LA JIRIBILLA
RETRATO DEL ARTISTA COMO EDITOR

Mi vida de editor ha sido la de un hombre que se comprometió con su tiempo, y que sigue comprometido con su Revolución, su país y su literatura. 

Eduardo Heras León |
La Habana


Sostiene Heras León que oyó nombrar ese oficio un día de verano. Un magnífico día veraniego, soleado y aireado y La Habana resplandecía. Parece que Heras León se hallaba en casa, tirado en el suelo, jugando como lo hacía habitualmente con sus cajitas de fósforos que se volvían autos, trenes, muebles, diminutos edificios, la imaginaria ciudad que refulgía en el piso bajo sus ojos, envuelta en la misma suave modorra de los atardeceres que, sostiene Heras León, era típica de La Habana de 1950, cuando su padre lo llevó a conocer la imprenta. ¿Por qué? Eso, a Heras León le resulta imposible decirlo. Sería porque su padre, además de maestro y poeta, en su juventud había editado y dirigido una revista literaria, y el mundo de los tipos y las galeras era casi su hábitat natural, y quiso trasmitirle aquel día, a su hijo menor, algunos de los secretos del oficio, o tal vez revelarle el único, verdadero misterio de la profesión. Así que lo tomó de la mano, salieron a la ciudad que despertaba de la siesta y unas cuadras más tarde, después de un refrescante guarapo que, Heras León sostiene, ya no hay manera de conseguir ni en los recuerdos, entraron a una imprenta.
Para Heras León aquel mundo era tan reciente que, muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo. Caminaron cada rincón de la imprenta; se sentaron en los linotipos; un cajista les enseño a armar una página en la rama; hicieron una prueba de galeras; y finalmente asistieron a la impresión de unas páginas. Allí, junto a la máquina impresora, el padre le dijo que ahora iba a conocer un prodigio. Le pidió que cerrara los ojos, y puso en sus manos algo que parecía ser un libro. Después, ceremonioso y tierno, acarició la cabeza de Heras León y le ordenó: ¡Huele! Desconcertado por aquella extraña sensación que penetró por sus fosas nasales y donde se mezclaban algunos conocidos olores como la gasolina, el guarapo, la goma de borrar, la cola, el barniz y la guayaba, Heras León sostiene que aspiró profundamente, y en medio de una alegría desconocida se atrevió a murmurar: "Es un dulce". "No", lo corrigió su padre. "Es tinta".
Embriagado por la evidencia del prodigio, el pequeño Heras León abrió los ojos, miró con devoción a su padre y exclamó: "Es el olor más maravilloso que he olido en mi vida".
Pido perdón a Antonio Tabucchi y Gabriel García Márquez, por parafrasear algunos de sus textos o por emplearlos en una operación que llaman ahora intertextualidad, para narrar una escena absolutamente verídica, el inicio de un posible libro de memorias sobre mi vida que bien podría titular, con perdón esta vez de Joyce, Retrato del artista como editor. Porque tal vez fue ese olor maravilloso de la tinta uno de los fantasmas que alimentaron una zona de mis secretas vocaciones que luego, con los años, se hicieron evidentes: maestro, escritor, editor.
Hoy estoy aquí, con ustedes, gracias a la generosidad de un jurado que decidió premiar una de esas tres vocaciones a la cual he dedicado gran parte de mi vida; pero sobre todo gracias a muchas personas que a lo largo de cuarenta años me conocieron, me enseñaron, me quisieron: mi padre que me inició en la poesía de la profesión; mi madre, que educó mi sensibilidad; mis maestros, mis viejos queridos maestros Leopoldo García Oña, Adela García Villareal, Elvira Deulofeu, Cira Soto Palenque, Ernesto García Alzola, Ofelia García Cortiñas, José Antonio Portuondo, Mirta Aguirre, Lucía Sardiñas, Nuria Nuiry, Federico Álvarez, Roberto Fernández Retamar, y tantos otros que ahora se escapan de mi memoria, que me dieron la cultura y la formación profesional; y a mis amigos maestros de la edición, Ambrosio Fornet y Luis Rogelio Nogueras, que son mis dioses tutelares en el diario bregar con los libros. Todos ellos, en tiempos y espacios diversos, me hicieron editor; todos ellos fueron creando en mí esa corriente subterránea de sentido que no puede explicarse con palabras, que sin uno saber cómo, va penetrando cada rincón de nuestra sensibilidad para definirse de repente, en la exacta valoración de un texto, en la elección de la mejor cubierta, en la corrección de una imagen gastada, en la redacción de un mejor párrafo, o en la jubilosa aceptación de una obra.
Los editores lo sabemos: ese tierno cosquilleo con que acariciamos el original terminado, esa conflictiva, tensa, inolvidable relación con cada libro, muchas veces tema obsesivo de nuestros sueños y pesadillas, que a ratos amamos y odiamos, es la propia raíz de nuestra vocación, a la cual, pese a todo, no podemos renunciar.
Yo lo supe desde los inicios. Desde el estremecimiento por el olor de la tinta a mis diez años; desde el estremecimiento social que a los dieciocho me lanzó por los caminos de la Revolución y me hizo tomar las armas para defender lo que nos había cambiado para siempre. Allí, en las Fuerzas Armadas Revolucionarias, después del fragor de los combates de Playa Girón y el Escambray, donde me inicié como combatiente, también me inicié como editor. Tuve el honor y la suerte de editar los primeros libros de la Artillería, que había ayudado también a traducir, los reglamentos con los que estudiaron, y las tablas de tiro con las que dispararon los artilleros en Argelia, Angola, Etiopía y en tantos otros lugares donde su necesitó nuestra ayuda internacionalista.
Después la literatura. Después a crear bellezas junto con los escritores, en la maravillosa aventura de editar un libro. Después aquel manuscrito de Luis Felipe Rodríguez, El negro que se bebió la luna, con el que tuve casi que inventar una novela con dos originales distintos; con aquella comedia de Luaces que hubo que rehacer de un original ilegible y que pudo estrenarse gracias precisamente a esa labor de arqueología y carpintería editorial que me llevó meses de trabajo, o la hermosa carta de Raúl Roa agradeciéndome mi trabajo con sus cartas cruzadas con Pablo de la Torriente Brau; o tantos abrazos de emocionados afectos de tantos autores con los que trabajé, con los ojos iluminados de un joven escritor que no sabe cómo expresar su gratitud por una frase de aliento. Sé que todos los editores que me escuchan tienen historias parecidas, porque nuestras experiencias son comunes; sólo he querido mencionarlas para compartir con ustedes algunos recuerdos gratos junto con la alegría del premio que se me otorga hoy.
Esa ha sido mi vida de editor: la de un hombre que se comprometió con su tiempo, y que sigue comprometido con su Revolución, su país y su literatura. Que sabe que ningún homenaje personal vale tanto como ese hálito inefable, mágico, de un libro organizado, construido, en una palabra, editado por nosotros mismos. Nada puede compararse a la insólita sensación de verlo y tocarlo. Ah, y por supuesto, olerlo.


2002. La Jiribilla. Cuba.
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