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LA
JIRIBILLA
ELENA
BURKE, DIGA USTED
Hay un punto básico
que es la atracción artista-público. Esto lo tienen
algunos artistas, otros no. Desde que entro a un lugar,
donde voy a cantar, necesito conversar con la gente.
Otro aspecto es que siempre estoy en la búsqueda. No
sigo con la canción que me dio mucho éxito en los años
cincuenta. No puedo pasarme toda la vida cantándola. Si
me quedo en el filin, si no canto las canciones de la
Nueva Trova, creo que me muero.
Luis Brunet |
La
Habana
—Bueno, mi primer contacto con la música fue a través
del tango. Yo tenía cinco años y lo recuerdo. A mí me
encantaba Libertad Lamarque. Me sabía todos sus tangos.
Los cantaba en una especie de show que yo hacía y que
era mi juego favorito. Todavía, de vez en cuando, al
presentarme pongo mi tanguito. Cuando debuté
-a los doce años- canté
“Caminito”, en un programa de aficionados que tenía la
CMC. Apagaron las luces del escenario y me encendieron
un reflector en la cara. Yo no sabía bien la letra y
cuando fui a leer no pude, me callé y me tocaron la
campana. Tú sabes que en aquella época eso significaba
que lo habías hecho mal y ahí mismo te interrumpían la
actuación. Algún tiempo después volví a probar suerte en
una emisora que estaba por donde está actualmente la
CTC. Allí no sonaba una campana sino que Chanito Isidrón
–el cantante de puntos guajiros—te interrumpía con los
acordes de sus laúd: cun cun cun quin cun cun cun…parece
que lo volví a hacer mal porque tampoco me dejaron
acabar,
— ¿Y Ud. No se desanimaba ?
— ¡Qué va, yo era muy muchacho! A esa edad uno no se
desanima. Yo siempre he dicho: si por un lado pierdo,
por otro ganaré. Volví a presentarme, esta vez en la
Corte Suprema del Arte. Y efectivamente, me iniciaron el
acompañamiento en un tono tan alto que cuando canté los
gallos fueron divinos ¡Y me volvieron a tocar la
campana! Pero a Miguel Gabriel, que era uno de los
dueños de la planta, le gustó mi voz. Me hizo una prueba
con Orlando de la Rosa y me contrató para cantar durante
una semana. Allí me mantuve, más o menos hasta los
catorce años. Más tarde pasé a la 1010 –en la que
trabajé durante mucho tiempo –realizando, primero, un
programa bellísimo con una gran orquesta dirigida por el
maestro González Mántici y con Ibrahim Urbino que decía
poemas entre canción y canción.
— ¿Qué recuerdo conserva de la 1010?
¡—La 1010 tenía una programación
magnífica, con muy buenos artistas. Actué por primera
vez para un público de verdad que iba a escuchar música
romántica; fue la primera emisora que me sacó a cantar a
fábricas y escuelas. ¿Y tú sabes quién era el pianista
que me acompañaba en estas actividades? Dámaso Pérez
Prado. Allí tuve mi primera experiencia con un cuarteto;
no, con un trío. Trabajé –y esto fue una gran
satisfacción—con el maestro Adolfo Guzmán. Si bueno era
hacerlo con Mántici con Guzmán tenía el mismo rigor y,
además, el acompañamiento de su piano. A mí me gusta
mucho descargar y cuando coincidíamos en un estudio
aquello era…!
— ¿Y
después de la 1010?
—Después de eso vino una serie de presentaciones en
teatro. Yo me uno, cantando y bailando, a Las Mulatas de
Fuego. Teníamos funciones todas las semanas en el Teatro
Fausto. Cuando eso yo tenía como diecinueve años. Con
ellas fui a México. Allí estuvimos mucho tiempo. Incluso
hicimos algunas películas: Salón México y otras
con el Indio Fernández, pero siempre bailando, no como
actriz.
— ¿Y por qué empezó a bailar? ¿Abandonó el canto o era
que le atraía también el baile?
