LA JIRIBILLA
LA POESÍA DE LA MEMORIA

El poeta, ante esa encarnación de la memoria en las piedras visibles, comprende que es su oficio nombrar lo que ve, a la luz de un afortunado tiempo: un hoy sin actualidad ni realismo, cargado de las esencias de un ayer hecho de pura fe, es decir, de esperanza, de sustancial futuro. 


Cintio Vitier |
La Habana

En el primer libro de Eliseo Diego (1920), titulado En la Calzada de Jesús del Monte (1949), la memoria no se disuelve en añoranza, sino que le da a las cosas una nueva, oscura y sobrepujada resistencia. Al integrarse la realidad con el recuerdo de los años en que todo era fábula, adquiere otro cuerpo más espeso e imponente, una profunda enormidad que el poeta atribuye a la desmesura de la luz, pero que en el fondo viene del henchimiento de las cosas sumergidas en la sustancia fabuladora de la memoria:

En la Calzada más bien enorme de Jesús del Monte
donde la demasiada luz forma otras paredes con el
polvo
cansa mi principal costumbre de recordar un
nombre…

("El primer discurso")


No es la memoria añorante, sino la que nos pone en contacto con el exceso que había en la oscura esperanza recordada, más bien superpuesta al presente, saturándolo. Las formas saturadas de esa anhelante noche de la memoria, ganan la pesadumbre de otra materia, donde la pérdida se levanta como asombrosa edificación inesperada. El poeta, ante esa encarnación de la memoria en las piedras visibles, comprende que es su oficio nombrar lo que ve, a la luz de un afortunado tiempo: un hoy sin actualidad ni realismo, cargado de las esencias de un ayer hecho de pura fe, es decir, de esperanza, de sustancial futuro. Y así comienza su cántico de alabanzas buscando el linaje de la sangre y el linaje espiritual, precisando el origen sagrado de las imágenes y el nacimiento perenne de su mundo fabuloso y familiar:

Y ahora es el tiempo de levantarme y de trazar mi
amplio gesto diciendo:
luego de la primera muerte, señores, las imágenes,
invéntense los jueves,
los unicornios, los ciervos y los asnos
y los frutos de la demencia
y las leyes, en fin,
y el paño universal del sueño
espeso de criaturas, de fábulas, de tedio...

("El segundo discurso: Aquí un momento")

Ese amplísimo gesto noblemente oratorio, gravemente paternal, abarcador de los dones, define el tono y la solemnidad poseedora del libro. Posesión como la del espacio, que tiene a las cosas en la luz cenital del redondo mediodía, pero él mismo es una tiniebla incalculable. Más tarde Diego se quedará con la penumbra sola, pero ahora la penumbra está en la tiniebla del sueño, levantando con la luz y el polvo las murallas de la resistente pérdida, inmóvil como un animal de resuello pétreo, rodeado por las bramadoras aguas. En ese sueño nombra las cosas con la autoridad del heredero legítimo, qué duda cabe, pero las cosas nombradas no caen flechadas ni se definen, sino que se hinchan como la madera bajo el agua y entonan «el canto llano de su pesadumbre»:

El son de la madera, su espesura total, cerrada noche
donde las manos alzan los sonidos oscuros, lentas
aves
que por la noche se hunden como cruzando ciegas la
memoria.

La hinchazón de la materia memoriosa rompe los límites de la materia definida, y sin volcarse a un nerudiano caos, entra ensordeciendo la mirada con hierros, vidrios, columnas y campanas de una declamación absorta, de un gigantesco himnario para uso del que cuenta «con la promesa enorme de su muerte». El procesional de las columnas tiene la misma contada infinidad del Padre Nuestro y como él remite la cotidianidad con sus juegos seculares a la ternura cegadora y terrible del pecho del mar o de los astros. Las edificaciones de «la piedra decidida y limpia» no sólo dan el amparo de la penumbra reminiscente, sino que están entrando inmóviles con deslumbrantes nubes, presagiosas mamparas y suaves patios en la acogida turbadora del Padre. Cada cosa nos encamina, la realidad es como un discurso, como una procesión: 

