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LA
JIRIBILLA
TANQUES EN EL MALECÓN
César Gómez Chacón
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La Habana
El teléfono sonó en
medio de la madrugada habanera. Un gallo trasnochado
cantó en el patio de la casa del fondo, mientras él,
todavía sin abrir los ojos, levantó el auricular y
contestó con un “aló” perdido en el sueño de esa otra
noche de verano.
-¿Miguel?, ¿te enteraste? –preguntó del otro lado la
conocida voz del Rafa, un colega de la radio uruguaya,
también acreditado como corresponsal extranjero en Cuba.
-¿De qué, hermano? – devolvió, como era su costumbre,
pregunta por pregunta, ya con los ojos abiertos y
haciendo una señal de silencio a Sandra, que comenzaba a
reprocharle el escándalo a esa hora; mientras empinaba
amenazante sus gigantescos senos de india caribeña.
-Los tanques, colega. ¡Acaban de poner tanques en el
Malecón! Mañana la cosa va a estar buena - respondió el
amigo entre eufórico y alcohólico, aunque lo último no
era noticia, y menos a las dos de la mañana, de una
mañana cualquiera.
Ya despierto del todo, Miguel, no sabía por dónde
empezar. Eso sí, la compañía no iba a esperar hasta el
día siguiente por un notición como ese, que de seguro ya
otros estaban pasando a sus respectivas redacciones. La
competencia era la competencia, en eso no había
justificaciones con su agencia de prensa europea. Cuba
era prioridad informativa número uno, sobre todo en un
año electoral en los Estados Unidos.
-Me voy, niña, tengo trabajo -dijo a Sandra y golpeó
suavemente con sus palmas aquellas nalgas oscuras y
lisas, donde un par de horas atrás se había divertido
hasta quedar rendido del sueño.
-Espérate un segundo, mi amor, que enseguida te traigo
un poco de café –respondió la joven, ya incorporada.
Miguel vistió rápido su indumentaria de combate: blue
jeans, pulóver y zapatillas deportivas. Bebió el café
sin azúcar y, minutos después, enfilaba a toda velocidad
por la Quinta Avenida su Jeep Toyota del 99, que era
todo un escándalo metálico, y que había sido
precisamente, según su propia confesión, lo que más
había impresionado a Sandra la noche cuando lo conoció,
en aquellos días cuando a él le habían encargado un
reportaje sobre la vida nocturna de las mujeres en La
Habana.
Sandra no sólo le había hecho cambiar completamente el
sentido de su reportaje, sino que había logrado el
milagro de transformar toda su vida. Lo que empezó por
el romance de una noche, ahora se llamaba Miguelito,
tenía un año de nacido, y los ojos verdes como los
suyos, además de la capacidad de hacerle más bellas
todas las mañanas.
Ciertamente, jamás pensó que fuera a encontrar el amor
verdadero en esta isla lejana; tan lejana en todo de su
fría tierra, que por poco mata de un infarto a su madre
cuando se enteró que iba a tener como nuera a una
“señorita comunista”, y "de color". Su padre fue un poco
más pragmático: hijo, por qué no la usas mientras estés
allá, y luego regresas y te casas con María, que es de
buena familia. Por suerte, todo había mejorado cuando
conocieron a Sandra y descubrieron que los comunistas,
al menos en Cuba, también vestían a la moda, gustaban de
la buena mesa, y siempre que podían se iban a la playa
los domingos. La cubanita, por cierto, nada tenía que
envidiar a la chica más bella o culta con que la familia
se codeaba todos los días, y sí mucho de qué enseñarles
en el arte de ser una esposa fiel y cariñosa. Sandra
supo desde el primer momento cómo echarse los viejos en
el bolsillo, y ahora, después del nacimiento de
Miguelito, el peligro era que ellos querían pasarse todo
el tiempo en La Habana.
