LA JIRIBILLA
CUADERNOS DE UN PERIODISTA
DESDE BUENOS AIRES

Los choques y golpes recibidos por millones de argentinos provocan el efecto de radicalizarles. Las masas han demostrado que no son pasivas, que no están listas para aceptar las indignidades y asaltos sociales, económicos y policiales de los ricos y su gobierno. No son víctimas, ni paralizados, son combatientes, gente que se está despertando, libertadores de ellos mismos.


Jon Hillson |
Buenos Aires

"Somos una república bananera", dice el taxista, "sin bananas".
Atravesamos las calles de Buenos Aires la noche después de la llegada de una alta delegación del Fondo Monetario Internacional, que dará las condiciones al gobierno argentino sobre "las reformas" que tiene que imponer para recibir millones de dólares en préstamos.
Dos días más tarde, anuncia el chantaje el jefe de la pandilla del FMI, Anoop Singh: sobre todo, más recortes de los presupuestos nacionales y provinciales e "incentivos que restablezcan la confianza de los inversionistas extranjeros".
"La crisis argentina es la más difícil que haya experimentado un país," dice. Sin tales recortes y concesiones, "sin un acuerdo con el FMI, les va a resultar mucho más penoso salir adelante".
Pero la verdad es que si el gobierno capitalista argentino cumple -o trata de cumplir- con las reglas de los agiotistas internacionales, la situación será mucho más penosa también.
Porque la Argentina de hoy es la prueba que el capitalismo, sin la cubierta de la palabra agnóstica y ambigua "neoliberal", es insostenible.
Es imposible calcular precisamente cuántas marchas, piquetes, protestas y manifestaciones ocurren cada día en Argentina.
Protestas exigiendo subsidios para los trabajadores, técnicos y profesionales despedidos antes y después de la devaluación, del peso que cortó el valor por 70 por ciento desde diciembre de 2001. De cada 10 personas empobrecidas por la crisis capitalista -que ya son 14 millones en una población de 36 millones- seis son de la clase media.
Pero mientras esta gente lucha para sobrevivir, los ricos, según Clarín, tienen más de $106 mil millones afuera del país y casi $30 mil millones invertidos en bonos y acciones, dinero protegido -igual a la deuda externa y eterna de Argentina de $142 mil millones, y mil millones más que su producto bruto interno, combinado.
En un editorial titulado "Prueba de fe de Argentina" el Los Angeles Times ofrece su consejo al gobierno de este país. La Casa Rosada debe sugerir a los "inversionistas nerviosos…para hacer ingresar a su país una fracción [de su dinero] como una inversión en el futuro de Argentina", como "un show de buena fe".
El editorial salió el 1 de abril, día de los tontos.

