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LA
JIRIBILLA En la Calzada más bien enorme de Jesús del Monte Ese amplísimo gesto noblemente oratorio, gravemente paternal, abarcador de los dones, define el tono y la solemnidad poseedora del libro. Posesión como la del espacio, que tiene a las cosas en la luz cenital del redondo mediodía, pero él mismo es una tiniebla incalculable. Más tarde Diego se quedará con la penumbra sola, pero ahora la penumbra está en la tiniebla del sueño, levantando con la luz y el polvo las murallas de la resistente pérdida, inmóvil como un animal de resuello pétreo, rodeado por las bramadoras aguas. En ese sueño nombra las cosas con la autoridad del heredero legítimo, qué duda cabe, pero las cosas nombradas no caen flechadas ni se definen, sino que se hinchan como la madera bajo el agua y entonan «el canto llano de su pesadumbre»: El son de la madera, su espesura total, cerrada noche Este discurso pétreo, reposado como el que hace el recuento de los trojes que van a ser molidos, repasa las glorias prístinas del paseo y de la casa. En el paseo los portales poderosos al sol y a la lluvia, categóricos actos de fe, «lujosos en polvo como los majestuosos pobres»; los colores de los Días igual que una baraja donde el Domingo es el «rey de una sola pieza de ingenua púrpura –con su corona de amarillo agudo como la risa de un niño– y el espadón añil que descabeza las nubes galopantes». En el paseo, la iglesia, la marmolería, la ruina, la calle transversa, oscuros misterios familiares, extrañas estaciones cuyo sentido llena y desborda las palabras, derramándose de ellas como una copa colmada y nos quedamos absortos mirando los poemas del mismo modo que él se queda absorto mirando los lugares. El mayor triunfo expresivo de Diego en este libro, es la sugestión, no lograda por confusos medios sino con limpieza magistral, de esa frontera de caos que engendran en torno suyo las cosas henchidas por nuestro fervor. Caos de lo que está a punto de ser arrebatado por un solemne remolino. Y en la casa, los ardientes misterios de la penumbra en que se sumergen como antílopes o ciervos encantados los finísimos muebles airosos. Pero ya aquí la pérdida asoma pura, sin salir de la tiniebla de los orígenes ni encaminarnos como las piedras de la oración o el salmo. Con mayor fuerza irrumpe aún en «La Quinta», inolvidable testimonio de esa edificación criolla donde la realidad parece dulcemente enloquecer. Rodeado de sólidas alucinaciones ornamentales (gárgolas, hipogrifos de cemento, «el negrito a quien hacía tanta gracia la nada», escaleras «que siempre pretendieron ser unos saltos de agua», «las japonesas cuevas, escasas y profundas con la profundidad de una noche pintada en una tabla», fuentes, acequias, «el nombre de la quinta, que las filosas enredaderas trenzaban con variadas flores de reluciente hierro», «gobernados arroyuelos de piedra por donde navegaban los bergantines dorados de las hojas...»), que parecen construidas para enredar y enloquecer también a la invasora muerte, exclama el poeta: Escribo todo esto con la melancolía de quien Ese
desmayo de la mano sobre el mimbre señala la otra
vertiente del libro: el testimonio de la pérdida, la
memoria añorante, que es lo que va a predominar después
