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LA
JIRIBILLA
POR UNA VISIÓN PLURAL DE LA MÚSICA
lead
Joaquín Borges Triana |
La
Habana
No son muchos los creadores musicales que logran trascender el estatus de hacedor del reino de los sonidos ordenados para alcanzar la categoría de Artista. A esa estirpe de elegidos, en virtud no sólo de su talento sino por su cultura general, pertenece el Maestro Harold Gramatges. Compositor de obligatoria mención siempre que se vaya a hablar de nuestras figuras de avanzada en el campo de la música culta contemporánea, profesor de varias generaciones de músicos en conservatorios como el Amadeo Roldán o el Instituto Superior de Arte y actual presidente de la Asociación de Músicos de la UNEAC, a sus 83 años él mantiene una lucidez envidiable, como da muestra la entrevista que a continuación se reproduce y en la que se ofrece una visión genuinamente ecuménica de nuestro quehacer sonoro.
-En la actualidad hay un boom comercial de ciertas zonas de la música cubana. ¿Qué le parece lo que está pasando?
-Yo me explico lo que ha ocurrido en primer lugar a partir de que la fuerza que posee la tradición nuestra no ha decaído y como ha sucedido en otras manifestaciones de las artes, por cualquier circunstancia de la noche a la mañana, por una ocurrencia o por la inteligencia de alguien, se empieza a descubrir algo que ya no está vigente pero que cuenta con una gran fuerza. Así se extrae y se pone a flote una nueva manera de que la música suene, ya sea dentro de lo bailable o la cancionística. No se puede olvidar que cuando se produce este boom había una saturación de sonidos como el de la discoteca, que para mí es una forma de droga musical ante la cual la gente se adicciona. De momento surgió algo distinto, que permite bailar y sentir de otra manera. Se crea así un espacio espiritual diferente y eso se convirtió en un hallazgo. Es como si habláramos de una mina, que daba la impresión de haberse agotado y que de pronto se le encuentra otro filón. Por otra parte, está un capítulo acerca del cual no se acabaría nunca de hablar, me refiero al asunto de la divulgación. El hombre hoy vive inmerso en música (desgraciadamente más mala que buena) y tal condición genera hábitos. A veces alguien dice: a mí me gusta esto, y lo que no sabe es que lo han obligado a que le guste. Por ahí llegamos al tema del consumo y de lo que se hace para ello. Hay que reconocer que en dicho terreno los norteamericanos son geniales. La conjunción de los aspectos mencionados es lo que en mi opinión ha facilitado el boom comercial al que te referías en tu pregunta.
-En su respuesta usted ha aludido al término consumo y eso se asocia al mercado. Yo tengo la impresión de que el fenómeno de comercialización de determinada porción de la música cubana que ha venido sucediendo desde la segunda mitad de los noventa, en los años anteriores a dicha década, es decir, entre 1959 y 1989 no hubiera podido ser; en primera instancia porque la Revolución siempre vio la música como un asunto de enriquecimiento espiritual y nunca como una industria capaz de contribuir a la economía del país. La EGREM jamás contó en ese entonces, ni cuenta aún, con el poderío económico para penetrar en el gran mercado. Además, es sólo en fecha reciente que los músicos locales tienen la posibilidad de poder firmar con disqueras extranjeras que tienen la capacidad para promocionar al artista a gran escala. Para mí, ninguna discográfica cubana puede hacer eso y no es sólo en el campo de la música popular. Por ejemplo, un caso como el del pianista Jorge Bolet en la música culta: si su carrera la hubiera llevado a cabo con una empresa de nuestro país, no habría alcanzado la repercusión que ha tenido en el extranjero.
