LA JIRIBILLA
CANTOR DEL TIEMPO QUE FLUYE

¿Quién sino un poeta genial puede develarnos, al unísono, la tiranía y la predilección de la luz insular, el retozo del tiempo indetenible y su pertinaz, intransigente erosión?


Joel del Rio |
La Habana


En las oscuras manos del olvido, el primer libro publicado por Eliseo Diego (en 1942) prefigura los dos grandes temas de toda su poesía: la dinámica perplejidad ante el paso del tiempo, y el deslumbramiento activo con la luminosidad de las grandes y pequeñas cosas que le dan forma a la existencia, ambos motivos dominados por la angustia del hombre ante el universo y la memoria, fascinantes en tanto inabarcables. Como se percibe en Borges, Vallejo o Neruda, toda la poesía de Eliseo Diego, desde sus primeros cuadernos hasta los últimos, aparecen recorridos por estos temas, traducidos paradójicamente por el poeta en las contradictorias fluencias del gozo y la pesadumbre, el éxtasis y la ansiedad. ¿Quién sino un poeta genial puede develarnos, al unísono, la tiranía y la predilección de la luz insular, el retozo del tiempo indetenible y su pertinaz, intransigente erosión? Los grandes temas de Eliseo Diego se subliman desde su primera compilación de versos, titulada En la calzada de Jesús del Monte, cuyo primer poema, imprescindible cada vez que se intente seleccionar la lírica cubana más relevante, comienza diciendo:

"En la calzada más bien enorme de Jesús del Monte
donde la demasiada luz forma otras paredes con el polvo
cansa mi principal costumbre de recordar un nombre,

y ya voy figurándome que soy algún portón insomne
que fijamente mira el ruido suave de las sombras
alrededor de las columnas distraídas y grandes en su calma.


La fascinación del poeta con la luz citadina, esa que reverbera en fachadas y enciende ventanales, latirá en toda su obra. Pero en el poema citado (El primer discurso), pórtico de En la calzada de Jesús del Monte, todavía pueden añadirse otros no menos célebres fragmentos que declaran la pasión del autor por el esplendor de los días insulares, un esplendor añorado desde el estrecho cobijo de la noche y las tinieblas. El lirismo de Eliseo Diego sobreimpuso, felizmente, "la maldita circunstancia del agua por todas partes" a la "fiesta innombrable" que significa venir al mundo en la Isla, bajo el auspicio de su luz y de su tiempo fluyente. Dice más adelante el mismo poema: 

"Y en la ciudad las casas eran altas murallas para que las tinieblas quiebren,
¡oh el hervor callado de la luna que sitia las tapias blancas
y el ruido de las aguas que hacia el origen se apresuran!,

y daban miedo las tablas frágiles del sueño lamidas por la noche vasta.
Mas en los días el vuelo desgarrador de la paloma
embriagaba mis ojos con la gracia cruel de las distancias.

Cómo pesa mi nombre, qué maciza paciencia para juzgar sus días
en esta isla pequeña rodeada por Dios en todas partes,
canto del mar y canto irrestañable de los astros.

Calzada, reino, sueño mío, de veras tú me comprendes
cuando la demasiada luz forma nuevas paredes con el polvo
y mi costumbre me abruma y en ti ciego me descanso".

(...)


Paredes conformadas por la luz al atravesar polvorienta atmósfera, tapias blancas que quiebran las tinieblas, el demasiado resplandor visto como canción infinita de los astros, los abusos y desasosiegos de la refulgencia son metáforas esenciales en la poética de Eliseo Diego, empleadas con el fin de aprehender la esencia escurridiza de todas las cosas, sobre todo del tiempo. Así lo advierte el fragmento inicial de ese otro poema clásico que es El sitio en que tan bien se está, también incluido dentro de la fundacional colección En la calzada de Jesús del Monte:

"El sitio donde gustamos las costumbres,
las distracciones y demoras de la suerte,
y el sabor breve por más que sea denso,
difícil de cruzarlo como fragancia de madera,
el nocturno café,
bueno para decir esto es la vida,
confúndanse la tarde y el gusto,
no pase nada, todo sea
lento y paladeable como espesa noche
si alguien pregunta díganle
aquí no pasa nada, no es más que la vida,
y usted tendrá la culpa como un lío de trapos
si luego nos dijeran qué se hizo la tarde,
qué secreto perdimos que ya no se sabe,
que ya no sabe nada."


La obsesión con el escurrir de las horas y los años no es ni mucho menos una presencia innegable solo en los primeros poemarios de Eliseo. La nostalgia por un pretérito apacible, salvado por la memoria lírica, un pasado tal vez equiparable al "sitio permanente" al que aspiraba, también en un poema, Pablo Armando Fernández, alcanza la cumbre en Testamento, obra mucho más reciente de Eliseo, confirmación de toda la fértil heredad tantas veces cantada por él, una herencia generosa e íntegramente legada a los descendientes. Imposible resistirse a la tentación de entregarle otra vez la palabra al poeta de la vibrante delicadeza enorme, y citar in extenso, el poema antes mencionado, tal vez su retrato en verbo más consumado: 

"Habiendo llegado al tiempo en que
la penumbra ya no me consuela más
y me apocan los presagios pequeños;

habiendo llegado a este tiempo;

y como las heces del café
abren de pronto ahora para mí
sus redondas bocas amargas;

habiendo llegado a este tiempo;

y perdida ya toda esperanza de
algún merecido ascenso, de
ver el mar sereno de la sombra;

y no poseyendo más que este tiempo;

no poseyendo más, en fin;
que mi memoria de las noches y
su vibrante delicadeza enorme;

no poseyendo más
entre cielo y tierra que
mi memoria, que este tiempo;

decido hacer mi testamento.
Es este: les dejo

el tiempo, todo el tiempo.


2002. La Jiribilla. Cuba.
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