LA JIRIBILLA
VIRGILIO PIÑERA:
SACRIFICIO Y ESPLENDORES DE LA CARNE

 
El acto de penetrar La carne de René constituye literalmente una visita a aquellos íntimos avernos personales que cada quien lleva dentro de sí, bien ocultos a las miradas de los otros, pero sobre todo bien enmascarados ante la propia conciencia.

Mercedes Melo Pereira |
La Habana

 

"Confieso que soy altamente teatral."
Virgilio Piñera

Si en los rigores de la pila bautismal tu padrino pronuncia el nombre de Virgilio, esas ocho letras que te acompañarán hasta la muerte y más allá serán el pretexto de escabrosas solicitaciones. Si te llamas Virgilio, ¿quién te sorprende en medio de la selva para que desciendas a los infiernos, atravieses el purgatorio y entregues a tu molesto acompañante en manos más aptas para otros celestiales recorridos?

Tú no. Volverás al infierno y conducirás a otro descarriado hasta el umbral de las iluminaciones.

En 1952, Siglo XX Editores de Buenos Aires publica La carne de René, hace ahora cincuenta años. Virgilio contaba cuarenta. Poco más de diez años antes, entre el 41 y 42, Espuela de Plata había publicado su primer cuaderno de poesía, Las furias, y el cuento El conflicto. Al año siguiente aparecería el texto monumental de La isla en peso. Pero a lo largo de casi una década, mientras el escritor vive en Buenos Aires, aunque abundan sus colaboraciones en revistas –Espuela de Plata, Grafos, Clavileño, Ultra, Orígenes, en La Habana; y Sur, Hoy, Realidad, Mundo Argentino, en Buenos Aires– no se publica ningún libro suyo hasta aquella primera novela.

El acto de penetrar La carne de René constituye literalmente una visita a aquellos íntimos avernos personales que cada quien lleva dentro de sí, bien ocultos a las miradas de los otros, pero sobre todo bien enmascarados ante la propia conciencia.

Las repugnancias de la carnicería, los inconfesables regodeos de la carne y sus pecaminosos apetitos –la gula, la lujuria– palidecen ante otras convocatorias menos frecuentes: los convites del dolor, los infinitas satisfacciones del servicio del dolor, sus absurdas motivaciones, su preeminencia y universalidad.

Q
uince años después, Presiones y diamantes evocará otra conspiración de incierto origen: "Nunca se podrá saber cómo empezó la gran conspiración contra la Tierra", asegura el desesperado ex joyero al comienzo de su crónica sobre el despoblamiento de la tierra a lo largo de una incontenible sucesión de eventos que comenzara precisamente por el padecimiento, real o imaginario, provocado por las "presiones". ¿Por cuáles presiones? Por aquellas que ejercen los hombres entre sí, por la presión de los cuerpos que mutuamente se comprimen, se asfixian y se conducen al silencio, a la hibernación y al éxodo. Siete años antes, en Pequeñas maniobras, no un elegido como René, sino un hombre cualquiera, padece un terror similar, solitario pero igualmente paranoico, a la humanidad, a la gente, a los cuerpos de los otros.

Sin embargo, algo ocurre en la primera novela que se ha atenuado en las otras, tal vez porque el escritor después se concentraría en la perplejidad del narrador de Presiones y diamantes, o en el voluntario enclaustramiento del protagonista de Pequeñas maniobras.

Algo ocurre: no es el sistema de procedimientos elusivos que de una u otra manera también aparece en las otras dos novelas. No es la gradual conciencia de la necesidad de aislamiento como condición imprescindible para la supervivencia. Ni es único el fracaso del proyecto de soledad, porque si René nunca llega a desprenderse de sus deberes entre los hombres, tampoco en la novela del 67 la conspiración de los humanos llega a despoblar la Tierra.

Es posible que la atmósfera especialmente atroz conseguida en La carne de René se deba en buena parte a que, pese al aparente absurdo de cada situación narrativa, pese a la explícita condición hilarante de circunstancias y personajes grotescos, toda la fábula se sostiene sobre un sólido discurso transgresor de algunos de los más delicados presupuestos del estado, la sociedad y la familia, es decir, de todo ese andamiaje cultural que conocemos como civilización occidental.

