LA JIRIBILLA
A propósito de los Cuentos completos de Virgilio Piñera
La eficacia de la crueldad

 
Lo en verdad milagroso en Piñera es que sus cuentos, con tantas inferencias y tan sólidos, con tanta claridad, su claridad, se divorcian por completo de los conceptos. Las ideas mismas no toman la palabra, no se evidencian. Da la impresión que los personajes viven sus vidas, no más, no menos.


Reinaldo Montero |
La Habana

 

otra vez Lezama-Piñera / Piñera-Lezama

Recuerdo que aquí mismo, en este soportal, se presentó la primera reedición cubana de Paradiso. Había una multitud que podemos llamar aguerrida. Lezama, que seguro miraba desde la sombra, tuvo que hacerse las más simples preguntes. ¿Cuántos van a comprar el libro? porque tenía un precio disuasorio, y de estos compradores ¿cuántos lo abrirán? porque la moda dicta que se sepa de un libro, no que se lea, y de estos que abren la primera página ¿cuántos llegarán al final? porque Paradiso avanza dilatando y dilatando el diapasón, y en la misma medida puede ir enajenando y enajenando lectores, y de los que lleguen al final ¿cuántos quedarán entre complacidos y encantados? porque Paradiso reconstruye hasta al mismo lector y pocos están dispuesto a sufrir reedificaciones. Según el Talmud, el sol sale y se pone en virtud de que hay diez justos alentando sobre la tierra. ¿Llegarán a diez?, fue la última pregunta de Lezama antes de regresar a la quietud.

Con la summa cuentística de Piñera, que tenemos al fin la oportunidad de transitar de punta a cabo, pasa algo análogo, y por completo distinto.

Primero que todo, estamos ante una obra de homogeneidad asombrosa, y en esta edición no hay omisiones. Aquí se encuentra, por ejemplo, el cuento El muñeco, suprimido en la edición cubana de Cuentos fríos, amén de nueve relatos no recogidos en libros.

Gracias a que esta edición sigue con celo el orden cronológico de los libros publicados por Piñera y el orden de los cuentos dado por el autor, desde la primera pieza, que se llama La caída, podemos aprehender todas las claves. Se trata de un cuento incómodo, que nos hace mirar de modo oblicuo, donde aparece la crueldad como norma, la carnavalización de la insania, el sarcasmo, el regodeo en el mal, que en cuentos sucesivos tomará las vías del pueril mal de ojo, o de la pura malignidad.

Quién no acepte la abrupta imposición de tales leyes y usos en el arte de contar, que no avance más allá de La caída, porque el libro diversifica y amplifica lo dicho en escenarios tales como guaguas, casas de huéspedes, esquinas, funerarias, parques, solares, que son el aforo para chismorreos, alardes, cobardías, grisuras de toda laya, acciones en definitiva de una fatídica candidez y decadencia.

Me dirán que he partido del tópico Lezama-Piñera / Piñera-Lezama, pero la escuálida literatura cubana no tiene de muchos clavos calientes de que asirse, y este perno es formidable.
 

un poeta polaco

Permítanme una anécdota personal.

Estaba invitado a una cena en Munich, y cuando pasamos a la mesa me toco sentarme entre una gruesa pintora alemana, que desde antes hablaba sin parar con su otro vecino, y un poeta polaco. El poeta polaco estaba vestido de negro, como corresponde a un poeta, y yo vestido de pobre, como corresponde a un cubano. Él, elegante y con cierta gravedad al principio, yo con la consustancial inelegancia del socialismo y desenfadado siempre. Comenzamos a hablar por puro fatalismo geográfico. Y el azar de la conversación nos llevó a Gombrowicz, a la aventura de traducir Ferdydurke, y por supuesto a Piñera.

Admitamos que la traducción de Ferdydurke en los altos del café Rex de la calle Corrientes, es en extremo atractiva. Recordemos que la peripecia idiomática la comienza el propio Gombrowicz, haciendo un borrador inicial en mal español salpicado de francés, la continúa Piñera que revisa, reconstruye, discute, y la siguen intervenciones más o menos esporádicas de parroquianos que beben, o que juegan ajedrez o codillo. La consecuencia, según recuerdo, es un español entre roto y artificioso que no es posible encontrar en ninguna parte. La Biblioteca Nacional conservaba un ejemplar de la edición de Argos, con solapa de Piñera, fechada en 1947 en Buenos Aires. Sé que ya no obra ni en fichero.

Y claro que el poeta polaco desconocía a Piñera, a la graciosa ciudad de Buenos Aires y a esta circunstancia, aunque sí tenía idea de cómo Gombrowicz cataba sus veintitantos años argentinos. Gombrowicz escribió en su diario, «país donde el canillita que vocea la revista literaria de la elite refinada (se refiere a Sur), tiene más estilo que los redactores de esa misma revista». Piñera hubiera suscrito esas palabras, y con argumentos que no tocan solo al estilo. Su cuento El conflicto no fue publicado en Sur en 1946, por tratarse de una sátira al general Perón, pero esto no viene a cuento.

