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LA
JIRIBILLA
SALMOS PIÑERIANOS
En
Cuba hay solo dos Josés: José Martí en el siglo
diecinueve y José Lezama Lima en el veinte, repetía
Lezama, entrecerrando los ojos. ¿Y cuántos Virgilios
hay?
Rogelio
Riverón|
La
Habana
I
Debiéramos confiar en el nivel de las aguas. En que, por
una acción de reflujo, lo que ha sido desplazado de su
espacio, regresará a él, nos dice una incólume máxima
oriental. De tal modo, impacientarse serviría apenas
para mostrar nuestra debilidad, y, por una misteriosa
combinación, para alejar el momento en que se obre el
equilibrio.
Pero un hombre tiene derecho a preguntarse si, al entrar
en la ausencia, posee algún valor ese equilibrio. Pocos
escritores que se lo hayan preguntado concluyeron que
sí, pues han escrito, entre otras razones y a pesar de
lo que dijeran, para saberse admirados.
II
El cubano Virgilio Piñera se cansó de demostrarnos que
es más lo que sus textos se deben al escritor, que este
a sus textos. Pues aunque resultara cierto que se
escribe gracias a un metahipnotismo cósmico, que un
hombre que escribe está apenas quebrando el cascarón de
un huevo que ya incubó la providencia, el ademán de la
letra nos autoriza a una vanidad teorémica, puntual como
un astro.
III
A los noventa años de Piñera, me acuerdo de Van Gogh.
IV
Quien nunca dudó en rapiñarse una fama, fue creándosela
de un modo extraño, por lo despacioso y lo helicoidal.
Imagino a Piñera empeñado en un texto hecho de frases
que van por la superficie y de otras que se entierran.
En la pelea en un corpus textual de lo que va al
aire y de lo que se desliza por las oscuras galerías
terrosas se arma el estilo piñeriano. Decidido en no
raras ocasiones a conceder al lenguaje el protagonismo
que otro no se atrevería a quitarle al argumento, logró
el cardenense erigirse en un constructor de ambientes
que recuerdan lo absurdo, pero no siguen sus reglas.
V
Si con su impaciencia los trabajosos pilares de la
literatura cubana aplazaron su reconocimiento (de
cualquier tipo que sea), con su obra se lo estaban
garantizando del modo en que siempre ocurre aquí: terco,
grandilocuente, corrosivo. Ellos se lo merecen así.
VI
En los noventa de Virgilio me acuerdo de Benny Moré.
VII
Harold Bloom, dadivoso, incluye en The western canon
a seis escritores cubanos: Nicolás Guillén, Alejo
Carpentier; José Lezama Lima, Guillermo Cabrera Infante,
Severo Sarduy y Reinaldo Arenas. Hay, por lo menos dos
que, en este eternity hall que propone Bloom,
bien deberían cederle su puesto a Virgilio Piñera.
VIII
En Cuba hay solo dos Josés: José Martí en el siglo
diecinueve y José Lezama Lima en el veinte, repetía
Lezama, entrecerrando los ojos. ¿Y cuántos Virgilios
hay?
IX
Con su prosa uno nunca sabe,
me dijo una profesora con espíritu estrictamente
universitario. Y añadió que en el teatro está bien, pues
lo que dice un loco entra mejor por el oído que por los
ojos. El loco, ¿era Virgilio Piñera? ¿Eran sus
personajes?
X
Mijail Afanasevich Bulgakov contó una vez que estaba
sorprendido por lo que alguien le dijo que quería decir
con su Teatrlanyi roman.
XI
He pensado que Piñera, muchas veces a propósito, es
capaz de torcer el siginificado de su obra. Es como si
lo siguiéramos a un lugar —a un estado— y desembocara
ruidosamente en otro. Este cinismo que oscila entre la
broma y el aturdimiento es parco, pero es. Lezama
podía ser pícaro; Virgilio Piñera, no.
XII
A su respecto han hablado de escritura mental, de
escritura como artefacto y de escritura que
se adelanta a la escritura. A mí lo piñeriano se me
figura un ruidoso pasar de sensaciones metálicas, pero
el ruido es discontínuo y cálido.
XIII
He leído a Piñera durante casi veinte años y desde
entonces pienso que la literatura es una droga.
XIV
¿Y cuál es el mensaje de sus textos?, faltaría
que nos preguntaran. La tristeza, diría yo, el Hombre
como una fiera triste que tiene derecho a burlarse de
todos y de sí, pero que recibió la orden de no mirar al
paraíso.
XV
La tristeza y la cubanía; una cubanía retardada quizás,
pero sin fetichismo. La de Lezama, con todo y su ondear
heterogéneo, es capaz de dejarnos descubrirle dos o tres
tics; la de Virgilio puede ser muy cautelosa.
XVI
A los noventa de Piñera me acuerdo de la eternidad.
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