Avanzó a toda velocidad hacia el túnel de Quinta, y sus
faros descubrieron, en la misma entrada, a un policía
del tránsito enfrascado en un combate cuerpo a cuerpo
con una rubia despampanante que amenazaba con tragárselo
de un beso. Aquí se puede inventar un buen reportaje: el
amor entre una jinetera y un agente policial, pensó con
cierta malicia, aunque lo de los tanques lo tenía
realmente preocupado.
Definitivamente, la vida era una gran contradicción;
bien que lo sabía él, cuyo trabajo como corresponsal
extranjero en Cuba lo situaba siempre entre dos fuegos,
cual de los dos más molesto. Por un lado la compañía le
exigía cada día noticias "de pegada": escándalos,
balseros, prostitutas, disidentes... mientras por el
otro, el gobierno cubano, del cual dependía su
acreditación, y por ende su permiso de residencia en La
Habana, era extremadamente celoso con todo lo que
pudiera afectar su imagen en el mundo.
De qué lado estaba él, era una pregunta que se hacía
todos los días. “Del lado de la contradicción”,
respondía convencido. En Cuba había cosas que le jodían,
que se podían cambiar, que podían mejorarse, y de hecho
había mucha gente tratando de lograrlo, aunque
tropezaban constantemente con una plaga de burócratas de
poca monta, que luchaban por mantenerse en sus
responsabilidades de la única manera que conocían: no
haciendo nada, no arriesgándose en nada, no avanzando en
nada, para no equivocarse; por lo cual terminaban
desgraciándole la vida al de abajo, sobre todo si era
alguien con deseos de crear, de producir ideas nuevas o
cosas útiles.
Era relativamente fácil, para aquellos pocos, pero muy
peligrosos insectos de la burocracia criolla, aplastar
cualquier intento de poner en peligro sus sagrados
cargos, sobre todo cuando incluían automóvil estatal,
con gasolina garantizada, o vacaciones en la playa una
vez al año. Bastaba con tildar de autosuficiente al
subordinado en alguna reunión del Partido, o, mejor aún,
calificarlo de "complicado ideológicamente", para que
aquel que intentara salirse de las "reglas establecidas"
supiera, más tarde que temprano, el alto costo de su
osadía.
A esos dirigentes mediocres, sobre todo a los que
asumían posiciones de franco extremismo, en nombre de la
"Revolución y el Socialismo", no podía resistirlos. Los
aborrecía como a las colas en los mercados, o las malas
caras de los camareros cubanos. Detrás de cada
extremista se oculta un oportunista, repetía una y otra
vez para sí aquella frase, que había escuchado no sabía
dónde.
Pero todavía menos tragables eran los del otro extremo,
los "disidentes" cubanos de último modelo, que habían
proliferado en total coincidencia con el momento cuando
el gobierno de la Isla autorizó la circulación del
dólar. Muchos de ellos padecían del afán exagerado de
querer aparecer con frecuencia en los reportes de la
prensa extranjera. Aunque pocos, eran una verdadera
plaga, y una ofensa al más elemental sentido común,
porque no había nada más “vomitable” –como decía
Sandra– que un disidente de profesión y no de
convicción. Los de Cuba, por cierto, eran de una especie
muy particular, mezcla de frustraciones intelectuales y
profesionales, generalmente por falta de talento, de
pocos deseos de trabajar, y de un apetito desenfrenado
por ganarse unos dólares a cualquier precio; o, mejor
todavía, de ser premiados por sus "méritos" con una visa
rápida para Miami.
No era secreto para nadie que casi todos aquellos
"gloriosos defensores de los derechos humanos y la
democracia", si es que había excepciones, estaban mucho
más cercanos a la profesión más vieja del mundo, la
prostitución, que a una verdadera razón o principio para
ir en contra del gobierno.
Cuba, efectivamente, no era la octava maravilla, pero
tampoco el quinto infierno como algunos de estos "héroes
de la democracia" afirmaban, sobre todo si se comparaba
con lo que sucedía en otras muchas partes del planeta.
