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CONEJITO
ULAN Quiero, quiero, quiero, esa era su eterna cantaleta; su continuo decir; ¡ah!, lo que ella imperativamente extraía de lo más profundo de su ser allí donde las capas de limo inmemorial son tan oscuras y densas. Cuento de Enrique Labrador Ruiz (1902-1991), publicado en Aire de luz. Cuentos cubanos del siglo XX, Editorial Letras Cubanas, 1999, y reeditado en Carne de quimera. El gallo en el espejo, Editorial Letras Cubanas, 2000. Enrique
Labrador Ruiz Maité tenía cuarentipico de años, no fue casada nunca, no conoció hombre jamás. Sola en el mundo, sin otros bienes que el pedazo de tierra que le dejó su padre, don Porfirio Zuaque, quien llegó a teniente en el 95 gracias al filo de su machete, de vez en cuando se pasea delante de su talanquera evocando al veterano. Bien lo veía; bien... Con su paga y algunos ahorros, muerta su pobre mujer, encerróse en el conuco cerca de La Habana, muy bonito con sus tablas de yuca, su punta de maíz y la hortaliza que era un contento. Poca cosa, ¿pero qué más quería para ellos solos? Picado por la viruela, el rostro de su padre era imponente. De sus labios pendía una vieja cachimba, chamuscada en varios trechos, roída aquí y allá, francamente rota hacia la punta, y allí se estuvo hasta que él la trocó por cherutos mogolleros del chinchal del pueblo. Era aprensivo y tomó terror a seguir fumando en ella no bien supo que un vecino de Guatao, muy amigo, había muerto de un cáncer en la boca por tener siempre su pipa colgando con ahínco, según atestiguaban, de la comisura de sus labios. Tuvo su padre siempre muy mala voluntad a los vecinos, especialmente a aquellos de su tiempo que no hicieron la guerra como él. Los llamaba despectivamente «pacíficos», cuando no cargaba el acento en lo de «guerrilleros» y demás abominaciones que se le venían a la lengua. Impasible, Maité no intentaba hacerle callar; hubiera sido estéril. Recogía ella sus flores con toda dignidad pensando en su padre; a lo mejor era un poco exigente, pues no todos los hombres tienen semejante temple ni están hechos a una misma medida. Con ojos benévolos miraba a sus vecinos y esa delicadeza de su carácter fue lo que evitó al viejo más de una bronca gorda por su irrefrenable malapalabrería. A la
hora de su muerte dijo a Maité el viejo: —Hija
mía: nunca te cases con «pacíficos», ya sabes cómo
me caen. Pero si no encuentras un veterano, un veterano
de verdad, por lo menos que sea gente macha. No quiero,
ni muerto, en mi familia, flojos o arrastraos... ¡Qué
vainas! ¡Valiente calamidad! Por oír y obedecer muy bien este consejo Maité quedó soltera. Tenía cuarentipico de años, trabajaba en la hortaliza, araba la tierra, acarreaba el agua, se desvivía por mejorar sus crías y cuidar de las bestias. Tiempo para otras cosas no tuvo. Sólo que por las tardes, algunas veces, evocaba al viejo, allá cerca de la talanquera, mirando con mucha atención la puesta del sol, por si al viejo se le ocurría asomarse y ver cómo ella se conducía. Que se conducía muy bien..., eso era lo cierto. ¡Muy bien! Porque no se me negará que el rechazo aquel al vecino de «La Rosita», don Sabino Cruz, camaján de argolla de la política rural y eterno pretendiente a finas y blancas manos..., con algo dentro, estuvo de primera; y el portazo en las narices al bachiller Estrada, que ni siquiera leía de corrido; y el franco repudio al espigado Trino, le echaba flores, le componía décimas, gustaba de letras y rusticanas hembras y con el alcohol en la cabeza una vez se atrevió a decir: «Me voy a casar con Maité». Pero Trino no era hombre al cual su padre hubiera autorizado a tanto; por una u otra razón. Trino andaba a trotimoche con las mujeres, a regañamientos con el trabajo y sus pretensiones de hacha no había que ser tan lince para averiguarlas. ¡Cuántas desvanecidas memorias! Pasaban los años, y su hermosa mata de pelo, lo comprendió Maité, se iba poniendo mustia. Aquel madejón lustroso perdió brillo; su azul metálico tornóse borroso y triste. Y se decía Maité: «Parece que ya no me voy a casar». Era una pena; una carcomilla. Sólo que su buen corazón se compensaba con los animalitos, cosa que es, según se dice, como doblar a lo bueno por atajo. ¡Qué manera de tenerles ley a los animalitos! No hubo pájaro alirroto, perro con moquillo, caballo con muermo ni vaca con cangrina o mazamorra que ella no curara enérgicamente. Piantes y mamantes dábanle infinita lástima, y el aceite de ricino, las hojas de yagruma, raíces de mastuerzo y otros remedios, hubo temporadas que se movieron tanto de la casa al corral como jícara en velorio. En un
tris limpia mataduras, cose heridas, aprieta vendajes;
medía su voluntad con los buenos deseos de acertar.
