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LA
JIRIBILLA
EL POETA EN DOS TIEMPOS
Nunca me he sentido
realmente olvidado, dejado de la mano de los demás. Siempre los jóvenes se han acercado a mí, nunca he tenido recelos, ni problemas generacionales.
Orlando Castellanos
Primer tiempo
Martes, 9 de septiembre, 1980
-Eliseo, hablemos del lugar y fecha de tu nacimiento.
-Recordando el principio de la autobiografía de Chesterton, te diré que personas de toda confianza me han dicho que nací en la calle Concordia, en La
Habana, el 2 de julio de 1920. Como tú comprenderás, es algo que debo creer por el testimonio de otros.
-¿Cuáles son tus recuerdos de infancia?
-Lo más importante para mí es el recuerdo de la casa donde transcurrieron mis primeros años: una casa que construyó mi padre en el pobladito de Arroyo Naranjo, cerca de La Habana, mi padre era dueño de una mueblería, joyería y casa de antigüedades. Este comercio de mi padre fue muy famoso a principios de siglo, y hasta los años veinte, se llamaba La Casa Borbolla. Mi padre era asturiano. Vino a Cuba a la edad de quince años, y empezó a trabajar en esta mueblería, cuyo dueño era también un asturiano de apellido Borbolla. Cuando murió, este hombre no tenía herederos. Quería mucho a mi padre y mi padre se quedó al frente del negocio. Mi padre no era, realmente, un comerciante: era un poeta, un artista y, por supuesto, terminó arruinado. Sus trabajadores lo querían mucho, yo recuerdo, perfectamente, que cuando alguno de aquellos trabajadores y obreros se enfermaba, mi padre continuaba pagándole el sueldo y, además, costeaba los gastos de la clínica y los medicamentos. La casa donde transcurrieron los primeros años de mi vida, y de la que tengo tan gratos recuerdos, la mandó a construir mi padre, y en ella pusieron sus manos los carpinteros y trabajadores de su mueblería. Era una casa muy original: tenía unos muros que parecían de una fortaleza. Era la manera que
mi padre, como español, concebía una casa. Por dentro era también una casa muy curiosa. Era una casa donde se sentía uno bien. Todos los árboles que rodeaban la casa - era una pequeña quinta- los sembró mi padre y, poco a poco, aquello se fue convirtiendo en una casa perdida en medio de un bosque.
Fui un niño un poco solitario. Arroyo Naranjo estaba por aquel entonces bastante distante de La Habana. Cerca de allí estaba la casa de una tía mía: la viuda de Eliseo Giberga, el autonomista. El lugar donde vivía mi tía se llamaba Villa María. Aquella también era una casa fascinante. Estaba llena de patios extraños, recodos misteriosos. Esta familia Giberga - mi abuela materna era hermana de Eliseo Giberga- era una familia de novela: todos los hermanos estaban peleados unos con otros. Estaban Eliseo, que era un gran
orador autonomista, y sus dos hermanos, Benjamín y Octavio, que fueron coroneles en el Ejército Libertador, en el pasado siglo. Hay unas cartas de José Martí, escritas con motivo de la muerte del padre de ellos, muy lindas, muy lindas cartas. Uno de estos hermanos Giberga, Benjamín, que era un personaje muy curioso, fue el primer embajador de Cuba ante el Celeste Imperio. Esto fue a principios de siglo. En mi casa había fotografías de él vestido de mandarín, o encaramado en las pirámides de Egipto. Era un personaje muy curioso. Recientemente Cintio Vitier y Fina García Marruz, revisando revistas cubanas del pasado siglo encontraron una cosa interesante, una coincidencia poética. Resulta que mi tío Benjamín, sin que yo lo supiera, había traducido un poema de Sandor Petöfi, el gran poeta húngaro, que yo traduje recientemente. Es decir: el mismo poema traducido por él en la década de los ochenta del pasado siglo. La versión de él me parece mucho mejor que la mía. También Cintio y Fina encontraron una balada en la revista
Bohemia que se titula algo así como " La madre pobreza". Es un poema de aliento revolucionario, de aliento popular, traducido por él. La traducción aparece con el título en húngaro, pues era un hombre imprevisible. Te he contado esto para que tengas una idea de la familia por el lado de mi madre.
Por el lado de mi padre, te repito que era asturiano, de un pueblito campesino de Asturias.
Él me hacía muchos cuentos de su aldea. Recuerdo uno que se me quedó grabado en la memoria. Fue durante un rudo invierno en el que su padre - mi abuelo- ahogó un oso que metió la cabeza por una ventana de la cocina. Esto me daba mucha envidia, porque mi abuelo debió ser una persona de considerable fuerza física, pero también pudo haber sido que mi padre, que tenía una imaginación muy grande, hubiera exagerado un poco, y puede ser que no se tratara de un oso sino de un zorro o algo por el estilo.
En fin, este lugar donde transcurrió mi niñez, es muy importante para mí porque ofrecía muchas posibilidades a un niño para imaginar cosas y
trasladar a la realidad las cosas que se leían en los libros de cuentos.