-Estoy absolutamente de acuerdo contigo. Son muchas cosas las que reafirman lo que estamos comentando. No se puede olvidar que el consumo es lo que garantiza el negocio. El empresario se ocupa de la presentación del producto y ahí está donde viene el problema. El producto musical tiene muy diferentes condiciones, desde un tipo de obra que puede halagar al oído y gustar en una primera audición hasta aquella que obliga a pensar. El consumo busca la canción fácil de escuchar, realizada con elementales recursos armónicos y melodías pegajosas. Eso es lo que de inmediato se populariza. Fíjate cómo funcionan tales procesos, que en ocasiones una persona se sorprende tarareando algo que él no escucha en su casa pero que está en el ambiente sonoro y le penetra por la ventana. Tú no vas a la canción sino es ella la que viene a ti con su fuerza de posesión. Semejantes resortes ya están estudiados y las grandes empresas del disco saben cómo imponerte una manera de gustar de la música.
Esto ocurre con todas las artes. Sucede que hay que tener una determinada cultura para entender los códigos de la creación en un sentido amplio. Por eso, en nuestro país y desde la irrupción del mercado lo que está en juego es la espiritualidad del individuo y para ello, hay que cultivar al hombre, darle a conocer valores que hasta el presente no han formado parte de su diapasón. En la música eso es muy complejo porque ella nos asalta a toda hora y va creando hábitos y el ciudadano común no se sale de los códigos que domina si no hace un especial esfuerzo. Para contribuir a romper tan estrecha visión, entre otras cosas, nuestra Asociación organiza cada año el Festival de Música Contemporánea de La Habana, en el que están presentes importantes nombres internacionales de la composición y creadores cubanos de todas las generaciones. Porque es vital que la gente, además de ir a bailar salsa el sábado, también concurra a un concierto y sepa lo que pasa con la otra música. Lo popular posee un enorme valor, pero ese mundo tiene que reconocer lo que acontece en la otra orilla: ahí radica el verdadero equilibrio de la cultura y que, por fortuna, hoy se está buscando en nuestro país.
-Me llama la atención el creciente interés que se está dando en Estados Unidos por compositores cubanos -radicados en la isla o fuera de ella- de música de concierto. Incluso, hace relativamente poco tiempo, hubo una especie de festival o encuentro en New York entre artistas de las dos orillas, organizado por Tania León, una creadora de nuestro país que vive allá y que ha desarrollado su labor autoral en el circuito norteamericano. ¿Usted qué opina al respecto?
-Yo creo que eso resulta un signo de que, como dice el refrán, nunca es tarde si la dicha es buena. Al igual que pasó con la música popular, en la culta nosotros perdimos los contactos con la producción de aquel país. Al triunfo de la Revolución a mí me empezaban a editar en Estados Unidos y esos contratos se quedaron en el aire. El bloqueo también ha funcionado para la música, pero poco a poco ésta ha sido más fuerte que aquél y se ha ido abriendo paso. Primero fue la música popular y después nos tocó a nosotros. Tú mencionaste el nombre de Tania León, ella fue alumna mía hace muchos años en Amadeo Roldán y desde entonces se anunciaba como el gran talento que hoy es. Al llegar a Norteamérica, logró insertarse en ese medio y sobre todo, en New York. Por su iniciativa, se organizó en dicha urbe un festival dedicado a la música culta contemporánea de las naciones de América Latina y un día, le llegó el turno a Cuba.
Tania ha tenido la habilidad de preparar una orquesta de altísimo nivel destinada a tocar obras de este tipo de repertorio, lo cual nos favoreció. Cuando arribamos a allá existía una enorme ansiedad por saber
qué ocurría en Cuba dentro de la línea que nosotros cultivamos. Fuimos compositores de varias generaciones y tuvimos un hermoso encuentro con nuestros colegas cubanos y norteamericanos. Dimos clases magistrales en centros académicos de gran importancia e intercambiamos con representantes de diversas universidades. Finalmente hubo un concierto de gala con dos compositores de aquí, o sea, Leo Brouwer y yo, y dos que salieron de Cuba hace muchos años, Aurelio de la Vega y Julián Orbón. Fue muy curioso cómo la crítica encontró en cosas sutiles raíces comunes entre los cuatro, indicios que identificaban la geografía de donde era esa música. Los cuatro poseemos lenguajes contemporáneos diferentes, pero se distingue una cercanía que nos hermana.
