varios de los textos iniciales, se vale directamente de las muy familiares formas de los
Versos sencillos, memorizados desde la infancia casi por cualquier cubano, para expresar su decantado sentido de la solidaridad humana y su explícito renunciamiento a ser gratificado:
Como el agua, clara y pura,
Corre en su arroyo serena,
Ha de correr la ternura
Cuando aparece una pena.
Luego, la expresión literaria varía y se complejiza, paso a paso, a medida que se extiende el tiempo de estancia en la cárcel, un tiempo que el autor-prisionero sabe que nunca será breve:
Largo ha de ser el camino, nos dice, tiempo en el cual la vida no se detiene y la obra continúa haciéndose. Nuevas lecturas complementan la memoria referencial del autor y aparecen en su escritura otras formas estróficas, que evolucionan rápidamente para llegar al clásico soneto y explorar sus posibilidades métricas:
Por donde pasó el viento, crudo y fuerte,
iré a buscar las hojas del camino
y agruparé sus sueños de tal suerte
que no puedan volar en torbellino.
Cantaré mis canciones al destino
y con mi voz haré temblar la muerte.
Ya hacia el momento final del libro, Guerrero rompe en varias ocasiones con las tradicionales estructuras rimadas: los sonetos sonidos, no para renunciar definitivamente a ellas, a su ritmo estimulante, sino para explorar nuevas formas de construcción del poema, que lo llevan a modificar algunas zonas de su discurso, hasta alcanzar el versolibrismo más auténtico y conversacional:
Hace tres días que no puedo escribirte,
Y tú intranquilo volando, de rincón en rincón
Alegre en la mañana, nostálgico en la tarde,
Soñador en la noche.
Hace tres días, perdóname poema
Me dejaron sin lápiz.
Estructurado en cinco partes, cada una de las cuales es en los papeles originales un libro completo, Desde mi altura contiene en total sesenta poemas. No estamos en presencia de un cuerpo textual escrito, pensado, para lectores especializados de poesía. Rotundamente no. Ni siquiera, pienso, de textos originalmente escritos para ser publicados en forma de libro. Estos cantos son hijos de la pasión, están redactados con la urgencia y la desnudez de lenguaje de un testimonio esencial, estremecedor, donde siempre la esencia es fuego y frío. Fueron escritos por alguien que, a la manera de los poetas de la guerra mambisa, cuyos versos imperfectos pero hermosos Martí no temió disfrutar, prologar y exaltar, conserva intactas en medio de la lucha su inocencia, su fuerza, su inteligencia, su pureza...
Y puede por ello proclamar, también en la página impresa, esa alegría por la vida que nunca lo abandona y su viva esperanza en que será real el sueño acariciado del retorno:
Regresaré y le diré a la vida
he vuelto para ser tu confidente.
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