-¿Crees que así surgió el escritor que hay en ti?
-Supongo que sí. En el prólogo más reciente del primer libro que escribí,
En las oscuras manos del olvido, hay un fragmento donde yo hablo que, precisamente, en esta casa se me ocurrió una vez que sería bueno buscar alguna manera de sobrevivir a la fragilidad de los recuerdos, y pensé que yo debía hacer algo para que se me recordase de alguna manera. Recuerdo que esto sucedió una tarde que mi abuela estaba contándome cosas de su familia, y a mí, aunque era niño, se me ocurrió esta idea de que de muchas personas no quedaba más que la memoria de mi abuela. Eso está dicho en el prólogo de
En las oscuras manos del olvido. Parece curioso que a un niño - yo tenía siete y ocho años- se
le ocurrieran estas ideas, pero yo siempre he pensado que nosotros tendemos a
subestimar un poco a los niños. A los niños se les ocurren cosas que nos sorprenderían si nos las dijeran. Lo que pasa es que ellos tienen cierta desconfianza justificada hacia las personas mayores.
-¿ Los primeros estudios los hiciste cerca de esa casa en Arroyo Naranjo, de tan gratos recuerdos para ti?
-Sí, los primeros estudios los cursé en aquel pueblecito después continué los estudios primarios en el colegio de La Salle, en el Vedado. De este colegio guardo recuerdos contradictorios, porque estos hermanos de La Salle tenían la costumbre de hacer a los niños historias sobre el demonio, el infierno, apariciones y demás. Y como yo tenía una imaginación bastante viva, me creí todo esto al pie de la letra, y me formé un enredo de todos los demonios. También guardo un recuerdo peculiar de este colegio.
Salí de La Salle y continué los estudios en el Instituto de La Habana. Antes del Instituto de La Habana estuve en el colegio de La Luz, colegio que tenía unos profesores matanceros, amigos de Medardo Vitier, el padre de Cintio. Ahí fue donde Cintio y yo
nos conocimos, en el colegio La Luz. Luego fue que pasé al Instituto de La Habana.
-Pasemos a los poemas, Eliseo. ¿ Cuándo escribiste los primeros?
-De niño yo escribía algunas cosas. De esas cosas que hacen los niños. Después abandoné todo esto hasta, más o menos, la entrada al Instituto de La Habana, ahí empecé a escribir algunos cuentos. Hasta hace poco conservé uno que no me parecía del todo mal, como se dice en
El Quijote. Pero se me ha perdido. Realmente, yo empecé a escribir en la época en que entré en la Universidad y conocía a Bella García Marruz, quien es hoy mi esposa. Cintio Vitier cuenta en su novela
De Peña Pobre el encuentro entre nosotros cuatro en la Universidad: Fina, Bella Cintio y yo. Recuerdo que Cintio me dijo un día que había encontrado a una muchacha maravillosa, increíble, y quería presentármela. Para dorarme la píldora me
dijo: " tiene una hermana que es muy agradable también". Nosotros nos encontramos, ellas dos y yo, porque nos conocíamos de vista, antes de que apareciera Cintio. Echamos a andar y, mientras caminábamos, yo pensaba: soy un canalla, porque realmente, la muchacha de Cintio era una maravilla de muchacha, y yo no he esperado por él. Pero, bueno, ¡qué vamos a hacer!, me empecé a decir. En fin, pensaba que era un
canalla, pensaba interiormente, que Cintio tendría que comprender que las cosas eran así, el destino. Me refugié en todos los lugares melodramáticos del tango latinoamericano. Después de todo tuvo un final feliz: la muchacha mía no era la de Cintio, y todo terminó en bodas.
-¿Estos primeros poemas los publicaste ya estando en la Universidad?
-Nunca los publiqué. Lo primero que yo publiqué fueron cuentos, una especie de narraciones. Fue el librito éste titulado
En las oscuras manos del olvido. Y después la colección de pequeñas miniaturas o cuentos en miniaturas que se llama
Divertimentos.
-¿En qué años fueron estas primeras publicaciones tuyas?
-Eso fue en el año 1947, aunque estas cosas habían sido escritas tres o cuatro años antes.
En las oscuras manos del olvido es de 1942, y Divertimentos
es de 1947.
-¿Cómo se publican?
-Pues figúrate...como se publicaban estas cosas entonces. En aquella época no había editoriales en Cuba. Había pequeñas editoriales que se dedicaban a publicar libros de texto para las escuelas privadas. El libro era un negocio más y los libros de autores cubanos no producían ninguna ganancia. Entonces, lo que tenía que hacer un escritor cubano era pagar de su bolsillo la impresión del libro, y, como yo era estudiante, tuve que recurrir al auxilio de mis padres y mis amigos para publicar estos libros.
Divertimentos, por ejemplo, la edición original, tenía 300 ejemplares. Luego, después del triunfo de la Revolución el mismo libro se publicó en una edición de 3000 ejemplares, y sin que me costara un centavo. Al contrario me pagaron mis derechos de autor. Creo que de 300 a 3000 ejemplares es un ejemplo de lo que significa la Revolución para la cultura del país, aunque sea un ejemplo muy modesto en lo que se refiere a mí. Pero me parece significativo esto.