—No, yo nunca abandoné nada. Lo que pasaba era que en
las producciones con Las mulatas de fuego no me podía
quedar estática. Había que moverse. ¡Figúrate con esas
seis fieras bailando detrás de mí! No me iba a quedar
quieta. Y aprendí a bailar también. Me gustó y parece
que como lo llevaba en la sangre…
— ¿Entonces su primera función en el extranjero fue en
México?
—No, mi primer viaje fue a Jamaica, a Kingston, con
Litico Rodríguez que tenía una pareja de bailes con una
muchacha. ¡Fíjate qué combinación! Yo cantaba y ellos
bailaban. Pero en determinados momentos bailábamos los
tres.
— ¿Cuáles fueron los cuartetos de los que Ud. formó
parte?
—Primero canté con el Cuarteto de Orlando de la Rosa,
después con el de Facundo Rivero, más tarde con un trío
que se llamó Las cancioneras, dirigido por Enriqueta
Almanza y por último con el Cuarteto de Aida Diestro…En
el Cuarteto de Orlando de la Rosa trabajaron también
Omara Portuondo y Aurelio Reynoso… La música de Orlando
es maravillosa, todavía se está cantando y se cantará.
Con él trabajé mucho tiempo como solista. Creo que es el
mejor acompañante que he tenido y todos han sido buenos.
¡Era increíble! Él te adivinaba lo que ibas a hacer. Y
para personas como yo, que nunca cantamos igual un
número, esto es muy importante. Él sabía cuándo iba a
hacer algo nuevo y me apoyaba musicalmente.
— ¿Y Froilán Amézaga?
—Froilán me acompañó durante dieciséis años. ¡Un
guitarrista maravilloso! Lo mismo que te decía de
Orlando de la Rosa al piano, lo considero de Froilán en
la guitarra…Con el Cuarteto de Facundo Rivero hice mucho
cabaret en México. La mayoría de los números eran
bailados. Esto me dio un entrenamiento escénico que me
sirvió de mucho cuando me integré al Cuarteto D´Aida,
aunque este grupo era más bien de filin. Ella también
ponía música movida pero no era lo que predominaba. Con
Aida pude entregarme musicalmente a lo que yo sentía
porque tenía una visión muy rica de lo moderno y de la
armonía. ¿Tú sabes cómo formamos el cuarteto? Amaury
Pérez, el padre, después de oírnos cantar nos dijo: “¿Se
atreven a hacer una semana en el Show del Mediodía?” Y
nosotros le respondimos : ” Sí, cómo no. Si tenemos
muchísimos números montados, hijo.” ¡Y nada más que
teníamos dos! Terminábamos el programa y nos quedábamos
montando los del día siguiente…Me gusta el trabajo con
los cuartetos, todo lo que sea hacer voces me encanta,
me aporta mucho. Y sin tronchar cosas que quiero hacer
sola, por supuesto, si a mí me ofrecen ahora formar un
cuarteto, yo digo que sí.
—Últimamente Ud., Omara Portuondo y Moraima Secada –
sus antiguas compañeras del
cuarteto original de Aida Diestro-
han formado un trío. ¿Por qué?
—Hemos querido volver a unirnos, es algo que deseábamos
hace tiempo. Me siento muy bien con ellas. Lo hicimos
una vez y el público lo agradeció mucho. Entonces nos
propusieron una programación semanal en el Parque Lenin
que ahora hacemos en Bellas Artes, allí me acompaña
Juanito Martínez. Y como somos tan jóvenes nos
presentamos con el nombre de Las muchachitas. ¡Así esté
lloviendo, aquello se llena de gente que nos quiere!
— ¿Le fue muy difícil alcanzar el éxito como solista?
—Paulatinamente fueron llegando como pedazos, pedacitos
que tú agarras… Un día te aplauden mucho, otro te hacen
llorar porque no te aplauden. Entonces tú piensas:
caramba, serviré, no serviré. Otro día, una gran alegría
porque te reciben muy bien. Poco a poco el público tuvo
más conocimiento de quién era Elena Burke. Creo que
después de la Aidas consolidé mi nombre. Y vino la
Revolución y todo fue ir hacia delante.
