LA JIRIBILLA
NO ME MIRE LOS MOCASINES SUCIOS...

Todo el mundo me conoce. Yo soy la leyenda que camina, la tradición sagrada que recorre las calles. Los que me critican, me ofenden y hasta me desprecian, no saben ni sabrán nunca qué hay en el fondo de mi corazón. Esos fariseos ignoran la gloria inmensa, la emoción profunda que uno experimenta cuando dice: Yo soy el Caballero de París.
(Fragmentos del libro Yo soy el Caballero de París, de Luis Calzadilla)

Yo soy el rey del mundo porque el mundo siempre está bajo mis pies. No me mire los mocasines sucios. Mire la acera, mire la tierra, mire el pavimento. Todo está debajo de mí. Arriba el cielo, del cual procedo y al cual iré para irle a pedir cuentas a los filisteos que han entrado por sorpresa.

Es lógico que sea popular. Todo el mundo me conoce. Todo el mundo me mira. Yo soy la leyenda que camina, la tradición sagrada que recorre las calles. Yo soy no un hombre sino un dios... Un dios que persigue la paz entre los humanos y la guerra entre los guerreros... Los que me critican, me ofenden y hasta me desprecian, no saben ni sabrán nunca qué hay en el fondo de mi corazón. Esos fariseos ignoran la gloria inmensa, la emoción profunda que uno experimenta cuando dice: Yo soy el Caballero de París.

Yo no salí de ningún cerebro. Yo salí por donde salen todos los hombres y también todas las mujeres. Yo nací allá en España, el 29 de diciembre de 1886, el mismo día que Alfonso XIII, en una casa con sala, comedor, dos cuartos y un salón de gala. Al frente había una parra, con muchas uvas, que daba a la calle. El rey llevaba un caballo mejor que el de Atila cuando iba a cazar y pasear conmigo. Caballo negro, con estrella blanca en la frente. Soy de Lugo, ciudad amurallada, donde los moros nunca pudieron entrar, pegada a Asturias y a León. Sí, colindan. La misma guardia civil del río no se pude tener de la parte de acá, tiene que estar de la parte de allá. De Lugo son los padres de Fidel.

Mi nombre es Don Juan Carlos Manuel López Lledín Rodríguez, porque era amigo de él. Me puso su nombre de pequeño: José María Jesús. Tengo como catorce hermanos, uno se murió de pequeño.

Mis padres murieron de bastante edad. Se llamaban María Josefa del Pilar y Don Manuel. Tenían una pequeña casa quinta con viñedos. Yo mismo sembraba cepas de chiquito. Yo soy técnico en eso. Ayudaba a hacer vino y el aguardiente. Antes de los 18 años era experto en hacer aguardiente de uva... Esa noche no pude dormir en casa porque tenía una botellita con aguardiente y me... Mi abuelo por parte de madre, tenía caballerías para negocios de tabaco cubano y eso. Vivían en una casa moderna, cerca de Asturias, en la parte de Lugo. Son las personas que he querido más, como nací allá.

Mi tío era maestro de escuela privada y me tenía para enseñarle a hacer letras y dibujar a los camaradas. Yo era un pequeño maestro, además de alumno aventajado. Allá en mi casa, el maestro, en la villa de allá yo le ayudé a terminar a los muchachos.

¿Que si estudié?... No, me hicieron Caballero en La Habana, un estudio aparte... Cuando chiquito me gustaba pescar en el río. Como hombre de rango tengo mis nombres y apellidos. Pero todos me dicen el Caballero de París; sino de España, de un lugar de cuyo nombre geográfico no quiero acordarme.

No me pregunten la fecha de mi nacimiento. Los reyes, como los dioses, no tienen memoria. Y si la tienen, lo saben disimular. Sé que faltaba poco para que naciera un siglo. De temprano me gustaba vagar por las dehesas de mi aldea.

No tuve Rocinante ni Sancho Panza; pero fui gentilhombre y caballero andante, desfaciendo entuertos y castigando injusticias, como aquella actitud incalificable de un gallo jerezano queriendo abusar de una pequeña gallina prieta de los judíos. Tomé la lanza y lo degollé de un tajo.  Fue muy sabroso el gallo asado a la española. Yo debo andar por los cincuenta (1949); pero no lo diga. Las alcurnias como la mía no se inclinan ante el almanaque.