La gran mayoría de los argentinos -el pueblo trabajador, muchos de la clase media, profesionales, técnicos, estudiantes, jubilados, desocupados- se llaman desempleados y los pequeños comerciantes han perdido toda confianza en el gobierno y sus dos partidos capitalistas -Peronista y Radical-, para buscar una salida de la crisis a favor de las masas.
Grita un grupo de jubilados -hay cuatro millones de ancianos, casi todos sin beneficios o seguridad social- contra la "decadencia moral" frente al edificio del Palacio de Justicia en busca de un pedacito de ella. "¡Aquí están los parásitos!" dice un anciano en un micrófono.
"No tengo nada de mi compañía", dice Eduardo, electricista jubilado, "nada del gobierno, nada, nada, nada".
"¿Como sobrevive?"
"Mis hijos están trabajando. Sin ellos, estoy en la calle, como miles en Buenos Aires", dice.
Los abogados, bien vestidos, siempre con el celular, pasan como si no hubiera ninguna protesta.
¿Reciben apoyo de algunos abogados?"
"Hay millones de abogados", dice Eduardo sin sonrisa.
Marchan docenas de hinchas de Independiente, club de fútbol que pronto va a quebrar. Ofrecen su ayuda para salvar el equipo.
Protestan todos los días piqueteros -gente desocupada y jóvenes de los barrios- en las calles contra el FMI. Cortan rutas, bloquean puentes, marchan en el lobby del hotel donde se queda la pandilla imperialista, a fuera queman una bandera estadounidense, cantan el himno nacional de Argentina.
Manifiestan sindicalistas del sistema estatal de energía atómica, exigiendo que el estado pague su salario.
Declaran una huelga de un día los operadores de trenes, por salario y contra recortes.
Anuncia una alerta el sindicato de chóferes de colectivos (buses) de una huelga contra recortes de rutas.
Preparan una huelga 500 agricultores de la Confederaciones Rurales Argentinas.
Marchan 3 mil piqueteros en Tucumán exigiendo comida para los desamparados y desocupados.
Estas luchas defienden a todo el pueblo trabajador y fortalecen su confianza para las batallas más difíciles que vienen.
Los periódicos burgueses cubren algunos de estos eventos. Las cámaras y los periodistas de la emisora Crónica Televisión están presentes en las numerosas protestas, 24 horas al día, mezclando sus reportajes con noticias -sensacionalmente- de "crímenes de las calles" y las loterías nacionales.
También, diariamente, hay noticias de los nuevos pasos de la crisis:
El 49 por ciento de la gente que vive en la Capital Federal y conurbano bonaerense está por debajo de la línea de pobreza, mientras que el 25 por ciento de la población es indigente no puede comprar la canasta básica de alimentos.
Hay 170 mil despidos más en el país en el primer trimestre, 65 000 en marzo -un incremento de 1 800 por ciento sobre el marzo pasado. "Se estima que en la actualidad el desempleo podría rondar el 23%", según Clarín. Aparece el miércoles un nuevo afiche de su sindicato en las paredes de los edificios del centro: 300 000 obreros de construcción desocupados quieren trabajar.
Han cerrado 30 000 tiendas en la provincia de Buenos Aires -de un total de 200 000- solamente desde enero de 2002, es decir, más de 13 cada hora, cada día.
Ninguno de los trabajadores despedidos de las fábricas, oficinas, tiendas, reciben beneficios de desempleo. Esto es casi nada en un país en donde hace medio año había una equivalencia peso/dólar. Desde luego los precios han subido el 42 por ciento.
La semana del 1 de abril la inflación sube 3,5 por ciento, cifra anual de más de 180 por ciento.
Se puede ver en el centro de Buenos Aires un afiche común en las ventanas de muchas tiendas: "liquidación total".
Aguas Argentinas, sistema nacional de agua potable -privatizada y en las manos de capitalistas de Francia y España- anuncia que se suma al default y que suspenderá el pago de su deuda financiera. Asegura un vocero de la empresa que el servicio no se verá afectado.
Antes de diciembre de 2001, hubo 1 200 desamparados en Buenos Aires. Hoy, "calculamos que hay entre 3 000 y 3 500 personas en situación de la calle", dice diplomáticamente Gabriela González Gass, secretaria de Desarrollo Social a Página 12.