«Estaba la Calzada hecha de sucesivas piedras como los versos bien trabajados de un salmo» 

(«En la paz del domingo»)

Este discurso pétreo, reposado como el que hace el recuento de los trojes que van a ser molidos, repasa las glorias prístinas del paseo y de la casa. En el paseo los portales poderosos al sol y a la lluvia, categóricos actos de fe, «lujosos en polvo como los majestuosos pobres»; los colores de los Días igual que una baraja donde el Domingo es el «rey de una sola pieza de ingenua púrpura –con su corona de amarillo agudo como la risa de un niño– y el espadón añil que descabeza las nubes galopantes». En el paseo, la iglesia, la marmolería, la ruina, la calle transversa, oscuros misterios familiares, extrañas estaciones cuyo sentido llena y desborda las palabras, derramándose de ellas como una copa colmada y nos quedamos absortos mirando los poemas del mismo modo que él se queda absorto mirando los lugares. El mayor triunfo expresivo de Diego en este libro, es la sugestión, no lograda por confusos medios sino con limpieza magistral, de esa frontera de caos que engendran en torno suyo las cosas henchidas por nuestro fervor. Caos de lo que está a punto de ser arrebatado por un solemne remolino. Y en la casa, los ardientes misterios de la penumbra en que se sumergen como antílopes o ciervos encantados los finísimos muebles airosos. Pero ya aquí la pérdida asoma pura, sin salir de la tiniebla de los orígenes ni encaminarnos como las piedras de la oración o el salmo. Con mayor fuerza irrumpe aún en «La Quinta», inolvidable testimonio de esa edificación criolla donde la realidad parece dulcemente enloquecer.

Rodeado de sólidas alucinaciones ornamentales (gárgolas, hipogrifos de cemento, «el negrito a quien hacía tanta gracia la nada», escaleras «que siempre pretendieron ser unos saltos de agua», «las japonesas cuevas, escasas y profundas con la profundidad de una noche pintada en una tabla», fuentes, acequias, «el nombre de la quinta, que las filosas enredaderas trenzaban con variadas flores de reluciente hierro», «gobernados arroyuelos de piedra por donde navegaban los bergantines dorados de las hojas...»), que parecen construidas para enredar y enloquecer también a la invasora muerte, exclama el poeta:

Escribo todo esto con la melancolía de quien
redacta un documento.
[...]
Digo estas cosas con la tristeza de quien a solas
dice cuántos años
y deja caer la inútil mano sobre la frescura del
mimbre y en su comodidad encuentra algún
consuelo.

("La Quinta")

Ese desmayo de la mano sobre el mimbre señala la otra vertiente del libro: el testimonio de la pérdida, la memoria añorante, que es lo que va a predominar después en su obra.

Aquí todavía integradas con las fuerzas nocturnas de la reminiscencia, produce un poema de memorable plenitud en la penetración de los sabores de lo criollo como interior, penumbra, costumbres, habla, ornamento y, en una palabra, estilo frente a la muerte. El español espera a la muerte como un rayo, un toro o un aplacamiento en la meseta total. Sus edificaciones no son contra la muerte, sino para receptar a Dios. De ahí la abierta plaza central y los muros circulares. El criollo entra en contacto con lo divino a través de evaporadas esencias vegetales, y se establece ante la muerte con la sutileza del que espera a un enemigo astuto y sinuoso. Los refinamientos de la quinta nos dan el relieve de su institución de la muerte. Lo que le opone, seguro de su derrota, pero con la voluptuosidad de su lento paladeo, es un estilo. En «El sitio en que tan bien se está», Diego nos ofrece la nocturna alabanza de ese sitio, de ese estilo en que el criollo se hace fuerte ante los secretos avances de la Invisible:

El sitio donde gustamos las costumbres,
las distracciones y demoras de la suerte,
y el sabor breve por más que sea denso,
difícil de cruzarlo como fragancia de madera,
el nocturno café,
bueno para decir esto es la vida,
confúndanse la tarde y el gusto,
no pase nada, todo sea
lento y paladeable como espesa noche...

