LA JIRIBILLA
LAS RESPUESTAS DEL POETA
Un diálogo con Josefina de Diego

“Una vez le dije: tú que sabes tanto, explícame cuál es la razón de ser de mi perrita Maricusa. Me respondió: ´si yo tuviera la respuesta de esa pregunta tuya, sabría todas las respuestas´.


Nirma Acosta|
La Habana


Para nombrar las cosas desde donde un día el poeta observó su ciudad, sus amigos, a Bella y a sus hijos Rapi, Lichy y Fefé, busqué rodearme de sus libros, su música y de ellos mismos. En la casa del Vedado, encontré a Fefé junto a Bella y Rapi en una de esas tertulias acordadas que se llevan en la memoria como si alguna vez ya se hubiesen vivido. Josefina de Diego fue hasta el estudio de su padre, sacó los viejos álbumes de la familia, y comenzó a hablar.

Sus ojos graves, insolentes, suaves,
escudriñan mis sombras y rincones.

Papá se levantaba temprano, a las siete de la mañana. Hacía su café, desayunaba con mamá y venía al estudio. Se pasaba toda la mañana trabajando (leyendo o con la maquina de escribir). Después se acostaba un rato por la tarde y volvía al trabajo. Se acostaba siempre tarde (alrededor de la una de la madrugada). Él y mamá siempre fueron noctámbulos, bohemios, de mucha conversación, mucha tertulia, con Agustín, con Octavio... que eran visita diaria a nuestra antigua casa de Arroyo Naranjo. Así eran los días de papá. A él no le importaba que lo interrumpiéramos cuando estaba escribiendo, pero nosotros respetábamos su tiempo y su silencio porque mamá desde muy niños nos enseño así. Podíamos interrumpirlo, pero tratábamos de no hacerlo.
Somos una familia ancestralmente muy unida. Mi madre y mi tía siempre se la pasaban hablando de su familia, de su madre que era pianista, de su hermano Felipe Dulzaides. Papá era más solitario porque su único hermano era siete años mayor que él, hijo del primer matrimonio de su padre, aunque tenía muchos primos hermanos que quiso mucho. Nosotros también hemos repetido eso. Tenemos nuestras diferencias, pero somos muy unidos. Adoro a mis hermanos y ellos me adoran a mí. Mis primos José María y Sergio; otro primo que está en Estados Unidos que se llama también Sergio con el que nos criamos y su hermana Chelita; otros primos de diferentes generaciones, más jóvenes... hemos continuado esa, digamos, tradición familiar de mucha unión y mucho cariño porque nos enseñaron a ver en la familia valores importantes.
Cuando vivíamos en Arroyo Naranjo, nos reuníamos los domingos. La casa no hubiéramos querido perderla nunca, porque la construyó mi abuelo, su padre, que era asturiano y teníamos el deseo de conservarla. Tenemos recuerdos muy gratos de aquel lugar. Nos reuníamos con Cintio, Fina, mis primos, Agustín, Octavio, Lezama, Roberto y Adelaida, Cleva Solís, Julián y Tanguy, recuerdo que fue una vez Cortázar. Cuando nos mudamos para el Vedado, eso cambió. Nosotros crecimos y todo fue diferente. El que siguió viniendo siempre fue Octavio, hasta que se enfermó y murió. Agustín dejó de venir cuando no pudo caminar más a su visita diaria al café, el cigarro y la mucha conversación. Papá fumaba como una chimenea. Era muy juguetón, muy burlón, yo le decía, "¿papá pero no vas a dejar de fumar?", y me respondía "mira mi hijita, yo voy a terminar como el Titanic, echando humo por la borda".

El sitio en que tan bien se está 

Papá trabajó muchos años en la UNEAC y Guillén fue siempre muy cariñoso con él. Cuando regresaba, le preguntábamos: "¿qué hiciste hoy?". "Conversar con Guillén", nos decía, "tomar café, leer poemas y hacer chistes". Claro, él hacía su trabajo con mucha seriedad pero Guillén no le exigía nada y lo que más le interesaba era que papá se sintiera bien. Los dos eran muy ingeniosos y cultos. Guillén era un grandísimo poeta y fue un buen amigo de papá. Yo tengo poemas que le dedicó, algunos en broma; recuerdo uno, cuando papá cumplió cincuenta años, la cuarteta decía: 

Pienso Eliseo esta vez, 
si no sale mal la cuenta, 
que en lugar de los 50,
prefieres cinco de a diez.


Ojalá no me vean todo entero.
Sus ojos suaves, elegantes, graves.
Hay en el fondo chispas tan inquietas.

Una vez le pregunté a mamá cómo recordaba ella a papá y me dijo: "bueno, tu padre era un gran ciclista". Un día, cuando empezó la venta de las bicicletas -él tenía 72 años-, me dice muy serio: mi hija, quiero que me compres una bicicleta. Le pregunté que para qué la quería: "Para ir a la UNEAC, para ir a todas partes en bicicleta" y le digo: "¿pero te has vuelto loco? Ya tienes 72 años y andas con bastón...". Se puso bravísimo conmigo y estuvo dos días sin hablarme. Voy a conversar con mamá y asombrada le comento: "¿sabes lo que me ha dicho papá?, que quiere que le compre una bicicleta, y ella me responde: "sí, tu padre es un excelente ciclista". "Pero hace 60 años de eso, ¿no te das cuenta?". En fin, él decía siempre que una bruja hechicera muy mala lo había embrujado y en vez de convertirlo en sapo, como acostumbran a hacer las brujas, lo había convertido en viejo, pero que en realidad se sentía como un joven de 20 años. Y por eso creía que podía ir en bicicleta a la UNEAC y a todas partes.

Como el tablero de ajedrez...