en su obra. El sitio donde gustamos las costumbres, El sabor del café, el espejo de la abuela, un gesto peculiar, el giro ceremonioso de la hospitalidad («El silencioso “pasen” dignísimo»), una conversación ya desvariante en la penumbra recordada, como los hipogrifos y gárgolas de la quinta o «las reparaciones imprescindibles del invierno», son las formas infinitamente suaves y respetuosas de librar el criollo insular su batalla con la incesante muerte, en la visión de Diego. Batalla que es más bien una ceremonia entre caballeros y un amistarse con las fuerzas oscuras a través de los giros de la ornamentación, todo lo cual se concentra en el mito criollo de la República que era el nombre sumo de los antepasados, el resguardo supremo de su estilo contra lo oscuro informe: giro por giro hasta ganar la pompa, El heredero ya no sabe decirlo como el padre, la sustancia de ese nombre ya no pertenece a su organismo sino a las prolongaciones tantálicas de su memoria, que se alarga angustiosamente para apresar la desgarrante ingenuidad de aquel romanticismo de la luna, la cinta y el vals, donde se estaba fundando lo que después se evaporó. Y sólo queda la quinta raída por la incuria, la casa arrasada, el terror del ornamento en el vacío: y en los espejos una máscara El tema de la ornamentación, que ha de tener en la poesía de Feijóo distinto sentido, aparece aquí en conexión con el etilo criollo. En una página de mi libro La luz del imposible he intentado distinguir lo cubano y lo criollo, como categorías de la envolvente cubanidad que a todos nos incluye. Definir es casi siempre, como decía Ortega y Gasset, exagerar; sobre todo en materias tan sutiles y evasivas como ésta, donde los rasgos suelen aparecer mezclados, confundidos. Al señalar como fijaciones históricas de lo criollo y lo cubano, respectivamente, el Autonomismo y el Separatismo, los discursos de Montoro y los de Martí, era consciente de que esto sólo significaba un primer esquema, un deslinde primario que me iba a permitir situar la cuestión y aguzar la mirada. En el segundo párrafo del citado ensayo mínimo, ya hilaba más fino, creo. Allí decía: La casa cubana, en el campo, es la casa de tablas y tejas, pintada de blanco y azul, con jardincillo modesto al frente y detrás la arboleda de mangos y naranjales. La casa criolla por definición, en Cuba y en toda Hispanoamérica es la quinta de las afueras, con césped, pinos y estatuillas en las fuentes. El paisaje criollo es el de los grabadores franceses e ingleses del XVIII y XIX. El paisaje cubano, el que anota Martí en sus últimos Diarios. Hay elementos comunes, pero la diferente luz en que se sumergen los aleja tanto como si fueran de países distintos. La luz tamizada, fina, entre irónica y nostálgica, donde todo se recorta con reposada e imperturbable nitidez hasta los últimos planos, qué otra de la luz que se arremolina en golpes, asombros y ráfagas, o fija la hiriente plenitud del paisaje como una pobreza espléndida. Lo criollo es material y lo cubano está en las rebeldías e ilusiones del hijo. Las estancias y los muebles del llamado «estilo colonial cubano» son más bien representativos de lo criollo; el mueble cubano es cualquiera, con el menor estilo posible. Lo cubano es el mantel de hule y lo criollo el de hilo bordado, que sin embargo se pueden poner en la misma casa, resumiéndose graciosamente la polémica secular de nuestra personalidad.1 No
se trata, por lo tanto, de fenómenos excluyentes, ni de
grados de mayor o menor legitimidad. Son anillos del
mismo tronco, vetas de la misma madera. En el libro de
Diego, lo criollo adquiere un esplendor y una
profundidad que lo convierte en categoría esencial, en
estilo absoluto de vida. La ornada dignidad de las
costumbres se apoya con noble fatiga en la piedra
claustral hispánica, más atrás en el corpulento y
sacro polvo de Roma, finalmente en el desértico fuego
judío que va a iluminar los ojos de los vitrales
franceses. Todo un ciclo de cultura se completa así
cuando los «torreados abuelos, engendradores de
ciudades», aparecen en la memoria del criollo, en el
refinamiento de su sangre y la noble pesadumbre de su
mirada, acercándose de nuevo a la inocencia de la isla.
El prodigioso hecho, el único mito encarnado que conoce
la historia moderna, se renueva en la imagen sin cesar.