¿Qué hacer?
La pregunta de Lenin es la pregunta de todos.
"Karl Marx fue el único economista que explicó científicamente el capitalismo", escribe Diego Guelar, embajador argentino en los Estados Unidos, en las páginas de Clarín, "la teoría de la plusvalía y su acumulación en quien detenta la propiedad de los medios de producción".
"Para los que son ideológicamente marxistas, este procedimiento está muy mal y debe ser suprimido por la revolución proletaria", dice el diplomático de la pampa.
"Para los que no somos marxistas", dice, "no sólo no está mal sino que es el motor del progreso social" y mucho más.
El titular de su artículo es "Hace falta refundar un verdadero capitalismo en la Argentina".
Dice el embajador al imperio, "los más ricos (de Argentina) son también los más responsables (para resolver la crisis). Al menos 30 empresarios deben arrojar la primera piedra; deben repatriar parte de lo que han legalmente expatriado y traerlo para ser aún más ricos pero, esta vez, ser los salvadores de una Argentina al borde del caos y la desintegración".
¿Las familias super-ricas de Argentina -entre ellos 30 auto-seleccionada, no de hablar sobre sus socios, lacayos, mozos- van a repatriar "parte" de los $106 mil millones que han sacado del país, "legalmente", para ser los "salvadores" del pueblo trabajador más empobrecido cada día y a la vez llegan a ser "más ricas"?
Esta es la parte de la "solución" del gobierno Duhalde absurda y utópica. Otra parte -algo que pueden hacer fácilmente- es claudicar a las demandas del FMI, cuyo director, Horst Kohler ha explicado con franqueza, recientemente, "sin dolor (Argentina) no escapará de esta crisis".
¿El dolor de quién?

Caminamos en La Recolecta, cuyos restaurantes elegantes están "llenos casi cada noche", dice el mesero Franklin, inmigrante de la República Dominicana.
¿Hay gente con plata?
"Si, con bastante plata. Las calles se llenan de tráfico, no de colectivos, sino autos particulares, nuevos," dice. "Mucha gente vende sus carros para sobrevivir, pero acá no. Hay bastante plata".
Seguro que sí. Sale en Fashion TV un show espectáculo de la moda, frente mil ricos en Mar del Plata, bajo el sol.
Mira el público a las modelos flacas, en camisas transparentes, con las cámaras captando imágenes de sus traseros también desnudos en "close ups". El locutor narra la exhibición con una voz entrecortada, lasciva.
Siempre hay diversiones: carreras de caballos, carreras de automóviles -estilo de Europa- como si no hubiera una crisis, y para ellos, ya no hay una crisis. Su dinero, piensan, está seguro. Tienen sus casas, domésticas, carros, viajes.
Tal decadencia anima un tremendo odio e impulsa condenas de "corrupción", las demandas de los ahorristas, los "escraches"-palabra originalmente usada para describir los repudios públicos de agentes de la dictadura. El 6 de abril, hay un escrache candente contra un juez de la corte suprema. Tenía que salir de un estadio de tenis donde estaba mirando una competencia de la Copa Davis.
Estos enfrentamientos ocurren todos los días, los politiqueros no pueden aparecer públicamente. Los ahorristas -de la clase media, cuyos $8 mil millones están congelados en los bancos- reciben simpatía popular. Invaden los bancos. Protestan afuera. Pintan graffiti en las ventanas y puertas de sus edificios, como una mujer ayer en la capital que escribe en la pared -directamente arriba de la cabeza de un policía cuya cara no tiene afecto- la palabra "ladrones".
Pero tales protestas significan rabia pero no mucho más.
Son una diversión, un rodeo. El hecho de que esa gente caldeada va a los bancos con sus carcerolas no necesariamente avanza la lucha. De hecho, en una acción en BankBoston, después un pleito con la policía, comienzan a gritar los ahorristas "hijos de puta".
La lucha contra "corrupción" es intrínsicamente reaccionaria, aunque mucha gente honestamente cree que es posible "limpiar" el estado de tal basura. Siempre la consigna los derechistas-desde hace mucho tiempo es esto.
Hay que recordar tales campañas lanzadas por los "Socialistas Nacionales" de Hitler contra los régimenes de Weimar -corruptos, sí, pero basado en una sociedad capitalista corrupta, un gobierno burgués que defendía relaciones capitalistas. La retórica populista sirve solamente a la derecha porque se confunde y desorienta al pueblo trabajador que debe aprender a pensar en términos de clases -para enfocar su lucha y distinguir quienes son sus aliados y enemigos.
Las campañas electorales de Patrick Buchanan, ultra-derechista yanqui, siempre hacen su blanco "la corrupción" de la sociedad "Americana" y de los "politiqueros"-necesariamente incapaz de expresar la fuente social de tales síntomas de decadencia moral, el capitalismo, o la única solución para transcenderla: las acciones colectivas masivas y solidarias de la clase obrera, junto con sus aliados populares, en una lucha para terminar el dominio de capital y la construcción de un nuevo sistema basado en las necesidades de la inmensa mayoría.
"La furia pequeño burguesa expresada en muchas de estas acciones puede prestarse a la demagogia derechista y fascista", explica Martín Koppel, redactor de Perspectiva Mundial, revista socialista estadounidense, durante un foro en Miami después de regresar de su país nativo como miembro de un equipo periodístico acá.
"Pero es improbable que los fascistas se conviertan un una fuerza de masas y reciban apoyo decisivo de la clase gobernante"-como los nazis, después de 15 años de lucha indecisiva en Alemania-"a menos que el movimiento obrero se vuelva suficientemente fuerte como para disputar el poder y pierde oportunidades decisivas para hacerlo", dice el periodista revolucionario.
Allí acaba de comenzar la lucha, complicada, compleja, sin liderazgo efectiva, pero sobre todo, real y concreta.