— ¿Cuándo comenzó su relación con el movimiento del
filin?
—Desde muy joven estoy relacionada con el filin, ya que
cumplí mis quince años en la 1010. Y todos esos músicos
—Angelito Díaz, José Antonio Méndez, César Portillo,
Yáñez y Gómez, Justo Fuentes, Tania Castellanos— todos
se puede decir que eran de procedencia comunista porque,
aunque nosotros no estábamos muy empapados, nuestros
padres y familiares sí… Y de ahí viene la relación
porque yo cantaba en la 1010, los conocía y al mismo
tiempo me iba al Callejón de Hammel, por las noches,
para reunirme con ellos y aprenderme esa música
maravillosa.
— ¿En qué festivales ha actuado?
—Solamente he concursado en el Festival de Sopot, donde
quedé en quinto lugar. Fue una experiencia muy buena.
Después participé en los Festivales de Málaga, España,
en el Orfeo de Oro de Bulgaria y en el Viña del Mar de
Chile. Todas mis actuaciones en el extranjero han sido
por contrato.
— ¿De los países en que ha actuado cuáles recuerda con
más cariño?
—Tengo gratos recuerdos de muchos países. México, por
ejemplo, siempre lo recordaré. ¡He estado allí
diecinueve veces! Y cada vez que voy soy bien recibida.
Me gustó mucho el trabajo en Japón sobre la Expo, 67.
— ¿Por qué?
—Porque es un público muy raro. Los japoneses siempre te
sonríen. No hay manera de que sepas si están bravos o
contentos. Canté a teatro lleno y a pesar de no entender
el idioma los aplausos fueron extraordinarios. Allí tuve
la satisfacción de alternar con los Swindle Singers…
Después está Chile; en el Festival de Viña del Mar tuve
una experiencia tremenda. Fue durante la época del
presidente Allende, la reacción era terrible. Cuando
empezamos a cantar la rechifla fue inmensa. A los
músicos les tiraron piedras. Yo me molesté mucho y me
dije: “Ah, no quieren caldo, tú verás ahora”. Y canté la
“Guantanamera” con todos los hierros. ¡Fue un éxito! El
público estaba dividido: una parte a favor y otra en
contra, discutían entre ellos. Unos gritaban para que no
siguiera y otros me alentaban con su bravo, bravo.
Cuando salí de allí me dijeron: “No te han matado de
milagro”. Me felicitaron mucho. “¡Qué valiente has
sido!” —me decían. Yo no sé si fue valentía, lo que sé
es que tengo un punto de rebeldía que se me desata en
algún momento… Después me esperaba una sorpresa mayor.
Me fueron a buscar a la casa. “Te vamos a llevar a un
lugar” —me dijeron. “ No, yo estoy muy cansada” —les
dije. “De ninguna manera” —insistieron. “Bueno, está
bien pero yo no me voy a cambiar de ropa ni nada. Voy
así mismo” ¡Yo que pensaba que íbamos a un restaurant
cualquiera! Y de pronto me veo entrando en un castillo,
con soldados y todo. Y subo una escalera y allí estaba
el presidente Allende y su señora, esperándome para
ofrecer un banquete en mi honor por lo valiente que
había sido. ¡Ay, por poco me muero! Fue una experiencia
lindísima. Después él quiso que yo cantara canciones
antiguas, me hizo chistes, eran muy agradables… Cuando
supe que lo mataron me dio una gran tristeza…
— ¿Cuáles son los cantantes que más valora?
—Me gustan varios, pero no te voy a decir ninguno. Son
gente que quiero mucho y no sabes lo celosos que son.
— ¿Y compositores?
—Estoy en el mismo caso.
—Su repertorio es muy amplio.
—Desde el primer día hasta los jueves del Fondo de
Bienes Culturales, hoy, yo canté lo mismo la música de
los compositores establecidos que la de los que
empiezan.
— ¿Qué la decide a elegir una canción?