-Después de estos libros, ¿qué publicaste?
-Después de estos libros empecé a escribir los poemas que formaron
En la Calzada de Jesús del Monte. Recuerdo que yo era renuente a publicar esto porque no me satisfacía. Siempre he sido bastante exigente conmigo mismo. Aunque yo pensé que no le iba a gustar, Lezama Lima leyó mis versos, y los acogió con entusiasmo. Lezama era un hombre con una gran amplitud de criterio, de un gusto muy certero, muy agudo, y nunca se ciñó a su propio punto de vista. Siempre fue capaz de ver lo que él estimaba bueno aunque fuera muy distinto de lo que él hacía. Un día me dijo, con aquella entonación peculiar que él tenía: "si usted no acaba de publicar ese libro, lo publicaré yo con mi firma".
Una cosa muy bonita.
-¿En qué año fue esto, Eliseo?
-Esto fue allá por el año 1948. El libro se publicó en 1949, aunque yo lo había terminado en 1947.
-¿Lo publicaste de la misma forma en que publicaste los anteriores?
-Exactamente, sí -Divertimentos y En la Calzada de Jesús del
Monte- los publicamos con el epígrafe de Ediciones Orígenes por la revista que se publicaba con ese nombre. Realmente, era una cosa honorífica, porque la revista no tenía fondos para publicar ningún libro. Era una manera de distinguir esta colección de libros que íbamos haciendo.
-¿Cuál es el origen de estos poemas de En la Calzada de Jesús del
Monte?
-Sucede que la Calzada de Jesús del Monte era el tránsito obligado para trasladarse de Arroyo Naranjo a La Habana, pues no estaba construida la que luego se llamó Calzada de Rancho Boyeros. Había que venir por la vieja carretera de Managua, que empataba con la Calzada de Jesús del Monte. Entonces yo veía todo esto como una especie de imagen del tránsito de la vida, de la niñez a la juventud. Es decir: como si la calle, el ir y venir de las personas a lo largo de ella, fuera como la imagen del tránsito de la vida misma. Ésta fue la simiente o la semilla del libro.
-Esto quiere decir que viviste muchos años en la vieja casa construida por tu padre. ¿Hasta qué año viviste ahí?
-No, viví hasta el año 1929, hasta que tuve nueve años. Después, ocasionalmente, regresé allí, y, posteriormente, cuando nacieron mis hijos, mi esposa Bella -que conocía esta casa, que casi siempre estaba alquilada, y cuando no estaba alquilada la visitábamos- se enamoró de la casa y del lugar y quiso que nuestros hijos se criaran donde yo me había criado. Así es que en 1953 regresamos a Arroyo
Naranjo, y ahí se criaron mis tres hijos. La casa está muy unida a mi vida y a mi obra, y ahora también está unida a la vida de mis hijos, porque ellos tienen un recuerdo muy vivo de los años que pasaron allí. Para ellos ha sido importante también haberse criado en este lugar.
-¿También te dedicaste al magisterio?
-Eso me temo
-¿Cómo fue tu introducción en ese campo?
-Empecé como profesor de inglés en una institución que se llamaba Centros Especiales de Inglés y después también me gané la vida dando clases de español en un club para señoras norteamericanas residentes en Cuba. Luego trabajé un tiempo como inspector escolar. Al triunfar la Revolución di clases de Literatura en la Escuela de Bibliotecarios. Me temo que mis alumnos no hayan aprendido mucho. Espero que hayan pasado un buen rato. Y eso también es muy importante.
-Eliseo, háblanos del total de tu obra, de los temas tratados.
-El total de mi obra, así de pronto, no te lo podría decir, tendría que ir enumerándola. Primero fue
En las oscuras manos del olvido; después Divertimentos; luego
En la Calzada de Jesús del Monte. Diez años más tarde -siempre he trabajado con mucho tiempo- publiqué otro libro que se titula
Por los extraños pueblos, pero este libro no lo distribuyó porque el año 1958 fue un año siniestro, un año muy sombrío para nuestro país, y la mayor parte de los libros se quedaron en casa. Recuerdo que durante mucho tiempo estuvieron guardados en un closet del baño de la casa. Ya en el año 1966 publiqué un librito de poemas. Se llama
El oscuro esplendor, un pequeño libro de poemas. Luego vino
Las maravillas de Boloña. Un libro curioso, un juego con los grabados de la vieja imprenta cubana de Boloña. Tengo un libro de poemas en prosa que se llama
Versiones; un libro de relatos titulado Noticia de la
quimera; una pequeña recopilación de estos libros que publicó la Unión de Escritores y Artistas de Cuba; después
Los días de tu vida, A través de mi espejo,
Inventario de asombros y otro con ensayos mínimos sobre temas de poesía o de circunstancias de la vida, de personas que me han impresionado.
-Hay muchas de tus cosas publicadas en libros de textos. Háblanos sobre esto.