"Hoy en Argentina hay 5 000 puestos de trabajo desde muy primitiva y limitada hasta muy avanzada, luchando por el control, o una voz, de la producción en la fábrica", dice Raúl Godoy, secretario general del Sindicato Ceramista de Nuequén, un pueblo a 1 200 kilometros de Buenos Aires. Más de 330 obreros en la fábrica de Zanon tomaron control de la planta en diciembre pasado cuando los dueños -Credit Suisse, Banco Crédito, grupos de capitalistas italianos- decidieron cerrar la fábrica.
Hoy, están organizando la producción, usando apoyo técnico dado por estudiantes, académicos y otros partidarios para vender productos a la gente de la comunidad.
Hablamos en una oficina de Brukman Confecciones, donde 55 obreros -la gran mayoría mujeres- tomaron el control de su fábrica en diciembre. Hacen trajes y los venden. Cuando comenzaron a salir de la fábrica, poco a poco los patrones, supervisores y secretarias, reconocieron la necesidad de hacer algo.
En ambos lugares han alcanzado muchos otros sindicalistas, de la base, porque el sindicalismo oficial del peronismo es una parte del gobierno y el estado, burocratizado, autoritario. Una vez la policía desalojó a las obreras de la fábrica Brukman, pero retomaron el edificio después una marcha de solidaridad.
Son las luchas más avanzadas en el país.
"No es fácil lo que estamos haciendo" dice Godoy. Es mucho más que una lucha sobre trabajo. "No estamos luchando para nosotros mismos. Exigimos "estatización" de la fábrica bajo nuestro control. Exigimos obras sociales. Queremos producir para lo que necesita la gente. Escuelas, hospitales, viviendas. El desempleo oficial es 20 por ciento. Queremos crear trabajo."
También un nuevo movimiento sindical. "Tenemos una doble batalla", dice el obrero, "contra el estado y los patrones y, a la vez, los dirigentes del 'sindicalismo oficial' quienes están siempre en el lado del gobierno y de los dueños."
"Somos un ejemplo, sembrando semillas," dice Raúl.
Celia Martínez lleva 10 años en Bruckman. "Nací aquí como obrera," dice la delegada de la fábrica, una madre con cinco niños. Las trabajadoras de Brukman y Zanon están colaborando para unir las luchas en las fábricas nacionalmente, porque no hay coordinación ni información común.
Celia es más que una obrera, una luchadora. "Bueno, con cinco niños es una lucha, pero ahora, en la fábrica, el mundo ha cambiado completamente".
El sindicato esta presionando al gobierno a tomar la fábrica, bajo el control de su fuerza laboral.
Mucha cobertura de lo que está pasando en Argentina en la prensa de los Estados Unidos se enfoca en la clase media y dice que esta está dirigiendo la lucha, les digo. ¿Qué piensan?
"Pueden decir eso, pero pienso que no. La clase más afectada por la crisis es la nuestra. Estamos en solidaridad con todos los que luchan," dice Celia. "Lo que estamos haciendo es prueba de lo que podemos hacer. No los necesitamos [a los patrones]. Este es nuestro ejemplo."
Dice lo mismo Raúl. El movimiento obrero tiene que estar reconstruido como un "movimiento social…independiente, democrático." Están tratando de impulsar este proceso por medio de su ejemplo. En las asambleas de fábrica, "todos los obreros tienen voz y voto por igual. Nadie vive como los oficiales anteriores. Los delegados trabajan. Si no cumple su deber un delegado, la asamblea puede terminar con su responsabilidad. Decidimos la rotación del turno de noche por lotería, el método más democrático".
Explico la propuesta del embajador argentino sobre las "tareas" de algunos "30 empresarios". Se ríen los dos militantes.
"¿Solo 30 ricos, no más parásitos?" dice Raúl.
¿Quiénes van a salvar el país?
"Los trabajadores", dice Celia.
"La clase obrera, sin duda", dice Raúl.
Más tarde habla Raúl frente 40 obreros y obreras sobre la reunión nacional que viene, un paso adelante para aglutinar corrientes de la base en lucha. La asamblea tiene un ambiente serio, en calma, casi tranquilo, llena de solidaridad. "Ustedes han luchado doble", dice Raúl, "como obreras y como madres y amas de casa. Entendemos eso". Hay preguntas, discusión, un intercambio democrático.
"Tengo 40 años en las costuras", dice Matilde después, "en tres fábricas. Los dirigentes del sindicato oficial son los mismos hoy que cuando era joven. Los mismos". Es el legado del peronismo, después de décadas de colaboración con la clase patronal. Hoy, solamente el 20 por ciento de la clase obrera esta sindicalizada.
Pero con la lucha de las obreras de Brukman, todo ha cambiado. Hay mucho menos divisiones entre los trabajadores, más fraternidad, y sobre todo, dice la costurera, "más solidaridad".

