|
LA
JIRIBILLA
LOS CAÑONES Y LA CADENA
Sus originales serán conservados, y una réplica ocupará
su lugar en las inmediaciones de La Punta.
En una serie de
artículos publicados en la revista Policía (abril,
1943), Emilio Roig de Leuchsenring –entonces Historiador
de la Ciudad– narró la historia de estas piezas de
artillería, cuyo destino estuvo ligado a uno de los
acontecimientos bélicos más importantes de la historia
de Cuba y del mundo en el siglo XVIII: el asalto y sitio
de La Habana por los ingleses en 1762. Aunque no
hicieron ni un solo disparo, estos cañones tuvieron un
especial significado durante la contienda al ser
empleados como puntos de amarre –a uno y otro lado de la
costa– de la cadena de gruesos maderos herrados con que
se quiso cerrar la boca del puerto.
Sin embargo, este medio de defensa resultó ineficaz en
la práctica, sobre todo cuando se combinó con otra
acción española a todas luces precipitada: el
hundimiento de tres navíos propios con tal de bloquear
aún más el acceso al puerto. Y es que al echarlas a
pique, la armada española quedó autoinmovilizada en el
interior de la bahía. Como resultado, creó un efecto
contraproducente ya que, sintiéndose seguros de no
recibir ningún daño por mar, los ingleses dieron fondo a
Cojímar y después a Punta Brava, donde sacaron de sus
barcos a toda la marinería y la hicieron tomar en tierra
las armas, aumentando sus fuerzas a 16 mil hombres.
Estas decisiones fueron tenidas en cuenta durante el
juicio que, un año más tarde, se formó contra el Capitán
General de la Isla, Juan del Prado, culpándolo de la
dolorosa derrota española ante las fuerzas británicas.
Así, entre otros cargos, se le imputó que «la
precipitada y perjudicial resolución de cerrar el puerto
en 8 de junio con dos navíos, y un tercero en 9,
inutilizó en él nuestra escuadra, facilitando con este
menos cuidado al enemigo el desembarco de sus tropas de
marina y tripulaciones, mediante los cuales engrosando
su ejército en tierra pudo emplearlos en su pronta
conquista».
Prado se defendió sosteniendo que ese acuerdo había sido
tomado en junta general del Consejo de Guerra, donde su
voto sólo representaba el de un lego en esa materia, por
ser ella «únicamente asunto de marina». No obstante, fue
condenado a muerte por el Consejo de generales que lo
juzgó y que presidía el célebre conde de Aranda. Pero
salvó la vida gracias a que el Rey conmutó esa pena por
la de confinamiento perpetuo.
|