-A propósito de lo que está hablando: ¿cómo usted definiría lo cubano en la música?
-Eso como definición es muy difícil de hacer. Por nuestra situación geográfica y evolución histórica, el devenir cultural de la nación nos ha llevado a una identidad que es el resumen de múltiples mestizajes. Está claro que hay dos antecedentes primordiales, el hispano y el africano, pero a ellos se unen otros muchos. Yo recuerdo que hace años vino a Cuba un prestigioso etnólogo norteamericano que, tras recorrer la isla, nos dijo que éste era el país de más rico mestizaje y variedad tipológica que uno podía hallar. Eso explica la riqueza de nuestra idiosincrasia. No sé, pero tal vez la magia de que somos portadores se deba a nuestra condición insular, sin fronteras por tierra con nadie y rodeados de un mar azul por los cuatro costados. Todo ello le otorga una riqueza enorme no sólo a la música cubana sino a todas nuestras manifestaciones culturales. Nosotros siempre hemos estado al tanto de lo que acontece en materia de creación artística en el mundo y aunque eso en determinado momento siempre se ha convertido en una tentación, por más que se experimente, en el fondo seguimos siendo lo que somos. He ahí lo que conforma la famosa entidad cultural, que resulta la síntesis de lo que es la esencia (no presencia) de la música y que para nada significa la obligatoriedad de un toque de clave o de un ritmo de tumbadora en una obra.
-En relación con el Festival de Música Contemporánea de La Habana, yo tengo la impresión de que el principal problema de los músicos cubanos de este estilo es que sus obras no se ejecutan, no suenan, a no ser en un evento como éste. ¿En su criterio, por qué se da esa situación?
-Para empezar, quiero expresarte que has dicho una cosa del todo cierta. Eso es parte de la crisis que todavía padecemos y es uno de los motivos por los cuales nosotros propiciamos este tipo de festivales. No se trata de que durante una semana se interpreten un determinado número de obras y sean transmitidas por CMBF, la emisora nuestra dedicada a la música culta. Donde estamos huérfanos es en el problema de las grabaciones, que es lo que garantiza que la música se salga de una partitura escrita y se convierta en realidad. Con este tipo de creaciones ocurre como cuando el arquitecto mira un plano de un edificio y se lo imagina, pues en la realidad no existe hasta que no se construya. Con la música sucede que hay que oírla y para ello, se debe grabar, lo cual requiere que sea ensayada; para eso hay que tener una orquesta y para que dicha agrupación funcione y el producto final resulte competitivo se necesita que los ejecutantes sean de calidad. Como se ve, son muchos requerimientos los que desdichadamente demanda la música culta.
-Pero yo me refiero a lo indispensable de que exista una programación sistemática: a la interpretación, por ejemplo, de obras de cámara y de un repertorio para instrumentos como el piano, pertenecientes a nuestros compositores. Yo no lo viví porque era un muchacho, pero siempre he escuchado hablar mucho del período en que se llevó adelante una intensa programación de conciertos de música nueva, auspiciados en un momento determinado por gentes como Juan Blanco, Leo Brouwer y Manuel Duchesne. El creador oía estrenar sus obras sin tener que esperar por las calendas griegas. Ahora no ocurre así. Y le reitero la pregunta: ¿por qué hoy no pasa como en la época aludida?
-Mira, nosotros hemos tenido una gran crisis desde el punto de vista de lo sinfónico en relación con los músicos que integran las distintas orquestas que existen a nivel nacional. En la época a la que tú te refieres, es decir, la década de los sesenta, la Orquesta Sinfónica Nacional todavía estaba integrada por músicos muy profesionales, que en muchos casos habían pertenecido a la Orquesta Filarmónica de antes del triunfo de la Revolución. El contar con esos ejecutantes propiciaba que se pudieran interpretar obras en extremo complejas de cualquier compositor. Había la seguridad de que lo que se pusiera en el atril iba a ser bien tocado. Después vino un período de déficit motivado porque una buena cantidad de aquellos músicos se fueron del país o pasaron a integrar otros tipos de agrupaciones. Ha habido que esperar la formación de nuevas generaciones. Si se mira detenidamente, se verá que la mayoría de los actuales integrantes de nuestras orquestas sinfónicas -incluida la Nacional- son gente muy joven. El propio Iván del Prado, director de la OSN, es de corta edad y ya ha sido reconocido como una figura de suma valía por varias personalidades de la dirección orquestal que han venido a Cuba. De modo que hoy andamos reiniciando este camino.