El sabor del café, el espejo de la abuela, un gesto peculiar, el giro ceremonioso de la hospitalidad («El silencioso “pasen” dignísimo»), una conversación ya desvariante en la penumbra recordada, como los hipogrifos y gárgolas de la quinta o «las reparaciones imprescindibles del invierno», son las formas infinitamente suaves y respetuosas de librar el criollo insular su batalla con la incesante muerte, en la visión de Diego. Batalla que es más bien una ceremonia entre caballeros y un amistarse con las fuerzas oscuras a través de los giros de la ornamentación, todo lo cual se concentra en el mito criollo de la República que era el nombre sumo de los antepasados, el resguardo supremo de su estilo contra lo oscuro informe:

giro por giro hasta ganar la pompa,
contra el vacío, el oro y las volutas,
la elocuencia embistiendo los miedos,
contra la lluvia la República,
contra el paludismo quién sino la República
a favor de las viudas
y la Rural contra toda suerte de fantasmas:
no tenga miedo, señor, somos nosotros, duerma,
no tenga miedo de morirse,
contra la nada estará la República,
en tanto el café como la noche nos acoja…

El heredero ya no sabe decirlo como el padre, la sustancia de ese nombre ya no pertenece a su organismo sino a las prolongaciones tantálicas de su memoria, que se alarga angustiosamente para apresar la desgarrante ingenuidad de aquel romanticismo de la luna, la cinta y el vals, donde se estaba fundando lo que después se evaporó. Y sólo queda la quinta raída por la incuria, la casa arrasada, el terror del ornamento en el vacío:

y en los espejos una máscara
lo más ornada que podamos pensarla,
y esta máscara gusta
dulcemente su sombra en una taza
la más ornada que podamos soñarla,
su pastosa penuria, su esperanza.
Y un cuidadoso giro
azul que dibujamos soplando lento.

El tema de la ornamentación, que ha de tener en la poesía de Feijóo distinto sentido, aparece aquí en conexión con el etilo criollo. En una página de mi libro La luz del imposible he intentado distinguir lo cubano y lo criollo, como categorías de la envolvente cubanidad que a todos nos incluye. Definir es casi siempre, como decía Ortega y Gasset, exagerar; sobre todo en materias tan sutiles y evasivas como ésta, donde los rasgos suelen aparecer mezclados, confundidos. Al señalar como fijaciones históricas de lo criollo y lo cubano, respectivamente, el Autonomismo y el Separatismo, los discursos de Montoro y los de Martí, era consciente de que esto sólo significaba un primer esquema, un deslinde primario que me iba a permitir situar la cuestión y aguzar la mirada. En el segundo párrafo del citado ensayo mínimo, ya hilaba más fino, creo. Allí decía:

La casa cubana, en el campo, es la casa de tablas y tejas, pintada de blanco y azul, con jardincillo modesto al frente y detrás la arboleda de mangos y naranjales. La casa criolla por definición, en Cuba y en toda Hispanoamérica es la quinta de las afueras, con césped, pinos y estatuillas en las fuentes. El paisaje criollo es el de los grabadores franceses e ingleses del XVIII y XIX. El paisaje cubano, el que anota Martí en sus últimos Diarios. Hay elementos comunes, pero la diferente luz en que se sumergen los aleja tanto como si fueran de países distintos. La luz tamizada, fina, entre irónica y nostálgica, donde todo se recorta con reposada e imperturbable nitidez hasta los últimos planos, qué otra de la luz que se arremolina en golpes, asombros y ráfagas, o fija la hiriente plenitud del paisaje como una pobreza espléndida. Lo criollo es material y lo cubano está en las rebeldías e ilusiones del hijo. Las estancias y los muebles del llamado «estilo colonial cubano» son más bien representativos de lo criollo; el mueble cubano es cualquiera, con el menor estilo posible. Lo cubano es el mantel de hule y lo criollo el de hilo bordado, que sin embargo se pueden poner en la misma casa, resumiéndose graciosamente la polémica secular de nuestra personalidad.1

