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LA
JIRIBILLA
NOSTALGIA DE POR LA TARDE
POEMAS
ESCOGIDOS |
EL PRIMER DISCURSO
En la
Calzada más bien enorme de Jesús del Monte
donde la demasiada luz forma otras paredes con el polvo
cansa mi principal costumbre de recordar un nombre,
y ya voy figurándome que soy algún portón insomne
que fijamente mira el ruido suave de las sombras
alrededor de las columnas distraídas y grandes en su
calma.
Cuánto abruma mi suerte, que barajan mis días estos
dedos de piedra
en el rincón oculto que orea de prisa la nostalgia
como un soplo que nombra el espacio dichoso de la
fiesta.
Al centro de la noche, centro también de la provincia,
he sentido los astros como espuma de oro deshacerse
si en el silencio delgado penetraba.
Redondas naves espaciosas lanudas de celestes algas
daban ganas de irse por la bahía en sosiego
más allá de las finas rompientes estrelladas.
Y en la ciudad las casas eran altas murallas para que
las tinieblas quiebren,
¡oh el hervor callado de la luna que sitia las tapias
blancas
y el ruido de las aguas que hacia el origen se
apresuran!,
y daban miedo las tablas frágiles del sueño lamidas por
la noche vasta.
Mas en los días el vuelo desgarrador de la paloma
embriagaba mis ojos con la gracia cruel de las
distancias.
Cómo pesa mi nombre, qué maciza paciencia para jugar sus
días
en esta isla pequeña rodeada por Dios en todas partes,
canto del mar y canto irrestañable de los astros.
Calzada, reino, sueño mío, de veras tú me comprendes
cuando la demasiada luz forma nuevas paredes con el
polvo
y mi costumbre me abruma y en ti ciego me descanso.
Por la Calzada de Jesús del Monte transcurrió mi
infancia, de la tiniebla húmeda que era el vientre de mi
campo al gran cráneo ahumado de alucinaciones que es la
ciudad. Por la Calzada de Jesús del Monte, por esta vena
de piedras he ascendido, ciego de realidad entrañable,
hasta que me cogió el torbellino endemoniado de
ficciones y la ciudad imaginó los incesantes fantasmas
que me esconden. Pero ahora retorna la circulación de la
sangre y me vuelvo del cerebro a la entraña, que es
donde sucede la muerte, puesto que lo que abruma en ella
es lo que pesa. Y a medida que me vuelvo más real el
soplo del pánico me purifica.
Y sin embargo, aun tiene tiempo la Calzada de Jesús del
Monte para enseñarme el reverso claro de la muerte, la
extraña conciliación de los días de la semana con la
eternidad.
En el orbe tumultuoso si bien estático de sus velorios,
metido en el oro de su pompa, allí se abren por primera
vez mis ojos; de allí me vuelvo al origen.
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VOY A NOMBRAR LAS
COSAS
Voy a nombrar las cosas, los sonoros
altos que ven el festejar del viento,
los portales profundos, las mamparas
cerradas a la sombra y al silencio.
Y el interior sagrado, la penumbra
que surcan los oficios polvorientos,
la madera del hombre, la nocturna
madera de mi cuerpo cuando duermo.
Y la pobreza del lugar, y el polvo
en que testaron las huellas de mi padre,
sitios de piedra decidida y limpia,
despojados de sombra, siempre iguales.
Sin olvidar la compasión del fuego
en la intemperie del solar distante
ni el sacramento gozoso de la lluvia
en el humilde cáliz de mi parque.
Ni tu estupendo muro, mediodía,
terso y añil e interminable.
Con la mirada inmóvil del verano
mi cariño sabrá de las veredas
por donde huyen los ávidos domingos
y regresan, ya lunes, cabizbajos.
Y nombraré las cosas, tan despacio
que cuando pierda el Paraíso de mi calle
y mis olvidos me la vuelvan sueño,
pueda llamarlas de pronto con el alba.
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NOSTALGIA DE POR LA
TARDE
El que tenía
costumbre de poner las manos
sobre la mesa blanca junto al pan y el agua,
traje rugoso de fervor y alpaca,
y aquella su esperanza filial en los domingos,
ya no conmueve nunca el suave pensamiento de la fronda
con el doblado consejo de su paso.
Y el taciturno banco entre los álamos dormido
y aquel campito hirsuto a quien las lluvias respetaban.