Por otra parte, no se puede olvidar que nuestra OSN estuvo 21 años sin un teatro donde presentarse de manera sistemática y que fuera su sede permanente. Hace apenas un par de años que se ha reabierto el Amadeo Roldán. Si uno omite todas las cosas a las que me he referido, de momento la pregunta que me formulas se torna una interrogante enorme. Ocurre que en ocasiones el destino es implacable y nos lleva a esos instantes de vacío y de déficit como los que en este tipo de música hemos tenido que pasar. Ahora bien, en los últimos tiempos yo tengo la seguridad de que estamos en el camino de poder solucionar los problemas acumulados por tantos años. Comienza a darse otro tipo de atención a la música. Te reitero que el asunto es complejo porque no se trata sólo de resolver lo relacionado con la OSN sino también lo de las sinfónicas que hay en varias provincias y que hoy, en algunos casos, están reducidas a orquestas de cámara.
-Me doy cuenta que lo que usted me afirma se engarza con el problema del público. Los años de carencia en la sistematicidad de las presentaciones de la OSQ hizo que se perdieran asistentes a la sala de conciertos, que ya estaban habituados a escuchar un tipo de música experimental. Al retomarse la programación es lógico que se fuese un tanto más conservador en cuanto al repertorio escogido, en aras de captar la atención de una nueva audiencia no entrenada y que a lo mejor no está apta para asimilar obras de una complejidad extrema, como suele ocurrir con las creaciones de la música culta contemporánea.
-Te voy a comentar algo al respecto: nosotros hemos empezado a organizar un festival en Camagüey teniendo en cuenta exactamente lo que tú acabas de decir. Para ese evento preparamos un programa en el que se estrenaban obras de compositores cubanos y extranjeros, a las que se añadían creaciones de la tradición universal de siempre. Se trataba que las composiciones no fuesen muy complicadas en el formato. Así, en el programa era posible escuchar tanto una cosa rara como algo de Bach, lo cual atraía por igual a los ya entrenados en estas lides como a los no iniciados. En ese evento y dadas las características del público, la política correcta a seguir era ésa de una de cal y otra de arena.
-A lo largo de los pasados cuarenta años, ¿cuál ha sido para usted el mejor momento que ha vivido la música cubana?
-Bueno... Este... ¿Qué te digo...? La pregunta me deja en suspenso porque yo siempre pienso que son muchos los momentos buenos, a tenor con mi visión optimista de las cosas.
-Pero de esos muchos momentos buenos según su criterio, ¿cuál es la etapa en que usted ha sentido que las cosas han fluido del mejor modo posible?
-Si me precisas tengo que responderte que la década de los sesenta, por razones muy explicables, como por ejemplo el hecho de que contábamos con instrumentos de calidad y por lo que ya te comenté anteriormente.
-¿Y el peor, el menos afortunado?
-Yo nunca pienso en tales términos, soy tan optimista que casi siempre me olvido de los malos momentos. Si te diera una respuesta categórica en dicho sentido, estaría en contra de mi percepción de las cosas.
-Hay quienes hablan de que en nuestra música en general hubo cierto inmovilismo creativo durante los años setenta, fenómeno que se correspondería con lo que se ha dado en llamar el período gris de la cultura cubana.
-Sí, conozco tales criterios. Si te soy sincero, en mi opinión la música no se vio tan afectada por ese proceso, como aconteció sobre todo en el terreno de la literatura y del teatro.
-Y ahora mismo, ¿cuál usted piensa que sea el mayor problema que hay que resolver en la esfera de la música en Cuba?
