LA JIRIBILLA
CASTILLOS DEL MORRO Y DE LA PUNTA

Menos conspicua en la banda opuesta del puerto, La Punta vio pasar algún tiempo antes de que recibiese atención.


Joaquín E. Weiss |
La Habana


Los castillos de Los Tres Reyes (El Morro) y de San Salvador (La Punta) están hermanados no sólo por su posición a ambos lados de la entrada del puerto habanero, sino por haber sido trazados por el mismo ingeniero, Baptista Antonelli —al cual ya nos hemos referido—, y por haber sido construidos simultáneamente. La posición estratégica del cerro del Morro fue reconocida casi tan pronto como el puerto de La Habana se instituyó en escala regular de las flotas españolas y comenzaron los ataques de la piratería. Por qué este peñón que se alza en el extremo mismo del brazo exterior del canal de la bahía, frente a la ciudad, dominando el mar a muchas millas de distancia, no se fortificó hasta la última década del siglo XVI, es algo que no podemos explicar satisfactoriamente. Tal vez quedaba muy alejado de la población primitiva para trasladarse allí los vecinos en los frecuentes toques de rebato; o se temía un ataque sorpresivo por la vía terrestre desde la caleta de Juan Guillén —luego de San Lázaro— al amparo de los bosques de la costa, en cuyo caso la fortaleza interior quedaba más a mano.

Lo cierto es que desde 1538, quizá antes, comienzan a reconocerse las ventajas de esta peña para la vigilancia y resguardo de la población. Cuando en dicha fecha la Corona nombra a Hernando de Soto gobernador de Cuba y le ordena construir una fortaleza en el lugar elegido, le asalta la duda de si sería más conveniente hacer en lugar de ella «un cortijo a manera de ciudadela en el Morro que está cerca del puerto» . Al mediar el siglo —30 de abril de 1551— acuerda el Cabildo habanero que se pongan «velas en el Morro según costumbre... por haber nuevas de franceses»; y el 15 de abril de 1553 dispone que allí «se aposten dos hombres para vigilancia, y que para reparo de ellos se haga una casilla de tejas...» Diez años después el gobernador Mazariegos levantó en El Morro una torre de «calicanto» de «seis estados y medio de alto y muy blanca», a un costo de doscientos pesos, suma que parece bien exigua aun para aquella época, tratándose de una construcción de unos doce metros de altura que debió ser suficientemente sólida para resistir el embate de las olas durante los nortes. En consecuencia, el 2 de diciembre de 1563 el Rey se dirige a los justicias de La Habana encomiando esta fábrica elevada sobre una roca «de grande altura», de modo que su chapitel estaba a quince estados sobre la mar, el cual se registraba en una distancia de ocho leguas. Esto, afirmaba el Rey, era «cosa muy necesaria e importante», porque la torre sirve de atalaya para descubrir los corsarios que se acerquen a la costa y para que los navíos que vengan «acierten en venir, lo cual muchas veces no acertaban...» Por tanto, era lógico que los barcos pagasen algo por este servicio contribuyendo a enjugar el costo de la torre, a cuyo fin la Corona fija una tarifa por derechos de anclaje que fluctuaba entre uno y cuatro pesos por nave, según el tonelaje.

Menos conspicua en la banda opuesta del puerto, La Punta vio pasar algún tiempo antes de que recibiese atención. Fue el primero de diciembre de 1582 cuando Diego Fernández de Quiñones, alcaide de la fortaleza, escribió a Su Majestad imponiéndole de la gran necesidad de hacer en La Punta «un torreón para la guardia y seguridad de este puerto»; y puesto que la Corona tenía aquí «negros bastantes, con brevedad puede ser hecho, porque el sitio es peña y puédese yslar de manera que quede fuerte». Mientras tanto el Rey lo autorizara, Fernández haría una trinchera con una plataforma de faginas y tierra en la que pondría dos piezas de hierro de las que tenía en La Fuerza.  En adelante la construcción de los dos fuertes, El Morro y La Punta, marchó por caminos paralelos.

Años después —20 de junio de 1588— se estudiaron en la Junta de Puerto Rico las plantas y diseños preparados por Juan de Tejeda y Bautista Antonelli para las fortificaciones que se proyectaban en distintos puertos de las Indias, y se llegó a un acuerdo del cual elevaron al Rey el memorial correspondiente. En cuanto a La Habana. se acordó que, siendo este puerto importante, «conviene se guarde bien y para ello se haga un fuerte en el Morro, en la parte que está designado...; y que al otro lado se haga un fuertecillo como también está designado y la trinchera que va a rematarse en el bosque...», el cual era tan denso que no se podía pasar por él «ni ser talado ni quemado sino en mucho tiempo y con harta gente».

