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LA
JIRIBILLA
Discos cubanos
Ante retos y realidades
En
el ámbito del disco hecho en el país se encuentran desde
obras que son excelentes muestras de la conjunción entre
forma y contenido, hasta bodrios de última hora que,
gracias a espaldarazos publicitarios, gozan de una
efímera popularidad. Mas, lo importante es que en medio
de altas y bajas, felizmente la discografía local
comienza a evidenciar signos de una proyección
ascendente.
Joaquín
Borges—Triana|
La
Habana
"Antiguamente el trabajo discográfico
era parte del sistema cultural del país y no tenía una
proyección comercial. Ahora nos estamos adentrando en
ello, estamos aprendiendo. Estuvimos muchos años al
margen de lo que todo el mundo hace en materia de
marketing, que tiene determinadas formas de hacerse, en
lo cual muchos países han avanzado mucho. Nosotros no
estamos plenamente preparados para interactuar en ese
terreno. Estamos tratando de aprender con rapidez, para
no afectar con un trabajo poco eficiente a nuestro
talento musical. Sin embargo, hay rigideces
administrativas extremadamente fuertes en cuanto a lo
laboral, que están por encima de nuestra voluntad. Esto
impide algunas veces utilizar fórmulas más viables.
Digamos, por poner un ejemplo, no depender de un
personal propio solamente, sino, como hacen todas las
disqueras del mundo, llamar personal especializado
cuando les hace falta, para no cargar sus estructuras
con individuos, que a lo mejor no tienen contenido para
todo el año."
Lo antes trascrito es una afirmación de Julio Ballester,
ex Director de la Empresa de Grabaciones y Ediciones
Musicales de Cuba (EGREM) y en el presente, Viceministro
de Cultura. Sus palabras evidencian la compleja urdimbre
tejida en torno a la producción discográfica facturada
en Cuba por estos días. Sucede que, como expresa
Ballester, "la Revolución nunca estuvo centrada en que
la música fuera generadora de ingresos, veía su cultivo
como una forma del nivel espiritual. Hoy en día las
condiciones han cambiado y para mantener incluso esa
vocación de la dirección del país de que siga llegando
la cultura a todos los rincones hace falta economía."
A tono con los criterios manifestados, decididamente, la
incipiente industria nacional de la música ha dado un
paso adelante con las celebraciones de la Feria
Internacional Cubadisco. El más reciente de estos
certámenes tiene lugar entre los días 22 y 26 del
presente mes de mayo y dedica sus jornadas a la
enseñanza artística, específicamente a los 40 años de
vida de la Escuela Nacional de Arte, y a México como
país invitado. En opinión de distintos analistas de la
esfera, el principal objetivo del evento ha de ser, por
una parte, un punto de referencia, y por otra, una
inmersión en el cambiante universo de las ediciones
musicales. Así, la ocasión propicia el encuentro de
artistas y ejecutivos de diferentes empresas
discográficas. El certamen resulta además de suma
importancia, pues en sentido general, la producción
sonora —como parte de la cultura cubana gestada en el
país y allende los mares— está urgida de una
indispensable jerarquización que ponga cada cosa en su
lugar y establezca quién es quién. Con ello, al menos,
se compensan en algo las veleidades y desvaríos de los
medios de comunicación, en especial la radio y la
televisión, los cuales (como demuestra un análisis
integral de la difusión que han recibido las
nominaciones y los premios del Cubadisco 2002) siguen en
muchos casos sin divulgar y promover lo mejor que en
materia discográfica sucede en el país.
Según Ciro Benemelis, Presidente del Comité Organizador
de esta feria discográfica, "Cubadisco ha propiciado el
desarrollo de la industria discográfica y la promoción
de la música cubana, ha llamado a una reflexión seria
acerca del papel de esferas complementarias de la
discografía como es lo concerniente a los derechos
editoriales y autorales; un campo que francamente tiene
una inmensa perspectiva. Se puede afirmar que invertimos
para el futuro. El producto música cubana, por su
calidad y la fuerza que gana cada día en diversos
mercados merece este esfuerzo."
Para acometer una investigación acerca del actual
panorama de la producción discográfica cubana no se
puede soslayar el hecho de que el período transcurrido
desde mediados de los ochenta hasta hoy ha sido testigo
en Cuba de una eclosión artística sin precedente en la
historia nacional. Todo el sedimento de una sostenida
organización de la educación del país, y en particular
de la enseñanza artística, se recoge de una manera
nítida en los últimos años. Un análisis acerca del
actual panorama de la discografía realizada en Cuba ha
de partir del hecho de que el enorme potencial artístico
con que cuenta el país no dispone de una infraestructura
técnica industrial que permita su pleno aprovechamiento.
