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LA
JIRIBILLA
CUANDO
SORPRENDE LA POESÍA
Víctor Casaus, poeta, narrador, ensayista, cineasta y promotor cultural, presenta en esta Feria su última obra poética:
El libro de María. Sobre éste y otros temas del quehacer de este importante autor trata esta entrevista.
Tupac Pinilla |
La
Habana
-Cuéntanos un poco de aquellos tiempos fundadores desde las páginas de
El Caimán Barbudo en los 60.
-El Caimán fue una aventura querida, imprescindible de nuestras vidas, los (entonces) jóvenes poetas y creadores en general que lo fundamos en 1966. Aquella etapa coincidió con un período fundamental: el de nuestra formación literaria, cultural, humana. Y
el Caimán fue el sitio que nos nucleó, que nos dio espacio para la voz y para el pensamiento. Por eso publicamos allí, en su primer número aquel "Nos pronunciamos" fundacional de mi generación poética, lleno de propuestas audaces, todavía lo creo, y sobre todo de un ímpetu renovador, participativo y sincero.
El Caimán también tuvo otra característica muy importante: la de reunir a creadores de distintas áreas y permitir que se conocieran en sus coincidencias y en sus diferencias profesionales: poetas y ensayistas, diseñadores y filósofos, narradores y periodistas encontramos en aquel
Caimán un terreno de conocimiento mutuo, de confrontación y un espacio para compartir también, como amigos, aquella época formidable.
El tiempo, como suele suceder, podrá haber decantado voces poéticas y podrá, incluso, haber alejado vidas enteras de aquel proyecto de soñadores y participantes: que eso fue aquel
Caimán. Hoy algunos no podrían suscribir (por razones que consideren esenciales y tácticas, de acuerdo a sus respectivas circunstancias actuales) la pasión de aquellas propuestas, la vocación de participación abierta y profunda en el proceso cultural, que no eludía la polémica ni buscaba el compadrazgo.
Pero a pesar de ello, o por ello mismo, aquel Caimán fue territorio de fundación de sueños, de formación necesaria, de vida comenzada a vivir intensamente, como lo exigían aquellos tiempos. Y estos también, a su manera.
-Más allá de tu labor periodística en El Caimán, has sido un cultivador, un estudioso y un promotor del género Testimonio. Por qué le otorgas un valor esencial?
-Creo que el testimonio entró a formar parte de los elementos principales de mi trabajo (en la literatura, en el cine) por una vocación personal de cronista, seguramente iniciada con aquellos trabajos primeros periodísticos en la revista
Mella, sin formación universitaria aún pero con muchos deseos de ver y de contar lo que veía. Y ese es el centro de la labor de un escritor de testimonios. Después, inmediatamente, vino sin duda el conocimiento de la obra y la vida de Pablo de la Torriente Brau, descubierto en sus libros y en su lenguaje, en sus acciones y en sus imágenes. Aquellos textos me trajeron dos preguntas que me han acompañado después siempre: ¿así que se puede ser escritor de esta manera?, ¿así que se puede ser revolucionario de esta manera?
Esas preguntas, para un cronista en ciernes, con menos de veinte años de edad, son, en realidad respuestas que me han ayudado a alumbrar el camino de estos años. En el testimonio, en la literatura, en el cine y en la vida.
-El Testimonio fue quizás tu puente natural de la literatura al cine.
¿Puede ser ésta una guía que explique el predominio del documental que se observa en tu cine, aun en tus realizaciones de ficción?
¿Por qué tanto tiempo alejado del cine?
-A estas alturas del partido creo que esa vocación de cronista intentó expresarse también a través del cine y sobre todo del cine documental. Por ello también las dos películas de ficción que he realizado
-Como la vida misma y Bajo presión- tienen una fuerte influencia del cine documental. Aunque esas influencias, en estos tiempos, tienden a ser recíprocas entre distintos géneros creativos, para bien de la creación misma, salvando compartimentos estancos, viejas preceptivas y antiguos prejuicios.
Una vez escribí un poema titulado "Maravilla del mundo" para tratar de explicar(me) el júbilo y la angustia que conviven cuando se intenta hablar de las cosas que nos rodean y nos interesan a través de diferentes géneros o incluso de diversos lenguajes artísticos. El poema cuenta la maravilla de alguien escribiendo un poema que se convierte en secuencia cinematográfica, que se transforma en proyecto de ensayo, que se troca en testimonio inaplazable, que termina siendo imprescindible poema de amor.
