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LA
JIRIBILLA
EL RON SOBRE LA
TUMBA
Bladimir Zamora Céspedes
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La Habana
Por estos
días se están cumpliendo veinticinco años de la muerte
de Antonio Machín, ocurrida en Madrid, en agosto de
1977. El cantante cubano, sin embargo, no está enterrado
en la capital española. Él, como nuestra gran romántica
Gertrudis Gómez de Avellaneda, tiene su sepulcro en el
cementerio de San Fernando de Sevilla. Y esto, como
todo, tienes sus razones.
Cuando Machín llegó a estas tierras después de terminada
la Guerra Civil, se estableció en Sevilla, porque allí
desde finales de la década del veinte del siglo pasado,
se había establecido su hermano Juan, quien había venido
de constructor, para la edificación del pabellón de
Cuba, en la Exposición Iberoamericana de 1929.
En tierras de Andalucía fue donde estos peninsulares le
escucharon por primera vez, aunque, poco a poco, se
fuera adueñando de la admiración de todos los españoles,
a tal punto que muchos lo tomaron como estrictamente
suyo.
"Yo crecí –me confesó el cineasta Pedro Almodóvar–
creyendo que Machín era español, aunque tuviera la piel
negra".
Desde las inmediaciones de la década del cuarenta y
hasta el año de su muerte, Don Antonio fue una figura
frecuente en la radio y la televisión de esta nación.
Aquí se le requería, sobre todo, como inigualable
intérprete del bolero.
Quizás, por el ambiente que encontró Machín, o por la
dificultad de allegarse a otros músicos cubanos en esos
momentos; se dedicó más que todo al cultivo de la
canción romántica –que llaman–, dejando atrás una
importantísima carrera como sonero.
Se inició en el cultivo del son, cuando este florecía en
los años veinte habaneros y lo popularizó en Nueva York
a partir de 1929, donde grabó más de doscientos números
con el Cuarteto Machín. Por eso nadie entiende todavía,
cómo este hombre teniendo tanto auge en Norteamérica, se
embarcara para Europa en 1936. Primero Inglaterra, luego
Francia y, por último, España.
En 1994, vine a Sevilla como coordinador de la parte
cubana del Primer Encuentro entre el Son y el Flamenco.
Llegaron aquí El Guayabero y su Conjunto, el Septeto
Espirituano, el conjunto Los Naranjos y el entonces
desconocido en estas tierras, Compay Segundo, con su
cuarteto. En muchos años, tan importante dotación de
clásicos soneros cubanos no visitaba esta ciudad.
En esta atmósfera se me ocurrió que debíamos ir en
peregrinación hasta la tumba Don Antonio Machín y
rociarla con ron cubano. Las autoridades de la
Diputación de Sevillas –que eran los organizadores– y
los soneros, estuvieron de acuerdo. De ese modo, el 26
de julio de 1994, sobre las diez de la mañana, estábamos
allí. Me pidieron que dijera unas palabras, que dije con
la garganta apretada, lo mejor que pude, mientras ponían
en mi mano un añejo Havana Club, que vacié completo
sobre el mármol negro de la tumba de Machín. Tras un
silencio, que olía a Cuba, arrancaron Compay Segundo y
sus muchachos, a cantar un éxito de Don Antonio. Las Dos
Gardenias de Isolina Carrillo.
Agosto
del 2002
Especial desde España.
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