En última instancia, los dirigentes del gobierno tenían
razón, cuando afirmaban que para hablar mal de la Isla,
para inventar turbias historias o exagerar al máximo los
problemas reales del país, sobraban las cientos de horas
de radio televisión y los kilómetros de papel escrito,
que diariamente se producían en los Estados Unidos, y se
distribuían por todo el mundo.
Por eso ahora, con lo de los tanques en la calle, de
nuevo comenzarían las especulaciones, las exageraciones,
las cacareadas denuncias a los derechos humanos...
aunque se tratase solamente de alguna maniobra militar.
Ojalá fuera sólo eso, por Dios.
Entró al Malecón cuando ya el reloj marcaba las dos y
media de la mañana, y, como siempre, se deleitó con la
vista de la hermosa avenida que bordea el mar. Solamente
algunas parejas de enamorados permanecían acurrucadas
sobre el muro de concreto que separa la ciudad de las
azules aguas del Caribe, y sobre el cual también hacían
su faena varios pescadores nocturnos. Más allá, alejados
una decena de metros de los arrecifes de la costa, otros
cazadores de peces frescos flotaban apaciblemente sobre
sus balsas, que bailaban al breve compás de las olas.
Redujo la velocidad al tomar la curva junto al
majestuoso edificio de la Sección de Intereses de los
Estados Unidos, cuya "remodelación" parecía nunca
acabar. El propio Rafa le había comentado recientemente:
"chico, preocúpate cuando terminen de arreglarlo, porque
al otro día nos meten la bomba atómica, y los únicos que
se van a salvar son ellos. Ahí lo que están haciendo es
un refugio antinuclear". Era una de esas típicas bromas
del colega, que lo ponían a uno a pensar muy seriamente.
Por cierto, los funcionarios norteamericanos de la
Sección de Intereses se pasaban la vida explicando que
estaban muy interesados por "mantener bien informados" a
los corresponsales extranjeros. Los norteños, como
siempre, con esa enfermedad incurable de meterse en
todo, y de querer arreglarlo todo al american way. Pero
la fórmula en Cuba no les había resultado, y por ello no
perdonaban ni a Castro ni a ningún otro cubano, aunque
fuera su propio Miguelito, que sólo tenía un año de
nacido. Para los yanquis, era un comunista, y esa
etiqueta bastaba para justificar cualquier barbaridad.
El que sí nunca había sido comunista era él, pero sus
propias creencias, y su vasta experiencia como
periodista trotamundos -como le gustaba calificarse- le
hicieron ver desde el principio a una Cuba muy distinta
de la que leía todos los días en los despachos de prensa
y veía en los telediarios. Por eso, y sobre todo después
de conocer a Sandra, y de convertirse en padre de un
cubano, se había hecho el firme propósito de ser lo más
respetuoso posible con la realidad de la Isla, y no irse
a ganar dinero fácil con el primer cuento de horror y
misterio que apareciese.
Sabía perfectamente que varios conocidos de la prensa
extranjera eran proclives al siempre tentador juego de
estar con Dios y con el Diablo: un día se buscaban una
historia bien truculenta, para contentar a sus
respectivas redacciones, y vender bien caro el reportaje
en los Estados Unidos, y veinticuatro horas después
"emparejaban" con algún reporte más objetivo, que
devolviera la tranquilidad a funcionarios del Centro de
Prensa Internacional, que tenían a su cargo la atención
a los periodistas extranjeros acreditados en el país.
El reto para muchos de esos colegas consistía en
mantenerse en ese equilibrio ecológico, que les
permitiera, a fin de cuentas, seguir ganando el buen
sueldo que recibían por estar "jugándose todos los días
la vida en la Habana, en nombre de la libertad de
prensa”.