Comemos con una colega de mi compañera, una ingeniera desocupada y su esposo, un arquitecto, semi-empleado. Describe ella con bastante ánimo las protestas del 19 y 20 de diciembre que derrocaron el odiado gobierno de de la Rua. Algunas de sus amigas y colegas, como ella, ya son parte del proceso de cambio. "Otras, cuando vean un piquetero o marcha dicen, 'mira, viene la horda.' Me molesta mucho cuando dicen algo fascista como esto", dice Alejandra.
En el pasado, cuando los trabajadores protestaron,  muchos de la clase media decían, "a mi no importa. No me afecta. Tengo mi profesión, mi casa, mi carro, mis vacaciones, mi café, mi teatro, mi cultura". Pero después de diciembre, no más, es diferente", dice Alberto.
Usando sus manos, muestra que el espacio "entre la clase media y la clase trabajadora es menos. La crisis nos afecta a todos nosotros. Hace poco, si había un piquetero bloqueando la calle, el chofer estaba molesto, enojado. Hoy, dice, 'tienen razón.' Es un cambio importante".

La casa chileno-argentina en el barrio San Telmo, un centro comunitario, esta llena de gente, dos salas empacadas. En decenas de mesas, madres, padres, jóvenes, venden cosas, pantalones, pan, pizza, cables, ropas, computadoras viejas, platos, una lista enorme. Pero no usan dinero. Esto es un trueque. La gente usan boletas de crédito. "Hemos estado organizados por ocho meses", dice Teresa, ama de casa que hace pasteles. Pagan con boletas, reciben bienes, a veces usados o nuevos. "Hay bastante gente desocupada allí" dice Teresa. Muchas familias usan el trueque. También, venden por boleta servicios de plomería, peluquería, carpintería, a veces un abogado, "muchas cosas" dice Teresa.
Intercambian servicios por servicios o bienes.
"Hay muchos trueques en Argentina", dice, en todos lugares.
Y aunque el centro está lleno, aunque esa gente han perdido mucho, el ambiente es amistoso, caluroso, solidario. Hay olores de comida, los sonidos de conversaciones, y una voz a través un micrófono. Un plomero está ofreciendo su trabajo.