Por ende, de los doce mil músicos de la esfera que van
del rock a la salsa o del jazz a la trova, por más que
se quisiera no todos pueden tener acceso a los escasos
estudios de grabación de que se dispone en Cuba.
Por muchos años, la música no fue concebida en el país
como una industria, y no es hasta la irrupción del
período especial que tal clase de concepción comienza a
ser modificada, ante la urgencia de encontrar nuevas
fuentes de ingresos para la economía de la nación. Se
comprenderá, pues, que la naciente industria nacional de
la música viene al mundo rodeada de dificultades. Una
exégesis que aspire a ofrecer una mirada totalizadora en
torno a los actuales avatares del disco cubano no ha de
obviar dicha realidad. No obstante, los especialistas de
la materia concuerdan en que en la producción
discográfica nacional, ascendente a unos 200 títulos en
su momento de mayor producción (el año 2000) y que se
viera reducida casi en un 50 por ciento en el 2001 por
causas de la contracción económica del segundo semestre,
hay una relativa diversidad en la propuesta de la cual
no se hacen portavoz los medios de comunicación. Quien
formule un análisis integral de los 86 discos que fueron
presentados al Comité del Cubadisco para su
consideración a fin de seleccionarlos o no para su
nominación a los premios de la presente edición, así lo
podrá corroborar.
En la red de establecimientos encargados de la
comercialización de discos hay presencia de grabaciones
contentivas de géneros tan disímiles como la canción, el
jazz, el folklore, el instrumental, el pop, el
tradicional, el de concierto y el infantil. En verdad,
hará siete u ocho años sí hubo un total desbalance en
favor de lo danzario, pero en la actualidad se percibe
un sostenido y creciente interés por ampliar la gama de
ofertas a elegir por parte de los potenciales
consumidores. Ello no implica desconocer el hecho cierto
de que la sociedad cubana tiene una predisposición
positiva hacia lo bailable y que en determinados
segmentos sociales con acceso a la divisa, la tendencia
es todavía más fuerte, lo cual convierte en muy
tentadora la opción de obtener recursos de manera rápida
mediante la edición priorizada de intérpretes de ese
tipo de música.
Por supuesto que todavía falta mucho en cuanto a la
diversificación de la propuesta discográfica llevada a
cabo en el país. Una revisión de las cantidades de
fonogramas por categorías presentados a las nominaciones
del Premio Cubadisco, durante sus distintas emisiones,
pone de manifiesto el inexistente equilibrio entre
géneros a la hora de grabar. Por mencionar algunos
ejemplos, para el corriente año 2002 no hubo ni tan
siquiera un solo disco de música sinfónica o uno que
registrara la obra del importante movimiento de
compositores de música contemporánea que hay en el país
y que tanto interés despierta en el mundo académico
internacional. Asimismo, tampoco ninguna discográfica se
animó a grabarle a un representante del canto lírico
nacional, un estilo en el que Cuba sentó cátedra y llegó
a ser tiempo atrás, la segunda potencia de
Hispanoamérica, pero que hoy no cuenta con un mínimo
estímulo para su desarrollo.
De igual modo, un balance de toda la producción
discográfica desde 1997 (fecha en la que se inició la
celebración del Cubadisco) hasta la actualidad, arroja
que se está dando una tendencia a buscar en el "arcón de
la abuela", para reeditar de manera priorizada viejas
grabaciones, o hacer nuevas ediciones con intérpretes
traídos de un ayer distante, que habían sido olvidados a
causa de la desidia de los productores de turno. Las
acciones comerciales de mayor importancia de varias de
las disqueras locales se están basando en recuperaciones
de fondos de catálogos, con gran éxito en su día y de
indudable calidad artística pero, al fin y al cabo, se
trata de proyectos recuperados del pasado, es decir,
reexplotados.
Otro de los problemas a los que se enfrenta la
producción fonográfica nacional consiste en que la
mayoría de sus grabaciones se difunde en discos
compactos, un soporte casi inaccesible para el cubano
medio. Tal situación trae como consecuencia que en no
pocos casos el público apenas conoce tres o cuatro
cortes de cada CD, que son los que, a lo sumo, se
programan por la radio y la televisión. A lo anterior se
añade el problema de los precios y en particular, lo
relacionado con su igualitarismo, el cual es brutal pues
grabaciones con diferentes niveles de calidad artística
se venden a igual precio y además pasa el tiempo y
siguen valiendo lo mismo, sin que se dé el lógico
proceso de depreciación.
