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LA
JIRIBILLA
UN IMPERDONABLE CRIMEN
Muerte en la tarde
Lisandro Otero |
México
El pasado domingo el toro Clavillero fue sacrificado por su mansedumbre y renuncia a los riesgos de la lidia en la Monumental Plaza México. Durante cuarenta minutos, nos refieren los comentaristas taurinos, el animal rehusó todas las incitaciones a acometer al torero. El juez reclamó paciencia del publico intransigente. Los indignados cronistas nos relatan que la falta de bravura del toro fue colmada cuando por su propia iniciativa abandonó el ruedo por la puerta de caballos, no por la de toriles como le correspondía. Clavillero fue conducido al patio trasero y una mano, iracunda por su apacibilidad, le asesinó con dos disparos de pistola en la frente.
Ese fue el precio pagado por la sosegada concordia del animal. Este crimen, que ya ha sido consagrado como un hecho histórico por la prensa especializada, debe llamarnos a reflexionar sobre el papel de la benevolencia en nuestro mundo vehemente y agresivo. Clavillero rehusó el combate, se negó a dejarse arrastrar a la violencia, no acometió con sus cuernos afilados al hombre que le desafiaba, no quiso entregarse al ímpetu letal de la corrida. Ese toro incruento y bonachón, plácido y tolerante merecía que se le hubiera perdonado la vida. Su comportamiento debió ganarle comprensión y clemencia. Los machistas retrógrados decidieron castigarlo. Su proceder, políticamente correcto, debió recibir una gratificación más que una condena. Se le debió haber confinado a alegres prados, a un pasto apetitoso, a una edénica granja donde pudiera terminar sus azarosos días.
Este quebranto sufrido por el bicho es el aciago destino que aguarda a quien se aleja de los conflictos y se ampara en la
"escondida senda por donde han ido / los pocos sabios que en el mundo han sido". Se pregunta uno quién es más bestia, el cornúpeto que murió o su asesino. De lo ocurrido a Clavillero pude inferirse una parábola de la infortunada ética que rige nuestro tiempo.
El carácter competitivo de nuestra sociedad reclama una dinámica beligerancia en cada acción de la vida cotidiana. La crueldad humana ha propiciado, desde el circo romano hasta Hiroshima, un desdén por la inocencia. Pese a los horrores conocidos el ser humano ha avanzado en la consolidación de su dignidad y aún así la intransigencia ante las heterodoxias ha propiciado contiendas interminables.
La historia de la intolerancia humana es larga. Las noventa y cinco tesis de Lutero, en Wittenberg, marcaron el inicio de un enconado combate de ideologías: una, libertaria, y otra apegada a los cánones
tradicionales.
Esa lucha de contrarios ha marcado la historia. Los pogromos contra los judíos en la Edad Media y el Holocausto alentado por el nazifascismo, la expulsión de los jesuitas, la Inquisición, la emigración masiva de hugonotes de Francia, los cristianos devorados por leones, la noche de
San Bartolomé, son ejemplos de la atroz pesadilla de la intolerancia.
La más importante lección legada por la historia es que las contradicciones violentas terminan en una síntesis. Ambas partes asumen elementos de su contrario y resumen en un cuerpo doctrinario lo que antes fueron antítesis aparentemente irreconciliables. Los Concilios Vaticanos son un ejemplo de concertación entre el Catolicismo Romano, el Budismo, la Ortodoxia Cristiana, el Judaísmo y el Islam. Calvino y Enrique VIII se creyeron portadores de una autenticidad pura y esgrimieron una cruel intolerancia que los hizo ingratos ante la opinión de su tiempo. La muerte de Tomas Moro no le otorgó mayor legitimidad a la religión anglicana. Las aparentes desviaciones del jansenismo fortalecieron a los seguidores de Cristo. No existe una verdad única. Toda certidumbre está sustentada en compromisos. La intolerancia es una fuerza ciega que nunca ha obtenido los fines que se propone y tampoco ha logrado detener el curso de la expresión política.
El asesinato de Clavillero en la Plaza de Toros de México, condenado por su apacible blandura, es una demostración más de que el hombre cavernario no ha desaparecido de la faz de la tierra y los bárbaros siguen alentando el impulso feroz que tantas calamidades ha causado.
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