—Que sienta la letra, que me haga vibrar; me importa más
que la melodía. Mira, hay compositores, como Marta
Valdés, cuya música he seguido cantando a través de los
años. Aparte de que es muy buena, tiene una afinidad
artística conmigo. Y en ese caso hay otros compositores
también. Cuando Marta hace una canción me llama para
que, expresamente, yo la escuche. Eso es muy importante
porque a lo mejor hay otro compositor, que me gusta
mucho, y cuando me entero de su canción ya se ha cantado
muchas veces.
— ¿Qué cosas le gustan más en la vida?
— ¡Ay, mi madre!
— ¿Por qué se ríe?
—Amar
—Amar y ser amada.
—Bueno, ser amada en cierta medida. Tú sabes que en el
amor una parte ama y la otra se deja amar, es decir, ama
pero no tanto…
— ¿Qué significa para usted la amistad y el trabajo?
—Cuando se consigue la amistad es lo más grande que hay,
más aún que el amor… El trabajo es lo que realmente te
mantiene. Si no tuvieras trabajo no tendrías razón de
existir. Tengo una vocación. Así que yo… hasta que me
muera.
—En este caso no me queda más remedio que preguntarle:
¿de no haber sido cantante qué le hubiera gustado ser?
—Cantante.
—¿Cómo
valora el desarrollo de Malena, su hija?
—Estoy muy contenta con ella. Desde niña fue muy
afinada. Cuando tenía doce años, un día le dije: “Vamos
a cantar”. Y subió al escenario de lo más dispuesta y
cantó conmigo. Con el tiempo, su voz ha madurado mucho,
es atractiva, canta bien. Ha estudiado música y sabe lo
que está haciendo. Creo que si se empeña y estudia un
poco más, ella llegará a hacer algo.
— ¿Tiene nietos?
— ¡Cuatro! Me llenan la vida de cosas buenas. Se es
madre dos veces.
— ¿Alguna afición?
—Me gusta mudarme dentro de mi propia casa, cambiar las
cosas de lugar. También me agrada cocinar, inventar
comidas.
— ¿A qué atribuye su vigencia en el gusto del público
durante tantos años?
—Nunca lo he pensado. Cada vez que salgo a escena
siento un miedo que no eres capaz de imaginar. Con
decirte que tiemblo. Después cuando canto un número o
dos se me pasa… ¡Son cuarenta y cuatro años de trabajo!
Hay un punto básico que es la atracción artista-público.
Esto lo tienen algunos artistas, otros no. Desde que
entro a un lugar, donde voy a cantar, necesito conversar
con la gente para la que voy a actuar. Otro aspecto es
que siempre estoy en la búsqueda. No sigo con la canción
que me dio mucho éxito en los años cincuenta. No puedo
pasarme toda la vida cantándola. Si yo me quedo en el
filin, si no canto las canciones de la Nueva Trova, creo
que me muero. Hay que seguir adelante. Y si después
surgen otras valiosas, seguro que intento incorporarlas.
— ¿Qué le agradaría hacer en el futuro?
—Tengo ganas de hacer algo como Cecilia Valdés, pero en
el plano de la música popular. Una obra donde se actúe y
se cante. Me gustaría y cambiando y ser — dentro de
cinco o diez años, no sé— una actriz que a lo mejor
pudiese cantar en un momento dado. Pero no me gustaría
ser una actriz dramática, no; quisiera ser una actriz
cómica como una Alicia Rico o una Candita Quintana. No
sé si logre desarrollarlo, pero me gustaría.
— ¿ Cómo ha sido su carrera?
—Me faltan muchas cosas por hacer, pero he logrado
bastante. He vivido momentos muy grandes. ¡He pasado por
todo! Me he quedado sin voz en un escenario; en un
recital con el teatro lleno. No de quedarme ronca, sino
sin voz de que no podía emitir sonido. Y de luchar en el
mismo escenario y sentir que el público me decía: “No
cantes, no te esfuerces”. Y nada, no poder. Y tener que
terminar ahí mismo. ¡Cuántas vivencias! Lo que pasa es
que yo como tú sabes, olvido; no olvido, es que los
recuerdos se adormecen…Creo que mi carrera ha sido muy
hermosa.
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