Enemiga del ocio, no hubo trabajo pesado que le
asustase, y después de la faena del día el tiempo le
alcanzó para los lujos de hacer injertos, trasplantes y
domesticación de las selváticas guías de la
enredadera. Su honra y buena fama, como la espuma. Pero,
¡ay Señor!, que se le ocurría decirse ahora que aquél,
su cuerpo virginal, se mustiaba como un tubérculo ruin;
que las manos se le volvían pedregosas y el rectángulo
de piel de su escote de un nefasto color. Echándose
talco, después del baño en palangana, vinieron otras
consideraciones con su filo de incongruencia y sintió,
como nunca, seco el ánimo. «Maité —se dice—, tú
te quedas para vestir santos. Te quedas de todos modos.
Estás lista». Lloraba;
vueltas y más vueltas dentro del cuarto le hacían que
su cabeza vacilase. Por ahuyentar el atroz presagio se
repetía: «Voy a planchar un poco; llevo tarea atrasada».
Allí no había nada en tal forma, si se piensa bien,
excepto, por supuesto... Miró por la ventana, sus
verdes ojos medio cerrados: «El mái —dijo—, se ve
ya pollonsito. Y tan bonito que es el mái, así...». No
se estaba volviendo vieja sino que se había aviejado.
Avivando el anafe para la plancha, sintió ganas de
regalar juguetes a no sabía cuáles niños; muchos
juguetes. Algo no previsto la tornaba tierna y maternal.
«Desde muchacha —pensó— me enterré aquí; he
espantado a todos con mi carácter; ya ni siquiera se
toman el trabajo de mirarme; ¡y para qué!, con esta
fama que tengo, ¡oh papá! y estos ojos que se me están
apagando por momentos». A
veces sentíase renacer con vivo ímpetu, se llenaban de
fuego sus venas, le sudaba un poco el labio superior y
mirándose al espejo se hacía concesiones piadosas: «Si
todavía llegase alguno con vergüenza. Si todavía un
hombre, lo que se llama un hombre...». Puesta
a buscar mariposas para sus búcaros se contoneaba en el
jardincillo, quebraba brotes por andar apresuradamente,
quería tener más flores, cuando oyó que uno con su
bandurria iba cantando: Alégrate, corazón, aunque sea por la tarde: corazón que no se alegra no viene de buena sangre. Y se
sintió herida; herida en medio del pecho. Entró
a la casa, temblorosa. Le asustaba el tono, la
musiquita, la intencionada letra. Pata a la llana se
dijo: «Va conmigo, ¿eh? Pulla directa...». Y salió
por la puerta del fondo y se puso a espantar el
chichinguaco, porque si bien come a la garrapata de los
bueyes, no es la garrapata después de todo tan
mortificante que digamos, y, en todo caso... Lo cierto
es que le repugna y no quiere el espectáculo ante los
ojos. —¡Fuera, totí feo, fuera! Comiendo bichos vivos... ¿Pero qué tenía que ver todo esto con esa apretazón que se le formaba por minutos en el pecho? Un nudo tonto, que a veces desaparecía, pero que a veces se plantaba ahí en medio, con inusitada furia, y no le dejaba alientos, ni respirar apenas. ¿Son los años? ¿De veras, de veras son los años? ¿O serían fiebres, calenturas malas? Estas ambigüedades le traían a considerar que si se hubiese unido a un hombre, pues ahora..., ahora las cosas no serían así. Porque un hombre, si éste es bueno y entero como debe ser, pues siempre viene bien y compone y arregla las malezas del cuerpo y del alma y los estropicios de la tierra y hasta del cielo. «De verdad —concretó—; no hay otra mejor verdad». Achacando al flato todas cuantas acaloradas imaginerías prosperaban en su mente era el modo de echar atrás la presunción de que su alma estaba bastante desunida de su cuerpo, lo que parece