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LA
JIRIBILLA
EL JOVEN DE
EN LA CALZADA DE JESÚS DEL MONTE
Hace unos años que se fue, que entró, a través de su espejo, en esa eternidad en la que, seguramente, nos espera feliz, lleno de cuentos y de poemas, allá, en su Reino.
Josefina de Diego |
La
Habana
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Calzada,
reino, sueño mío…
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El 5 de enero de 1949 mi padre tenía veintiocho años y seis meses. Ese día recogía en la imprenta de Úcar García S.A., en La Habana, los ejemplares de su primer libro de poemas,
En la Calzada de Jesús del Monte. Lo había terminado de escribir dos años antes y, por alguna curiosa razón, quiso que así apareciera registrado. Las dos fechas (la de impresión y la de "Terminado en 1947"), con el paso del tiempo, se convirtieron en un pequeño dolor de cabeza para los bibliotecarios al no ajustarse a sus estrictas (pero tan necesarias) reglas de clasificación y catalogación.
Según explicó en muchas ocasiones, comenzó a escribir los poemas que aparecerían en su
Calzada cuando tenía unos veinticuatro años, o sea, en 1944. Para entonces, ya había publicado En las oscuras manos del olvido (1942), su primer libro y, posiblemente, alternaba la escritura de sus poemas con los cuentos que formarían parte de su segundo libro,
Divertimentos, editado en 1946.
Qué joven tan extraño debe haber sido mi padre a quien, entre los veinticuatro y veintisiete años, rondaban versos tan tremendos:
Voy a nombrar las cosas, los sonoros
altos que ven el festejar del viento,
los portales profundos, las mamparas
cerradas a la sombra y al silencio.
O estos otros:
Y las campanas,
jueces de voz terriblemente bella
que nombran en el bronce la estatura de la tierra
donde tus huesos crujen, calle, con la promesa
enorme de mi muerte.
Siempre me ha sobrecogido el misterio de sus Divertimentos. La contenida precisión y transparencia de esa prosa, escrita cuando contaba sólo veinticinco años resulta, con perdón de papá, aterradora. Las ineludibles viejecitas, su Excelencia aguardando la hora y el perro que habla, el señor que despierta transformado en zurdo; imágenes, todas, de lo irreal, de la pesadilla, del espanto.
Pero cuando mamá me cuenta de su noviazgo con papá sus ojos se le iluminan. Es cierto que sus nervios lo traicionaron y que, desde muy joven, sufrió profundas depresiones, pero los ojos de mamá, cuando se iluminan, no reflejan tristeza, ni miedo. Lo recuerda alegre, juguetón, "un gran ciclista". Entonces me tranquilizo y pienso que, quizás, así son los poetas. Ven lo que no podemos ver y nos lo cuentan, tratando de no asustarnos, demasiado. Hace cinco años que se fue, que entró, a través de su espejo, en esa eternidad en la que, seguramente, nos espera feliz, lleno de cuentos y de poemas, allá, en su Reino.
Marzo
de 1999, por los 50 años del poemario En la Calzada
de Jesús del Monte |