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LA
JIRIBILLA La revista Encuentro salió a la luz en Madrid, en 1996. Aparecían como director, Jesús Díaz; director adjunto, Pío E. Serrano, y secretario de redacción, Carlos Cabrera. Más tarde, se creó un consejo de redacción cuya integración, con excepción del director, ha sido modificada en varias ocasiones. La pretensión de la revista, expresada en la nota editorial del primer número, es establecer un debate sobre el presente, el pasado y el futuro del país en un momento en el que se trata:
En su versión digital, Encuentro en la Red, aparecida el 4 de diciembre de 2000, se repiten los mismos nombres del consejo de redacción de la versión en papel, sólo con la adición de Pablo Díaz Espí, hijo del director. En los primeros números, Encuentro marcó explícita distancia del núcleo extremista cubanoamericano de Miami, al cual achacaba una «intolerancia de derecha que le hace el juego a la intolerancia de izquierda», aun cuando, al mismo tiempo, daba espacio a trabajos que contenían ataques a la Revolución, algunos de ellos viscerales. Varios colaboradores y miembros de su consejo de redacción llegaron a manifestarse en contra del bloqueo norteamericano, de las aspiraciones hegemónicas de Estados Unidos hacia Cuba y de la Ley Helms-Burton. La revista se presentaba ante los intelectuales residentes en Cuba como una alternativa «flexible», «tolerante» y «comprensiva», y exhortaba a la reconciliación y al diálogo con la cultura nacional desde una posición equidistante de lo que calificaba como extremismos de derecha y de izquierda. La salida de esta revista coincide curiosamente con un momento de consolidación, desde Cuba, de ese proceso de acercamiento entre la emigración y la Isla —al que ya hemos hecho referencia—, basado en contactos cada vez más estrechos y desprejuiciados entre intelectuales de ambas partes.10 En la referida nota editorial del primer número se aseguraba, por otra parte, que: «La revista no publicará ataques personales ni llamados a la violencia y sólo aplicará el criterio de calidad en la selección de sus colaboradores». A pesar de esta declaración, en el propio No. 1, Rafael Rojas, en su artículo «La relectura de la nación», intenta descalificar a toda la intelectualidad cubana afirmando que: «Hablar hoy de grupos intelectuales en Cuba, de una ciudad letrada, es aferrarse a una ficción estéril. Desde Lunes de Revolución o el primer Caimán Barbudo no ha existido en la isla eso que Ignacio Miguel Altamirano llamaba una República de las Letras». Y Enrico Mario Santí, en «Cuba y los intelectuales: una reflexión necesaria», aparecido en el No. 3, declaraba el «colaboracionismo de los intelectuales cubanos con el régimen actual». En el No. 7, la revista ataca a René Vázquez Díaz, escritor cubano residente en Suecia, por su prólogo al título Cuba. Voces para cerrar el siglo, a causa de la denuncia al bloqueo norteamericano que allí aparece. En el No. 16-17, los materiales que se incluyen sobre algunos intelectuales cubanos son mordaces, irrespetuosos y crudamente agresivos en el plano personal; ejemplos de este ofensivo tratamiento son las alusiones a Roberto Fernández Retamar, Miguel Barnet y al escritor cubano residente en México Lisandro Otero en el artículo «El fin de otra ilusión» de Jesús Díaz, y nuevamente los ataques a Lisandro Otero en « Mi reino por el caballo: las dos memorias de Lisandro Otero», de Enrico Mario Santí. Una variante de este irrespeto a nuestros intelectuales se aprecia en los «homenajes» dedicados a algunos de ellos. El No. 11 contiene un dossier sobre la gran poeta y ensayista Fina García-Marruz. En la nota de presentación, titulada «Un encuentro inevitable», Jesús Díaz asegura que «la obra de Fina nos pertenece a todos, vivamos donde vivamos y sea cual sea nuestra opción política». Más adelante, equipara la obra de Fina García-Marruz con la de dos «narradores» hasta ahora desconocidos, autores, según él, de «una narrativa que no dudamos en calificar de excepcional» y que está, afirma, dentro de «lo mejor de la literatura cubana de los últimos años» (sic.). Se trata de Jorge Valls y Jorge Dávila Miguel. El primero es uno de los «intelectuales» fabricados por la maquinaria propagandística anticubana, y exhibe como único mérito literario el haber sido sancionado por los tribunales en nuestro país; el segundo perteneció al equipo de El Nuevo Herald, en el que publicaba frecuentemente artículos contra Cuba, y forma parte hoy del consejo editorial de la Revista Hispano Cubana, órgano de la filial española de la Fundación Nacional Cubano Americana (FNCA). Díaz lleva su manipulación hasta extremos grotescos, cuando concluye: «Como la obra de Fina García-Marruz, ambas experiencias y ambos trabajos nos conciernen a todos; juntos en nuestras páginas, protagonizan el encuentro inevitable de la poesía y la memoria». Esta técnica de dedicar dossiers de homenaje a importantes intelectuales cubanos, incluso a espaldas de los propios homenajeados, tiene el objetivo de atraer un mayor número de colaboradores de la Isla, y pone en evidencia, en un caso tan flagrante como el relacionado con Fina García-Marruz, y sobre todo como el que se verá más adelante, las verdaderas intenciones de la revista: usar estos «homenajes» como mero ornamento cultural para su propaganda contra la Revolución.
NOTAS |
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