un enfático hecho. ¡Qué pena! Pero, quién va a saber cómo, también esperaba que una rútila aguja le cosiese, el día menos pensado, el evidente desgarrón. II —Me se pierden las manos —reía ella—. Apenas me las hallo. ¡Tan contenta estoy! Contenta... No salía de su asombro, teniendo buen cuidado en disimularlo. ¡Oh! Ulán, con su bozo rubio, señorea la casa. Afuera se iba en días buenos a los quehaceres del conuco, y entre gritos de «¡tesia..., tesia!», se le podía imaginar trajinando con los bueyes. Aprovechaba la fresquita en el aporqueo de rigor. Aparentemente tenía veinte años; era fuerte, ágil, escurridizo, y tal vez con algo de solapado en la mirada. ¿Qué podía ser? ¿Recelos? ¿Celos? ¿De quién? Lo cierto es que en ocasiones la memoria del veterano se levantaba furiosa: «No quiero en mi familia, ni muerto, pacíficos o...». Temblaba Maité y se decía: «Tendré muchas flores este año para su aniversario; no se va a quejar». Moros y cristianos le gustaban mucho; buenas cazuelas de harina, no menos, y si se le interfería en la faena manducatoria lanzaba chillidos atroces. Jamás pudo Maité hacerle comprender el uso de los cubiertos; de fuertes manotazos despachaba el plato; ríe; se limpia en los velludos muslos. Luego, romantiza a favor de cualquier sueño lejano, pierde horas haciéndose mejorar las uñas, torciéndose pelillos del bigote, y como un tirano colérico y alevoso exige sumisiones a sus caprichos. «Quiero, quiero, quiero», esa era su eterna cantaleta; su continuo decir; ¡ah!, lo que ella imperativamente extraía de lo más profundo de su ser allí donde las capas de limo inmemorial son tan oscuras y densas. «Quiero, quiero, quiero». Y cuando menos lo esperaba se acostó en su cama; ¡no pudo evitarlo! Más tarde, media noche por medio, pasó algo. Y en breve se pobló su soledad; creyó tener hijos; noche y día anduvo con tales pensamientos. Del fondo de este abismo sólo saca esta reflexión: «He de comprar, de todos modos, unos espejuelos..., pero estos hijos son como tienen que ser, según es de hábito secular, y el resto, envidia del mundo». Sin embargo... Con aire dubitativo se dice a menudo que sus raros esponsales envuelven algo más que una simple unión: este padre mantiene, a todas luces, una viva elocuencia reproductiva y una indiferencia absoluta con respecto a la cronología de su prole. ¿No se le ha quejado ella en sobresalto y susto, en vista de la anormalidad del caso, y él, volviendo el rostro en la almohada con éxtasis pánico adopta la forma última del deliquio? Si algo dijo, su ardentísimo significado, habrá que confesarlo, será lo que le hizo perder el juicio del todo sin remediar nada. Estas violentas traslaciones y otros constantes equívocos como era hacer el aposento un serrallo adusto o bien un extraño templo escandaloso, le cercan de firme. Suele preguntarse también, sin precisar la dimensión de todo lo que se pregunta: «¿hasta cuándo va a durar esto?», y la malicia de que se armaba para no hacer caer la tremolante dicha, andando entre los féferes de su alcoba se le hacía en este punto más aguda: «¿Qué traje me pondré hoy? ¿Le gustará que me pinte? Y un perfumito suave, ¿no puede ser que le complazca?» Muy preocupada la tiene un asunto. Por nada del mundo Ulán prueba bocado de puerco, ni de jutía, ni de venado. El pobre Ulán, de verdad, es imposible... Odia el tasajo, la lisa salada, el pollo, la res. Y aunque su linda hortaliza enantes era muy fructífera (y con ello habría para la mejor mesa) ahora encuentra a menudo —¡oh improsulto!