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LA
JIRIBILLA
ELENA FUE LA VIDA
Se vio
protagonista de un documental polisémico y sutil, que
con respeto y responsabilidad la mostraba sencilla e
inteligente, accesible dentro de una cubana realidad
diversa y compleja, entre la nostalgia y el presente.
Jorge Luis Sánchez| La
Habana
Elena Burke se ha ido
a las profundidades insondables. A partir de ahora el
misterio y el mito la acompañarán. Pero duele saber que
el desenfado y el talento que habitaron dentro de ella,
definitivamente no estarán más entre nosotros.
Ajeno a estas ideas la llamé por teléfono una mañana de
setiembre de 1996. Brevemente le esbocé mi interés, y
el del ICAIC, en hacerle un documental. Sin vacilación
alguna aceptó recibirme en su casa para que le hablara
del proyecto.
Para mí, hacerle un documental a una personalidad como
ella, implica estar bajo una especie de embrujo
consciente de muchas cosas, entre estas; conocer y
saber quién es la persona, pasando por el amor y el
respeto, más cierta seguridad y fascinación para
convencer a la personalidad de que uno está convencido
de todo lo anterior. Pero con Elena nada de lo anterior
era un dogma. Su poderosa intuición era quién decidía si
el desconocido cineasta podía pasar de la puerta, o
sencillamente quedarse en ella.
Como mi objetivo era conquistar ampliamente la sala de
su casa, necesitaba lograr un impacto contundente y
fecundo.
Como era hija de Changó, decidí ponerme un pullover
impecablemente rojo. Luego de los saludos de rigor y la
lógica tensión explicando lo que quería, Elena se abrió
a una inolvidable conversación culinaria. Salí de su
casa fascinado por aquella mujer conversadora, que con
casi setenta años aún tenía un no se qué
perturbadoramente atractivo.
Pero Elena era mucho Elena. Se me ocurrió telefonearla
unas horas antes del primer llamado de filmación y me
dijo que no recordaba haberme dicho que aceptaba que la
filmara. ¿Cómo? ¿Y usted me va a dejar embarcado con el
equipo listo para salir para su casa? Silencio... Bueno,
ven para acá.
Fue una tarde maravillosa. Con una autenticidad
aplastante habló de las noches, del ron, de Cuba, de
México, de las enfermedades, de religión, del amor, de
Moraima Secada, de Omara Portuondo, de Orlando de la
Rosa, de Bola de Nieve, de Celia Cruz y de Beny Moré.
Interrumpía sus testimonios para decirme que estaba
cansada de hablar, para elogiar los zapatos de alguien o
para recordar que no le habíamos dado tiempo a llamar a
su peluquero para que la peinara... ¡Dijo tantas cosas,
esa tarde, y otras más!, hasta la frase estremecedora
que escogí para título del documental; “Yo no me
arrepiento de nada, yo me gasto la vida, yo
viví.”
Luego del primer encuentro, Elena no era de ella, si no,
mía. Se sentía cómoda porque nunca dejábamos de mimarla
y respetarla. De no haber sido porque se sentía enferma
nos hubiéramos arriesgado más, ella y yo, por hacer un
documental diferente.
Al concluir ese primer día, no dormí. Querer y respetar
a Elena no podía llevarme a hacer un documental de
entrevistas y canciones. Mi propia decisión de salir sin
guión previo, ni plan de filmación, aspecto este que
tuvo la comprensión de Rafael Solís, el fotógrafo y de
Javier, el productor, significó un desafío. Durante la
noche debía encontrar ese algo que intuía.
Pero no llegó, si no en la mañana cuando sentado en
el auto de filmación observo al chofer. Un cuerpo alto,
desgarbado y flaco, de noble rostro sesentón que me
pareció el de alguien que, sin dejar de haber vivido,
toda su vida ha estado esperando algo... ¿Le gustará a
este hombre las canciones de Elena Burke? ¿En su vida
habrá estado detrás de una barra? ¿Habrá conocido las
noches de La Habana? ¿Podrá actuar?
Así, sobre la marcha, apareció el
barman-fan-enamorado-tímido de Elena Burke. El hombre
resultó encomiable, hizo todo lo que le pedí con una
disciplina y humildad impresionantes. Nunca olvidaré la
pícara reacción de Elena frente a su enamorado, sobre
todo cuando este, en la voz de René de la Cruz, dice más
o menos así: El día que sea mía, así y viejo como
estoy no se olvidará de mí.
Puedo decir con orgullo que Elena disfrutó la
filmación y fue la mejor espectadora de ella misma una
vez editado por Manolito Iglesias. A falta de iniciativa
del ICAIC, que nunca lo exhibió, ni lo presentó en
premier, junto con Cecilia Rodríguez, mi asistente de
dirección, organizamos dos proyecciones, una privada
para ella sola y su familia y otra en la UNEAC. Siempre
fue un privilegio verlo con Elena. Recordaré su
misteriosa y desenfadada intriga cuando me decía que el
documental tenía su puntillita, y que ella se la
estaba buscando.
Nunca me dijo si la encontró. Pero intuyo que esa
puntillita también fue su regocijo al verse
protagonista de un documental polisémico y sutil, que
con respeto y responsabilidad la mostraba sencilla e
inteligente, accesible dentro de una cubana realidad
diversa y compleja, entre la nostalgia y el presente.
Porque la verdadera complejidad de la vida siempre
estará en la realidad y no en el arte, fue la lección
más grande que me dio Elena, sin ella proponérselo, pues
quise hacer un documental sobre el desenfado de una
mujer artista que ha vivido, apelando a la sonrisa y a
la complicidad del espectador. Creo que eso funcionó así
mientras ella estuvo viva, lo pude comprobar en una
transmisión que hizo la televisión en febrero del 2000 y
en las tantas proyecciones privadas a las que he
asistido. Pero tras su muerte, las lecturas que
desprende Elena van por otro camino. Casi no hay
sonrisa, si no dolor, el desenfado es trágica nostalgia.
Y la mujer artista que ha vivido parece formar parte de
una época irrecuperable. La mujer que con inusual
sensualidad cuenta la importancia de una copita de ron
antes de cantar será irrepetible, como tantos otros lo
fueron.
Entonces es que tomo conciencia de lo que anidó entre
nosotros, del valor incalculable de lo que hemos
perdido. De que nuestra insularidad es fuerte sustancia
sobre la que vuela el milagro de la música; Espejo y
espacio donde Elena fue mucho más que un sentimiento.
Desde la dimensión donde está nos acompañará su
misterio. Los que quedamos y los que vendrán,
amamantaremos su mito, su leyenda. A través de su voz y
de sus imágenes ella posibilitará el gozo y el
desparpajo, el sentimiento y la sensualidad, el buen
gusto, el amor y las noches. Y su mayor obsesión: La
vida. Como Lo material, esa gran canción de Juan
Formell que ella interpretó y que nunca debí dejar
fuera... Existir me interesa más, que soñar, solo voy
a luchar por vivir más y más y más...
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