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LA
JIRIBILLA
CUBA, ANTE TODO, ES UNA IDEA
Entrevista con el escritor y periodista Lisandro Otero
“El
equipo que actualmente está dirigiendo la cultura cubana
es el de mayor excelencia que hemos tenido en cuarenta
años de Revolución. El fervor inmaduro de los primeros
tiempos ya se desvaneció; y las incomprensiones y los
distanciamientos del segundo decenio y las reiteraciones
obsesivas de otro período lamentable. Ahora hay
tolerancia, madurez, armonía. Es el mejor momento de la
cultura cubana”.
Tupac
Pinilla y Julio César Guanche|
La
Habana
La cultura cubana tiene nombres, hombres
imprescindibles; y cuando ha de enmarcarse en el período
histórico de la segunda mitad del siglo veinte, Lisandro
Otero –escritor y periodista de excelencia– deviene
vértebra ineludible. No solo su literatura esencial lo
convoca; no es aconsejable pensar en las principales
instituciones culturales de la Isla (entiéndase
publicaciones, gremios y premios) sin considerar su
presencia, y más: su compromiso. Lisandro, además, anda
de fiesta por sus recién inaugurados 70 años y, como
buen cubano, los celebra en casa. Aprovechamos la
oportunidad de este regreso para, desde fuera de “La
opinión”, conocer sus opiniones sobre temas
aparentemente menos actuales y urgentes.
–A pesar de que reside en México desde hace
varios años ha mantenido un estrecho vínculo con Cuba y,
particularmente, con la vida cultural en nuestro país.
¿Por qué?
–Porque Cuba es una idea, ante todo, y con
ella se viaja, se labora y se sueña. Martí vivió en Cuba
poco tiempo, pero nunca estuvo distante. Cirilo
Villaverde escribió su interpretación de la vida cubana
en Nueva York. Heredia nunca dejó de vivir en la Isla,
aunque residía en México. Carpentier y Lam
transcurrieron por largos períodos en el exterior y fue
desde allá que afinaron su percepción de lo cubano. No
quiero decir que la ausencia es indispensable para la
asimilación de la esencia de nuestra identidad. Lezama y
Casal apenas se movieron de su sitio natal. Guillén ya
contaba con una imagen muy consumada de Cuba cuando
comenzó a viajar.
–Su estancia en el exterior por varios años
quizás le permita la posibilidad de hacer un juicio
distanciado sobre la cultura cubana. ¿Cómo valora usted
el proceso vivido por nuestra cultura en los años 90 y
su momento actual?
Creo que el equipo que actualmente está dirigiendo
la cultura cubana es el de mayor excelencia que hemos
tenido en cuarenta años de Revolución. El fervor
inmaduro de los primeros tiempos ya se desvaneció;
también han desaparecido las incomprensiones y los
distanciamientos del segundo decenio; igualmente se han
eclipsado las reiteraciones obsesivas de otro período
lamentable. Ahora hay tolerancia, madurez, armonía. Es
el mejor momento de la cultura cubana.
–¿Pudiera darnos su valoración sobre la
literatura cubana que se escribe en el exterior?
–Hay escritores de mucho talento que confían
básicamente en sus habilidades literarias para
descollar. Hay otros, desvergonzados, que tratan de
hacer una carrera con sus discrepancias y procuran
distinguirse usando las amplísimas facilidades
editoriales y propagandísticas que se les da a aquellos
que disienten de la Revolución.
–¿Pudiera darnos su visión, desde la perspectiva
actual, del Moscú perestroiko que conoció durante su
estancia en la extinta Unión Soviética como agregado
cultural de nuestra Embajada en aquel país?
–Los años que viví en Moscú los recuerdo con afecto
y gratitud. Fueron muchos los amigos que cultivé en ese
tiempo, pero los cambios políticos todavía no eran
evidentes. Llegué al morir Andropov, estuve durante el
breve lapso de Chernenko y asistí al advenimiento de
Gorbachov –con quien he
conversado en varias ocasiones–, y pude advertir
sus numerosos errores. Por la manera en que los
soviéticos entendían la vida pública, la transición fue
subterránea. Percibí muchas señales que me permitían
vislumbrar los desajustes y la tormenta en lontananza,
pero jamás imaginé que la catástrofe iba a llegar tan
lejos.
