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LA
JIRIBILLA Hilo conductor de este conjunto es el itinerario vital de un personaje, que va desde la Cuba de 1951 hasta los años posteriores al triunfo revolucionario de 1959. La “biografía” de Luis Dascal –o mejor: su “educación sentimental”, para referirlo de acuerdo con la propuesta de Gustave Flaubert para su “héroe” Fréderic Moreau, testigo de inflamadas coyunturas donde se entrecruzan la plaza, el salón y la alcoba-, deslinda los ambientes de la burguesía cubana, a la vez que retrata la crisis republicana a mediados del siglo pasado, y desde ella, pasando por la lucha insurreccional, hasta llegar a la apoteosis de la Revolución y el destino del protagonista en un tiempo que ha trastocado todo lo suyo. Es así que, la mirada de y sobre Luis Dascal, a la manera del espejo de Stendhal, se va paseando por el camino y sus más variados accidentes. A lo largo de aquel recorrido –el de la luna de cristal azogada donde se refleja la vida, que el autor de El rojo y el negro tenía como clave del oficio de novelista-, no sólo el presente establece sus dominios, sino que además el pasado se visita desde aquel para fijar sus orígenes. En ese orden, las tres novelas advierten solicitudes en correspondencia con sus tiempos y procesos de escritura. Más cerca del montaje a la hora del cine y con un lenguaje directo, La situación entrega en Un padre de la patria, junto con la genealogía de un prohombre de la república y su descendencia -esta última de marcada importancia para el devenir del protagonista-, los hechos que circunscriben su estirpe. En ciudad semejante facilita con El nacimiento de una nación, el repaso por la Historia con mayúsculas, desde una pesquisa por archivos y hemerotecas que se convierte en reconstrucción memorialista. Por su parte en Árbol de la vida los acontecimientos pretéritos se recrean con sagacidad, para no únicamente quedar ligados con la trama en la actualidad que va revelándose, sino también determinar una exuberante zona de la novela, en la que los sucesos y personajes desplazan la mirada desde los ámbitos coloniales en los comienzos del siglo XIX hasta las primeras décadas de la centuria posterior. De esa manera el contrapunteo desarrolla una trama en la que ambos tiempos se complementan. Definido por el propio Lisandro Otero como “mi Trilogía Cubana”(1), este volumen, al contener veintinueve años de labor suya, permite una comprensión tan verídica como abarcadora del escritor y su proceso de evolución. El despliegue narrativo al que asiste el lector en esta ocasión, va desde un estilo directo, donde confluyen el diálogo tradicional, la atmósfera vivaz y la disposición cinematográfica, como advierten La situación y En ciudad semejante, hasta la opulencia verbal donde la memoria de la ficción deslinda sus plenitudes en Árbol de la vida. Se trata de un camino que abre con la fascinación del novelista joven ante recursos disímiles, y cierra con la madurez en su totalidad expresiva para certificar una vocación cumplida. Como quería Balzac, la vida privada de la nación se pone de manifiesto en estas páginas como el mejor destino de la novela. Quien mejor puede fijar la entraña misma de esta trilogía, desde el interior del personaje que la conduce, es su autor cuando advierte: “En La situación, Luis Dascal, una especie de Julián Sorel criollo, es demasiado lúcido para aceptar sin reservas la sociedad en que vive y demasiado ambicioso para desistir en su aspiración de alcanzar un lugar en ella. La trama de En ciudad semejante lo envuelve en las tensiones de una insurrección y lo impregna de aquella pureza de los inmolados en el curso de la gesta. En Árbol de la vida se produce una regresión a la incredulidad de la cual partió. En mi obra narrativa siempre ubico a un sujeto en medio de una situación adversa que lo castiga. Es una alegoría de los embates que sufre el individuo frente a las corrientes de la historia”(2) Sin embargo, no solamente la trilogía aludida constituye la ocupación del escritor en el período apuntado, en lo que corresponde al género. Otras novelas suyas ven la luz en esos años, para corroborar que su inclinación no se restringe a desarrollar el proyecto iniciado con La situación, pues además puede escribir otras historias que ahondan en las inquietudes argumentales elegidas y con propuestas tan diversas como demostrativas de su arsenal fabulador. En esa sucesión se apuntan Pasión de Urbino (1967), General a caballo (1980), Temporada de ángeles(1984) y Bolero(1986), títulos que no sólo admiten lecturas independientes –tal cuales son- sino también el hecho de ficciones inusuales en el horizonte de la literatura cubana, y en ciertos casos algunas de las cotas más altas del empeño narrativo de Lisandro Otero. Asomarse a aquellas novelas resulta una tarea imprescindible para el más completo conocimiento del orbe construido por el autor de esta trilogía, sin olvido del goce que suponen como proposiciones narrativas de cuidada factura. Allí están presentes las coordenadas que llevan a los desvelos más recónditos del novelista: los placeres del cuerpo y las angustias del espíritu enfrentados a los procedimientos y solemnidades de un horizonte imperativo en Pasión de Urbino, una de las mayores narraciones cubanas sobre las posesiones del amor y sus arbitrariedades; la sátira más desembarazada para hurgar en las miserias políticas y no pocas veces casi folklóricas de las dictaduras latinoamericanas en General a caballo; la reflexión sobre las relaciones del hombre con el poder y la Historia, a partir de la Inglaterra del siglo XVII y los convulsos días de Cromwell