Qué tedio los sepulta como la muerte a los ojos
que no los cruza nunca la bendición de unas palomas,
que tengo que soñarlos, mi amiga, tan despacio
como quien sueña un grave color que nunca viera,
como quien sueña un sueño y eso es todo.
Porque quién vio jamás
pasar al viejecillo
de cándido sombrero bajo el puente
ni al orador sagrado en la colina.
Yo vi al lagarto de liviana sombra
distraerse de pronto entre su sangre,
quedar inmóvil, sí, tumbado,
pesando e incapaz de confundirse ya nunca con la tierra.
(El que tenía costumbre de cruzar las manos
sobre la mesa blanca para mejor mirarnos,
su mueca de morir cuándo la he visto,
su mueca parda.)
He visto al pez de indestructible púrpura,
en la mañana arde como criatura perpetua de la llama,
olvida los trabajos mugrientos de su sangre,
yace perfecto y la madera sagrada lo levanta.
Pero quién vio jamás
el ruedo misterioso de tu falda
mientras cortas las rosas en la tarde
ni el roce y la tristeza de la lluvia
como un ajeno llanto por mi cara.
Porque quién vio jamás las cosas que yo amo.
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EL RETRATO
Tu seca
barba en la mano
me convence de una vez.
Si en la penumbra te ves
un poco en sueños, lejano,
si el amarillo malsano
del tiempo mágico empaña
la realidad que te baña
en su luz parda, qué importa.
Entre tus dedos la corta
barba de nieve acompaña.
EL OSCURO ESPLENDOR
Juega el niño con unas pocas piedras inocentes
en el cantero gastado y roto
como paño de vieja.
Yo pregunto:
qué irremediable catástrofe separa
sus manos de mi frente de arena,
su boca de mis ojos impasibles.
Y suplico
al menudo señor que sabe conmover
la tranquila tristeza de las flores, la sagrada
costumbre de los árboles dormidos.
Sin quererlo
el niño distraídamente solitario empuja
la domada furia de las cosas, olvidando
el oscuro esplendor que me ciega y él desdeña.
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TESTAMENTO
Habiendo
llegado al tiempo en que
la penumbra ya no me consuela más
y me apocan los presagios pequeños;
habiendo llegado a este tiempo;
y como las heces del café
abren de pronto ahora para mí
sus redondas bocas amargas;
habiendo llegado a este tiempo;
y perdida ya toda esperanza de
algún merecido ascenso, de
ver el manar sereno de la sombra;
y no poseyendo más que este tiempo;
no poseyendo más, en fin,
que mi memoria de las noches y
su vibrante delicadeza enorme;
no poseyendo más
entre cielo y tierra que
mi memoria, que este tiempo;
decido hacer mi testamento.
Es
éste: les dejo
el tiempo, todo el tiempo.
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EL ALMA Y EL TIEMPO
Hay días en
que el tiempo acude manso
y al lado de la luz duerme tranquilo.
Entonces yo jamás lo despabilo
y escúrrome y acecho su descanso.
Su apacible dormir es un remanso
de donde apenas fluye sólo un hilo.
Póngome entonces a mirar el filo
de cada cosa en él; nunca me canso.
Sueña a veces. No sé qué dice a solas
y sonríe de sí como a hurtadillas
de sí mismo en la sima de su aliento.
Entonces yo me voy donde las olas
susurran y escudriño en sus hablillas
por qué oscura razón está contento.
EL MAR
El mar es un anciano lleno de agravios: la terquedad de
la tierra, la agudeza inoportuna de la lluvia cuando
colmara su pecho el grande aliento de la soledad.
El mar no puede moverse. Es un enorme anciano que no
puede moverse, y que se angustia y clama entre la noche.
A la mañana sonríe entre sus barbas.
El mar es un anciano lleno de agravios, que arguye con
poderosa voz, a solas, todo lo largo de la noche.
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PEQUEÑA HISTORIA DE
CUBA
I
Cuando en los pueblos la tarde cae de polvo a
púrpura,
en Bejucal o en Santa María del Rosario,
Calabazar, rincón de soledades,
Artemisa del alma o misterioso Guáimaro,
la gente se va a los parques. Desde la tierra
los ojos lentos suben a la locura del murciélago
yendo y ahondando las vacuidades solitarias,
y pónese uno a hablar de los taínos, y de David y
Boticelli.