La anécdota es casi fantástica: un joven es educado hasta los veinte años en el seno de una familia de estructura convencional –padre, madre, hijo– pero de espaldas a la sociedad, sin asistir a la escuela ni relacionarse con nadie. Llegado a la mayoría de edad, descubre su verdadera identidad como hijo y heredero del máximo jefe de una gran conspiración, elegido y destinado entonces a continuar la lucha por una causa que ni comparte ni comprende, y a dedicar su vida al servicio del dolor: en su propia carne.

A partir de esta historia de conspiraciones, atentados y lucha por el poder, y a través de los distintos estratos sociales que coexisten como universos paralelos, apenas comunicados por la presencia del propio René, Piñera desarrolla una reflexión acerca del destino del hombre, atenazado entre los deberes heredados o impuestos y su propia voluntad personal, sus propios deseos y apetencias. Hasta aquí, la disyuntiva común al héroe en toda la literatura: Aquiles, Edipo, Macbeth tensan, como René, su vida entre esos polos.

Pero Virgilio, haciendo honor a su nombre, desciende a otros infiernos, blasfema. La sagrada familia, en cuyo seno nace y crece el salvador, retrata como el negativo de una fotografía los sitios ocultos del matrimonio monogámico.

La madre, en su pasiva congratulación del hijo, no es ya la virgen dolorosa sino el apoyo, defensa y escudo del padre, seguramente justo pero incomprensible e incapaz de comprender al hijo. El capítulo de la iniciación muestra un ribete de profunda crueldad en el sagrado orgullo materno: las madres se regocijan del dolor de los hijos, la vergüenza mayor es traer al mundo un hijo inepto para el sacrificio.

Exento de misericordia, el padre, en su infalible grandeza, pronostica un futuro sin escapatoria. La pasión y el sacrificio del hijo no resultan de una postura de fe, de una vocación de servicio ni de una elección del albedrío, sino de una predestinación inevitable, ajena a sus deseos personales y posiblemente a cualquier voluntad humana.

Más aún, en el esquema de la trinidad, junto al padre inmisericorde y el hijo reacio al sacrificio, no milita el espíritu sino la carne. Minucioso y explícito el predicador argumenta esta transgresión. Desde allí son posibles otras sustituciones: Cristo es hijo de la carne, perece por la causa de la carne, no hay otra salvación que la de la propia carne sacrificada y en el sacrificio y la tortura de la carne estriba todo el sentido y la virtud del servicio. La humillación no es sinónimo de humildad sino de bajeza: "Siempre más bajo", reza el lema de la institución dedicada al servicio de la carne sufriente pero gozadora, capacitada para los excesos del dolor pero también para los placeres viciosos de la gula.

Pero más allá de este minucioso cuerpo herético, se extiende la herejía mayor, de índole social. A unos años del fin de la Segunda Guerra Mundial que exigió la mutilación y la muerte de la carne y el cuerpo de millones de hombres por una u otra causa, la demostración de los límites a donde podría llegar el culto del sacrificio individual en aras de la humanidad parece una amarga burla a cualquier causa social humana. El hombre versus la humanidad, tal aparece el viejo dilema del héroe en esta novela sorprendente.

Una herejía más sutil alberga la teología del Predicador enano. Su dialéctica "Yo no asistí a la crucifixión. Ergo, puedo falsear los hechos" parece anunciar, medio siglo atrás, ciertas tesis postmodernas: la indetenible manipulación de la historia, la concepción de la historia de la humanidad como una construcción cultural necesariamente tergiversada, la admisibilidad de todo relato histórico como entidad verbal posible pero exenta de toda pretensión de realidad.

Otras herejías consiente La carne de René. Otro lector se anime a tamañas inquisiciones que yo ahora prefiero abandonar.

 


© La Jiribilla.
La Habana. 2002
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