con la lucha entre monárquicos y parlamentarios, en Temporada de Angeles, con intensidad y esplendores verbales que la convierten en una de las grandes novelas de la literatura cubana; y la creación artística no como santuario donde se dan cita sublimidades y extrañezas, sino como dolor cotidiano entre acritudes y banalidades que lleva a la destrucción de un músico popular en Bolero. Crecidas mientras se desarrollaba el proyecto inaugurado con La situación, las novelas referidas, tan espléndidas en la diversidad de su materia como tan extremadas en la disposición de su escritura, bien podrían atestiguar un destino de hacedor de ficciones, en el caso de que no existiera el volumen que ahora el lector tiene consigo. Al definir el sentido que guía la destinación de sus novelas, es el propio Lisandro Otero quien ha expresado: “En mis palabras he tratado de establecer una relación entre el individuo y la historia. El ser, infinito y vulnerable , no establece su presencia a menos que aprenda a amarrar los vientos. Puede ser ingerido o prevalecer, todo depende de la magnitud de su obsesión. La literatura es una de las formas del conocimiento; en la medida en que el ser histórico se admite a sí mismo crecen sus raíces” (3) De aquellas raíces nace la floresta a cuya sombra ahora se encuentra el lector, con la posibilidad de tener en un solo tomo algo más que tres novelas decisivas de un nombre cardinal en la vida literaria de Cuba. Y es que la summa alcanzada es la consecución de una de las utopías narrativas más ambiciosas del siglo XX cubano, por lo que ella abarca en tiempo y espacio, y por lo que ella deslinda en memoria y lenguaje. Aquí se distiende un fresco de grandes proporciones que recoge acontecimientos históricos, políticos y sociales, entrecruzados con vidas, conquistas y derrotas privadas, en un viaje a lo largo de dos siglos por las entrañas del país, desde sus balbuceos hasta la exaltación de su sino para referir con pareja atención, grandezas y miserias en lo público y en lo íntimo. De hondo alcance es la indagación que emprende el novelista en los destinos humanos, de allí la visión que revela el proceso de la Historia sin excluir sus contradicciones. Esto último de forma más acentuada en Árbol de la vida. Al llegar a la novela que clausura la trilogía, el itinerario del héroe se completa, y también el del autor en lo que concierne a la travesía realizada. Las maneras de narrar explayadas señalan las apetencias formales en el devenir del oficio y presuponen las etapas que ha transitado el novelista, desde las influencias de autores norteamericanos como Hemingway y Dos Passos, en cuanto a estilo y montaje respectivamente en La situación; pasando por las bodas del periodismo y la literatura que se advierten en la fluida capacidad de observación y la prisa expresiva de En ciudad semejante, hasta desembocar en la prosa de espléndida desenvoltura y las excelencias en el uso del lenguaje que distinguen a Árbol de la vida. Parejo a ello, la relación del escritor con su linaje literario en las épocas que fijan la aparición de los tres títulos, puede establecer las claves de simultaneidad compartida entre la trilogía y sus equivalentes, tanto en recursos expresivos como en asuntos abordados Al visitar ejemplos que refieren lo anterior, se observa que La situación sale a la luz el mismo año que Gestos, de Sarduy, y La ciudad y los perros, de Vargas Llosa, y tan sólo unos meses después que La muerte de Artemio Cruz, de Fuentes, mientras que En ciudad semejante colinda en ser publicada con Canción de Rachel, de Barnet; en tanto Árbol de la vida es contemporánea de Santo oficio de la memoria, de Giardinelli, y El fiscal, de Roa Bastos. Se trata de coincidencias que informan sobre un aire de familia en nada ajeno a la vocación de narrador latinoamericano que afirma a Lisandro Otero para ubicar su nombre –y desde la raíz misma de su obra- en un concierto mayor. Por ello, el acontecimiento de estas tres novelas reunidas por primera vez en un solo volumen, próximo al 70 cumpleaños de su autor –el 4 de junio de 2002-, se acrecienta y es regalo por partida doble: del empeño editorial y del autor para una lectura insoslayable. Adentrarse en estas páginas, donde la historia seduce para confirmar que el calado del presente no es posible sin la aplicación del pasado, es una aventura que revela como pocas en el territorio de la ficción, las huellas del largo y difícil camino de la nación. En ellas no faltan las señales cariñosas que nombran a los mayores en la ascendencia cubana del género: los ambientes habaneros de Carpentier en El siglo de las luces son recorridos por Toribio Dascal, y sus andanzas en los parajes de la trata negrera lo acercan al mundo de Pedro Blanco, El negrero, de Novás. Son dos botones de muestra entre muchos más que aseveran la rancia estirpe de esta saga. Alguna vez decía Lisandro Otero que no aspiraba a ser otra cosa que “un testigo de mi tiempo, un observador de la época, un juglar que pregona la historia”(4). Con esta trilogía, aquellas aptitudes alcanzan su mejor definición, para probar los usos de la pasión verbal como razón de ser. Sólo queda acompañar a Luis Dascal desde ese domingo 26 de agosto de 1951, para emprender una peregrinación narrativa frondosamente cubana.
Eugenio Marrón Citas: 1, 2 y 3 : Lisandro Otero, la magnitud de su obsesión, entrevista realizada por el autor de este prólogo, y publicada en La letra del Escriba, septiembre 2001, número 10. 4 : Cuestionario de Ciro Bianchi a Lisandro Otero, 6 de septiembre de 1989 (archivo personal de Lisandro Otero) |
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