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LA
JIRIBILLA En sus conciertos, a la altura en que llegaban “Mi son entero”, Llora, Duele o A mis 22 años, ya el escenario era todo ella, que cantaba mejor todos los días hasta el último. Porque era de las excepcionales que prefería jugarse en cada canción el pecho, hasta la última fibra de una garganta ejercitada en el privilegio de un registro y un color únicos. Muy pocas artistas, cubanas o extranjeras, han conseguido decir una canción, un bolero, un tango (con perdón de quien lo crea de otra manera) con ese fraseo al mismo tiempo adolorido y gozoso que distinguió ―seguirá distinguiendo― a Elena Burke. Pueden venir a la mente la Piaf, Mercedes Sosa, Mina, Sara Vaughan; se dice le envidiaba sanamente la tesitura a Yma Sumac y que no le gustaba su voz, pero Elena fue, desde los años cincuenta hasta el siglo XXI, un fenómeno absolutamente irrepetible. Nadie como ella, cuando canta se confiesa, y las palabras se tornan susurro o a viva voz, se yergue en reproches, o se entrega vencida al amor reconocible, a la angustia de darse hasta la alucinación y seguir murmurando Me faltabas tú, Ámame como soy, El último café, No puedo ser feliz, Lo material, Y háblame... Sin ser la cantante que más público arrastró en Cuba, lejos de modas y del tope de las listas de éxito, la Señora contó, y seguirá contando, con la complicidad de un auditorio fiel, gentes de tres o cuatro generaciones que vibran en su misma cuerda, que en medio de la noche estival, sin una sola nube, y ante un vaso de ron, solo precisan escuchar Llanto de luna o Mil congojas; pero por Elena, la única que parecía inventar el texto y componer la música mientras encandilaba el oído de bohemios, noctámbulos y enamorados. La magia tiene esencia escurridiza, inexplicable, y el hechizo de la Burke trasciende la apariencia, lo racional, porque su seducción se construía sobre la sinceridad imposible de aprender a mirarse el alma cantando, y hacer que retumbaran las paredes de teatros, clubes nocturnos y cabarets, con el vigor de una voz entera, de proyección impecable, atronadora o tierna según desgranara las primordiales Para vivir o Tú mi rosa azul. El público voceaba sin cesar los títulos de esta o aquella canción. Elena se resistía, porque había ciertos números que la “traqueteaban toda”, pero al final regalaba lo que le pedían, complacía a todos, improvisaba, jaraneaba con los deseos de la gente de escuchar tal o mas cual texto, pero jamás traicionó la infinita complicidad de sus devotos. Con guitarra, a capella, con orquesta de fondo, junto a La Aragón, las D’Aida o Pablo, Elena se quedará aquí y seguirá de pie, así, sencillamente y sin alardes. Damos fe de ello todos los que estamos dulcemente condenados a conservar el eco de una voz hecha de bronce y miel, especialmente dotada para cantar aquello que decía “...y en cuanto a la muerte amada, le diré, si un día la encuentro, adiós, que de ti no tengo interés en saber... NADA”. |
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