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LA
JIRIBILLA
ÉL
VIVE DE PREGUNTAR
La
obra de Javier Guerra, y más específicamente, su serie
Talento, merece leerse en los marcos conceptuales
que comprenden el universo de las energías utópicas.
Javier no le concedió tiempo a las respuestas, su espera
se trastocó en gesto creativo.
Yissel
Arce Padrón
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La
Habana
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“... Y esta costumbre,
esta costumbre de soñar lo mismo,
siempre lo mismo...”
Eliseo Diego |
La historia suele ser enrevesada,
caprichosa. Los caminos que conducen a ella suelen
también estar repletos de esas sillas peligrosas que nos
invitan a parar. Por eso el temor de muchos a abandonar
un sitio conocido, a dejarse someter por fuerzas
azarosas, imprevisibles, a esperar las repentinas
torceduras del destino. Hay quienes necesitan exorcizar
el demonio de lo imprevisto, adelantarse en busca de los
signos que testimonien el tránsito hacia lo
imperecedero.
El andar por la vida nos ha demostrado que construir
nuestro propio derrotero es jugar con las líneas
trazadas, es caminar sobre el miedo. El miedo es también
la esperanza. Lo más sencillo para el hombre ha sido
renunciar. Las respuestas están escritas, el reto mayor
está en preguntar. Y preguntar puede ser lanzarse al
abismo de un soliloquio interminable o puede ser, ¿por
qué no?, la mejor manera de figurarse utopías.
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“... Pero si dejo de soñar
quién nos abriga entonces...”
Eliseo Diego |
La obra de Javier Guerra, y más
específicamente, su serie TALENTO, merece leerse en los
marcos conceptuales que comprenden el universo de las
energías utópicas. Sus preguntas lo han conducido a la
conformación de una realidad hipotética desde la cual ha
viabilizado sus inquietudes estéticas. Javier no le
concedió tiempo a las respuestas, su espera se trastocó
en gesto creativo.
Se trata de portadas de una revista que el artista se
inventa para adelantarse a su sino. Es su territorio de
poder, su espacio de “emancipación”, donde la utopía se
piensa realizable, donde sólo él puede decidir cuáles
serán los actuantes de su juego. Podría parecer que
estamos asistiendo a la instauración de una noción
desfasada de utopía: el hombre como mito, la opción
emancipadora, las necesidades colectivas, el predominio
del saber y tantas otras “verdades” supuestamente
enterradas con el cadáver de la Modernidad. La
estrategia de Javier es otra. Su imaginación utópica
participa de las recolocaciones y ambigüedades que ésta
ha sufrido en el discurso culturológico contemporáneo.
Él es consciente de que sus obras-portadas son solo un
constructo, un simulacro desde las cuales puede
legitimar simbólicamente su yo real. Javier disuelve la
realidad en el simulacro, en la ficción, con el
propósito manifiesto de reclamar su derecho a la
memoria, a la trascendencia.
Una portada es el espacio protagónico de una revista, es
el lugar donde se nos adelanta lo que vamos a encontrar,
es allí donde se anuncian sus principales contenidos, es
donde se nos conmina a hojear sus páginas. Esta, sin
embargo, es una revista inexistente, debemos imaginarla;
y la imposibilidad aquí no es casual, se me antoja un
subterfugio detonador de polisémicas apelaciones
contextuales: otra vez el trasiego con el par
realidad/ficción. Y para subrayarlo, Javier hace uso de
los códigos del lenguaje publicitario –ya sabemos que
toda publicidad porta en sí una dosis de ficción, una
alteración de la realidad representada–. Los anuncios
siempre prefiguran el éxito, no se permiten zonas de
fallas.
Con este marco referencial puede entenderse algunos de
los temas que introduce el paratexto TALENTO. Es algo
que solo aparentemente no se cuestiona, que ya se da por
aceptado. Así el creador decide su triunfo, controla su
espacio de éxito, manipula su propia realidad. Se trata
del placer de anunciarse travestido de algo que no se
es, con la cobertura de un TALENTO asegurado. Y por eso
puede ser el Che o la Estatua de la Libertad, o recurrir
a otros iconos, que son garantes del reconocimiento
social, pero que también son estrategias publicitarias.
Entonces el binomio realidad/ficción se acompaña de otro
par que por mucho tiempo se pensó antitético:
arte/mercado. De esta manera se niega la sobreestimación
del valor del objeto estético y la romántica visión que
concibe al arte alejado de todas las contingencias de
aquello que hoy se instaura como encargo social: el
mercado. El juego se convierte en ironía, en paradójica
conciliación de mundos irreconciliables.
Asiste a estas portadas desde sus primeros números en
1994 un amplio repertorio temático. Javier ensaya su
autodefinición y se permite consagrar, elevar a
categoría aureática en esta revista –que ya sabemos un
ejercicio de poder– a su mundo cotidiano. La isla
convertida en cerebro, en pirulí, en paraguas, en
cuchillo, dialoga con los rostros de amigos y conocidos,
con sus recuerdos más personales, con el comentario
social. Y esto lo hace ostentando un dominio absoluto
del diseño y del dibujo, algo que peculiariza a su obra
toda. El dibujo aquí es fin, es recurso expresivo que se
combina con la capacidad del artista para manejar las
tonalidades ocres y las huellas del carboncillo,
recursos más que suficientes para conducir sus
estrategias conceptuales.
Estas obras-portadas se erigen en zonas de tolerancia
donde la utopía, el absurdo y la hibridez orquestan
elementos contrastantes que hallan suspicaz correlato en
la praxis social. Javier se sitúa entonces en el
territorio de lo lúdico para trazar las claves de una
poética que pone en solfa ciertas nociones retóricas y
hace de las suyas preguntas muy peligrosas.
La verdad prefiere agazaparse. Lo obvio se convierte en
utopía.
. D:
“La muerte me está buscando
Pa’ llevarme al cementerio,
Y como me vio tan serio
Me dijo que era jugando.”
Canción popular |