|
LA
JIRIBILLA
LA MEJOR
ACOMPAÑANTE
Elena
total, esa voz que huele a los mejores perfumes de la
noche, esa voz que invita a vivir con todas sus
consecuencias, que no nos falte. Ella se ha convertido
en una pieza insustituible en el edificio espiritual
cubano.
Bladimir Zamora |
La
Habana
Se
acostumbra uno a convivir al amparo de las figuras
pilares de la música cubana y lo menos que le preocupa
es el paso del tiempo.
En el febrero de este
noventa y ocho que tanto nos está trayendo y llevando,
Elena Burque nos cumple setenta años.
Será por la natural costumbre de las mujeres de eludir
confrontaciones con el calendario, o porque desde muy
temprano ha tenido el talante de los nombres
indispensables dentro de los intérpretes de la canción
cubana y del resto de nuestra América, pero lo cierto es
que ella produce la impresión de siempre haber estado.
Por eso realmente poco le pueda a uno importar su edad,
como no sea porque su arribo a esta edad, obliga al
recuento y a la reflexión en torno a su carrera
artística.
A inicios de la década del cuarenta, siendo
prácticamente una adolescente, Elena comienza su
trayectoria apareciendo cada vez con más frecuencia en
programas de las plantas radiales habaneras (CMQ, Mil
Diez, Cadena Roja, Radio Progreso, COCO). Más tarde se
produce su actuación en cabarets capitalinos (Sans Souci,
Zombie) y en teatros de la misma ciudad (América,
Alkázar, Riviera, Fausto) e incluso integra como
cantante las ya míticas Mulatas de Fuego del coreógrafo
Rodney, como parte de las cuales hace su primera
aparición en el extranjero (México, Jamaica). Es el
intenso período de su arranque, en que sin dudas no
tarda en provocar interés en los profesionales del
espectáculo y el público, pero aún no se puede sospechar
a donde puede parar esta mulata cubana.
La participación en valiosos cuartetos vocales desde
finales de los cuarenta y hasta 1958, dirigidos por
Facundo Rivero, Orlando de la Rosa y Aida Diestro, son
el marco de la perfilación del estilo de Elena. En ellos
y especialmente en el Cuarteto D’Aida, se revela la
incuestionable singularidad de esta cantante, que como
muchos otros valiosos del patio no cursa estudios
académicos, sino que cultiva el sobresaliente talento
natural en la Real Universidad de la Calle.
Sin dudas las tremendas
dotes de Elena se entrenan en un momento irrepetido de
la música cubana, los años cuarenta y cincuenta, en los
cuales La Habana es un múltiple y constante escenario
propicio para todas las vertientes de la música popular
de la Isla. Ello le permitió el oportuno contacto con
pianistas (Facundo Rivero, Orlando de la Rosa, Frank
Domínguez, Aida Diestro, Candito Ruíz, Meme Solís,... y
Guitarristas (José Antonio Méndez, César Portillo de la
Luz, Ñico Rojas, Marta Valdés...), quienes resultaron
significativos compositores dentro de la canción cubana:
De estos músicos nutrió la Burque considerablemente su
repertorio, especialmente de aquellos pertenecientes al
«feeling», género del que ella se hace intérprete
de alcance inigualable. A tal punto, que en mí opinión
hoy en día esta vertiente musical no sólo se mantiene
vigente por la indiscutible calidad de muchas
composiciones que son parte de su catálogo de oro. En
esto también ha influido la manera de hacer la canción
de creadores como Elena Burque.
Hace cuarenta años Elena Burque se inició como solista.
A esa altura resultaba muy claro que por muy respetable
que fuera la agrupación de Aida, ella estaba destinada a
llenar los más extensos espacios o la tentadora
atmósfera de la intimidad, únicamente con su presencia.
En ella coincidían —coinciden—, una voz sin parigual,
capaz de alcanzar con la misma ganancia los principales
registros y una inefable sensualidad para construir su
proyección escénica; que la dotan de una manera de hacer
y decir la canción sencillamente irrepetibles.
En 1958 graba con el sello Gema de Álvarez Guedes
Vivo en mi soledad, su primer álbum en solitario.
Allí ya quedaron registradas sus respetables
posibilidades para cantar y tuvo la suerte de ser
acompañada con mucha eficacia, lo cual hace de aquel
disco una verdadera joya de nuestra memoria sonora.
Después de aquello, como sabemos sus paisanos, ha
grabado en muchos álbumes y ha quedado constancia de su
aparición en la radio y la televisión nacionales; pero
sin dudas la industria discográfica cubana no ha
dispensado en las últimas décadas la mejor atención a
una cantante del genio de Elena. Tal vez es que la
capacidad de nuestra empresa de grabaciones nunca ha
estado a la altura de la dimensión de esa figura y por
ello, aun cuando se le hicieran varias placas, estos no
han entrado hasta estos días de la forma más ventajosa
en el mercado, sobre todo en el ámbito internacional.
