|
LA
JIRIBILLA
CARPENTIER EN LA FERIA
A comienzos de un nuevo milenio donde los fatalistas anuncian la muerte de las utopías y el fin de la historia, nuestro Alejo Carpentier se alza en la salvaguarda de la memoria histórica de la humanidad, en el rescate y recreación de lo más alto del idioma literario y en la profunda condición de las profundidades y grandezas de la dignidad humana.
Norma Ucella |
La
Habana
|
...Atrás quedaban los incendios de un día. Hacia el Oriente se erguía, enhiesta y magnífica, vislumbrada por los ojos del entendimiento, la Columna de Fuego que guía las marchas hacia toda tierra prometida...
Alejo Carpentier
|
La Feria del Libro ofrece a sus visitantes dos libros imprescindibles:
El Siglo de las Luces y La Consagración de la Primavera de Alejo
Carpentier. Estas dos
novelas, separadas veinte años por la fecha de su escritura, casi dos siglos por la época donde se ubican sus personajes, muestran la excelencia de la madurez y la diversidad temática y estilística con que sorprenden una inteligencia tan inquieta y un espíritu en permanente evolución.
A casi un siglo de su nacimiento, Carpentier se nos revela como un contemporáneo y a veces como un profeta, en cuyo relato del pasado se atisban los abismos y las peligrosas tentaciones del porvenir, porque
en su obra el examen de la historia es siempre una reflexión sobre el presente. Refiriéndose a
El Siglo de las Luces, confesaba:
Casi toda la acción de esta novela transcurre en La Habana en los últimos años del siglo XVIII. De ahí el título, El Siglo de las Luces. Creí encontrar una gran semejanza entre las preocupaciones de aquella época y la de los hombres de este siglo. En los últimos años del siglo XVIII se hablaba de las mismas cosas de las que hablaban los jóvenes entre las dos guerras mundiales. Hablaban de la necesidad de una revolución que renovara totalmente la sociedad. Clamaban por libertades y deberes que serían los mismos que anhelaban los jóvenes de mi generación.
La Consagración de la Primavera, en cambio, atiende a la historia más reciente.
"La acción comienza en 1937, en uno de los hospitales militares de descanso de los heridos de las Brigadas Internacionales, y prosigue hasta concluir con la batalla de Playa Girón", precisamente en otro hospital, en otra guerra, pero, a diferencia de la primera, como dice un personaje:
"Aquella vez - allá - lo que me había devuelto la Guerra era un vencido [...] Aquí, lo que me ha devuelto la Guerra es un vencedor, porque el enemigo fue arrojado al mar por donde vino, en un ejemplar escarmiento de barcos hundidos, aviones derribados, tanques abandonados, con el lastimoso espectáculo de sus hombres leopardos (me refiero a
las pintas del bélico traje que traían) llevando, entre columnas de milicianos victoriosos, el paso renqueante y alicaído de los prisioneros que demasiado pronto esperaban el triunfo de una mala causa."
Esta honda preocupación histórica y aun patriótica no desvía a Carpentier de sus búsquedas en el idioma literario y de nuevos hallazgos en los elementos composicionales del texto. Se ha hablado de novela polifónica. La multiplicidad de voces donde el narrador se desdibuja y los personajes parecen confesarnos su historia, abrirnos su intimidad, conforma un mosaico donde el estilo encuentra sus más altas excelencias, estilo y humanidad que le mereció el Premio Cervantes entre otras numerosas distinciones.
La vida, la historia, la naturaleza y el arte se trenzan y entrecruzan en la obra mayor de uno de los más grandes escritores de la lengua. A comienzos de un nuevo milenio, donde los fatalistas anuncian la muerte de las utopías y el fin de la historia, nuestro
Alejo Carpentier se alza en la salvaguarda de la memoria histórica de la humanidad, en el rescate y recreación de lo más alto del idioma literario y en la profunda condición de las profundidades y grandezas de la dignidad humana. Al cerrar la tapa del libro podemos evocar la puerta con que cierra
El Siglo de las Luces:
Cuando quedó cerrada la última puerta, el cuadro de la Explosión en una catedral, olvidado en su lugar -acaso voluntariamente olvidado en su lugar - dejó de tener asunto, borrándose, haciéndose mera sombra sobre el encarnado oscuro del brocado que vestía las paredes del salón y parecía sangrar donde alguna humedad le hubiese manchado el tejido.
|