Porque el amor ha estado en medio de esas búsquedas y esos posibles hallazgos, gracias a esa magia de intentar la creación por varios caminos.
El cine, en general, y el cine de ficción en particular, necesitan períodos más bien largos de preparación, filmación y posproducción. Por ello es difícil, prácticamente imposible, al menos en este momento, simultanearlo con el proyecto del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau en que el ando metido, como sabes, desde hace unos cinco años, a tiempo completo. El tiempo que tengo y el que no tengo, tomándolo de otras áreas de la vida incluso.
Allí se goza y se sufre como en un género literario o cinematográfico más. De modo que la lucha continúa. Allí estamos produciendo documentales, ya hemos terminado tres, y si la autopresión de trabajo amaina un poco, me gustaría hacer allí algún documental que anda dando vueltas por ahí desde hace tiempo.
-La poesía ha sido tu eje, la columna vertebral sobre la cual
has realizado las restantes acrobacias artísticas. ¿Puede pensarse que cada antología poética tuya
(De un tiempo a esta parte, 1985; Maravilla del
mundo, 1990; Amar sin papeles, 1999) marca el cierre de una etapa de tu poesía?
-Es posible que sea así como me dices. Para mí, el ritmo de la creación poética ha estado muy vinculado a la vida misma. La poesía que hago, que parte de atrapar, si se deja, un momento de la vivencia humana, la mía o la de los demás, no ha sido sometida nunca a un proceso planificador de etapas o de ciclos. Ni siquiera dentro de un libro. Los poemas han nacido por una necesidad que seguramente es natural, sin dejar de ser mágica, al menos participante de esa magia que todo hecho poético verdadero encierra. Nunca he escrito libros contra un plan, sino dejando que la poesía sorprenda, llegue, cuando nos haga falta, a ella o a mí, y luego encuentre su espacio en los libros donde se han reunido los poemas. No es, por supuesto, el único método -para usar casi una mala palabra tratándose de estos temas- en la creación poética. Pero es el que me ha sido dado transitar. Seguramente por esa convicción secreta, no explícita, de que la poesía debe ser hecha por todos, como declaraba Lautreamont, y de que la poesía está en todas partes, mas la cuestión es dar con ella, como nos dejó dicho el joven poeta José Zacarías Tallet hace algunos años.
Las antologías personales, de todas formas, suponen un balance de lo que se ha escrito, por el solo hecho de ver reunidos, en un solo libro, los poemas escritos a lo largo de varios años. Por ello es posible que marquen, como apunta tu pregunta, el cierre de alguna etapa o la apertura de otra. Pero esa es labor de los críticos, si encuentran tiempo y deseos de hacerlo. Personalmente no me preocupa mucho ese ángulo del balance. Lo importante, en realidad, es que los poemas hayan estado ahí, estén ahí, contando y proponiendo, es decir, viviendo a su manera el pedazo de vida que les tocó compartir con los demás.
-El libro de María (2001 y 2002) que se presenta en la Feria es un libro maduro: no se deja seducir ni se angustia por la dicotomía de los contrarios; desborda recursos y no se ciñe a un único patrón de estilo.
¿Puede pensarse como un recuento, una síntesis o un segundo aire de nueva juventud?
-Ojalá fuera todas esas cosas, o algunas, pero es, sobre todo, un libro de poemas de amor. Un homenaje a un amor y al amor mismo, si esto fuera posible. Esos poemas nacieron al calor del amor que le da título y fueron escritos para vivir y re-vivir sus maravillas, sus hallazgos.
Naciendo del amor que los hizo posibles, estos poemas tienen mucho de vivencia y más de adivinación: esa que el amor intuye, propone, impone sabia, terca, tiernamente. La siguiente alegría -después de la primera: la del amor mismo- es que otros encuentren en esos poemas el eco, el brillo, la sugerencia, el recuerdo de un amor vivido -o por vivir.
Creo que en ese momento se realiza, en su totalidad maravillosa, el acto de la creación artística. Siempre lo he pensado así y lo he pensando con más fuerza cuando se trata de la poesía y con más fuerza aún cuando se trata del amor.
Escribir -pero sobre todo vivir- El libro de María ha sido una fiesta mayor que ahora tengo la oportunidad de compartir, acompañada por esas maravillosas imágenes de Fabelo, con los nuevos lectores y las nuevas lectoras de estos días.
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