— roídos misteriosamente nabos y remolachas. A lo largo de los costurones de tierra alzada, también, algunas veces, un fino pelillo rubio se escarola culpablemente. ¿Quién trajina por allí en la noche? Escrutó las posibilidades: inútil, ná da pie. Esta nueva anomalía le hace preparar celosas trampas, que vigile con ahínco o se eche la escopeta al hombro. Ulán se mete a su cama cuando le place, con todos los derechos de marido puesto que es el marido. Un viento malo sopla por aquella vuelta de un tiempo a esta parte, trae la sombra del veterano, quien por encima de la cerca de piedra se pone a maldecir con virulencia de lo que siempre maldijo y de si, ni muerto, quería para su hija... —¡Sola
vayas! —vocea Maité por las lechuzas que salen de su
nido y por algo secreto que le daba calofríos—. Voy a
encender una vela al ánima sola... pa que descanse. Un
día llegó gente armada preguntando: —¿No
anda por aquí un tal Ulán..., o Julián? —Ulán Cabezas —dijo el cabo—. Uno que recoge huevos..., que cambia billetes por huevos. Bajito: con el labio partío... Ulán se había colocado detrás de la arpillera de yute. Ella, sacada de quicio, molesta: —Mejol es que busquen polotro lado. Esos malsines, el muengo y su compadre, pueden sabel. Y si no saben, lo inventan. Ai andan mirando las lagartijas; sin tirar un chícharo; en el chisme. —Bueno... —dijeron ellos—. Veremos a vel. Vamo a vel si lechamo el guante, ¿no cree? Maité se repuso. —Ya lo creo. Y entonces, adió, ¿veldá? El cabo dijo: —¿Y no habrá un poco de café por ai? Y el otro con rintintín: —Ni siquiera noa brindao. Imposible... Si entran y se ponen a dar ojo; si tienen sospechas. Si saben algo —pensaba rápidamente, porque la arpillera de yute, vamos a ver, ¿qué cosa oculta? —No tengo café —dijo—. Hace días no voy a la tienda. A la güerta quién sabe. —Doña, ¿de veldá que no tiene? Miróles de un modo tan enérgico que ellos, alzando el chopo, requintándose los sombreros, diciendo: «hasta la güerta, doña», enfilaron el camino con la habitual parsimonia de siempre, y esta certeza absoluta: «Está perdía». Por su parte, ella no hacía más que repetirse: «¡Mentiras, mentiras! Éstas son combinaciones de la rural. Un tipo que se llama Ulán Cabezas, que cambia huevos por billetes, que tiene el labio partío. ¡Ulán Ulán! Y le quieren echal el guante, hijos de los demonios. Éstas son combinaciones...». Así estuvo rumiando hasta que los perdió de vista. Luego se puso a cavilar: «¿Pero por qué? ¿Había hecho algo de malo Ulán? ¿Buscaban, de cierto, a este Ulán? ¿Qué cosa? ¿Un crimen? ¿Acaso había robado a alguien? ¿O eran denuncias de vecinos, chismes..., por lo que estaba sucediendo?». Lo que estaba sucediendo es que la casa se pobló de súbito de más ruidos y rumores infantiles. En breve tiempo, en menos que zumba un mosquito, en menos que canta un gallo..., pues, ¿cómo diré?, surgieron cinco varones, los cuales, pensaba Maité, servirían bien pronto de ayuda eficaz. Fuertes, nerviosos, crecían desaforadamente, y si no hubiese sido por aquel labio leporino que todos ostentaban, se hubieran dicho perfectos. Pedro, Pablo, Chucho, Jacinto y José... Con implacable sorna el viento le devolvía estos nombres y algunos canturrieros de la zona se obstinaban en sacarles brillo a fuerza de repetirlos, con música y todo. Pedro, Pablo, Chucho, Jacinto y José... Eran cinco cachorros, retozones y malignos; daba gusto verles cómo trepaban por todas partes, cómo