Felipe II, en cédula del 19 de octubre de 1588, da su aprobación al personal que ha de venir a las Indias a poner en práctica el referido plan, y le señala sueldo: a Tejeda, 200 ducados al mes; a Francisco Valverde, que ha de ir con él, 50 ducados; a Antonelli, 100 ducados mensuales más 400 de «ayuda de costa» por una vez... Y poco después pone esto en conocimiento de Tejeda, como jefe del grupo, dándole muy precisas instrucciones de lo que se debía hacer; al propio tiempo le ordena embarcar con los oficiales, artesanos, alcaides, soldados y familiares que formaban el grupo, para cuyo viaje se le facilitarían «dos navíos medianos o uno mayor y un patax». En lo tocante a La Habana, vemos que el Rey había determinado que el fuerte «frontero del dicho Morro» se llamaría del Salvador; y que el fuerte existente se quedaría como estaba, «sin fortificarlo ni desmantelarlo, y en él viviréis vos con la parte de soldados de aquella guarnición que os pareciese». Con esto quedó sellada la carrera de la Real Fuerza como fortaleza cuando apenas había comenzado, y aprobada tácitamente la decisión tomada por Carreño en tiempos de su gobierno de construir sobre ella un piso de vivienda.

A continuación mandó la Corona a sus oficiales de Veracruz que enviaran de cualquier hacienda suya que fuere a su cargo «veinte y cinco mil ducados a los oficiales de la Real Hacienda en Cuba» para costear las obras de las fortificaciones que había ordenado hacer en La Habana, «conforme a la traza y orden que llevan el maestro de campo Juan de Tejeda y el ingeniero Bautista Antonelli». Y Así reunidos todos los elementos materiales y humanos requeridos, se dio comienzo a ambas fortalezas bajo el gobierno de Tejeda (1589-1594). Sin embargo, conviene advertir que pronto surgieron encontradas opiniones sobre el valor relativo de cada una para la defensa de la villa. La Punta tuvo un fuerte partidario en Tejeda, quien, temiendo un desembarco en el litoral, pensaba que aquélla debía fortificarse con preferencia al Morro, creyéndola más útil en dicha eventualidad. Antonelli, desde el principio, creyó estas obras de poco valor: en 1591 escribía que las «fortificaciones que se hicieron en la Punta son de poco efecto estando el Morro abierto como está», mientras que fortificando éste debidamente se podrían evitar gastos y relevar a los vecinos de la molestia de venir al puerto cada vez que pareciese inminente un ataque de los corsarios. En relación con esta polémica declaró Antonelli que «en su opinión el que posea el Morro será dueño de la Punta, por ser aquel eminente y estar a caballero de la Punta y trinchera, descubriendo a los defensores hasta sus pies».

De todos modos, las obras prosiguieron, aunque con lentitud, en ambos fuertes. El 10 de diciembre de 1588 Felipe II, considerando conveniente que cada cual tuviese desde entonces su alcaide y capitán, nombró al alférez Alonso Sánchez, alcaide del fuerte del Morro, «que se ha de llamar de Los Tres Reyes», sujeto a la autoridad de Tejeda; y al alférez Diego López de Quintanilla, capitán y alcaide del fuerte de La Punta, «que como está dicho se ha de intitular del Salvador...» Pero, si había dinero para pagar estas plazas cuando las fortalezas estaban apenas comenzadas, no lo había para proseguir su construcción: el Gobernador escribía en marzo de 1591 que «la fábrica de los castillos está muy falta de dineros, y en esta caja no tiene vuestra majestad cómo podernos valer de ella si no se provee pedirlo al general que viniere de Nueva España..., porque tampoco es obra de dejar de la mano». Dos meses después declara: «En lo de los castillos voy tan despacio que yo mismo tengo vergüenza de ver lo poco que crece la obra»; sólo que esta vez era «por falta de negros». Al mismo tiempo expresa Tejeda muy claramente su descontento porque con su voluntad de servir a la Corona, ésta lo tiene «tan olvidado en este rincón donde tan poco fruto hace»; mientras se ofrecen ocasiones de mostrar lo que él puede hacer «por allá...

Tomado de Arquitectura colonial cubana del siglo XIX


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