No se trata, por lo tanto, de fenómenos excluyentes, ni de grados de mayor o menor legitimidad. Son anillos del mismo tronco, vetas de la misma madera. En el libro de Diego, lo criollo adquiere un esplendor y una profundidad que lo convierte en categoría esencial, en estilo absoluto de vida. La ornada dignidad de las costumbres se apoya con noble fatiga en la piedra claustral hispánica, más atrás en el corpulento y sacro polvo de Roma, finalmente en el desértico fuego judío que va a iluminar los ojos de los vitrales franceses. Todo un ciclo de cultura se completa así cuando los «torreados abuelos, engendradores de ciudades», aparecen en la memoria del criollo, en el refinamiento de su sangre y la noble pesadumbre de su mirada, acercándose de nuevo a la inocencia de la isla. El prodigioso hecho, el único mito encarnado que conoce la historia moderna, se renueva en la imagen sin cesar. Y así, a las numerosas evocaciones de la isla precolombina, añade Diego su visión prístina rodeada de gárgolas y contrafuertes, ciegamente acechada por el tumultuoso crimen de las ciudades italianas, destellando su esperanza en «la callada torre de Iberia» y «la deslumbrante sien de Hércules». Y aún más, dormida, inocente, empujada por el destino hacia «el rostro de Caín que temible pavor amura/ la semilla oculta de su bramante soledad». Entrando en la tenebrosa historia la isla que se confunde con el Alba: «La breve corza que se reclina y sueña / su cristalina imagen, dulce figura de la nada.» Entrando en la historia y la herencia del pecado, mezclándose las sangres en otra naturaleza, edificándose la alucinada quinta, dorándose el cariñoso fuego lento la palabra, evaporándose el tiempo como el rocío, concentrándose las esencias de la nueva única resistencia creada por el criollo: la Familia. Y así coloca Diego a la Familia, como unidad de raíz patriarcal y reminiscencia sagrada, en el centro de una invisible fortaleza que incluye el estoicismo numantino, la iracunda lava pompeyana, la cultura del vitral y, según veremos en sus próximos libros, el hechizo de la imaginación nórdica, todo ello reducido a una pesadumbre soñadora y a una infinita delicadeza para gustar, en la estancia penumbrosa o en el radiante jardín labrado, el sorbo nocturno de café.

Hacia la mitad de En la Calzada de Jesús del Monte, se agrupa una colección de retratos intensos y magistrales: «Mi rostro», «Francisco», «El jugador», «La muchacha», «El retrato de Carlos Manuel de Céspedes», «El desconocido», etcétera, en los cuales se remansa el fervoroso remolino del libro. Así como la primera dimensión de la memoria que observamos, acrecedora de la realidad presente, deriva en «La Quinta», «El sitio en que tan bien se está» y otros poemas hacia la memoria como nostalgia, de parecido modo alabanza de las cosas que nos encaminan en solemne procesión hacia las tinieblas de los símbolos originales, abandona la frontera de caos de su hervor para fijarse en contornos recortados. Todavía las asociaciones conservan en su arcilla la humedad caótica (no en el sentido de pérdida de la forma sino de henchimiento de la misma), y así, por ejemplo:

El ómnibus oscuro representa
qué vaga bestia, y el capaz tranvía
es como un buey cuya increíble forma
van reduciendo a sigilosa norma
la bendita costumbre y la pobreza…

("El ómnibus oscuro y el tranvía")