Incluso en los últimos años, en que la EGREM ha dado
evidencias de un trabajo mucho más serio, se ha sido
moroso en la divulgación de la Burque. Baste saber que
en 1995 grabó allí suficientes composiciones como para
probar que treinta y ocho años después de Vivo en mi
soledad, tenía tantas o más posibilidades de cantar
como nadie y hasta la fecha en la cual escribo no ha
salido a la venta ese disco, aunque el público lo
conozca parcialmente mediante la radio y otras muchas
maneras inimaginables.
De todos modos, más allá del ruido de los aniversarios,
siempre habrá tiempo de sacar a la luz una antología
integral suya, que revele las más variadas aristas de su
repertorio. Por cierto vale la pena apuntar aquí las
características del mismo. Quienes le han seguido el
rastro por teatros, cabarets, radio, televisión, vinilo,
cassettes o CD; saben que nunca ha cantado nada sin ser
cercano a su sensibilidad. Y que esa sensibilidad es la
de una artista continuamente en la vanguardia del gusto,
por lo cual aunque conserva los temas más caros de su
repertorio inicial, a los largo de los años lo ha hecho
crecer con compositores y modalidades de nuestra música,
que se ha encontrado en el camino. No ha descuidado su
atención por los maestros del feeling y se brindó de las
primeras para hacer sonar la obra de Juan Formell,
Silvio Rodríguez o Pablo Milanés.
En la presente década se ha enfrascado en discos
antológicos de un mismo autor, haciendo gala de entrega
y profesionalidad.
Son los casos de Vicente Garrido y de Marta Valdés. Los
dos pueden ser considerados entrañables, pero el de
Marta, grabado antes que el de Garrido, a mí en lo
personal, me parece otra de las joyas que nunca se le
podrán agradecer tanto a Elena y con ella a la
compositora. También a los demás participantes en su
realización: Enriqueta Almanza, Frank Emilio y Carlos
Emilio.
Sé que cuando líneas arriba he comentado el buen gusto
de la Burque para seleccionar las composiciones, no
pocos lectores avisados habrán pensado, no sin aparente
razón, en las no pocas canciones escuchadas en su voz
cuyo valor neto es honestamente dudoso cuando no están
al amparo de la cantante. Pero como ya he dicho, ella es
una creadora en el más certero sentido del término y
como una suerte de Midas, es capaz de convertir en obras
de grandes quilates todas las que canta. En ello
interviene su pericia para descubrir en lo casi
rotundamente intrascendente, claves ocultas que le
permitan a la cantante una interpretación en la cual
puede incluso explotar mucho más sus impresionantes
dotes.
Elena seguramente se puso de moda allá por los años
sesenta, por lo menos en los lindes de la Isla; pero
cuando yo comencé a tener uso de razón para apreciar las
delicias de la música cubana, ya ella se había
convertido en un modo de ser de nuestra sensibilidad.
Más como los
cubanos tenemos una rara costumbre de tomarnos los
hechos o las cosas más trascendentes como algo natural,
comparto la opinión de algunos amigos cercanos. La
gente, toda la variedad de la gente que somos, en su
mayoría no tiene clara conciencia de que viven en el
mismo tiempo y muchas veces en el mismo espacio, donde
se manifiesta en todo su esplendor natural, una de las
grandes voces entre cuantas cultivar el cancionero en
lengua hispana. Quizás por eso mismo no se ha sido capaz
aquí, en circunstancias de creciente demanda en
cualquier parte del mundo por la música cubana, de
incentivar el interés por su presencia en otros países,
especialmente de ese Continente europeo, que tanto
mitiga hoy día su falta de imaginación propia con la
rica producción artística de nuestras tierras, donde
todavía a finales de este siglo establecemos un diálogo
de fábula con el resto de la naturaleza.
Seamos más o menos ágiles para advertir lo que
ella significa, lo importante es que Elena exista. Ella,
que ha sido acompañada al piano por un jovencito llamado
Frank Fernández y por otros entregados a ese instrumento
como Orlando de la Rosa, Candito Ruíz, Meme Solís o
Frank Domínguez; o por guitarristas como el inolvidable
Froilán Amézaga o Felipe Valdés —a quienes en otra
oportunidad habrá que dedicar mención más detenida—, es
ella misma nuestra mejor acompañante. Para el cubano
rotundo, cualquiera que haya sido la lluvia o la sequía,
nunca ha faltado Elena en una noche de privilegio
cantando cerquita entre la bruma del cabaret, o
humanizando el más trivial programa de radio, o
desafiando la ausencia de misterio en la TV, o saliendo
de entre la maleza distorsionadora de un cassette Orwo.
Es una mujer que siempre ha cantado poniendo enamorada
atención en cada uno de sus admiradores.
Elena total, esa voz que huele a los mejores perfumes de
la noche, esa voz que invita a vivir con todas sus
consecuencias, que no nos falte. Ella se ha convertido
en una pieza insustituible en el edificio espiritual
cubano.
|