-Francamente creo que el concerniente a la música culta. Hay que lograr que las obras sean grabadas. Yo tengo la impresión de que dicho asunto entre nosotros no se piensa bien y digo esto a partir de la perspectiva que me ofrecen mis viajes al extranjero. Afuera hay un mercado para esta música que nuestras empresas discográficas ignoran olímpicamente. Aunque no la comparto, comprendo que quienes aquí dirigen los sellos disqueros tengan una visión comercial y económica de la producción de discos. Lo que pasa es que, incluso valorando las cosas desde dicho prisma, nuestros empresarios no se dan cuenta de las potencialidades del mercado existente para esta música en el ámbito de las universidades norteamericanas y europeas. En ese solo circuito habría una compra increíble. En tales centros académicos tienen todo lo bueno que se graba en música popular porque poseer un archivo bien dotado es una finalidad cultural de la academia. Ellos están esperando nuestra música sinfónica y culta en general como una mercancía más.
-Hace algún tiempo, la UNEAC publicó en cassettes una colección de seis compositores cubanos de música contemporánea. ¿Qué ha pasado con esa idea?
-Eso está como siempre, ya tú sabes..., a mi juicio muy limitado. Y fíjate si el tema es complejo que no se trata sólo de la carencia de grabaciones sino que no hay partituras para que, por ejemplo, los estudiantes del ISA conozcan las obras. Abrimos una editorial y entonces los copistas hacían horrores: así, de momento tú estás oyendo una composición tuya y de repente escuchas notas que no has escrito. Un día le dije a un copista que lo que él estaba haciendo era un delito y que en otro lugar podía caer preso por ello. En fin, el proyecto de que me hablas se está revisando. Ahora hay algo que nos estimula y es el impulso que tiene la cultura en general. Esa es la trinchera, donde todas las armas son necesarias y las de la música ni hablar.
-Finalmente, ¿alguna última consideración que desease agregar?
-Nada, que las cosas que hemos comentado se resuelvan y no lo digo así con una esperanza lejana, al contrario. Me satisface mucho el momento que estamos viviendo y que pienso va a ser decisivo para determinar el destino real de nuestra música en todas sus direcciones. Tenemos que lograr que se establezca un verdadero equilibrio entre nuestras disímiles manifestaciones sonoras. Yo vivo enamorado de la fuerza que posee la música popular en el pueblo cubano y en especial en la juventud. De algún modo, eso a mí también se me mete dentro, para luego salir por otro lado. Es que la música nació con esa fuerza litúrgica y lo que nosotros oímos en nuestras agrupaciones populares tiene semejante carácter, del cual uno no se puede sustraer. Ahí radica la magia de la música y que nadie se la quita porque es un poder inexplicable. Yo tengo el privilegio de que por mi formación al igual que me comunico y disfruto con lo popular, me emociono y hasta se me salen las lágrimas oyendo una cosa de Bach. Yo le pongo eso a mi vecina, que sólo escucha salsa todo el día, y me dice: "¿Y qué mierda es ésa que tú estás oyendo? ¿Cómo tú soportas eso?"
Una vez yo estuve ingresado grave en un hospital y mantenía puesta bajito CMBF. Cuando la enfermera pasaba junto a mi mujer, le decía: "¡Ay, señora, quítele esa música tan fúnebre! Pobrecito, él está muy malito." Ella no podía entender que ésa es la música que yo oigo y disfruto. recuerdo que le comenté a mi mujer: "Mira cómo me cuidan. La enfermera quiere que tú no me mates con eso que estoy oyendo." Imagínate, se trataba de Mozart. El ejemplo lo explica todo. ¿Cómo se resuelve eso? Con el proyecto que se ha iniciado para levantar la cultura y la sensibilidad de cada uno de los ciudadanos del país. Es obvio que al final no todos comprenderán a Bach, pero llegarán a entender muchas más cosas que hoy no se las imaginan. Ahí está el real significado del programa de masificación de la cultura.
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