Ese plus y ese retorno frecuente en el trato con formas a la intuición de la plástica animal, no abandonará nunca a Diego, pero apuntamos en esta serie el inicio de una fragmentación de la realidad en cuadros y retratos. Por otra parte, no estamos ya en el martiano campo ni en la casaliana ciudad, sino en la calzada que le ha enseñado «la extraña conciliación de los días de la semana con la eternidad», no le deja desprenderse en el campo libre ni fijarse en el centro urbano. He aquí una ubicación también típica del criollo, ligado a los efluvios vegetales en fortalecedora vacación, a las ceremonias de la ciudad como caballero visitante. Más cerca de él están los pueblos donde se conserva, en medio de la fragancia agreste, la dignidad de las magníficas costumbres de antes; esos «extraños pueblos» a los que dedicará Eliseo Diego su segundo libro de versos. La alabanza se ha convertido ya en testimonio; la intuición oscura, en aguzadísima atención. La poesía nos dice ahora, «es el acto de atender en toda su pureza». El círculo del amplio gesto abarcador («luego de la primera muerte, señores, las imágenes»), se precisa ahora en una concreta invitación melancólica: «Vamos a pasear por los extraños pueblos.» La impetuosa calma de sus poemas anteriores es sustituida por los minuciosos escrúpulos del inventario. Pero este inventario tiene la melancolía de un recuento, de una despedida, de una pérdida. Ya las cosas no son las palabras del discurso que entra en la sombra, sino las contadas monedas del tesoro.

Tesoro de colores, los sabores, los aromas, las costumbres, las formas. Rodeados por el rumoroso y vasto misterio del campo, envueltos en la soñadora niebla de la pérdida, los pueblos son los depositarios del estilo y de la fábula de la infancia. El poeta ve allí al mundo surgiendo siempre de los vapores matinales de la creación, en el acto inaudito de fe que hay en los ojos del niño. Pero un velo se ha interpuesto, un dato esencial se ha extraviado. Y entonces sale lo prístino agobiado de nostalgia, emergen las imágenes finas y graves de una dicha irrecobrable, los preciosos recuerdos del tiempo imaginario:


Se acabaron las fiestas que solían
iluminar los hondos corredores
en que las buenas tardes se cumplían
Se acabaron los lúcidos colores.

La pobreza del circo en el poniente
nos dijo el exterior vasto y eterno.
Se acabaron los circos, inocentes
como los organillos del invierno.

Ya las tardes olvidan sus ligeros
dioses añiles de costumbres suaves.
No vuelve con el año la fragancia

de los mágicos coches y linderos
-ni el barco sólo con noticias graves
de la sombra, las pérgolas y Francia.

La doble nostalgia del estilo y de la infancia incluye en su inventario «Los baños», «Las quintas», «Los trenes», las mamparas con sus «bestias risueñas / sopladas por el fuego», «el ornamento / del oscuro reloj», las memorias de la guerra, las procesiones, la fiesta de «los viejos liberales», la brillante y misteriosa baraja de colores infantiles, de caballeresco torneo inmemorial, la taza de «porcelana espesa», la «dulzura minuciosa y pobre / del mimbre viejo en el salón sombrío», la consola «madre del reloj dormido, / protectora de las rosas», la mesa como «inocente / criatura reposada y cándida», las ropas, los retratos, el espejo, la luceta, el circo. No se ha escrito en Cuba ningún libro de versos tan encarnizada y excluyentemente dedicado a la fijación como él mismo dice, de «los colores y sombras de mi patria». El poeta pertenece a una generación que ha cobrado conciencia de lo cubano en la poesía. Cuando hablamos de Federico Milanés y las súbitas visiones de su poema «Aniversario», nos referimos a la impresión que produjeron en Diego, y cómo escogió precisamente para este libro, Por los extraños pueblos, la cita que le estaba destinada: «y entre arboledas la graciosa quinta / con su pórtico blanco entre la sombra». El secreto de lo cubano y de la infancia, que se deshacen juntos como las nieves de antaño, tal es el tema esencial de estos poemas:


¿Adónde han ido los trenes
llenos de fama y poder,
cuya elocuencia fue ayer
la gloria de los andenes?
[…]
¿Y cómo eran las ropas,
las obstinadas, fieles ropas
del abuelo? Su saco

de fervorosa para,
¿cómo era? ¿Su chaleco
de áureo relumbre, su corbata
de litúrgico lazo, y aquel cuello
nevado desde siempre?

