|
LA
JIRIBILLA
LUIS
DASCAL, LA HISTORIA, LA REVOLUCIÓN
Graziella Pogolotti|
La
Habana
El tema de las
generaciones ha perdido vigencia. Pero durante mucho
tiempo fue motivo de encendidos debates en el campo
teórico. Para algunos alcanzó la dimensión de una
característica metafísica que convertía la historia del
arte y de la literatura en una sucesión de parricidios
protagonizados por oleadas de actores signados por la
cercanía en las fechas de nacimiento. Sabemos ahora que
las generaciones no constituyen bloques unívocos y que
al interior de cada una de ellas surgen corrientes y
contracorrientes, con claras diferencias en el modo de
asumir la tradición.
Y, sin embargo las generaciones existen. No surgen bajo
un signo determinista. Plurales, están marcadas por
contradicciones enriquecedoras. Pero, a pesar de las
diferencias que los separan, los coetáneos crecen y
llegan a lo que Sartre llamó “la edad de la razón” en
circunstancias similares, caracterizadas por
acontecimientos históricos y culturales. Quienes hoy
rondamos los setenta, conocimos la segunda posguerra,
las imágenes de Hiroshima y del universo
concentracionario, las luchas anticoloniales de Argelia
y de Indochina y la explosión existencialista.
Despertamos a la vida escuchando las mismas canciones.
Vivimos la gran defraudación de los gobiernos
auténticos, la represión impuesta por la dictadura de
Batista. Recorrimos, mochila al hombro, los mismos
paisajes. Compartimos la euforia incomparable del
triunfo revolucionario y, todavía muy jóvenes, nos
dispusimos a la tarea de construir el país. Ese caldo de
cultivo aguzó nuestra conciencia histórica.
El debate con la historia constituye tópico recurrente
de la Trilogía cubana, donde Lisandro Otero
agrupa tres de sus novelas más conocidas, La
situación (1963), En ciudad semejante (1970)
y Árbol de la vida (1992). Las dos primeras
abarcan en sucesión la etapa final del gobierno de los
auténticos y la lucha clandestina contra la tiranía. Más
compleja, la última inscribe el período de la
construcción revolucionaria en un panorama histórico más
extenso.
Veinte años separan la redacción de la primera novela
respecto a la última, Árbol de la vida. La
distancia se advierte en los recursos narrativos
empleados. En las correspondientes a la década del
sesenta, dominadas por la acción, es evidente el vínculo
con los recursos narrativos puestos en circulación por
la novelística norteamericana, en especial por Hemingway
y Dos Passos. En la última, el tono es más reflexivo. En
el decursar de la existencia del escritor ha pasado una
doble experiencia de vida, la del hombre incorporado a
la obra revolucionaria desde los días de la
clandestinidad y la del autor de Temporada de ángeles,
verdadero ensayo novelístico acerca de la Inglaterra de
Cromwell. El acucioso estudio documental condujo a
Lisandro Otero a ampliar su perspectiva, tomando como
base una etapa histórica ya decantada por el tiempo, lo
que favorece la observación del fenómeno en tanto
proceso. La Historia se va entretejiendo atrapada en sus
propias leyes, sin dejar por ello de ser hechura de los
hombres, actores vivientes, ambiciosos, deslumbrados por
el poder y, también, portadores de ideales de perfección
y pureza. Alejada del ciclo cubano por razones de asunto
y de época, el aliento de Temporada de ángeles,
texto fundamental en la narrativa de Lisandro Otero, se
advierte en el diseño y la concepción de Árbol de la
vida. El autor ha querido, sin embargo, subrayar los
elementos de continuidad en la que ahora nombra
Trilogía cubana. Apela por ello a un recurso
empleado con frecuencia en las numerosas novelas
cíclicas escritas en la primera mitad del siglo XX, el
de mantener una línea de coherencia mediante la
presencia continuada de un conjunto de personajes.
Luis Dascal, atraviesa las
tres novelas. Pequeño burgués, con ciertas veleidades de
arribista, se acerca primero a los estratos superiores
de la sociedad para dejarse envolver luego, después de
muchas vacilaciones, por el remolino de la lucha
clandestina.
Sin oficio definido, su comportamiento lo acerca al
intelectual, escritor o periodista, quizás. Agarrado por
esa voz narrativa el lector se impregna de un ambiente
habanero que el escritor conoce bien. Pero, hay que
evitar las conclusiones precipitadas: Dascal no es
Lisandro Otero. Ha sido construido para situar, desde el
interior del relato, una distancia crítica indispensable
para destacar la endeblez de los personajes que habrán
de ser desplazados por la sacudida revolucionaria y para
hacer verosímil el perfil de los héroes crecidos en
medio de la resistencia popular ante los desmanes de la
dictadura.
Escrito a la luz de la crisis y caída del campo
socialista en los años 80, Árbol de la vida
replantea el debate con la historia imbricado con la
reflexión acerca de las revoluciones. El presente
dialoga con distintas instancias del pasado que
transcurre a través de figuras secundarias. Después de
un juvenil arranque de generosidad, los personajes
transigen con las realidades de la vida y amasan
fortunas por cualquier medio, inclusive la trata
negrera. Siguiendo un estricto trazado genealógico, los
descendientes padecerán la frustración republicana, se
acomodarán a ella. Hecha día a día por la mano del
hombre, la historia se va conformando según la medida de
sus constructores. Alcanza la dimensión de un poderoso
canto coral cuando los esfuerzos de todos se conjugan en
una misma dirección. Muestra sus cicatrices cuando,
atrapado por la cotidianeidad, el hombre recobra su
pequeña estatura. Para formular esta reflexión, Luis
Dascal resulta, otra vez, el personaje apropiado.
De acuerdo con la tradición dominante en nuestra
narrativa, Lisandro Otero sitúa su Trilogía cubana
en el ámbito de la ciudad. Desde las páginas
iniciales de Cecilia Valdés, Cirilo Villaverde define de
un solo trazo la condición social de la muchacha al
hacerla corretear libremente por los espacios públicos
de La Habana. Carpentier se detiene, preciso y moroso,
ante los valores de la arquitectura. El personaje de
Otero recorre una geografía, la del Vedado y la de
Miramar, que reafirma su origen de clase. La meditación
de Dascal, situada en el inicio y en el cierre de la
novela, se produce a orillas del Almendares, allí donde
estuvo la fundación de la capital. Apenas aludida por su
entorno construido, la ciudad se desmaterializa y
adquiere una dimensión espiritual. De ese modo se
identifica con la polis y, se proyecta hacia una escala
de valores presidida por la responsabilidad ciudadana.
No estamos ante los héroes de Hemingway y de Malraux,
enfrentados a un destino con el rostro de la muerte,
sino ante individuos que se interrogan acerca del
sentido de la vida dominados por preocupaciones de orden
ético. Sin perder sus valores narrativos, Arbol de la
vida se convierte también en testimonio de estos
críticos tiempos que nos han tocado.
|