A papá no le gustaba perder, pero era bastante malo en ajedrez. Jugaba con Lichi -mi hermano siempre fue buen ajedrecista-, y con Lezama. Le fascinaban las figuras del juego: el alfil, la torre, ya por ahí el ajedrez se convertía para él en otra cosa. También le apasionaban las narraciones de ejércitos y guerras. Desde niño le interesó mucho la historia. Tenía un libro para inventar juegos, preparaba mapas y colocaba soldaditos. Lo hacía con mis hermanos. Ponía una tabla que impedía la visión del lado contrario y se tiraban los dados. Los ejércitos avanzaban, ganaban o perdían en dependencia del número que saliera. Tenía reglas muy precisas: un seis era un cañonazo, con el doble dos morían cuatro de infantería y así se enfrentaban los ejércitos. Le gustaba muchísimo, y tampoco le gustaba perder. Decía que Lichi tenía una suerte tremenda porque siempre ganaba. Recuerdo que mi sobrino Ismaelito, tendría unos dos años, cuando se vio frente a un mapa lleno de soldaditos, por supuesto, pensaba que eran suyos, no quiero contar lo bravo que se puso papá, y mis hermanos también, porque el niño cogía los soldaditos. No jugaba ni a las cartas ni al dominó... Prefería leer, escribir, le gustaban las películas de su época, de los cuarenta, cincuenta. Disfrutó muchísimo la versión que hicieron al cine de la novela de Henry James, Otra vuelta de tuerca [Los inocentes]. Ese tipo de películas, de Bogart, las buenas películas inglesas. Esos eran sus entretenimientos. No escuchaba mucha música, pero le gustaba Mozart, la música asturiana, gallega, que le venía de su padre, asturiano, y de mi abuela que era cubana, pero hija de asturiano y catalana. Le venía España por las dos ramas y para atrás todos los abuelos eran españoles. No es el caso de mamá y Fina, que sus padres eran habaneros.

No es por azar que nacemos en un sitio y no en otro

Es Rapi quien más se parece a él físicamente y en el carácter. Papa era un hombre más bien callado, pero con sus amigos era muy simpático, hacía muchos chistes. No es que fuera introvertido, aunque de niño era solitario y reservado. A mí me gustó mucho lo que dijo Abel [Prieto] en el entierro de papá sobre su cubanía. Dijo que nos había revelado una forma de ser del cubano. Eso es muy interesante porque a papá muchas personas lo asocian más con la literatura inglesa, la nórdica, el ambiente londinense, y aunque su biblioteca, casi toda, está en inglés, que era lo que más le gustaba, también tuvo mucha influencia de la cultura española y de la literatura latinoamericana y cubana en general. Alguien pudiera pensar que papá no era un cubano "clásico", pero sí, en la esencia de lo que quiere decir ser cubano, lo era. Abel lo destacó en ese momento y a mí me gustó que lo hiciera. En su prólogo de Por los extraños pueblos dice: "No es por azar que nacemos en un sitio y no en otro, sino para dar testimonio. A lo que Dios me dio en herencia he atendido tan intensamente como pude; a los colores y sombras de mi patria; a las costumbres de sus familias; a la manera en que se dicen las cosas; y a las cosas mismas -oscuras a veces y a veces leves. Conmigo se han de acabar estas formas de ver...".
Lo visitaban muchos jóvenes. Al morir, unos muchachos, de los que no recuerdo ni sus nombres, me dijeron que cuando escucharon la noticia, se sentaron en un banco frente a casa, en G, y estuvieron toda la mañana leyendo sus poemas. A mí constantemente me llaman muchachos que no le conocieron, pero le adoran. Eso me da mucho gusto y sé que a él también le daría mucho gusto. Nos pidió que no hiciéramos museos ni nada, solo he mantenido sus cuadritos, sus cosas, el estudio, los libros como él los tenía. A veces le pongo cosas, le doy sorpresas como encuadernarle un libro que le gustaba mucho, sobre la vida del pelotero Babe Ruth, o le monto un collage con las fotos de escritores y pintores que respetaba y admiraba. Decía que también sus amigos eran Samuel Johnson, Virginia Woolf. Los trataba con una naturalidad sorprendente. Yo le hago esos regalitos a cada rato.

Pero quizás yo sea el yo que miran.
Puede ser que yo sea en su mirada.

La primera en escuchar sus poemas era mamá. Generalmente se conmovía mucho cuando se los leía. Se echaba a llorar, entonces él se ponía contento. Pero se deprimía mucho si no lloraba, porque decía que mamá era el pluviómetro. "¡Ay, hoy no funcionó el pluviómetro!", comentaba y dudaba del poema; se ponía triste. Se los leía también a Cintio, Fina, Octavio y Agustín. Le daba gusto compartirlos con sus amigos y con nosotros, sus hijos. Recuerdo que era muy meticuloso con el tiempo. Cuando escribía una conferencia se la leía a mamá y medía el tiempo. No le gustaba cansar a la gente, extenderse demasiado. Tengo guardados algunos textos en los que tiene anotado el tiempo de la lectura.

La muerte

La muerte era una de sus obsesiones. Creo que tiene que ver también con sus creencias religiosas, con sus dudas religiosas, con la fe. Era un hombre católico y para un poeta de su sensibilidad esas cosas se ven con una profundidad muy especial. Para él la naturaleza era todo un misterio, como la vida misma. Es la angustia de todo ser humano por ese tema aunque en él se acentuaban, pienso que por su condición de poeta. Una vez le dije: tú que sabes tanto, explícame cuál es la razón de ser de mi perrita Maricusa. Me respondió: "si yo supiera la respuesta de esa pregunta tuya, sabría todas las respuestas".


2002. La Jiribilla. Cuba.
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