-Ah, sí. Eso es interesante porque revela un aspecto para mí fundamental de nuestra Revolución que no se conoce mucho en el exterior. El
Ministerio Cubano de Educación publicó nuevos libros de
Lectura y en ellos se tradujo el propósito de que los niños, desde el momento mismo en que se pusieran en contacto con el maravilloso proceso de leer, estuvieran también en contacto con las mejores formas de expresión del idioma. En estos libros de Lectura, por ejemplo, hay pequeños fragmentos de los primeros escritores de nuestra lengua. Poemas de Gabriela Mistral, de Juan Ramón Jiménez, de Nicolás Guillén. Pero, además, el Ministerio de Educación llamó a un grupo de escritores cubanos, entre los que estaban la inolvidable Mirta Aguirre, para pedirnos que los ayudáramos a componer las lecciones de estos libros de texto, y también hacer pequeños poemas o narraciones para diversificar la estructura del libro. Nunca me había atrevido a escribir para niños porque considero que es uno de los públicos de gusto más estricto que existe: son críticos implacables. Contra mi voluntad y mi buen juicio, acometí una tarea de escribir cosas para niños destinadas a los libros de texto de las escuelas. Mirta Aguirre realizó una labor maravillosa, increíble, en los libros de texto. Y ahora yo tengo la satisfacción de que muchas veces voy por la calle -claro, como muchas veces
aparece la fotografía de uno en los diarios y revistas, y también en la televisión- y me encuentro niños que me saludan. Eso para mi es un premio bien grande, es una cosa muy bonita.
Pero la importancia para mí es esta preocupación del Gobierno Revolucionario porque los niños entren en contacto, desde los primeros años, con los valores estéticos de primera calidad. Y no es por lo que haya hecho yo, sino por lo que hizo Mirta y por lo que hicieron otros compañeros. Además, en estos libros se incluyen al final láminas de los grandes pintores con temas que son apropiados para los niños. Por ejemplo: un conejo de Durero, y cosas así. De manera que los niños se acostumbren desde sus primeros años a ejercitar esta facultad de la apreciación estética que está presente en todo ser humano.
-Eliseo, quiero que nos hables ahora sobre las traducciones de tus libros y las publicaciones en el exterior.
-Las primeras traducciones de cosas mías se hicieron en la Unión Soviética, donde se publicó una antología dedicada a cinco poetas cubanos. En esa antología aparece una parte considerable de lo que yo he hecho, y está traducida por Pavel Grushko. Otra antología traducida por Pavel y Sergio Gonzarenko, un joven hispanista soviético, muy notable. Otra antología se publicó en Hungría. En Italia se publicó, en las Ediciones Academia, una antología de mi poesía hecha por Frenccesco Tentori, un poeta italiano muy fino e hispanista muy notable. En Estados Unidos y Francia se han publicado poemas míos en revistas. Olvidaba decirte que también hay otra antología publicada en Polonia. En países de habla española se han publicado en revistas poemas míos y se conocen por medio de los libros editados en Cuba. Me encuentro, con sorpresa, por ejemplo, con jóvenes de Costa Rica que -me dicen- recorrieron la Calzada de Jesús del Monte. Fue una sorpresa grande para mí, pues no tenía la menor idea de que en Costa Rica alguien me conociera. Pero, en fin, fuera del ámbito de la lengua española soy una especie así como de curiosidad que conocen unos cuantos, una especie de secta de escogidos. Decía Jean Cocteau, hablando de la estatuilla que está detrás de la Victoria de Samotracia, que los exquisitos la conocen muy bien, aunque -decía Cocteau- lo importante no es la estatuilla que está detrás de la Victoria de Samotracia, lo importante es la Victoria de Samotracia. Por tanto, eso es lo que pasa conmigo.
-No has incursionado en la novela. ¿No piensas incursionar en ella?
-Siempre he te tenido esa ambición, pero parece ser que todas las novelas que a mí me hubieran gustado escribir ya han sido escritas.
Segundo tiempo
Domingo, 18 de julio, 1993
-Eliseo, las personas de toda tu confianza que te dijeron que naciste el 2 de
julio de 1920, no te informaron que casi justamente al cumplir setenta y tres años, serías galardonado con uno de los premios literarios más importantes del mundo de habla española y, pese al poco tiempo de instituido, el más valioso de América Latina. El "Juan Rulfo" de 1993. ¿A
ti cómo te llega la noticia?
-Me enteré por teléfono. Me llamaron los mexicanos, que son muy corteses, desde Guadalajara, para informarme de este premio y preguntarme si yo lo aceptaba. Me parece el colmo ya de la cortesía. Les dije: "Cómo no voy a aceptarlo. Lo acepto con orgullo y con gusto".
-¿Qué fue lo primero que a ti te vino a la mente cuando recibiste esta noticia?
