LA JIRIBILLA
LAS HOJAS QUE CAEN

Jesús Yañez Miranda | La Habana
 
Es un parque viejo. Antes que yo, Papá recogía las hojas y las amontonaba en un rincón. Ahora el viejo soy yo, pero las hojas no han dejado de caer. Las reúno a todas en el mismo sitio y me parece verlo a través de las sombras. Lleva una gorra azul con agujeros y silba todo el tiempo.
Se encorva y pasea sus manos distraídas por el suelo. Las hojas aparecen a su paso. Son las mismas hojas de todos los parques. Amarillentas, secas, verdes, con gotas de agua. Hojas que caen porque están viejas o porque están tristes.
Las hay por todas partes: cubriendo los bancos, sobre la fuente, hojas sobre hojas aparecen sin rumbo de la nada. Las persigo despacio. Mi hijo me mira con curiosidad. Todos los días se sienta en el mismo banco y no cesa de observarme. Debo parecerle aburrido. A veces se levanta y corretea un poco. No tiene reparo y desparrama las hojas a su antojo. Yo me divierto mirando a Papá. Recoge las hojas con mucha calma. Un día me dijo que las hojas hablaban, él las recogía y ellas no cesaban de parlotear. Nadie podía aburrirse oyendo sus historias. Las hojas hablan de todo el mundo: saben sobre la anciana que murió tuberculosa. Venía vestida de negro, un poco más grande y más vieja que las piedras del suelo. No se movía mucho y a veces tenía que agacharme para limpiar el banco a sus pies. La anciana siempre estaba triste, yo sentía lástima por ella y me sentaba a su lado. Cuando la miraba a los ojos ella lloraba. Dice Papá que llora, aun cuando yo no la veo. Lloro porque estoy sola. En el parque se puede llorar. A las hojas eso no les importa. Están allí y yo las respeto. Quisiera decirles muchas cosas, pero siempre me distrae el viejo de la gorra triste de agujeros. Sólo las hojas saben por qué llora. Mi hijo también lo sabe y no cesa de observarla. Quizás confunde a la anciana con una hoja. A veces se pone impertinente y me agarra por un brazo. Yo me viro, pero él me agarra bien fuerte y debo seguirlo para no caerme. La anciana ya no llora. Cada mañana sucede lo mismo. Parece hipnotizado y tengo que arrastrarlo contra su voluntad. El muchacho se me queda mirando fijamente. Yo sigo llorando y entonces el muchacho se parece a mi nieto. Llorar me reconforta, aunque haya un muchacho desconocido que se parece a mi nieto sentado frente a mí. Ayer la anciana no vino y las hojas están tristes. No quisieron dormir y el viento las mueve y las remueve. Inclino la cabeza para que no me cubran la cara. Yo sé que él me cree tonto, pero lo admiro. Lo admiro porque sabe silbar, ¿qué más importa?, las hojas siempre caen y hay que silbar y recogerlas. Cuando las ensarto con la punta del bastón dejan de existir, se ponen mustias y las olvido. ¿De qué sirve apenarse por ellas? Siempre habrá hojas observándome, están en lo alto y les queda mucho por vivir. Yo las amontono y las entierro. No a todas, tan sólo a las más marchitas. Aquellas que parecen un rollito son las que pasan más frío. Papá me ignora y las hojas caen y mueren ensartadas, pero yo las entierro. Un niño normal estaría en casa, no vendría al parque todos los días a recoger hojas, pero papá no es normal y a veces se cansa y no sonríe. Quisiera saber qué piensa. Nunca está de más preguntar. Yo le pregunto muchas cosas. Sus ojos son negros y me miran azules, pero sé que son negros, su gorra también es azul aunque esté rota. A veces se la quita y su cabeza brilla como el suelo a las seis. La casa siempre está vacía, ausente. Dice Papá que es una casa distraída y yo le doy la razón. Desde la ventana se ve el parque. Mamá también ve el parque, pero Mamá no sabe que el parque está limpio. Ella tan sólo ve las copas de los árboles, y los árboles son fríos y asustan a Mamá. Su cabeza apenas se distingue tras el marco, sus manos se aferran al cristal y entonces llora. Cuando lloro, mamá me mira. Sus ojos son como dos hojas que resbalan por mi frente recogiéndome las lágrimas. Afuera hay mucha gente. Siempre hay mucha gente. La anciana me mira o quizás está mirando el palomar de la azotea. Pero la anciana no molesta. Las gentes hojas pasan en las mañanas y en las tardes. Pisotean las hojas, las que caen y las que tienen frío. Las gentes hojas parecen vivir encerradas. Nunca están en ninguna parte, pero hacen daño y se creen personas. Las gentes hojas están enfermas y cuando vienen me escondo debajo del banco. Entonces las veo muy grande y les tengo más miedo. Pero el banco está cubierto de hojas y las hojas hablan. Papá las escucha y Mamá también. Mamá viene a veces en forma de hoja. Papá la persigue con su bastón y Mamá juega con él y se esconde. El viejo a veces parece torpe. Se le ve cansado, como si no hubiese dormido en toda su vida. Me da tanta pena que se me cierran los ojos y me duermo. Cuando despierto lo veo de nuevo, con los ojos muy abiertos y muy lejos. Entonces me vuelvo a dormir y sueño con un viejo loco, muy loco, con un agujero bien grande en la cabeza, que parece una gorra. Ayer, hace quince años, encontré una hoja azul igual a la que tengo entre mis manos ahora. Me acosté pensando en ella y hoy apenas me he levantado la he vuelto a ver. Tengo un cesto para guardar hojas azules. Siempre está vacío. Las hojas azules no mueren y aparecen raras veces. Cuando las deposito en el cesto se esfuman como por arte de magia. En algún lugar debe haber árboles de hojas azules que no tienen por qué caer, pero que lo hacen para que uno sea feliz. Sin embargo, esta vez es diferente. Sé que cuando atrape esta hoja voy a morir y prefiero dejarla flotar a su antojo. Mi hijo se divierte mirándome, yo me vuelvo torpe y la hoja se aleja y se aleja, pero los días van pasando. A veces la hoja parece más grande y yo parezco más viejo. Me voy encorvando poco a poco y está tan cerca de mí que supone una burla no atraparla.
Papá atrapó a la hoja y entonces Mamá se fue. Se fueron juntos y me dejaron con el bastón en la mano. Lo veo alejarse y me siento triste y feliz y me siento solo y viejo. Cuando ya no son más que un punto imperceptible, vuelvo la mirada y veo a mi hijo mirándome y no sé qué decir. Las hojas siguen cayendo y Papá medita. Hay dos hojas que se alejan desafiando al viento. Papá las mira y sonríe. Antes que yo, Papá recogía las hojas y las amontonaba en un rincón...


Tomado de Las hojas que caen, de Jesús Yañez Miranda, Editorial Letras Cubanas, 2000


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La Habana. 2002
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