metían bulla y algazara y cómo, de un día para otro, tomaban altura y fisonomía atolondradora. Eran cinco soles que en el firmamento mustio de Maité brillaban con esplendor inusitado. Propusieron una vez ir a bañarse al cañadón. Maité saltó: —En el cañadón, no. Allí está el güije. ¡El güije! Se figuran ustedes... Nada de baño. El padre alegó que los hombres no tienen que temer a nada; que deben ser duros como cuyují, aunque él personalmente... La mirada de Maité tradujo: «¿Quién tea dao vela en este entierro? Haz el favor...». Él calló, se anduvo en el bigote, contempló sus uñas. Hay que decir que Ulán se había ido quedando atrás, atrás, según los otros avanzaban. Dominan la casa, la vida de la casa, todas las cosas de la casa, estos muchachos, ahora. Maité, atando cabos, al rato preguntó a Ulán: —Personalmente..., ¿qué querías, Ulán, decir? —Pues na... ¡Psh, na! Y alzó sus hombros. Personalmente,
lo que hubiera querido decir (y se alegró mucho de no
haberlo dicho) era que el sentir perros atraillados es
lo único que le pone inquieto; lo único. Ni siquiera
los guardias y sus escopetas; ni siquiera los gruesos
alertas de la remonta ni oír hablar de mortales artimañas
que antiguas viláticas contienen. Pero, eso sí, perros
atraillados... Ella
lo comprendió en un relámpago; le vio carne de
gallina; lo adivinó tembloroso, acogotado. Dijo,
calculando el efecto: —No
te desesperes por tan poca cosa; no te angusties, Ulán. Y
después de una pausa intencionada, con cruel regocijo: —¿O
es que se te antoja, bribón, irte de cacería? ¡Qué imprudencia! Tales palabras le pusieron lívido, mas era tarde ya. Hasta el fondo lo comprobaba Maité y casi se apenó. ¡Qué idea tuvo! Nunca se le hubiera ocurrido, antes, alusión de este jaez. ¿Por qué se le ocurrió de repente, así..., de un tirón? Femenino instinto. Pues aun cuando para él no existía pasado alguno y su vida comenzaba normalmente con los besos por encima de la cerca de piedra, ¿no esperaba ella ver en sus ojos algo infinitamente tímido, atrozmente conturbado y en tropel? ¿No lo sabía? III Lo de ellos había sido así... Comprimida como pasó la mitad de su existencia y abortada, al cabo, por ese linaje de opresión, la otra, un mezquino día, atisbando tras la cortinilla de tarlatana de su cuarto, Maité acertó a ver una cosa que saltaba de modo irregular sobre la yerba, junto a la cerca de piedras. Era como una esponja, gris, eléctrica, malamente constituida. Y fue a verificar lo visto. Por el camino se iba diciendo, no bien le descubrió patas y orejas: «¿Pero cómo es posible que haya llegado este infeliz hasta aquí? ¡Tiene timba!» Cuando le tuvo entre sus manos, le sobó y dijo: «No es feo. Y se parece a aquél... ¿Dónde estará?» Acoquinado, el pobre animalito le miraba con ojos dulces. Volvió a sobarle; lo besó briosamente; le pasó la mano con infinita dulzura por sobre el lomo rubio. «Conejo... Pero si por aquí nunca ha pasado un conejo... ¿Quién me lo mandará?» Y besándolo con renovado fogaje, a media voz: —Ssst... Le voy a poner... Se
acordaba de alguien, era seguro. No había más que
verla. Y dijo sin titubeos, pero también sin energía: —Sst...
¡Hombre! Conejito lindo... Ya está: tú te llamas de
ese modo, no me repliques. En
seguida lo envolvió en un pañuelo de bayajá que
llevaba en la cabeza y pensó que, cuando fuera al
Guatao... «¡Yodo!» Solía hacer sus compras, para el
botiquín, personalmente. «Yodo» resume estas compras.
(A su perro Muerdijuye le temblaban los bembos.