-Yo no te puedo decir, porque son impresiones, impactos, donde la mente humana tú sabes que funciona con una rapidez superior a la velocidad de la luz. Miles de cosas me vinieron a la cabeza. Pero creo que la principal fue la alegría de recibir este premio del pueblo de México, porque en realidad son los mexicanos los que instituyeron este premio, y
los que lo otorgan. Al pueblo de México le tengo un cariño sincero, un cariño de veras, que viene de las veces que he estado en México. Allá tengo muchos amigos
que me quieren. Pero no solamente eso, las personas más humildes en México son de una cortesía exquisita. Eso pasa también, por ejemplo en Nicaragua y pasa en Colombia, esa cortesía que me complace tanto. A los mexicanos yo los quiero y los admiro mucho, me siento muy bien allá. Tú sabes que soy un hombre de creencias religiosas, siempre lo he
sido. Yo creo que San Quetzalcóalt me tiene simpatía, porque cada vez que voy a México, me siento de lo más bien. Yo padezco de depresiones muy grandes y cuando llego a ese país se esfuman. Los dioses de aquella tierra me quieren. Te digo que entre los mexicanos y yo existe una simpatía real, profunda, admiración también por mi parte, porque ése es un pueblo de una dignidad realmente imponente. Todos sabemos cómo nos han acompañado en las situaciones más graves y de mayor peligro en nuestra historia. Y eso hay que agradecerlo.
El mismo hecho de haber creado el premio "Juan Rulfo" habla muy alto del pueblo mexicano, porque es el único premio de importancia internacional que se otorga en Nuestra América. Ésa es otra razón para que yo me sienta tan feliz de haberlo recibido.
-Podía parecer, a veces, que, pese a tu obra, conocida y reconocida, habías caído "en las oscuras manos del olvido", pero no es así. ¿Sentiste alguna vez esa sensación de haber caído -jugando con el título de uno de tus libros-
"en las oscuras manos del olvido"?
-Ese título fue el de mi primer libro y era un verso de don Francisco de Quevedo, que dice:
Apenas se defiende la memoria
De las oscuras manos del olvido
Gastarse estas libertades con don Francisco de Quevedo es muy peligroso, pues tú sabes que es un hombre de malas pulgas y quizás no le gustara que yo me tomara esa libertad, porque el librito quedó ahí, en esas mismas manos. Ahora, en cuanto a mí te digo, con toda sinceridad, nunca me he sentido así, digamos, realmente olvidado, dejado de la mano de los demás. Siempre los jóvenes se han acercado a mí, nunca he tenido recelos, ni problemas generacionales. Por ejemplo, admiro a la generación de Luis Rogelio Nogueras, que es una pérdida irreparable, que me entristece, después, la otra, la generación siguiente donde se destacó, con muchos otros, Raúl Hernández Novás, que ha muerto recientemente y por su propia mano, cosa que ha sido para mí un golpe muy fuerte, era un poeta de primera clase.
Y no olvidemos a las muchachas. Claro que ellas se encargan de que uno no las olvide, primero porque escriben muy bueno y después porque son muy bonitas. Están, por ejemplo, Reina María Rodríguez, Marilyn Bobes; una muchacha que no es muy conocida, pero que, en mi opinión, es una de las mejores: se llama Cira Andrés. Mira, no voy a nombrarlas a todas porque voy a ser injusto o porque se me van a olvidar algunas que son, quizás, de las primeras. Está también Lina de Feria, que es tan buena poetisa.
Los muchachos vinieron y vienen a mí, me enseñan sus trabajos, hablan conmigo de igual a igual, aunque debo confesarte que tienen una timidez que yo no me explico, no sé por qué tienen esa timidez de acercarse a mí...
-Eliseo, ¿no estarás viendo ahora la paja en el ojo ajeno?
-Creo que tiene un poco de razón; por ejemplo, nunca fui a ver a Juan Ramón Jiménez, amigo personal de Cintio Vitier, que era entonces -cuando Juan Ramón vino a Cuba- un niño, un muchacho, igual que yo, pero no me atreví a ir a molestarlo.
Entonces, ahora no puedo quejarme de los muchachos que sean tímidos, lo que pasa es que yo no me siento Juan Ramón, me siento muy lejos de tal cosa. Porque si yo me sintiera Juan Ramón Jiménez, Pablo Neruda o algún animal sagrado, pues entonces sí no me extrañaría nada, lo encontraría natural. Pero como yo soy un tipo más o menos sencillo, me extraña. ¿Quieres que te cuente una anécdota? Recientemente venía caminando hacia mi casa y había una muchacha jovencita, sentada en un banco del paseo. La miré, me agradó, pero seguí caminando. De pronto, no sé cómo se las arregló para ponerse delante de mí y me dice "Perdóneme, ¿usted es Eliseo Diego?", y le respondo afirmativamente. La muchachita se echa a llorar y me dijo: "Mi novio y yo lo amamos". Qué cosa más linda, ¿eh? Le dije: "Bueno mi´jita si tu novio y tú me aman, vayan a verme, yo vivo allí, en la esquina aquella." Pasó el tiempo, y ella, que es más decidida que él, vino a mi casa y después vino el muchacho con un grupo de poetas jóvenes que estudian en la escuela de periodismo. Te cuento esta anécdota para que veas hasta qué punto hay las dos cosas. El deseo de acercarse a mí y la timidez que yo les trasmito, que yo no sé, porque te repito, yo no me siento, ni mucho menos, un toro asirio. Me siento un pobre caballito criollo, trotón. Eso es lo que te puedo decir. Nunca me he sentido realmente solo. Además, yo siempre he escrito para los demás, ese es otro tema, porque el problema de la
comunicación es, para mí, esencial en la poesía.