Los españoles no hicieron aquí cosas muy grandes,
pero tampoco, es cierto, las hicieron los indios, esos
pobres,
que en vez de templos o pirámides nos legaron cazuelas,
en vez de altares para la sangre, recipientes
para el casabe. No sabían mucho, eran más bien felices
y no escribieron nunca. En Cuba no había oro.
Pánfilo de Narváez batió en vano sus mandíbulas
y desquitóse luego matando hasta por gusto, a tajos.
De prisa y corriendo se hicieron dos o tres ciudades, a
lo sumo,
porque no había oro: qué vergüenza. Quizás una pepita o
dos,
a lo más cuatro,
y así quién hace catedrales. (El Hijo del Carpintero
tampoco habría podido costearlas.) Y piénsese que todo
el tiempo
el Almirante mismo, Colón, Cristóbal,
el genovés de los ojos obstinados,
había dicho que ésta era la tierra más linda que soñaron
ojos humanos
con todo lo demás que dice sobre los pajaritos piando
esplendores.
Pero no les bastaba. En la ridícula Isla no había oro,
y así quién pinta, quién guerrea, quién construye, quién
hace nada.
De rabia desgajaron los bosques, deglutieron la tierra,
se tragaron las aguas.
La belleza de la Isla que se la lleve el diablo.
II
Entre un
murciélago y el otro cabe la invención de la caña,
en Bejucal, en Santa María del Rosario,
entre la tierra y la locura de los aires
cabe el negrero, el bocabajo, el látigo: por fin
tuvieron oro.
Tumbaron todos los bosques, chapotearon en sus feos
trajines, locos de gusto,
esparcieron horror a manos llenas, agarraron su oro.
El espectro de Pánfilo de Narváez iba en la lluvia
riendo gordo,
Calabazar lo vio y también Artemisa y el remoto
Guáimaro.
Pero los negros no tenían ni grandes templos ni tampoco
pirámides
ni hermosos ritos crueles por los que suba el humo de la
sangre
a borbotones de miles y de miles de sacrificios humanos.
(Tampoco los taínos enviaron a los cielos otro humo
ritual que el del tabaco.)
No trajeron, los negros, en la estrechez de los barcos
negreros,
más que su música y sus bailes y esa voz que resuena
como
en el mismo corazón del hombre.
Por fin había oro, pero los españoles no hicieron
catedrales a Dios gracias,
ni en Artemisa ni en Bejucal ni en la mismísima Santa
María del Rosario: no había tiempo.
(Nazaret fue un pueblo así de raso: no se menciona su
sinagoga para nada.)
El oro era tanto, que no había tiempo más que para
pegar, arrancar y llevárselo.
Con lo que nos cansamos por fin los blancos y los negros
(indios ya no había)
y nos quemamos los ingenios (¡cómo chillaban!) y nos
quemamos los plantíos (¡cómo lloraban!)
y los botamos a patadas. Sólo que con la ira
la mano se nos fue en el fuego desde Calabazar a
Guáimaro,
y los pueblos siguieron tan feos como antes. Sí, la
usura
desgarró de fealdad la tierra más hermosa; luego vino la
cólera;
luego empezamos otra vez, dale que dale con el oro,
ya es verano en El Encanto, haga su agosto en La Ópera,
sea vivo,
dale que dale con el oro, emporcándonos,
masticando en inglés, mandándonos al diablo, hasta que
por fin nos cansamos.
Vivos, vivones, vivarachos de siempre, se acabó lo que
se daba; ya no hay oro.
Porque no nos importa, porque es un sucio becerro y no
nos da
la gana,
porque no especulamos, de espejo a turbio espejo,
ya infernalmente con la caña,
porque las mismas manos que la cortan la llevan a la
boca:
ya no hay oro.
Desde los bancos de los parques el humo sube poquito a
poco, empinándose,
confundiendo al murciélago: sobre la hoja del plátano
amanece el cocuyo, la trémula belleza del origen,
y ya podemos irnos, soñando, a casa. Mañana será la Isla
como la vio Cristóbal, el Almirante, el genovés de los
duros ojos abiertos,
en amistad la tierra con el mar, tierra naciente
de transparencia en transparencia, iluminada.
Tomado de Obra Poética de Eliseo Diego,
Editorial Letras Cubanas y Editorial Unión, 2001 |