De buenas ganas le hubiera desnucado. Artero
intruso...). Una
pobre vecina que padecía güito, muy enferma y muy
vieja, salió a su encuentro. La estaba esperando
siempre para pedirle remedio contra su mal, porque ella
era muy conocedora de remedios. —Maité,
lo que me tiene ofresío... Pal mal. No
daba señales de vida; no la miró siquiera, cayendo en
la ignominia de volver espaldas a un doliente de su
vecindad. —Conejito
Ulán... ¡Conejito mío! —y echó a correr hacia la
casa, sin mirar a parte alguna. El
muengo y su compadre, de camino, frente a la talanquera,
vieron la escena, ojos guiñados; luego oyeron cómo la
vecina zumbó con sorna: «Becina, pol Dios, que no es
pa tanto...», y se comunicaron, no muy alto, pero sí
como para que Maité lo pudiera adivinar: —¡Cómo
le gusta crial animalito! Y el
otro desde su malicia: —Parece
que no le gugta mag que animalito... Maité
les gritó desde allá: —Arreen,
¡vagos! Arreen, malsines. ¡Que el diablo se los
consuma! Vozarronearon
entonces: —¡Solterona! —¡Segata! En
medio de la bullanga el conejo le miró con dulces ojos,
de una manera... Para darse golpes de pecho puede que
hubiera nacido, pero aldabonazos de esta resonancia, ¿cómo
se resisten? Podría decirse que su corazón se llenó
de felicidad. Fue al corral en busca de leche y en un
rito absurdo bendijo el buen norte de su alma. El
pobre animalito traía una pata rota. Anduvo con sus
menjunjes, le puso yodo livianamente, a que no le
escociese, y una venda de trapos limpios. Será menester
anotar cuanto arrumaco le deparó y con qué singular
solicitud le estuvo animando y mirando, porque pasa de
medida. A sangre caliente quería hacerle entrar por la
puerta de la salud y, si no fuese una profanación, se
diría que lo trataba como a gente bautizada. «¿Qué
quiere mi conejito Ulán? ¿Qué quiere mi amor? ¿Qué
quiere mi vida?» Bailándole mucho los ojos y la
cintura no ancha aún, el alma llena de extraña
dulcedumbre, arrobada, comíale a bocados. No bien comenzó a sanar le obligó a estarse quietecito largas horas en su regazo, y si él brincaba al punto Maité deshacíase en tientos y ternezas: «Alma mía, apriétate a mi carne; no te separes de mí. Alma mía de mi alma, ¿tú me quieres?» Lo cierto es que este excesivo cuidado no le dejaba lugar vacante. Una dulce fatiga, sí; una redoblada congoja feliz. Pasaba largas horas con los párpados entornados y so pretexto de la luz, del chorro de sol, de sus ojos, aguantaba sed por no salir al patio sino en última necesidad. En medio de la somnolente atmósfera de la casa veía candelas, visiones, portátiles cosas bailantes. ¿Sus quehaceres? Con las manos en cruz las horas se le iban en desvanecimiento, atenta sólo a una voz fuerte que le golpeaba con alas de ángeles la bóveda de su conciencia. Esa laxitud creció y aun cuando no quería rendirse a la molicie, ¿quién gasta tiempo en darse ánimo para lo que no precisa? De suerte que si no privaciones, algunas estrecheces, aunque a gusto: ya no le importó tener buena mesa sino a quién servir buenos trozos de vegetales crudos. Quería su tiempo para soñar en algo imprevisto, sorprendente, y todo lo despacha en instantes yendo a dar en seguida besos al turbador enfermo: «Conejito Ulán, eres mi rey. ¿Quién quiere mucho al conejito Ulán? Di tú...». Después de estos ensanches emotivos, después que quedó bien urdida la tela que alguien le destina, una noche soñó que había viajado en una guagua hacia Oriente; un carro sucio lleno de tipos que se sentaban sobre cajones puestos en el estrecho pasillo, y a su lado un negrito estudiante que conducía en sus manos un hueso al cual llama «esfenoides». Este joven, de lentes y muy circunspecto, con frecuencia decía: «¡Qué lejos está Santiago! ¿Cuándo llegaré a Santiago?» Sus vacaciones de Navidad ni siquiera le hacían sonreír, porque el esfenoides augura una quincena de preocupación y cuidado. Luego vio el relicario que una incierta persona le había traído de no sabía dónde; un relicario comprado, según su padre, en un sitio horrendo. La dama que en él se hospeda ahora le da su mano, le ayuda a subir peldaños de una escalera muy empinada. La dama, y es lo de no tener fin aunque sea en sueños, le ofrece blancas camelias, magnolias caprichosas y hasta unas dalias como nunca viera. Luego venían tortugas verdes a comer los rótulos que llevaban en sus corolas; luego el esfenoides se volvía un piano y grandes acordes firmados por Dahl, Camelli y Magnol, estremecían más, mucho más con sus nombres que con sus giros, los miserables cáncamos de la ventana. ¿Por