-Eliseo, a los siete y ocho años de edad se te ocurrió la idea de sobrevivir de forma perdurable, más que en la memoria de tu abuela, según me contabas en alguna de nuestras entrevistas anteriores; que debías hacer algo para que se te recordara de alguna manera y lo has logrado, por esto mismo que me acabas de decir, y no sólo aquí en Cuba, ya que tus poemas y tus cuentos aparecen continuamente en antologías, en revistas de muchos países. Has logrado que se te recuerde y no sólo eso, sino que se te admire. ¿Tienes esa misma sensación?
-No sé, Orlando, lo que sí sé es que me quieren. Dice Lichy, mi hijo, en una entrevista que le hicieron recientemente, que él escribe porque le gusta que lo quieran y le gusta querer, es muy bonito lo que dice; en fin, lo que sí te puedo decir, es que yo sé que me admiran, pero esto no significa tanto para mí como el hecho de que me quieran por lo que yo he hecho, porque eso significa que lo que he hecho ha sido útil. En nuestro país existe lo que se llama Talleres Literarios, dispersos por toda la isla, en donde está organizada gente muy
joven. He sido invitado a estos talleres, tengo anécdotas sobre esto, muy simpáticas. Muchas veces, estos muchachos, con distintas palabras, en distintas ocasiones, me han dicho lo mismo, algo que me ha conmovido: " Lo que usted ha escrito me ha ayudado a vivir, no a escribir, sino a vivir", y eso es un premio muy grande y es la justificación del trabajo de toda mi vida.
-¿Conociste a Juan Rulfo?
-Por desgracia, no. Nunca llegué a encontrarme con él. Yo fui a México y él no estaba. Pudimos habernos encontrado, pero nos desencontramos, esas cosas de la vida. Yo habría querido conocer a Juan Rulfo como conocí a Efraín Huerta, por ejemplo, de quien fui amigo, puedo decirlo con orgullo. Era no solamente un excelente poeta, sino una persona de primerísimo orden. A don Carlos Pellicer también lo conocí. Tampoco conozco a Juan José Arreola, a quien espero conocer en persona ahora. Lo conozco, naturalmente, a través de sus libros. Es un orgullo para mí el que el premio que me ha sido conferido lleve el nombre de Juan Rulfo, por una razón: yo lo admiro mucho. Rulfo tenía genio, maestría, dominio del oficio para haber fabricado veinte o más novelas, cosa que le hubiese dado, es algo difícil, más fama que la que tiene con sólo dos libros. Él fue -es como yo lo veo- un hombre de una integridad absoluta. No se permitió escribir más que aquello de lo que tenía necesidad absoluta de escribir, que fue
El llano en llamas y Pedro Páramo. Esto para mí, significa mucho, porque lo que más admiro en un escritor es su condición humana. Y la condición humana de Juan Rulfo era realmente de una altura, de una pureza muy grande. No sabes cuánto siento no haberlo conocido.
Tengo entendido que era un poco taciturno y sombrío: eso no nos hubiera alejado, porque yo tiendo también al silencio y al ensimismamiento; no creo que eso nos hubiera alejado, quizás nos hubiéramos pasado una hora tomando una tacita de café sin decirnos una palabra uno al otro. Pero, qué sé yo, hubiera sido para mí un gran gusto haber podido
estrechar su mano.
" En la casa de mi padre hay muchas moradas...", dicen los evangelios. Quién quita que, en algunas de estas moradas, pueda yo encontrarme con Juan Rulfo y tomarme una copa con él, que será la copa más exquisita del mundo, una copa hecha en el Paraíso.
-Decíamos que tu primer libro publicado fue En las oscuras manos del
olvido. ¿Cuál es el más reciente?
-Se llama Cuatro de oro, editado en México, con viñetas de mi hijo Rapi.
-¿Hay alguna obra tuya por salir?
-Tengo varios proyectos. Uno es una pequeña colección de ensayos. El primero sobre la esposa del faraón Tutankamen. Otro sobre Catulo, otro sobre Sexto Propercio, que son dos amigos míos, que da la casualidad que vivieron hace dos mil años, pero yo los siento como si fueran amigos, realmente se trata sobre sus dos bienamadas, sus dos amantes, que eran dos mujeres muy bellas: una de ellas, quizá una de las mujeres más lindas de Roma, pero un ser maligno, se llamó Claudia y el pobre
Catulo la llamaba Lesbia. La otra, la de Sexto Propercio, era pícara, traviesa, ,muy linda, pero no tan perversa como Claudia.
Tengo otro proyecto; se trata de un libro de poemas, que he publicado en revistas y algunos inéditos.