Las décimas que se enhebraban fáciles en los frescos cantares del Cucalambé, que cristalizaron en el Trópico de Florit y cogieron gustosa voluta en el jardín blandamente barroco de Gaztelu, aquí tienen la sellada justeza de un informe. Por ejemplo, «La luceta», fidelísima:

Entra el blanco mediodía
por las abiertas persianas,
y huyen las sombras livianas
al interior de los días.
Desciende a las losas frías
el arco iris violento:
el amarillo sediento
y el violeta que lo acuna,
y el limpio añil de la luna
como un hondo pensamiento.

Otras veces el testimonio de la pérdida adquiere la sobrecogedora perplejidad de un enigma que se mantiene obstinado en la luz:

Y vimos al pacífico elefante
alzar su vieja trompa incomprensible
junto a las detenidas nubes blancas.
Y vimos al pacífico elefante.

Pero junto a la obsesiva nostalgia de este libro, hallamos también visiones actuales, veracísimas, de la alucinación presente, de la carnalidad del ser ante los ojos. Baste referirnos a «El color rojo», «El almacén», «En las afueras», «Las vacas»:

Por debajo de todo, soñando
con sus fábulas, tercas,
inocentes y justas, las vacas,

escogidas de pronto, reflejan
el inmenso candor de la tarde.

«La iglesia entre las palmas», «Por los secos caminos», «La estancia», «La riqueza»:

El almacén arrastra
las libretas rayadas,
los tiestos frágiles, la horca

extraña, la riqueza insaciable
del minucioso mundo que nos ciega.

Graves y lentos coloquios como «La cañada» y «Bajo los astros», canciones de remota dulzura como «Diálogo en la sala», dan a este libro un doble ámbito de seca, solar, terrible intemperie cubana., y suaves, penumbrosos interiores de vasta onda criolla. En ambos casos, y siempre, el poeta parece mirar las imágenes o verse a sí mismo como a través de un cristal, con el absorto ensueño del niño que se asoma a la vidriera iluminada donde están los cuerpos gloriosos del caballo pintado y la pelota de franjas brillantes. Toda la riqueza cegadora del mundo está en esa luz del paraíso perdido de la infancia. En sus poemas posteriores, Eliseo Diego se liga cada vez más a la atmósfera de fantasía, cuento, ensalmo y leyenda de sus memorables Divertimentos, libro de pequeñas prosas publicado en 1946. Una sensibilidad originalísima para lo fabuloso, nutrida de Andersen, Grimm, Perrault, Stevenson, Isaac Dinesen, Lord Dunsanay, Kipling, Chesterton, el infante Juan Manuel, compone allí las páginas de imaginación más puras, perfectas y graciosas que conocen nuestras letras. En este mundo latente detrás de todas sus visiones y nostalgias se queda Diego después de sus morosos paseos maravillados y sus evocaciones de las criollas nieves de antaño, como ese niño que de toda la fiesta sólo aprieta en el puño algunas misteriosas cosillas.

Pero el niño de la vidriera y el puño apretado, es para él la figuración de lo perdido:

Yo me pregunto:
qué irremediable catástrofe separa
sus manos de mi frente de arena,
su boca de mis ojos impasibles.

En cada vida se reproduce el drama teológico de la especie: la pérdida del paraíso. Después de esa silenciosa catástrofe, el mundo es una inmensa ruina, sobre cuya desolación brilla el ojo de la luna, ella misma volando empujada por el tiempo, cayendo su luz como ceniza, asomándose ávida entre las hojas: «¡Oh antigua sola!» Ella misma, ruina. Y entre los escombros lunares el melancólico paseante recogiendo sus conchas, sus monedas, sus huesecillos, mirando el vano paraíso de la nube (un rey, una giba, una bestia, una colina, un barco, una victoria, una ciudad), que se va con su tumulto «por el oro final hacia el silencio»; mirando el terrible fin que «entre la arena resplandece / como un cristal mojado», y la bruja de la corrupción royendo su pedazo de madera «en el vacío de la puerta»; y viendo cómo la muerte es «un tul, una canción lejana», y oyendo la canción de los huesos en el espino («Ven / y danos compañía») y comprendiendo cómo los «preciosos huesos» del anciano que se sienta al sol cada mañana, «bien contados y en orden», constituyen «su tesoro», y reuniendo él el suyo, la pilita de gastadas monedas deslumbrantes:

Un laúd, un bastón,
unas monedas,
un ánfora, un abrigo,

Una espada, un baúl,
unas hebillas,
un caracol, un lienzo,
una pelota.

