LA JIRIBILLA
NIVIA DE PAZ:
LA SENCILLEZ SANGRANTE
DE LA AUTENTICIDAD

El pincel de Nivia se va atreviendo desenfadado e inatrapable, no conoce —ni le importa— las leyes de la perspectiva y de los colores, cualquier material puede ser utilizado como soporte, la técnica no es fundamental. A ella le interesa mostrar lo que ha explotado dentro, "la sencillez sangrante de la autenticidad".

Alexis Castañeda Pérez de Alejo |
La Habana


En el número 26 de la revista Signos (1980), dirigida por el eminente Samuel Feijóo, se muestra como primera propuesta gráfica una fotografía, inédita hasta entonces, donde aparece el Che rodeado de un grupo de personas, pero entre las que se destaca una hermosísima muchacha que hace descansar su cabeza sobre el hombro del ya mítico guerrillero. La instantánea había sido tomada en el poblado de Camajuaní, en la casa de la familia de aquella joven llamada Nivia de Paz, unos días antes del triunfo de la Revolución; junto a la fotografía aparece un poema de Nivia que muchos aseguran fue dedicado por la autora al Che, a quien consideró siempre su buen amigo.

Puedo morir esta noche
de ti lejos, amigo.


En este número de Signos encontré por primera vez el nombre de Nivia de Paz, pero no mucho tiempo después este mismo nombre me sorprendió, ya no como poeta, sino signando la autoría de varias obras expuestas en una galería de arte popular en Santa Clara.

Nivia, pues, decidió pintar: comenzó haciendo rostros, retratos, que casi siempre eran ella misma, después algunos familiares o conocidos. Se copiaba una y otra vez hasta lograr unos rostros atentos donde se adivinaba la mirada también atenta e inteligente de la artista; de quien ha vivido solo intensamente, sobre una cuerda fina y gentil, descubridora de lo que puede haber debajo de una máscara. Luego fue armando y logrando multitudes; los rostros se multiplicaban en carnavales y desfiles: «La vida es como una calle», dijo en uno de sus versos —que sigue escribiendo— y esta fue al parecer la divisa distintiva entonces: la vida y la calle que se complementan y a la vez ofrecen perspectivas diferentes. La vida está en los rostros, en las multitudes carnavalescas, en la colectividad abierta y mostrada en un gran escenario.

El pincel de Nivia se va atreviendo desenfadado e inatrapable, no conoce —ni le importa— las leyes de la perspectiva y de los colores, cualquier material puede ser utilizado como soporte, la técnica no es fundamental; puede ser un óleo, una tempera o la mezcla de ambos. A ella le interesa mostrar lo que ha explotado dentro, «la sencillez sangrante de la autenticidad». Todavía el dibujo sigue predominando en todas estas figuras de dulce ingenuidad.

Con el tiempo Nivia, sin perder la poderosa fuerza expresiva, acude a recursos impropios del primitivismo, la intencionalidad manifiesta en la utilización de elementos figurativos puede restarle algo de esa ingenuidad y la frescura que tanto nos cautiva en su obra, ahora cede ante la sorpresa de descubrir a Picasso, Cezanne, Matisse..., no obstante, los elementos formales que se mantienen.

La pintora no quiere repetirse, poetisa de pluma y pincel intenta calar en lo más hondo de su sensibilidad ya más cultivada, es en este momento que sale hasta las galerías villaclareñas y descubierta va a exponer junto a un grupo de pintores populares cubanos en la gran exposición Inventario de Cosas Naturales organizada por el Centro Nacional de Artes Visuales, en 1991.

Pero ahora Nivia ha detenido su ascenso cuando ya parecía que su estilo no veía aún el límite, ha dejado la constancia de años atrás. Como buena heredera de la escuela feijoosiana se encierra en las ilusiones y alucinaciones que ella misma se ha fabricado, se aísla de la calle y sus multitudes que tanto pintó. Algunos días toma el pincel y pinta intensamente, luego regresa a su velo silencioso y distante.

Nivia de Paz sigue en su Camajuaní querido, apenas es una sombra, el leve resplandor de una luz ida, su casa también va dejando jirones de su otrora elegancia, solo el forastero se detiene ante la tarja que señala el lugar donde un día estuvo el Che.


No sabría si tú,
salvador audaz de mi miedo,
guardabas mi paraíso de ayer;
o si tú, que puedes dejarme
silenciosa y ausente,
guardas mi paraíso,
hoy.


Esto escribió Nivia , como premonitoriamente –¿a su amigo el guerrillero?– hace algunos años; en su silencio y sus dudas parece esperar por alguien ¿o será esta otra muestra de la sangrante sencillez de esa autenticidad que la posee?
 


2002. La Jiribilla. Cuba.
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