Me parece que un libro de poemas debe ser como un poema. Un poema se compone de versos que tienen una duración armónica y necesaria. Me parece que un libro debe componerse de poemas tal y como un poema está compuesto de versos. A veces surgen cosas que no vienen bien, aparece un poema que tienes que dejar fuera y van quedando por ahí, los pobres. Hay también poemas que he escrito en los viajes. Alguno sí busca su sitio, como el que dediqué a Iván
Turgueniev, que está En los días de tu vida. Ahí también están los dedicados a Dostoievski y Flaubert, pero caen allí porque allí vienen bien, pero hay otros que no. Y los voy dejando fuera. Te digo esto porque hay otro proyecto que surgió de la siguiente manera: un día vino a casa Diego García, director de las ediciones El Equilibrista, de México, se puso a mirar entre mis papeles y encontró muchos poemas, y me dice: "¿Por qué todos estos poemas no los has publicado?" Le expliqué lo que te acabo de decir y me expuso: "¿Porqué no los coleccionas y los publicas como
Poemas al Margen o un título más o menos así?" A mí no me pareció del todo mal la idea. Los reuní, pero no se van a titular así, no me gusta ese título. Alguien de la Editorial Letras
Cubanas leyó uno de los poemas que es sobre unos canteros que circundan mi apartamento, donde hay un verso que dice: " Vagos proyectos desolados, de una belleza ajena". Me propuso, entonces, titular el poemario
Proyectos desolados. De momento me pareció un buen título, pero ahora me parece demasiado fúnebre, lo cambiaré sin dudas.
Hay algo que yo quisiera mencionar, se trata de Conversaciones con los
difuntos. Esto se publicó en México y en España y aquí, en
Cuba, por los muchachos de la Editorial Vigía de la ciudad de Matanzas. Es una edición artesanal que para mí es una joya, hecha en mimeógrafo, pero muy linda. Es un libro de traducciones de poetas ingleses y norteamericanos. Estos jóvenes de Matanzas, que han hecho maravillas de cualquier cosa, hicieron como las ediciones mexicanas y españolas, a un lado, inglés y al otro, la traducción. No es una selección, no es una antología, es una cosa totalmente arbitraria. Son los poetas que yo he podido traducir, no los que yo he querido, son los que he podido.
-¿Continúas escribiendo? Y de ser así, ¿qué?
-Sigo escribiendo, cada vez que puedo, porque a veces no me he encontrado bien de salud, a veces caigo en estas depresiones que son horrendas. Es una enfermedad terrible que no tiene alivio, pero últimamente, gracias a Dios, he podido salir, reaccionar y he escrito, por ejemplo, esos ensayos de que ya te hablé y algo sobre César Vallejo, pequeñas cosas que quisiera reunir en un libro.
-El primero en obtener el premio "Juan Rulfo" fue el poeta chileno Nicanor Parra. El Segundo fue Arreola, de quien me dices que aún no lo conoces personalmente, ¿a Nicanor sí lo conoces?.
-A Nicanor sí lo conozco. Por cierto que me sucedió algo que me entristece. Resulta que nos encontramos, casualmente, en una tienda de discos y no lo reconocí. Hacía muchos años que él había venido como jurado al Premio Casa. Yo no lo reconocí ese día, me turbé un poquito, quizás pensó que yo lo saludaba con indiferencia, no hay tal. Fue un momento de turbación, qué sé yo. Sucedió esto, una especie de pequeño desencuentro que siento y lamento y me alegro de esta oportunidad que tú me das para rectificar, porque le tengo aprecio a Nicanor, como persona y como poeta.
-Bella García-Marruz, tu esposa, Cintio Vitier y Fina García-Marruz, que contigo forman ese cuarteto amistoso y familiar desde la más temprana edad, ¿qué te han dicho por este nuevo triunfo?
-Figúrate. Con Bella no se puede hablar porque ella es muy apasionada, no tiene nada de objetiva, de imparcial. Ella cuando era jovencita, cuando la conocí, era muy receptiva de buena poesía y cuando le empecé a leer poemas vi con asombro y gusto que se llenaban sus ojos de lágrimas. Desde entonces observo el mismo fenómeno y le puse por nombre "el lacrimómetro", es decir que me guié por la cantidad de lágrimas que ella derramaba para saber la calidad del poema que yo había escrito.
-Tus hijos, cineastas, dibujantes, poetas. ¿cómo se te han hecho sentir en esta hora?
-He estado muy orgulloso de mi especie. Claro, la obra fundamental es de Bella, de manera que estos tres...yo diría que mis mejores poemas en realidad no son míos, son de ella, digo yo.
Los tres son muchachos brillantes, los tres tienen lo que es para mí el valor supremo de la calidad humana: son muchachos de una ternura y una capacidad de cariño, de amor a los demás, que a mí me impresiona, me conmueve y me complace enormemente. Tú sabes que el mayor es dibujante, creo que
es muy buen dibujante. Es cineasta. Su más reciente película,
Mascaró, Cazador Americano, ganó el premio en el
Festival de Cine de Cartagena. Pero creo que su fuerte es el dibujo, la pintura y yo quisiera que se dedicara a ella. Él nunca ha pintado al óleo, pero es un dibujante excepcional. El otro, Lichy, Eliseo Alberto, ahora se ha convertido en un personaje porque escribió una novela que lleva por título
La eternidad por fin comienza un lunes, que es un verso mío. Él tiene la costumbre de usar los versos míos.