qué no le pusieron a ella —se preguntaba en medio del
jadeo del sueño— Magnolia, Camelia o Dalia? Este Maité... Al amanecer reventó la lluvia, agua densa que estuvo rondando tres días, que cargó la atmósfera e hizo estallar el trueno. Por darle escolta el viento aniquila en la cañabrava un estruendo de mil demonios como si quisiera llevárselo todo en la golilla, diez leguas a la redonda. Azules remolinos electrizados la despertaron con frío y temblor. «Algo tiene el agua cuando la bendicen» —creyó oír—. «Algo tendrá» —repitió—. «Algo, algo...». Pero, ¿se podrá saber... ¡oh!, quién lanzaba ese quejido de angustia que le abría las entrañas en canal? La enredadera, vuelta selvática, por los intersticios del tabique metía sus flecudos gajos. Pensó cortarla al día siguiente; pensó arreglar su jardín; pensó ocuparse de sus cosas. Sólo que el quejido se volvió a oír y ya no tuvo más que una idea. Fue al cuarto, donde el conejito yacía sobre yerbas: quedó en suspenso: no estaba. Buscó por los rincones; bajo las mazorcas de maíz; entre las calabazas que maduran, las yaguas por cuna; en el hoyo de la pared de concreto: no estaba. Cuando volvió a su aposento, el alma en el suelo, medio muerta de desesperación, él, como un niño, con los verdaderos gestos de un niño, pedía lo sacaran de su encierro; que si una pena es grande ésa es la de estar preso; que mejor era morir que seguir así; que en el fondo, ¡ay!, también él tenía sus sentimientos... ¿O no lo había notado? Esta monstruosa perspectiva cuyos contornos aterran le fue, hay que decirlo, bastante agradable. Y aunque de azogue se volvía su sangre, dio pasos hacia atrás, como quien mide el vacío que resuelve salvar de un brinco. —No seas mala... Sácame de esto. —Y dijo por último—: ¡Anda ya! —Maité se pellizcaba. ¿Qué sueño era ése? ¿Qué informe deformidad? ¿Qué tremenda uña le estaba arañando la conciencia? ¿Qué poderosa concentración no haría falta para mitigar, sin insensatez, esa desdicha? Se decidió. No cabía duda; muchacho majadero..., ¡pobrecito! Pero este muchacho majadero que pedía le sacasen de aquel estado salvaje, de pronto se volvió hombre. Creció y creció hasta vérsele rubios bigotes y en el semblante una travesura de mozo pervertido. Oyó Maité esta súplica imperiosa: —Dame tus pechos, ¿oyes bien? Quiero ser el que beba de tus pechos, Maité, el sabor de la vida. ¡Anda ya! Potencializó de tal modo este deseo, que ella, echando a un lado la amenazante visión de su padre, con ufanía se rasgó el vestido. Quedó desnuda. Tuvo que amarrar el perro. Una música agreste impregnó la escena de luz y buenos olores y redujo para siempre el espacio que mediaba entre ellos. Tras el breve forcejeo creyó oírle: —Lo que nos hace falta, Maité, es no separarnos jamás. ¿Quieres tú? —Declaró con acento entre mojigato y atrevido. Ella meditó: «¿Es legítimo este querer? ¿Es cristiano?» Y parece que le respondieron: «¡Tómalo! Es tu bienquerer, Maité». Manaba felicidad de una cicatriz oculta. IV Todo cuanto más tarde sucedió, se sabe: «Me se pierden las manos —reía ella—. Apenas me las hallo. ¡Estoy tan contenta!» No salía de su asombro, pero, en fin, lo disimulaba. Esta fantástica existencia vino a quebrarse cierta madrugada en que se oyeron por la trocha del fondo tiros dispersos, perros atraillados. Maité se asustó y salió a ver. «¿Quién va...? ¡Cero!» Pero el escurrumpio era evidente. Ulán, bajo el ladrido de los perros, decreció de momento, tomó miedo inenarrable, se acurrucó aún más en la silla donde ahora le ponían a dormir y se echó a temblar. Los estigmas iban a aparecer. —Ulán,
¿qué te sucede? Dime... No es lo que tú crees eso que
te asusta. Tranquilízate, Ulán. Nunca quise hacerte daño
al hablarte de esas cosas, ¡te lo juro! Perdóname... Y
cuando vaya al Guatao... —Él seguía decreciendo,
temblando, mudo, mirando para el corral, ansioso y
abatido. Turbada, perdida, Maité profirió: —Perdóname aquello, Ulán. Perdónamelo tú, conejito Ulán, conejito mío de mi alma. Perdónamelo... Y