El hecho de cohabitar dos dinámicas en la circulación de
la discografía, una interna y otra externa, en la cual
habría que incluir la del mercado de fronteras,
complejiza de forma ostensible el fenómeno. El carácter
dual del mercado para el disco nacional origina que a
diferencia de las casas disqueras en el extranjero, las
que en primera instancia producen para el consumo en las
naciones donde están asentadas, las cubanas no editan
material para ser comprado por el melómano del país,
sino que persiguen la búsqueda de moneda libremente
convertible, a tenor con los requerimientos del
autofinanciamiento. Dicha situación repercute, incluso,
en la concepción del libreto—portada adjunto al CD,
ya que al estar orientado en lo fundamental hacia el
público foráneo, el diseño tiene que ser tan atractivo
como para captar la atención de un comprador que muchas
veces, si acaso, posee una idea somera de lo que va a
adquirir.
Esta clase de inconvenientes, a los que por ahora debe
enfrentarse la discografía del patio, empezará a
solucionarse cuando pueda hablarse de la aparición de un
verdadero mercado nacional para la cultura, con el
suficiente grado de solidez como para que en él,
productos como el disco, el libro, el cine o los
procedentes de las artes plásticas, alcancen su
realización económica con el dinero del destinatario
natural para el cual están concebidos como creación
artística. Mientras tanto, tampoco en materia de discos
—y pese a determinadas peculiaridades que lo diferencian
de otras manifestaciones del arte— ha de hablarse de un
mercado nacional con todas las de la ley, sino de uno en
el que los cubanos participamos en calidad de
exportadores del producto fonográfico hacia el mercado
internacional o el de fronteras, y no en términos de
consumidores, pues intervenimos en la oferta y no en la
demanda.
En espera de que ese momento llegue resulta oportuno que
el Estado analizara la conveniencia o no de rebajar los
hoy muy elevados precios que hay que pagar para adquirir
un equipo lector de CD, por elemental que sea, y
los propios discos ya editados. De seguro, las posibles
pérdidas que ocasionaría una acción semejante serían
compensadas con creces por el incremento de las ventas,
que en la actualidad se reducen casi a su mínima
expresión. Piénsese, si no, en el escalofriante dato de
que en el mercado cubano en un año tan sólo se venden
alrededor de 340 mil fonogramas, cifra exigua al saberse
que una fábrica de discos compactos produce diariamente
25 mil unidades, es decir, que en Cuba se comercializa a
lo largo de 365 días lo que dichos centros realizan en
catorce jornadas de trabajo.
Tal complicada coyuntura de comercialización exige, en
lo referido a las relaciones públicas y la publicidad de
los sellos discográficos locales y los establecidos en
el país, una gestión mucho más agresiva con respecto a
la imperante en los tiempos en que la industria disquera
en Cuba era subsidiada; se trata de garantizar la
introducción en los mecanismos promocionales que el
mercado asegura en correspondencia con su propia razón
de ser. En los últimos años, en Cuba ha habido una
ampliación de las capacidades en cuanto a la aparición
de nuevos estudios de grabación. Sin embargo, en
comparación con el avance técnico de la etapa, la feria
Cubadisco 2002 demuestra que las estructuras comerciales
y de promoción poco han evolucionado.
Incluso, existe consenso en cuanto a que en varias de
las disqueras que operan en el territorio nacional no se
sabe diferenciar los conceptos de divulgación y
promoción, y por ello, como se comprueba durante el
encuentro de mayo, se limitan a informar de la salida al
mercado de tal o más cual CD, y no se ocupan de
que el mismo sea reseñado o comentado por la prensa
especializada. En esta ocasión, dicho problema ha sido
en parte solucionado gracias a la iniciativa de los
organizadores del evento de editar un periódico en el
que varios críticos y especialistas fueron convocados
para hablar de distintas producciones fonográficas y del
acontecer discográfico de la feria en general. Empero,
ello no debería ser sólo a propósito del certamen sino
como parte de una labor sistemática que contribuyese a
orientar al posible futuro consumidor.
Asimismo, puesto que la música para niños, la de
concierto y la folklórica suelen ser deficitarias, por
resultar —hasta cierto punto— más difíciles de vender
que los restantes géneros, y al margen de continuar
exhortando a los que tienen en sus manos el poder de
decisión para que se procure un equilibrio entre el
elemento comercializador y el componente cultural,
habría que pensar en la conveniencia de que tal tipo de
producciones sean subvencionadas parcial o totalmente
por el Estado, en virtud de la importancia que revisten
para el desarrollo espiritual del pueblo, y como memoria
o testimonio de la cultura de este tiempo.