Y así, a las numerosas evocaciones de la isla
precolombina, añade Diego su visión prístina rodeada
de gárgolas y contrafuertes, ciegamente acechada por el
tumultuoso crimen de las ciudades italianas, destellando
su esperanza en «la callada torre de Iberia» y «la
deslumbrante sien de Hércules». Y aún más, dormida,
inocente, empujada por el destino hacia «el rostro de
Caín que temible pavor amura/ la semilla oculta de su
bramante soledad». Entrando en la tenebrosa historia la
isla que se confunde con el Alba: «La breve corza que
se reclina y sueña / su cristalina imagen, dulce figura
de la nada.» Entrando en la historia y la herencia del
pecado, mezclándose las sangres en otra naturaleza,
edificándose la alucinada quinta, dorándose el cariñoso
fuego lento la palabra, evaporándose el tiempo como el
rocío, concentrándose las esencias de la nueva única
resistencia creada por el criollo: la Familia. Y así
coloca Diego a la Familia, como unidad de raíz
patriarcal y reminiscencia sagrada, en el centro de una
invisible fortaleza que incluye el estoicismo numantino,
la iracunda lava pompeyana, la cultura del vitral y, según
veremos en sus próximos libros, el hechizo de la
imaginación nórdica, todo ello reducido a una
pesadumbre soñadora y a una infinita delicadeza para
gustar, en la estancia penumbrosa o en el radiante jardín
labrado, el sorbo nocturno de café. El ómnibus oscuro representa Ese
plus y ese retorno frecuente en el trato con
formas a la intuición de la plástica animal, no
abandonará nunca a Diego, pero apuntamos en esta serie
el inicio de una fragmentación de la realidad en
cuadros y retratos. Por otra parte, no estamos ya en el
martiano campo ni en la casaliana ciudad, sino en la
calzada que le ha enseñado «la extraña conciliación
de los días de la semana con la eternidad», no le deja
desprenderse en el campo libre ni fijarse en el centro
urbano. He aquí una ubicación también típica del
criollo, ligado a los efluvios vegetales en
fortalecedora vacación, a las ceremonias de la ciudad
como caballero visitante. Más cerca de él están los
pueblos donde se conserva, en medio de la fragancia
agreste, la dignidad de las magníficas costumbres de antes;
esos «extraños pueblos» a los que dedicará Eliseo
Diego su segundo libro de versos. La alabanza se ha
convertido ya en testimonio; la intuición oscura, en
aguzadísima atención. La poesía nos dice ahora, «es
el acto de atender en toda su pureza». El círculo del
amplio gesto abarcador («luego de la primera muerte, señores,
las imágenes»), se precisa ahora en una concreta
invitación melancólica: «Vamos a pasear por los extraños
pueblos.» La impetuosa calma de sus poemas anteriores
es sustituida por los minuciosos escrúpulos del
inventario. Pero este inventario tiene la melancolía de
un recuento, de una despedida, de una pérdida. Ya las
cosas no son las palabras del discurso que entra en la
sombra, sino las contadas monedas del tesoro. Entra el blanco mediodía Otras veces el testimonio de la pérdida adquiere la sobrecogedora perplejidad de un enigma que se mantiene obstinado en la luz: Y vimos al pacífico elefante Pero junto a la obsesiva nostalgia de este libro, hallamos también visiones actuales, veracísimas, de la alucinación presente, de la carnalidad del ser ante los ojos. Baste referirnos a «El color rojo», «El almacén», «En las afueras», «Las vacas»: Por debajo de todo, soñando «La iglesia entre las palmas», «Por los secos caminos», «La estancia», «La riqueza»: El almacén arrastra Graves
y lentos coloquios como «La cañada» y «Bajo los
astros», canciones de remota dulzura como «Diálogo en
la sala», dan a este libro un doble ámbito de seca,
solar, terrible intemperie cubana., y suaves,
penumbrosos interiores de vasta onda criolla. En ambos
casos, y siempre, el poeta parece mirar las imágenes o
