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LA
JIRIBILLA
UNA HISTORIA DE
VERGÜENZAS Y SINVERGÜENZAS
Una reedición imprescindible: Mi tío el empleado, de Ramón Mesa, precedido de un esclarecedor estudio preliminar de José Antonio Portuondo y que incluye al final el artículo de Martí acerca de la novela.
Beatrice |
La
Habana
La ciudad recibe al inmigrante con una fiesta de burlas. En lo alto de las murallas, privado de la escala por la que le obligaran a subir para buscar el mítico tesoro de los Reyes Magos, el recién llegado alcanza a comprender la farsa, pierde el sombrero entre andanadas de lodo, iluminado por las improvisadas antorchas y anonadado por los silbos y risotadas de la multitud.
Una ciudad de risas y miseria, de brillante platería y oscuros pasadizos, explorada desde lo alto de sus balcones y murallas, repetida en un teatro de enanos donde uno puede silbarle a un gran señor y donde todo el mundo ríe, todo el mundo se burla, donde la realidad se repite invertida en una pesadilla interminable:
- ¡Juro que seré algo! - promete el burlado que sueña un futuro promisorio en el camastro de un cuartucho de alquiler.
¿Qué será de aquel tío terco y rencoroso en medio de una ciudad que lo agasaja de burlas y que él no logra comprender? ¿Adónde llegará en su juramento de ser algo? ¿A quién amenaza con su puño cerrado desde el remoto gallinero del teatro?
Hace ya más de un siglo que José Martí supo resumir el profundo sentido de esta novela:
"Esta es la historia del poblano Don Vicente Cuevas, que llegó a Cuba en un bergantín, de España, sin más seso, ciencia ni bienes que una carta en que el señor marqués de Casa-Vetusta lo recomendaba a un empleado ladrón, y con las mañas de este y las suyas, amparados desde Madrid por los que participaban de sus frutos, paró el Don Cuevas de las calzas floreadas y las mandíbulas robustas en el "señor conde Coveo", a quien despidieron con estrépito de trombones y lujo de estandartes y banderines los "buenos patriotas de La Habana", cuando se retiraba de la ínsula, del brazo de la rica cubana Clotilde. Esa es la vergonzosa historia, dicha con sobrio ingenio, cuidado estilo y varonil amargura."
No faltan en esta historia el símbolo sutil pero ilustrativo, ni el personaje cómico, o trágico, o trivial, como los personajes de la vida. La Habana de entonces, "abierta la entrada del puerto para tanto bribón que cruzaba por ella", parece invertir del decurso temporal para mostrar al lector de hoy que inadvertido hojea la novela, las lacras, placeres, peligros y bellezas de su propia ciudad.
De aquel inmigrante azorado de las burlas de la plebe, nada queda al final de la novela. Alejándose ahora del puerto que había visto llegar a comienzos de la novela a Don Vicente en "uno de esos días hermosos, espléndidos" de algún enero del gentil invierno cubano, al final de la historia, el señor Conde de Coveo navegaba feliz en el gran vapor que "surcaba las olas, tranquilo y majestuoso".
Meza no se nos deja leer en paz. El desocupado lector que pretenda llenar sus ocios con una ficción alejada de sus días
y del metro cuadrado que ocupa con su sombra se ha de revolver inquieto en el mullido butacón de sus siestas. La sonrisa alternará con la lágrima furtiva. La indignación sucederá a la carcajada a lo largo de una novela que cada cual irá rescribiendo a lo largo de su sinuoso recorrido a través de un ayer que no ha dejado de ser La Habana.
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