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LA
JIRIBILLA
Cintio Vitier,
maestro e hijo
elicidad, orgullo:
tales fueron los primeros sentimientos que experimenté
al saber que el Premio de Literatura Latinoamericana y
del Caribe Juan Rulfo correspondiente a este año se le
había otorgado a Cintio Vitier. Y de inmediato, gratitud
ante el acto de justicia cometido.
Roberto Fernández Retamar
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La
Habana
Hace años escribí que Cintio presidía
nuestra siempre complicada República de letras.
Expresión que es menester tomar en sentido lato, pues la
enorme obra de Cintio, además de su calidad
estrictamente literaria, revela una dimensión moral de
la que tan requerido está el mundo de hoy. Entre
nosotros son bien conocidos sus excepcionales valores.
No en balde ha recibido galardones como la Orden Félix
Varela, el Premio Nacional de Literatura y la Orden José
Martí (esta última, la máxima distinción que concede el
país, le fue impuesta no hace mucho por el compañero
Fidel). Además, en Cuba se está ya acostumbrado a
escucha, cuando tienen lugar momentos arremolinados, el
mensaje de quien es un indudable maestro. Gracias al
magnífico Premio otorgado por el México cuyo pueblo y
cuya cultura tanto significan, nuevos lectores y nuevas
lectoras, más allá de las fronteras insulares, habrán de
familiarizarse con uno de los más altos espíritus de
nuestra América.
La tarea literaria de Cintio comenzó, en su
adolescencia, por la poesía, a la que ha permanecido
ejemplarmente fiel, y que en buena medida está en la
raíz de todo su quehacer. Pero, a similitud del mexicano
Alfonso Reyes o el argentino Ezequiel Martínez Estrada,
fue desbordando hacia áreas muy diversas. Practicante,
ordenador y estudioso impar de nuestra poesía y de
nuestra crítica, narrador testimoniante, en uno de
aquellos momentos arremolinados escribió el clásico
Ese sol del mundo moral. Para una historia de la
eticidad cubana, que bastaría para situarlo entre
los más destacados pensadores e intérpretes de su país,
cuyas mejores tradiciones, desde las de los forjadores
de la patria hasta las de los combatientes de hoy,
confluyen en su obra y en su conducta. Merece la alegría
y el honor de haber tenido como padre al pensador y
maestro Medardo Vitier; como luminosa compañera, a Fina
García Marruz, y como hijos, a dos de nuestros grandes
músicos. Ha contribuido a que el memorable grupo al que
perteneció, el ámbito de resistencia y creación en torno
a Orígenes, sea apreciado en su justo valor.
Defiende con gallardía sus creencias políticas,
religiosas, poéticas. Al igual que a Rubén Darío, de
haberlo encontrado, José Martí lo hubiera abrazado
llamándolo hijo.
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