verse a sí mismo como a través de un cristal, con el
absorto ensueño del niño que se asoma a la vidriera
iluminada donde están los cuerpos gloriosos del caballo
pintado y la pelota de franjas brillantes. Toda la
riqueza cegadora del mundo está en esa luz del paraíso
perdido de la infancia. En sus poemas posteriores,
Eliseo Diego se liga cada vez más a la atmósfera de
fantasía, cuento, ensalmo y leyenda de sus memorables Divertimentos,
libro de pequeñas prosas publicado en 1946. Una
sensibilidad originalísima para lo fabuloso, nutrida de
Andersen, Grimm, Perrault, Stevenson, Isaac Dinesen,
Lord Dunsanay, Kipling, Chesterton, el infante Juan
Manuel, compone allí las páginas de imaginación más
puras, perfectas y graciosas que conocen nuestras
letras. En este mundo latente detrás de todas sus
visiones y nostalgias se queda Diego después de sus
morosos paseos maravillados y sus evocaciones de las
criollas nieves de antaño, como ese niño que de toda
la fiesta sólo aprieta en el puño algunas misteriosas
cosillas. En cada vida se reproduce el drama teológico de la especie: la pérdida del paraíso. Después de esa silenciosa catástrofe, el mundo es una inmensa ruina, sobre cuya desolación brilla el ojo de la luna, ella misma volando empujada por el tiempo, cayendo su luz como ceniza, asomándose ávida entre las hojas: «¡Oh antigua sola!» Ella misma, ruina. Y entre los escombros lunares el melancólico paseante recogiendo sus conchas, sus monedas, sus huesecillos, mirando el vano paraíso de la nube (un rey, una giba, una bestia, una colina, un barco, una victoria, una ciudad), que se va con su tumulto «por el oro final hacia el silencio»; mirando el terrible fin que «entre la arena resplandece / como un cristal mojado», y la bruja de la corrupción royendo su pedazo de madera «en el vacío de la puerta»; y viendo cómo la muerte es «un tul, una canción lejana», y oyendo la canción de los huesos en el espino («Ven / y danos compañía») y comprendiendo cómo los «preciosos huesos» del anciano que se sienta al sol cada mañana, «bien contados y en orden», constituyen «su tesoro», y reuniendo él el suyo, la pilita de gastadas monedas deslumbrantes: Un laúd, un bastón, ¿Por
qué no dice, también, un gato? («Su casaca de púrpura.
Magnífico.») Pues hay en su poesía los tesoros
libres, que no podemos poseer, pero con los cuales
contamos como prenda de la verdad, como signos de la realeza
de la verdad. Y en estos últimos poemas Eliseo Diego
llega al arte absoluto, exquisito, del escanciador de
las pausas, de los silencios como palabras y los
espacios cuyo animal invisible dibuja el ornamento.
Delicadísimo bestiario, damas que tienen al tiempo en
sus manos como un encaje, postales de viejas playas
mordidas de irrealidad, miniaturas de aire y terror,
–agradecemos que en medio de tanta bellísima desolación
resplandezcan estas graves palabras: Lo cubano en la poesía. Tomado de Acerca de Eliseo Diego, Editorial Letras Cubanas, Selección, palabras preliminares, cronología y bibliografía de Enrique Saínz, 1991. Nota: 1-
Espero que no se tomen al pie de la letra estas señales
(casa, mantel), utilizadas sólo para orientar la atención
en determinado sentido. De hecho las circunstancia
pueden ser muy variadas: lo decisivo es un cierto sabor
de la vida. El aspecto económico tendría que ser
considerado en este asunto con mucha discreción, para
no caer en falsas simplificaciones. La distinción
apuntada no
coincide con ninguna separación de clases,
aunque desde luego el estilo criollo, como todo
refinamiento de edificaciones y costumbres, presupone un
desahogo económico inicial; pero en ese mismo desahogo,
y con idéntica pureza, se produce también la manera
específicamente cubana. |
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