Un titular raro: "Quién será el Judas", artículo grande sobre el papel de argentina en el proyecto yanqui contra Cuba en Ginebra, con una foto de Fidel. La opinión pública está con Cuba. En el senado y el congreso argentino han votado en contra de la condena de Cuba propuesta por Duhalde y su camarilla. Con poco aviso previo, llenan un auditorio en la Universidad de Buenos Aires 600, personas, el 5 de abril para defender a Cuba y escuchar a su embajador Alejandro González.
La noche del 9 de abril, las legendarias madres de la plaza de mayo lanzan un mes de actos y celebraciones de su 25 aniversario de lucha -con un repudio de la posición de Duhalde- en sus oficinas. Más de 100 personas -veteranos de la lucha y jóvenes- asisten.
"¿Por que empezamos con la solidaridad con Cuba"? pregunta Hebe Bonafini, presidenta de las madres. "Porque para nosotros, cada cosa que hacemos, cada hecho nuestro es en solidaridad con Cuba. ¿Por qué? Porque queremos informar y transmitir a la nueva generación la importancia de solidaridad con Cuba, porque Cuba nos ha enseñado lo que es la solidaridad".
Habla Alejandro González otra vez. Rechaza todos tipos de esfuerzos para juzgar a Cuba en Ginebra. Sin mencionar las presiones del FMI contra Argentina, explica que "nadie va a ordenar a Cuba cuánto va a gastar en educación pública", y la sala estalla en aplauso.
"Buscarán a un Judas para introducir su resolución en Ginebra", dice, hablando del imperio, "pero más pronto que tarde será expulsado del templo".
Entre ellos que saludan las palabras del diplomático cubano son siete estudiantes, descendientes del pueblo indígena de Argentina, mapuches. Dentro de dos semanas, irán para Cuba, para estudiar en La Escuela Latinoamericana de Ciencias Médicas. Hablamos después de la reunión.
- ¿Esta va a ser su primera vez fuera del país?
-"Es nuestra primera vez en Buenos Aires", dice Rubén, de un pueblito de 100 personas donde no hay ningún médico.
Con su presencia, habrá 270 estudiantes argentinos en la escuela. - ¿Qué van a hacer cuando cumplen sus estudios?
Tres contestan en coro. "Practicar medicina en nuestras comunidades." Están listos.

Bajo la lluvia vienen las madres de la plaza a la plaza. "No importa el clima," dice una, que llega temprano. Cada jueves, desde 1977, en la cara de la dictadura militar, ellas han marchado alrededor de la plaza.
No importa tampoco el clima político.
Marchando con ellos, hablamos sobre la crisis, la lucha, su trabajo. Son estudiantes de Francia, Alemania, y los Estados Unidos -una de ellas está estudiando en la Universidad de Buenos Aires. Su proyecto: Las madres de la Plaza.
"Han arruinado nuestro país los peronistas," dice una. "Imagínate, un país tan rico como el nuestro, con petróleo, con uranio, y hay gente de la clase media buscando algo en la basura en la noche, allí, en la plaza," dice otra.
- ¿Cuál piensa que es la salida de la crisis?
Sin vacilar, una madre dice, "un gobierno de la izquierda, bien de la izquierda, pero más que todo, joven, con dirigentes jóvenes, con nuevas ideas," luego una pausa. "¡Y Fidel, un Fidel, necesitamos muchos Fideles, y los tendremos"!