-Bellísima costumbre...
-Sí, realmente para mí es muy bonito. Él tiene un libro de poemas que se llama
Las cosas que yo amo, y debajo él pone el verso en el libro, como un exergo, una cita y, a seguidas, no Eliseo Diego, sino Papá. Todo el mundo tiene que saber quién es su papá. Eso es bonito y me parece un caso poco usual en la literatura. Su novela ha tenido tres ediciones en México. Ha estado en los primeros lugares entre los libros más vendidos. Se han vendido como pan caliente. La van a traducir al inglés, al francés, al alemán, al danés, al sueco, al noruego, me falta alguna más, en un montón de idiomas. En los Estados Unidos la va a publicar una de las mejores editoriales norteamericanas, la Alfred Knopf, y esto, figúrate, me llena de orgullo. Queda la muchachita. La muchachita digo yo, no le gustaría a ella que yo la llamara así. Ella es una personita realmente extraordinaria, tampoco le gustarían estos elogios, pues me diría que son chocheces de papá, pero no puedo evitarlo.
Ella acaba de escribir su primer libro. Son sus reminiscencias de niña. Nosotros vivíamos en una quinta en las afueras de La Habana, en Arroyo Naranjo. Y son sus reminiscencias de ese lugar. El libro, bueno, está hablando el padre, el libro está escrito con una transparencia, con una sencillez, una naturalidad realmente impresionante, allí no falta ni sobra una sola palabra. Ella le mandó una copia a su hermano (que está trabajando en México), él se lo mostró a amigos suyos y a todos les encantó y
Diego García lo va a publicar con un prólogo de Lichy, quizás el muy holgazán cumple esa misión agradable. Pero tenga o no el prólogo, yo creo que va a
ser una de esas cosas inolvidables, aunque ella no escriba más que ese libro. Ése es otro motivo de orgullo para mí. Como ves, Orlando, desde el punto de vista de la inteligencia, son brillantes, como su madre.
-Y como su padre
-Bueno, algo tienen de su padre. Y como seres humanos son realmente adorables. Son personas a las que uno puede querer y eso para mí es lo decisivo.
-¿Nunca has pensado, o has pensado -no sé por qué ahora yo te voy a poner esta coyunda-, en la posibilidad de escribir las memorias de Eliseo Diego?
-No lo he pensado. Tengo varios trabajos escritos sobre mi vida que están recogidos en el libro de prosas. Un trabajo que se llama
"A través de mi espejo", y otro titulado
"Esta tarde nos hemos reunido". Son trabajos que se remontan al año cincuenta y siete o cincuenta y ocho, donde hablo de mi infancia, de mi vida. Nunca he pensado en hacer el libro de memorias, lo que sí me hubiera gustado hacer, pero ya es muy tarde, es haber escrito una novela sobre mi familia y la de mi esposa Bella, porque, realmente, son casos extraordinarios, pero eso es materia para otra conversación.
-Una vez te pregunté si no había pensado o tenías en proyecto alguna novela y me dijiste que todas las que se te habían ocurrido ya estaban escritas.
-Todas las novelas que yo hubiera querido escribir ya están escritas, querido Castellanos; por ejemplo,
La isla del tesoro. En fin, cientos de novelas. Todavía tengo algunas ideas, pero figúrate, eso necesita un esfuerzo muy grande de investigación. Me gustaría hacer una novela sobre el combate naval de Santiago de Cuba, que es un tema que a mí me apasiona, pero estoy ya muy viejo.
-Hablabas hace un momento de la comunicación al escribir y quisiera que me ampliaras este concepto.
-Estoy haciendo un pequeño trabajo donde hablo de estas cosas. Pienso que un poema es un acto de creación a dos: el que lo hace y el que lo lee. El poema no alcanza su integridad, no ya su perfección, sino su integridad, hasta que alguien lo recrea. De manera que en el poema debe de haber lo indispensable para que el otro haga su recreación de lo que dice. Si hay de menos, no podrá hacer nada, si hay de más, no tendrá que hacer nada. De manera que es una línea de equilibrio finísimo entre lo que se expresa y lo que se sugiere, pero, para mí, la poesía es, ante todo, el acto de sugerir. Y te digo esto porque me imagino que por esa razón es que los muchachos se acercan a mí, porque escribo pensando siempre en el que va a leer, para que él pueda hacer su recreación del poema. Creo, humildemente, que la poesía no es un acto genial, que la poesía no es un mérito mayor del ser humano.
La comunicación es una necesidad vital que tenemos que satisfacer como podamos, en mi caso a través de la poesía. Hay otros que lo hacen a través de la música o de la pintura. Veo por eso, el arte, no como un lujo, sino como una necesidad humana a satisfacer como el hambre y la sed.
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