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LA
JIRIBILLA
IMÁGENES MAS ALLÁ DE LOS TIEMPOS
"Imágenes en el tiempo y su reiteración martiana
propone una vinculación hombre-tierra, tierra como
elemento generador de subsistencia y vida, y la
necesidad de recurrir a ella en la búsqueda de valores
más esenciales y ecuménicos" comenta a La Jiribilla
el artista Agustín Bejarano a propósito de la exposición
Imágenes en el tiempo.
Iris
Cepero|
La
Habana
Agustín Bejarano, como todos los
niños cubanos, nació y creció, más allá de ámbitos
familiares, ubicaciones geográficas, raíces étnicas, en
un espacio donde la figura de José Martí, el héroe, ha
sido imagen constante, símbolo recurrente, aproximación
obligatoria, presencia estable. Como la mayoría de
nosotros, probablemente no conoció el Martí de Arche,
Carlos Enríquez o los sucesivos Martí de la historia de
las artes plásticas de la nación hasta años después
cuando la inquietud artística, la necesidad del espíritu
o las mil y una preguntas sin respuestas, lo movieron a
descubrir mundos, y entre ellos el de un José Martí más
propio.
Para el niño Bejarano, que muy pequeño ya garabateaba
hojas en su casa de Camagüey, Martí existió desde
siempre, ya fuera en los bustos repetidos, mejores o
peores, en las reproducciones fotográficas de las aulas,
en las grandes vallas. El Maestro, que en un primer
instante fue apenas un rostro o el autor de un único
verso “ yo soy un hombre sincero”, -que no por gusto es
el primero que aprendemos,’- con los años fue
transformándose en nuevos Martí distintos, más completos,
coherentes: el de los versos de amor, la erudita
predicción, la descripción certera, el pensamiento
previsor, el humanismo descollante.
Hoy Bejarano tiene 37 años y a base de muchas horas de
meditación y soliloquios, a fuerza de buscarse a sí
mismo y al ser humano que quisiera ser y crear, se ha
construido un Martí propio. Uno, que más allá del
físico inconfundible e incambiable, se me aparece tierno,
sin la solemnidad que siendo niños, pudo por momentos
confundirnos la admiración en devoción temerosa, con sus
ojos fijos desde marmóreos bustos. En su obra, veo
trastocada esa solemnidad heroica por una más poética,
como del hombre trascendido por el sentir, ensimismado
en una dignidad sin poses, que nace de un pensamiento
puro, superior.
En esto pensé cuando vi los cuadros inmensos de Agustín
Bejarano en la galería La Acacia de La Habana, obras de
la serie Imágenes en el tiempo. El primer segundo
ante el cuadro me trajo la imagen de un hombre, no sé
quién, pero de un hombre, de quien no pude precisar
origen o momento histórico, un hombre más allá de
encuadres denominativos. Sólo que un segundo después, yo,
cubana, ya tenía ante mí al Héroe Nacional, y puse
nombre a la figura, le di fechas, le atribuí gestos, y
mi mente y mi sentir me iluminaron rotundamente al Martí
que me pertenece.
No sé, no he preguntado, qué ven en esos cuadros
aquellos que no conocen al Apóstol. Quizás encuentren
también sus leyendas o sus pequeñas historias, o sus
mitos desvirtuados físicamente pero intocables en
esencias.
Luego oí y leí. Escuché a Rafael Acosta, Presidente del
Consejo Nacional de Artes Plásticas en la inauguración
de la muestra diciendo que tenía ante sí a un Martí como
medium, como elemento de comunión entre la tierra y lo
más noble del hombre. Leí las palabras al catálogo del
crítico David Mateo y supe otras muchas verdades y
percepciones. Supe que a lo largo de estos años la
obsesión martiana del artista se ha mantenido, pero con
un desplazamiento lógico hacia la profundidad de la
relación artista- héroe.
Dice Mateo: “Como resultado de un proceso que se
complejiza, a la par que adopta como prioridad absoluta
la indagación en los fundamentos de un ideario, de una
filosofía, por sobre el protagonismo del ser, la imagen
de José Martí ha ido trasluciendo poco a poco una
estampa cada vez más impersonal, indistintiva; que en
consecuencia no sólo fuerza su eficacia de comunicación
dentro del área nacional, sino que también comienza a
ser decodificada y validada por un público foráneo
altamente especializado”.
Más tarde hablé con Bejarano Como si no bastara lo
muchísimo que sabe decir con los colores enredados en
las manos, también gusta de las palabras precisas . Y
las conoce. Me dijo que Imágenes en el tiempo y
su reiteración martiana propone una vinculación hombre-tierra,
tierra como elemento generador de subsistencia y vida, y
la necesidad de recurrir a ella en la búsqueda de
valores más esenciales y ecuménicos.
Me explicó que intenta sacar del anonimato las escaseces
espirituales del ser humano e incorporar elementos que
juegan con el pensamiento utópico, enjuiciando una
realidad y a la vez proponiendo otra. Según él la serie
no cuenta una historia ni siquiera describe un tema
sino que su afán personal está en el entendimiento de la
metáfora hombre/tierra, hombre/historia, hombre/ memoria.
Hablamos mucho y yo ideé una larga entrevista, un
recuento de su quehacer precedente, imaginé mi
descripción personal del autor de Imágenes en el
tiempo, y toda una retórica chovinista de nuestro
común origen camagüeyano. Me propuse de antemano
seguirle en estas imágenes y en las por venir. Pero
Bejarano siguió explicándome, dibujándome con verbo lo
que ya había sacado de los pinceles. Me explicó que el
Martí exacto que veía y dibujaba de niño se le ha ido
diluyendo, y que al diluirlo lo hace más universal, pues
en la vocación humanista del Maestro está precisamente
su grandeza. Para Agustín Bejarano, diluirlo no es
desterrarlo o deformarlo sino hacerlo más universal.
Todas las momentáneas maquinaciones periodísticas
también se me diluyeron y poco o nada queda de lo que
pretendí hacer en un inicio. He vuelto nuevamente a la
exposición, y he estado una vez más frente a esos
cuadros inmensos, tan grandes como si no alcanzaran los
lienzos para poner tantas palabras. Me olvidé del
artista y me fui tras esos Martí que poco a poco dejaron
de ser suyos para fundirse con los míos, con mis
sucesivas figuraciones personales del poeta, con esas
imágenes que no se quedarán jamás detenidas en el tiempo
sino más allá de los tiempos.
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