Le dije que le iba a decir mi nombre y se lo voy a decir. No... no se lo diré; se lo apuntaré en este anuncio de una sastrería. Vaya fijándose. Me llamo Don Emanuelle Francisco José Antonesco María de Jesús San Germán Carlos Alfonso Luis Felipe Santiago Pelayo Enrique y mis apellidos, los grandes apellidos de mi prosapia y de mi árbol genealógico, son los siguientes: López Llervandik, Gran Amuras, Soto Méndez de Núñez, Luna de León y Flandes de Viena.

Recuerdo que era muy joven y tenía fiebre... Sudaba y soñaba... soñaba con viajar y cinco meses más tarde me vi viajando por Francia, entre bombas, tiros y quejidos. Un espectáculo espantoso para la gente corriente. Pero de una gran belleza para los gladiadores como yo. Aquel era mi ambiente. Y si no peleé con las armas en la mano fue porque no tenía edad. Por eso embarqué para Cuba en un barco alemán, el Princesa de Cecilia, la Reina de la Música, con el que amenazaron los submarinos alemanes allá. Llegué a Cuba con $ 26.00 en el bolsillo en el año 13 ó 14. Eso no tiene nada que ver porque Menocal se arruinó en la ruleta de Montecarlo. La Habana me deslumbró como una mujer hermosa. Era mi Dulcinea y para dama de tales merecimientos, era necesario que yo le rindiera un tributo grande y extraordinario. Por eso me dejé crecer el pelo y la barba. Y en la Acera del Louvre me empezaron a llamar el Caballero de París. Expresé que no me gustaba que me llamaran El Caballero de París y es mentira. Me gusta; pero no con el significado de yo ser aquel mosquetero tonto que se enamoró de una reina y luego se la dejó arrebatar por un tal Buckingham.

A mí no me hacen eso. Si me enamoro de una reina, la rapto inmediatamente y le ofrezco un reino nuevo. Yo soy un gran espada, un gran mosquetero, un gran señor de todos los señores. Está claro. Yo soy un auténtico, un legítimo Caballero de París, corsario con los hombres, galante con las damas, príncipe de la paz, divino emperador y rey del mundo.

Decían que yo era igual que D´Artagnan, aquel mosquetero célebre que inventó Alejandro Dumas. Pero eso era mentira. Y en cambio, yo era una verdad que andaba, gritaba y hasta comía. D´Artagnan era mosquetero y yo era rey. Yo era Dios, yo era el profeta de una nueva doctrina y una nueva religión que habría de redimir al mundo. Yo soy un Dios con capa, espada y pantalón de muselina; pero soy un Dios. Cuando rezo, me rezo a mí mismo, para pedirme perdón de algo que yo no he cometido.

No se siga riendo. Usted será todo lo periodista que quiera, pero yo soy el príncipe de la paz Sus carcajadas están ofendiendo la limpia imagen de Carlos III, bajo cuya estatua no se puede conversar irreverentemente. Míreme... Míreme... Y ahora ríase como le dé la gana. No me importa. Estos lápices que aquí tengo amarrados a mi cintura, son para escribirle a mis grandes fuerzas que están distribuidas por el mundo entero. Sus jefes me identifican por la punta de cada uno de estos creyones.

Estas revistas viejas, constituyen un archivo. Ahí, en ellos, están las citas históricas que son el manjar con el que me alimento. Este reloj amarillo me lo encontré en la calle. Me lo debe haber arrojado un santo del cielo para que yo nunca sepa la hora en que vivo. Y este pantalón y esta capa son de legítima muselina azul. Los dioses solo visten muselina azul.

Yo desayuno, almuerzo y como todos los días. Hay partidarios de mi doctrina que se preocupan de esos menesteres.

Yo nunca pido limosnas. Yo no imploro la caridad. Los dioses no se arrodillan.

Tampoco fumo. No bebo, carezco de vicios.

Soy un hombre que solo se da baños de sol. El sol alimenta mucho. Si los políticos aprendieran a alimentarse con baños de sol, los dineros de Cuba estarían salvados.

¿Que dónde duermo? Duermo en mi divino castillo, que es esa iglesia hermosa que se ve desde aquí y que se llama del Sagrado Corazón. Me quieren, me respetan y prodigan muchas atenciones.

Yo soy un hombre que he sobrevivido. No pertenezco a la época del automóvil y de las guaguas. Yo debía haber muerto con la última diligencia, antes de que el petróleo y las vitaminas alfabéticas inundaran el mundo... Pero ya que mi sino es el de brujulear sobre estas calles asfaltadas y permitir que el público me interrogue sin presentación previa, estoy a su disposición.

Fragmento de Yo soy el Caballero de París, Diputación de Badajoz, 2000.


2002. La Jiribilla. Cuba.
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