Siempre se negó a semejante estupidez. Al final, Cuba le
fascinaba tanto como Sandra, porque era como ella, un
país lleno de matices y en constante movimiento, y donde
todos los días ocurrían suficientes sucesos como para
mantener el flujo de información que exigía la compañía,
sin tener que inventar nada, ni ponerse en aprietos con
los funcionarios cubanos, entre los cuales había hecho
también muy buenas amistades, sobre todo desde aquella
vez, cuando había pasado “el gran susto”...
Sucedió que los editores de un periódico de Miami,
publicaron en cierta ocasión una extraña noticia, a
partir de la unión de dos despachos de prensa, uno suyo
y otro de un colega de su misma agencia, que afirmaba
“completar la información” desde esa ciudad
norteamericana. Sin embargo, la noticia en cuestión, del
modo en que fue publicada, dejaba al lector la impresión
de que toda aquella mentira había sido reportada por él
desde La Habana. Por eso, cuando el Director del Centro
de Prensa Internacional de Cuba le puso antes los ojos
la fotocopia del periódico, que él mismo no había visto
todavía, no pudo evitar aquella cubanísima frase que le
salió del corazón: "¡pero eso es tremenda mariconá!" El
rostro del funcionario cambió enseguida. Minutos después
él mismo le llevó una copia de su nota original, que los
aprendices de brujos del periódico miamense, habían
manipulado a su antojo. Todo se aclaró en un instante, y
desde entonces sintió que se le consideraba un amigo de
Cuba, aunque jamás nadie se lo había dicho con esas
palabras, que él hubiera escuchado gustoso.
Por el contrario, algunos colegas de la prensa foránea,
precisamente aquellos con alma de mercenarios, lo
acusaban de “agente de la seguridad cubana”, aunque
nunca tuvieron el valor de decírselo cara a cara, sino
más bien se lo insinuaban con determinados “mensajes” y
“consejos” que recibía de terceros. Sin embargo, esto
jamás le quitó el sueño, pues muchos otros
corresponsales y amigos como el Rafa, le admiraban y
respetaban por ello. A nadie ocultaba que su único
"secreto profesional" era el de trabajar duro en busca
de la buena noticia, y atenerse estrictamente a la más
pura ética periodística, y a sus propios principios de
hombre sincero consigo mismo. Esto lo sabían también en
su agencia, y nunca le pidieron hacer otra cosa que no
fuera reportar rápido todo lo importante que sucediera.
De ahí que no hubiera contradicción alguna con el hecho
de que, en medio de una noche cualquiera, saliera
corriendo de su casa, si se había enterado de buena
tinta que el gobierno había sacado los tanques al
Malecón.
Interrumpió sus meditaciones al doblar frente al Paseo
del Prado en dirección a la Avenida del Puerto. Un barco
entraba a esa hora a la rada habanera. Más allá, un trío
de jóvenes regresaba tambaleándose de alguna sabrosa
velada; mientras por su lado pasó, con el radio a todo
volumen, un viejo auto de alquiler. Pero los tanques sin
aparecer... será que...
Detuvo violentamente el carro, sacó el celular del
bolsillo y marcó en un santiamén el teléfono del Rafa,
cuya voz parecía ahora llegada desde el otro mundo, o
más bien desde el otro whisky:
-¿Dónde tú estás ahora, Migue, frente al
Morro?--preguntó risueño el colega-. ¿Cómo que no ves
los tanques, hermano? Fíjate bien ahí, en la misma
esquina del Castillo de la Punta, ¿no los ves?
Fue en ese preciso instante cuando Miguel Rodríguez y
del Cueto entendió su error, ese que no olvidara por el
resto de su vida. La carcajada del Rafa pareció retumbar
por toda la ciudad:
–No me digas que todavía no has visto el montón de
tanques... de cerveza, que han puesto por todo el
Malecón. Tú no sabías que mañana empiezan los
carnavales, compadre...
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