En otro orden de ideas, hay que reflexionar en torno a
que en el presente se precisa la revisión de la
legislación que regula, desde el marco legal, la
producción discográfica nacional, en particular todo lo
concerniente a la figura del editor, un tema de alta
complejidad. Está también la urgencia de que funcionen
mejor las casas editoras de música. Vale la pena
recordar que muchas empresas disqueras en el mundo
obtienen una mayor cantidad de ingresos no por la
comercialización de sus producciones sino por lo
referido a los derechos editoriales. Ello posibilita que
al fichar a determinado intérprete para realizar un
fonograma, se le pueda proponer un repertorio apropiado
a su estilo, una labor que en la actualidad los sellos
cubanos apenas acometen. Se ha visto, además, la
necesidad de crear una asociación de críticos musicales
destinada a promover un mayor ejercicio del criterio
valorativo en la esfera, y a llenar determinados vacíos
teóricos que hoy prevalecen, así como una de
productores, encargada de regular las tarifas de
precios, que hoy son en extremo desiguales.
Ahora bien, uno de los fenómenos más positivos que le ha
ocurrido al disco en el país, en los últimos tiempos, es
su creciente relación con disqueras extranjeras.
Pequeñas firmas, ahora presentes en Cuba, sirven de
vasos comunicantes entre la producción nacional y las
grandes multinacionales del disco. Claro que no debería
apostarse únicamente por ser distribuidos a través de
las trasnacionales, que en muchos casos —aunque lo
quieran— se ven limitadas en su accionar por las leyes
del bloqueo, y buscar vínculos con empresas menores en
cuanto a volumen de operación (no en lo referido a la
calidad de sus propuestas), como las afiliadas a la
Federación Internacional de Productores Independientes.
Como nada debe ser visto en blanco y negro, lo que por
un lado resulta beneficioso, por otro conlleva
determinados inconvenientes. De tal suerte, el vínculo
con algunas disqueras foráneas de dudosa procedencia ha
traído al país en ocasiones a depredadores del talento
artístico nacional que, al no contar con otra opción, y
presionado por las necesidades económicas y la urgencia
de dejar plasmada su obra en un disco compacto (el
soporte ideal para la perdurabilidad), firman pingües
contratos por los cuales literalmente son esquilmados y
de los que a veces cuando quieren salirse, por los
incumplimientos del empresario, pasan las de Caín.
Por último, en lo referido a la factura en general del
disco cubano, Cubadisco 2002 evidencia que en no pocos
casos hay falta de producción artística. A fines de los
setenta y durante buena parte de los ochenta, la EGREM
contó con un equipo de músicos especializados en dicha
función y que se encargaba del acabado final de la
grabación, de ese último detalle que abarca el saber
hacer las mezclas y ubicar cada plano sonoro en el lugar
preciso. El productor, incluso, tiene que ver mucho con
el ordenamiento dado a los diferentes cortes de un
disco, lo cual no puede ser obra de la casualidad, sino
que responde a un concepto dramatúrgico.
Por estos días en Cuba hay un déficit de auténticos
productores y una buena cantidad de grabaciones se
resienten por la participación en ellas de personas que,
pese a su mejor voluntad, no están aptas para desempeñar
una función de tal magnitud. Quizás por lo anterior,
quien se fije con detenimiento en la producción cubana
efectuada durante el 2001 verá que se repiten los mismos
productores en discos de géneros y estilos musicales
disímiles o pertenecientes a diferentes compañías, con
el agravante de la reiteración de idénticas nóminas
entre los músicos participantes, lo cual inevitablemente
trae aparejado que muchas grabaciones se parezcan unas a
otras y que alguien con talento, pero apremiado por el
tiempo, haga producciones buenas, regulares y malas.
En fin, en el ámbito del disco hecho en el país se
encuentran desde obras que son excelentes muestras de la
conjunción entre forma y contenido, hasta bodrios de
última hora que, gracias a espaldarazos publicitarios,
gozan de una efímera popularidad. Mas, lo importante es
que en medio de altas y bajas, felizmente la discografía
local comienza a evidenciar signos de una proyección
ascendente. Concluida la corriente emisión, el comité
organizador comenzará a laborar en la preparación de la
séptima feria y premio Cubadisco 2003. Por supuesto que,
amén de las dificultades que conlleva el arranque de
cualquier nuevo proyecto, la fiesta del fonograma cubano
resulta una gran ventana que trae nuevos y positivos
aires a la producción nacional. Ojalá que en próximas
emisiones el certamen permita ubicarnos en el buen
camino para afrontar el futuro.
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