("Tesoros")

¿Por qué no dice, también, un gato? («Su casaca de púrpura. Magnífico.») Pues hay en su poesía los tesoros libres, que no podemos poseer, pero con los cuales contamos como prenda de la verdad, como signos de la realeza de la verdad. Y en estos últimos poemas Eliseo Diego llega al arte absoluto, exquisito, del escanciador de las pausas, de los silencios como palabras y los espacios cuyo animal invisible dibuja el ornamento. Delicadísimo bestiario, damas que tienen al tiempo en sus manos como un encaje, postales de viejas playas mordidas de irrealidad, miniaturas de aire y terror, –agradecemos que en medio de tanta bellísima desolación resplandezcan estas graves palabras:

Pero si un niño vence al animal sombrío
de la tarde, al siniestro señor de los rincones,
con un viejo pedazo de madera, descubres
que la luz nos amaba, y que asistiendo
sabiamente los árboles, llenos de antiguo polvo,
nos ofrecen la sombra, sí, la última penumbra,
como quien da un consuelo, una esperanza.


Y entonces comprendemos que la poesía no es sólo el melancólico recuento del tesoro, ni la conversación en la penumbra de lo perdido, sino también ese «viejo pedazo de madera» con que podemos vencer «animal sombrío». Que no es sólo el consuelo, sino también la esperanza, el testimonio de la luz. Y volvemos los ojos al primer inolvidable texto espiritual de Eliseo Diego, En las oscuras manos del olvido, y leemos allí las palabras absolutas del principio y el fin de su destino: «Con el amargo, mortal sabor del llanto en la boca, di las gracias por todas estas cosas, y fui a sentarme en uno de los bancos, en la luz, sólo por el placer de mirarlas, de contarlas, de nombrarlas.»

Podemos imaginar a Eliseo Diego estudiando por centésima vez el mapa de la Isla del Tesoro, o riendo por milésima vez una frase del doctor Johnson, o reanudando interminablemente un cuento incomprensible, o bien mudo y remoto en la noche como un rey pintado por Rouault. Pero él estará siempre, después de las infernales pesadillas, en aquel banco humilde y tosco del colegio, dando gracias al Señor de los Salmos y del Génesis.

Lo cubano en la poesía.

Tomado de Acerca de Eliseo Diego, Editorial Letras Cubanas, Selección, palabras preliminares, cronología y bibliografía de Enrique Saínz, 1991.

Nota:

1- Espero que no se tomen al pie de la letra estas señales (casa, mantel), utilizadas sólo para orientar la atención en determinado sentido. De hecho las circunstancia pueden ser muy variadas: lo decisivo es un cierto sabor de la vida. El aspecto económico tendría que ser considerado en este asunto con mucha discreción, para no caer en falsas simplificaciones. La distinción apuntada no coincide con ninguna separación de clases, aunque desde luego el estilo criollo, como todo refinamiento de edificaciones y costumbres, presupone un desahogo económico inicial; pero en ese mismo desahogo, y con idéntica pureza, se produce también la manera específicamente cubana.
Como dato que puede ser clave, añado lo siguiente: el europeo entiende en seguida el estilo criollo; lo cubano se le escapa.  
Quizás la más plena fijación artística de lo que yo entiendo aquí por cubano, se halla en la pintura de Arístides Fernández: La familia se retrata, El parque, Retrato de la madre. El mundo plástico de lo criollo insular, en cambio, aparece magistralmente expresado en los interiores del Cerro y cuadros análogos de René Portocarrero. Pero aludo sólo a una zona de este pintor, cuya cubanidad radica precisamente en el esencial despego y la rapidez de su pupila.


2002. La Jiribilla. Cuba.
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