LA JIRIBILLA
COMENZAR DE NUEVO LA AVENTURA

"Ningún poema mío refleja la Revolución ni la fotografía siquiera, no la adula tampoco sino que la provoca en su dimensión más trascendente. Soy una de sus criaturas".

Nancy Morejon  |
La Habana


Co. Ricardo Alarcón,
Presidente de la Asamblea Nacional
,
Co. Abel Prieto, Ministro de Cultura
,
Co. Iroel Sánchez, Presidente del ICL,
Co. Carlos Martí, Presidente de la UNEAC,
Co. Roberto Fernández Retamar
,
Presidente de la CDLA,
Miembros del Cuerpo Diplomático
,
Expositores, editores, distribuidores,
periodistas, escritores
,
Premio Nacionales de Literatura
,
Distinguidos invitados
,
Compañeros y compañeras,
Que
ridas amigas,
queridos amigos,

Quisiera que estas palabras pudiesen expresar la magnitud de mi agradecimiento por haber recibido el Premio Nacional de Literatura 2001. Es un honor que, por su propia naturaleza, no sólo me obliga a la gratitud sino a un examen de conciencia que me incline a justificar la razón de haberlo merecido. No he encontrado nada mejor que hablar un poco de cómo veo el papel del escritor entre nosotros.

Llegué a la escritura siendo niña y a la vorágine de las editoriales, poco después, aún siendo adolescente. Entre ambos dominios, siempre triunfó el reino de la infancia y aunque el tránsito de un dominio a otro fue algo lento, puedo afirmar que culminó entre las estaciones de lluvia y seca de 1962 cuando apenas había cumplido diecisiete años de edad. Por otra parte, había entrado a una triunfal reforma universitaria gestada por varias generaciones y así mismo por el más sano y generoso espíritu de solidaridad intelectual. A pesar de haber publicado tan temprano, en todo momento la escritura fue para mí un imborrable acto de fe, para mi buena fortuna, siempre supe diferenciar del hecho editorial. Es más importante leer y escribir que publicar. La lectura es una función tan inherente al ser humano como lo es respirar, comer y andar. Juan Hernández, un tabaquero de la Habana, repetía con sorna cada mañana, en pleno machadato: “Yo solo respeto las casas donde primero entra un periódico y luego un boniato”. La divisa de Juan Hernández, que era mi abuelo, se volvió una práctica cotidiana, y repetida en la voz de la China, se convirtió en emblema de Felipe Morejón y marcó el rumbo de una precoz vocación literaria. Por tal sencilla razón, he disfrutado mucho más leer que escribir, a tal punto que ya en 1961 fue para mí un acto altamente liberador traspasar el umbral de nuestra diminuta casa Para enseñar a leer y escribir a varios vecinos porque así, de algún modo, con aquel acto, sin conciencia aún de su trascendencia, contribuiría al nacimiento  no sólo de un vasto público de lectores sino de un nuevo tipo de lector radicado tanto en las grandes ciudades como en campos, costas y cordilleras de todo el archipiélago.

Durante estos cuarenta años, he intentado darle vida a un coro de voces históricamente silenciadas quienes, mucho más allá de sus orígenes, su raza, o su género, renacen en el lenguaje de mis obras. Entre las elegías de Nicolás Guillén y el gesto rumoroso de la poetisa güinera Cristina Ayala, ha fluido mi voz, buscando un sitio entre el violín y el arco, buscando el equilibrio entre lo mejor de un pasado que nos sometió sin compasión a la filosofía del despojo y una identidad atropellada en la búsqueda de su definición mejor. Me ha importado la historia en letras grandes y me importó también la historia de esas abuelas pequeñitas adivinadoras, pequeñas cimarronas domésticas que bordaron el mantel donde comían sus propios opresores. Historias de látigo, por humillación, migraciones y estigmas que llegaron por mar y al mar regresan sin razón aparente.

He buscado la belleza en todas partes y, al mismo tiempo, me he resistido a abandonar la tangible utopía que marca nuestras vidas y la época que nos ha tocado vivir. Como bien dice el dramaturgo Albert Camus: “La belleza aislada acaba por ser un artificio, la justicia por sí sola acaba siendo una opresión. Quien pretende servir a la una excluyendo a la otra, no sirve a nadie, ni a sí mismo, y acaba sirviendo por partida doble a la injusticia”[1]. Esa belleza anhelada por mí muestra la huella de la que enseñara Gabriela Mistral cuando escribió: “No te será la belleza opio adormecedor, sino vino generoso que te encienda para la acción, pues si dejas de ser hombre o mujer, dejarás de ser artista”[2]. Y, en mi búsqueda incesante de la belleza, no he despreciado nada ni a nadie. Formo parte de una familia, de una comunidad, de una nación, de una patria de las que no he querido ni he podido apartarme porque3 siempre las he reclamado con amor en cada uno de mis gestos. El amor supone comprensión infinita y una conciencia de que somos semejantes al prójimo. Sin haber tenido una experiencia directa de la guerra, proclamo que estoy contra la guerra a favor de la dignidad plena de los seres humanos, como pidió Martí.

Y es por eso que la revolución está en mí “como la astilla en la herida”, como el sol de todos los días, como la cambiante luna de mis barrios, como la profundidad de los pintores renacentistas o tal vez, como la de los pintores primitivos haitianos, siempre inventada pero siempre palpable. Ningún poema mío refleja la revolución ni la fotografía siquiera, no la adula tampoco sino que la provoca en su dimensión más trascendente. Soy una de sus criaturas. Niña y vieja a la vez, “tengo” y no tengo pues la grandeza del hombre y la mujer reside “en el flechazo y no en el blanco”.

He buscado la paz y aunque la palabra paz suene hoy como un sarcasmo, como una broma de mal gusto, entrando al sigo XXI, a un nuevo milenio cuyo umbral parecería otra página de Julio Verne, la palabra paz es hoy una abstracción tras la cual se esconde la verdadera historia de la Humanidad. Frente al riesgo de presenciar el exterminio de nuestro planeta, en donde reina hoy la destrucción y la muerte, debemos encontrar una paz tangible, reconciliada para siempre con el trabajo y la cultura. Frente a los que quieren restaurar los reinos de la muerte, escribo. Como una forma de abolir el tiempo, escribo. Escribo con lápiz y con computadora, y vuelvo a escribir lo que he soñado. Escribo si me lanzan mariposas de Casablanca o guanábanas de Honduras, que son las más pútridas. Escribo: dormida o despierta, despierta y dormida. Con el idiota de guardia o con la estrella que ilumina y mata. Escribo. Siempre voy a escribir “aislada y peregrina a la vez, soy sensible a los maremotos, al alumbramiento de una criatura, al sencillo acto de encender una fogata cayendo la tarde. Entro a un cine. Contemplo un girasol y ya va naciendo el poema en medio de la isla más hermosa que ojos humanos seguirán viendo; “una isla atravesada en la garganta de Goliath, como una palma en el centro del Golfo”.

Gracias, mil gracias por haberme invitado, con este premio a comenzar de nuevo esa aventura.

La Habana, 12 de febrero del 2002

[1] Albert Camus: El verano, Madrid, Edit. Alianza Cien, 1996, p.73 -74

[2] Gabriela Mistral: “Decálogo del artista”, en Stephen Tapscott: Twenrieth.Century Latin American Poetry. A bilingual Antology Austin, ed. University of Texas Press, 1996, p.80


2002. La Jiribilla. Cuba.
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