LA JIRIBILLA
ELOGIO DEL CHINO O 
LAS COSAS DEL ALMA

Palabras de elogio a Eduardo Heras León con motivo de obtener el Premio Nacional de Edición.


Silvana Garriga Caballero  |
La Habana


Conocí a Eduardo Heras a finales de 1979, en la entonces armoniosa familia que constituía la Editorial Letras Cubanas, conducida por Pablo Pacheco y alojada en el cuchitril de la calle G, número 505, y la primera intervención pública de Heras que presencié, en una fiesta de la Editorial, me produjo una de las más extraordinarias sorpresas de mí -en aquel momento- corta vida. El autor de un libro estigmatizado como Los pasos en la hierba, que me había prestado un amigo con más sobresaltos que un musulmán traficando con los Versos satánicos y con la advertencia de que no se me ocurriera llevarlo a la Escuela de Letras donde estudiaba, so pena de reforzar mi merecida fama de pequeño burguesa; el escritor que yo tenía por un tipo duro, a lo Hemingway, combatiente de Girón, autor de aquellos cuentos escuetamente titulados con un nombre: "Pardo", "Modesto"..., o de "La noche del capitán", olorosos a pólvora, tintos en sangre y llenos de malas palabras, declamaba con fruición poemas de Buesa, y, peor aún, "El duelo", sí, el de "como fue señora..." engolando la voz y hasta mostrando inusitada emoción.
Desde entonces le observaba de reojo, y hasta releí los cuentos de La guerra tuvo seis nombres -el otro, el "Prohibido", ya lo había devuelto-, tratando de hallar el vínculo entre su violenta ternura y el impúdico sentimentalismo de los versos de marras, hasta que llegó a mis manos el dictamen del Chino, prominente miembro de la Comisión de Calidad de la Editorial, sobre mi primer original: nada de "como son las cosas cuando son del alma", ni de "fingiré una sonrisa como un dulce contraste"; no, aquello parecía escrito por Zamora: incisivo, descarnado, sin piedad, todos mis errores detallados en más de diez páginas que me hicieron derramar mis primeras lágrimas laborales en los hombros solidarios del inolvidable José Tajes y de la dulce Ana María Muñoz, a quienes tocó la ingrata tarea de leerme el informe; sin embargo, aquella diatriba estaba redactada con tal claridad, Eduardo había hecho una revisión tan minuciosa de mi trabajo, y explicaba tan didácticamente los errores y las diversas formas de subsanarlos, que muy a mi pesar hube de reconocer que había aprendido más con aquellas diez cuartillas que con las indigestiones de Gili Gaya y Roca Pons con las que lograba "arañarle" más de 90 puntos en Gramática a la temida Ofelia García Cortiñas, y aún hoy, 20 años después, a lo mejor se me va Habana sin hache, pero los errores que me cogió el Chino, esos, no volvieron.

En aquel para mí doloroso informe se ponían en relieve varias de las virtudes de Eduardo que más hemos admirado sus compañeros de oficio: la vista de águila -el chino coge una errata a 3 metros en un texto en 8 puntos-; la vocación de magisterio y a la vez el respeto al trabajo de los demás, pues lo vi con frecuencia ayudando a un compañero a rehacer una nota de contracubierta desafortunada sin imponer una coma, algo que ciertos jefecillos y jefecillas por ahí sueltos deberían aprender, y disfrutar, en las interminables reuniones para elaborar el Manual de normas, discutiendo con Rosario Esteva si lo puntos suspensivos debían ir antes o después de cerrar el signo de interrogación; su extraordinaria capacidad de comunicación -el dinosaurio no me dejará mentir-; su arte para nuclear personalidades disímiles y hasta difíciles para convertirlas en algo casi imposible entre cubanos: un equipo, demostrada en sus funciones como jefe de Redacción de Narrativa de Letras Cubanas y luego como director del fondo Editorial Casa de Las Américas; su integralidad como editor, capaz de desentrañar los misterios del gerundio, precisar el capítulo que sobra o que falta, el personaje fallido, el diálogo cojo, filtrar una plana hasta dejarla libre de pecado y presentar el libro con tan pasión, que muchas veces terminaba llorando el público y el autor; su peculiar sentido del deber, que lo llevó a editar, en los felices sesentas unos manuales de tiro traducidos por él mismo del ruso, que deben de haber sido paradigmas de aridez, y sumergirse a lo largo de cuatro décadas en océanos de cuartillas para salvar páginas que quizás otros con menos agudeza, sensibilidad o disposición hubieran desechado; y sobre todo su generosidad, no con el dinero -de eso mejor no hablemos, pues El Chino milita en las filas de los que según feliz expresión de José Antonio Méndez, no disparan ni en defensa propia-, sino con su tiempo y su talento, puestos a disposición de cuanto autor o editor en apuros lo necesitara, sacrificando su vanidad -vanidoso es-, y sobre todo dedicación a su propia obra personal, para entregarla a esa labor anónima, colectiva y tantas veces ingrata, que es la del editor.
Por eso este jurado de viejitas un tanto revoltosas, presidido democrática y férrea mente por el joven poeta Edel Morales, entre tantos compañeros valiosos y queridos, eligió a Eduardo Heras León como Premio Nacional de Edición para hacerle justicia a una fructífera y límpida ejecutoria de más de 40 años en la esfera editorial cubana, y, de paso, quitarse un Chino de atrás.

Muchas gracias.


2002. La Jiribilla. Cuba.
http://www.lajiribilla.cu
http://www.lajiribilla.cubaweb.cu