¿Qué hacer?
¿Qué hará?
Son las preguntas más básicas en Argentina y no solamente allí.
Hay que hacer un punto. Ha perdido su temor el pueblo trabajador argentino -y el temor es el arma más utilizada por los enemigos del progreso humano para detenerlo. A la vez, la crisis económica sigue, sin descanso, obedeciendo las leyes ciegas del capitalismo- capitalismo mundial y su expresión concreta en Argentina.
Los choques, cambios y golpes recibidos por millones provocan el efecto de radicalizarles. Las masas han mostrado que no son pasivas, que no están listas para aceptar las indignidades y asaltos sociales, económicos y policiales de los ricos y su gobierno. Luchan, experimentan, reciben golpes y dan respuestas en sus batallas defensivas.
No son víctimas, ni pobrecitos, ni paralizados, son combatientes, gente que se está despertando, libertadores de ellos mismos.
No puede haber ni una duda de que la trayectoria del imperialismo y capital nacional y las más básicas necesidades de la mayoría de Argentina son cosas opuestas e irreconciliables. La herencia de militancia laboral renacerá y será multiplicada.
Esta es la gran crisis que va a producir soluciones grandísimas. La clave de estas soluciones es la formación de un nuevo liderazgo que merece el pueblo trabajador de este país en su lucha hasta el fin. Se puede ver los primeros pasos en las luchas básicas del pueblo trabajador.
Para avanzar tendrán que trascender -como dijo Marx- "la mano muerta del pasado que pesa en el cerebro de los vivos como una pesadilla". Hay bastantes manos muertas en la pampa, basta ya. Vivan los vivos.
Todas las corrientes de la izquierda de hoy tienen sus raíces en los fracasos de los años 60, una década marcada por luchas profundas y radicales de la clase obrera, sobre todo, el Cordobazo en 1969 y la apertura de una situación pre-revolucionaria.
Sus debilidades de la izquierda de ayer -sectarismo, ultra-izquierdismo, oportunismo y reformismo- hoy constituyen vino viejo -vinagre- en nuevas botellas. Los guerrilleros del pasado no existen, tenían bastante coraje pero nunca habían aprendido las lecciones esenciales del Che y la revolución cubana.
Los anarquistas han aparecido con todo su equipaje "anti-político".
El factor subjetivo falló antes el golpe de estado militar brutal de 1976, a pesar de condiciones objetivas favorables por un momento histórico -perdido, a un costo enorme. Usaban los asesinos -apoyados y ayudados por Washington- los errores fundamentales de todos las corrientes de la izquierda para aplastar los movimientos populares y a los mejores militantes de la clase obrera.
Sobre todo existe, en una forma u otra como partido capitalista o burocracia sindical, el peronismo, más débil que nunca, pero es el obstáculo número uno que el pueblo tiene que superar.
A pesar de los golpes violentos económicos que sufre el pueblo trabajador -y habrán muchos más- la crisis más grave es la de liderazgo, la ausencia de una dirección amplia, conciente, responsable y revolucionaria, radicada en y derivada de la clase obrera. "Tribunos del pueblo," como enseñó Lenin.
Por eso, la Revolución cubana es más importante que nunca, no como manual ni Biblia, sino como ejemplo vigente sobre lo que es posible y necesario. Y la Revolución cubana es un portal a la historia del movimiento mundial revolucionario y sus logros ricos e indispensables en la formación de líderes y un partido masivo y movilizador que reconoce que la masas de Argentina otra vez tendrán la oportunidad para hacer historia. Hoy mucho está en juego, de hecho más que en los 60 y 70 gracias a la profundidad de la crisis mundial.
Cuando dice la madre de la Plaza sobre la necesidad de "muchos Fideles" habla sobre calidades e ideas que son esenciales.
Sólo con tal nuevo liderazgo pueden los hijos e hijas de la patria natal del más conocido argentino en el mundo, liberar a su país -colonia del FMI, objeto de pillaje, sin soberanía- para ser una república de dignidad, tan libre como la segunda patria de Che.
 


2002. La Jiribilla. Cuba.
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