como si el más replegado subsuelo del mundo le atrajese
irremisiblemente a su profundo seno, en este punto la
tenaz falacia se deshizo y moviendo puntiagudas orejas
se echó de pronto a olisquear la tierra, prodigio
vuelto polvo, nudo desatado ya. Felpudo, con los brillantes ojos como dos cuentas, a los llamados de Maité nada respondía. Con elásticos movimientos y ciertos resoplidos característicos, pero jamás recordado, quiso ganar la puerta, bebió el vasto aroma del campo y abandonando todo resto de forma humana, por entre las rendijas de la pared se escabulló. Una exhalación le seguía, chisporroteante, quemadora, y dejó surco que iba hasta el cañadón y que más allá del cañadón daba vueltas y vueltas, aventando el pasmo. Atónita, suspirante, Maité rompió a reír atropelladamente; luego lloró y se rasgó la piel. Echada en el suelo, de pronto le pareció que muchos escombros le cubrían; que le daban sepultura entre infinitas pirámides de caramelo; que una lluvia de azufre, en función expiatoria, le refregaba de pies a cabeza. De esta completa oscuridad, de esta penuria de su mente, ¿quién vendría a sacarla? Un grito único bulle en su corazón. ¿A dónde fue? No cabe en su corazón ese barbotar. Hizo otro esfuerzo, sin embargo. Lamentó no tener todavía sus lentes; se frotó. ¡Qué angustia de tuerta, y de tartamuda, y de manca, y de coja! Se frotó aún más los pobres ojos llorosos. ¡Qué angustia de sorda, y de paralítica, y de mujer estéril! Los ojos se le vaciaban en las manos. ¿Quién se va a atrever a decir que había inferido, en un minuto de lucidez, desde la selva de su instinto, por sobre todas las cercenadas alternativas, que él corría, ínfimo y glorioso, en busca de su destino, a vivir para siempre entre los suyos sin más suplantación, después de haber consumado una felicidad de la que nunca supo? Pero daban ganas de pensarlo... Daban ganas. Y la casa volvió a quedar enteramente a solas, vaciada de los ultramares de su fantasía, como cuando su padre murió, sino que ahora más triste y fea. ¡Qué de lágrimas corriendo! La enredadera la aprisionaba en su mayor parte. Maité salió al patio a mirar el mundo que le quedaba, el mundo abstracto de árboles y piedras. Con sañudo gesto se acercó al pozo; palpó la rondana; se echó sobre el brocal. Comprendió que aquello se le había vuelto monte firme. El caballo, la vaca, ¿a dónde habían ido? Por ahí andarán, por ahí..., y se puso a espantar el chichinguaco, porque si bien come la garrapata... El perro la seguía. Con
sus cuarentipico de años, con su viudez horrible, ¿qué
iba a hacer? Se dijo que aunque no hubiese
chichinguacos... Las crías, ¿dónde estaban? Por ahí
andarán, por ahí... De las siembras, ni hablar. ¿No
tocará a somatén para ella el viejo dondequiera que
esté? ¿No vendría en su defensa? Entró
de nuevo a la casa. Por los rincones, papeles, latas vacías,
hojas secas, basura. «Un día de éstos —pensó—,
voy a ponerme a limpiar todo. No me gusta que esté así...».
Abrió una puerta del cuarto y la cerró en seguida,
suspirando: «Ni siquiera tengo un retrato...». Desposeída,
pero no adormecida, su imaginación cumple los términos
fatales de su órbita. Abrió
otra puerta como quien desprende a tirones frutos de un
árbol; la madera dejó escapar un ruido. «También se
queja» —musitó—. «Todos nos quejamos y nadie nos
ayuda». Frente
a la cerca de piedra platicaban el muengo y su compadre.
El perro les aulló. Cuál de ellos repuso: —¡Arrrza,
perro! ¿Qué sitiá perdío? Y el
otro con un palo en la mano: —¿Tu
dueña...? ¡Ponte bobo y verá! Ella
no podía oír. Solamente deseaba espantar el
chichinguaco y, si a mano viene, dormir largo, largo... (Dormir
no es la palabra). Días
más tarde volvieron a pasar en busca de unos capullos
de rosa, para las fiestas del pueblo. El muengo pegó la
hebra: —¿Y
cómo andará la loca? Mía pa esto: se la güelto tóo
pura manigua... Me dijeron en el Guatao... —Ni
mejol ni peol —respondió el compadre—. ¡Iguar!
Siempre iguar... Pero... M-m-m-m-m... ¡Tienta! Ponía
las narices en alto. —¡Joh!
Diantre... A bicho raro jiede; bicho muelto. —Bien puede. Y como siempre le dio la ventolera a Maité por estalse en grima, ¿no será que ya lalgó el piojo, la muy ostiná..., y ai la tenemo, tendía..., pudriéndose, ella solita? |
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