–Usted, como muchos buenos narradores, comenzó
por el periodismo ¿quisiera hacernos alguna anécdota
significativa de su faceta como periodista en Cuba?
–Recuerdo cuando, en mis inicios como periodista, el
director de El País, Guillermo Martínez Márquez,
me increpó groseramente por algo que había escrito en un
artículo firmado. Pese a que mi padre era un destacado
periodista no hubo consideraciones conmigo. Fui tratado
con insolencia, despotismo, altanería y ello me reveló
el absolutismo que animaba la prensa cubana, pese a sus
aires aparentemente democráticos. Me percaté de que
quienes detentaban el poder no vacilarían en usar sus
garras para preservarse en su sitio. Fue asombroso que
la Revolución lograra quebrar esas estructuras que a mí,
entonces, me parecían muy sólidas.
–Después de sus inicios en el periodismo dio el
salto a la literatura. Actualmente ha vuelto con bríos
renovados al periodismo, ¿por qué?
–No he vuelto con bríos renovados al periodismo, en
realidad nunca me he apartado de mi profesión. En estos
últimos años he colaborado en Excelsior de
México, ABC de Madrid, en el Washington Post,
en Le Monde de París, en Interpress Service,
muchos periódicos de la India a Suecia publican estas
columnas, pero quizás esto no se conoce en Cuba porque
esos textos se publican fundamentalmente en el
extranjero. Ahora escribo una columna que se publica
cuatro veces por semana en los sesenta periódicos de la
cadena de la Organización Editorial Mexicana. He
colaborado mucho con Prensa Latina que nunca dejó
de difundirme. Más recientemente La Jiribilla,
Orbe y La Gaceta de Cuba, de la cual fui
fundador, están publicando en Cuba mis artículos.
–¿Por qué particularmente en La Jiribilla?
–Me simpatiza La Jiribilla porque es una
publicación que era necesaria desde hacía tiempo, una
gaceta de barricada, ágil, con humor, imaginativa,
cáustica, que saliera al paso de la madeja de infundios
que se urden en el exterior sobre Cuba.
–¿Cuáles son, a su juicio, los mayores aciertos y
desaciertos del periodismo mundial y cubano actuales?
–El periodismo mundial está atravesando una crisis
de credibilidad por la evidente distorsión de la verdad,
por el uso interesado que se hace de los medios de
difusión. Eso ha sido innegable por la manera
tendenciosa en que se ha reportado lo referente al
atentado del 11 de septiembre y la guerra en Afganistán.
Sin embargo, cuenta con un enorme dispositivo de
propagación, tecnológicamente muy avanzado. El
periodismo nacional tiene todavía algunas insuficiencias
que deben ser atendidas para hacer justicia a la inmensa
madurez política de los cubanos.
–¿Su regreso al periodismo implica un abandono,
al menos temporal, de la narrativa? ¿Tiene alguna novela
en preparación?
–Tampoco he abandonado nunca la narrativa. La última
novela mía publicada en Cuba fue Árbol de la vida,
pero después de ella salió La travesía, que no se
conoce allá. Y estoy terminando Juego interrumpido.
Tengo una nueva novela en preparación Charada.
–En varias de sus novelas se aprecia cierta
obsesión por el tema de las revoluciones en sus
distintas etapas, ¿es posible entender esa obsesión como
una necesidad personal de comprender la esencia del
proceso cubano en sus virtudes y contradicciones?
–No solamente del proceso cubano, sino de todas las
coyunturas de cambio social profundo.
–¿Cabría esperar alguna nueva novela suya donde
personajes comunes, como lo son siempre los magníficos
protagonistas de sus novelas, hechos de la suma de los
muchos que somos, se interroguen por la realidad actual
del proceso revolucionario cubano?
–Es posible. Varios proyectos de ese tipo me han
tentado, pero solamente podré emprenderlos después de mi
regreso, cuando tome contacto nuevamente con la vida
cubana de manera cotidiana y profunda.
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