Lo que quiero contar es que a la altura de los postres, me percaté que el poeta polaco solo preguntaba sobre el tal Piñera, y yo solo respondía sobre Cuba. Comprendí que la imagen que estaba trasmitiendo era de una especie rara de escritor y de un género muy frecuente de cubano, que opera de modo aditivo, que es como un buhonero, aunque pensé timbirichero, quincallero. La consecuencia es que gracias a escritor tan singular y cubano tan común, dispone el que leyere y el que lo conociere de un muestrario de gestos y actitudes cargados de sustancia, y sin voluntad explícita de medular.

De Cuba me preguntaba en definitiva el poeta polaco cuando en lugar de Cuba hacia sonar la voz Piñera. ¿O era yo quien trasmitía el entorno de Piñera, y a Piñera mismo, como tan subyugantes o más que su escritura? Hasta el punto de darse cuenta no podo llegar un polaco por muy poeta que fuera.

¿Y en le desciframiento de su entorno y en la razón de sus maneras estará el secreto de Piñera? Quiero decir, ¿ahí reside su sostenida importancia?
 

paréntesis kafkiano más Jarry y Sade

En el ensayo El secreto de Kafka, que aparece en el segundo número de Ciclón, Piñera es concluyente. Dice que el secreto de Kafka, el de su arte, consiste en que Kafka no es otra cosa que un literato.

Como sabemos, con Kafka y Piñera se ha establecido la costumbre de perseguir el correlato con la realidad política y con la biografía. Al decir Kafka, se invoca el régimen prusiano y la grisura de Praga, la carta al padre y las cartas a Milena. Y al decir Piñera, los tiempos de lo que llamaron "parametración" y el decenio negro, el ostracismo a que es forzado y la imposibilidad de publicar. Llevado a extremos, se le da la espalda a la obra misma, y de ahí se salta al penar o al indignarse por la vida de un hombre que parece no haber vivido (Kafka) o que no han dejado vivir (Piñera). No obstante hay espléndidos textos sobre ambos tópicos. En Kafka, recuerdo el ensayo de Albert Camus que aparece en El mito de Sísifo. En Piñera, el prólogo que escribe Antón Arrufat para este libro.

Y por cierto, el artículo de Piñera en Ciclón se publica a un año de haber editado La carne de René, que tiene coincidencias muy apreciables con En la colonia penitenciara de Kafka. Saltan en seguida la imagen de la máquina, y en especial de la mordaza de fieltro mordida por muchos usuarios en los dos textos, y que en ambos causa idéntico vomito, y más aún en el espíritu de ambos relatos, espíritu que antes se hizo palpable en Alfred Jarry y en la zona del marqués de Sade privada de sexo, que la hay.
 

absurdo & existencialismo & cubanía

Pero qué extraña cosa es Piñera. Absurdo antes que Ionesco, mejor que Ionesco porque no hace la más leve concesión, porque es a ratos divertido, como si en Piñera se expresara la evolución natural de lo kafkiano…, En mala lógica Kafka sería a Piñera como Esquilo es a Eurípides, o por ahí. ,…y existencialista más consecuente que Sartre porque no cometió veleidades con otros universos filosóficos, fue fiel hasta lo puntilloso a las visiones de la angustia, la nada, la libertad, la autenticidad, y de esta forma se emparenta sin mediaciones con Kierkegaard. Y habitando el absurdo y el existencialismo, no obstante, o por eso mismo, Piñera es tan cubano como las palmas.

Por cierto, la palma solo se nombra en este conjunto de cuentos, y como referente, en un diálogo entre criada y detective en El caso Baldomero. «¿Cómo es su físico?» «Es alto como una palma.» Si fuere menester, esa ausencia es la demostración terminante de su cubanía.

Una cubanía infernal, dicho sea de paso. Como si Virgilio estuviera condenado a rimar con Infierno, Dante mediante, y con pesadillas, vacíos, embotamientos, incomprensiones, frialdades, bajo una escritura arisca. No sé si Piñera era arisco, sus cuentos lo son. Ariscos y claros, como las obras de Kafka, o del marques de Sade y o de Alfred Jarry.

Hay un axioma de Eurípides que Piñera hace suyo, «todo tiene que ser comprensible», lo que no significa verista, ni privado de oscuridades, ni obligado a responder con la lógica machacona de una cadena causal poco menos que evidente.

Lo en verdad milagroso en Piñera es que sus cuentos, con tantas inferencias y tan sólidos, con tanta claridad, su claridad, se divorcian por completo de los conceptos. Las ideas mismas no toman la palabra, no se evidencian. Da la impresión que los personajes viven sus vidas, no más, no menos. La enajenación vive en ellos, y en la situación que los convoca, de un modo natural. No obstante puede husmearse una moralidad de fondo, como si la lógica de esas vidas, o su ilógica, fuera argumento suficiente para demostrar la existencia de una horrible sustancia moral. Y todo gracias al infernal Piñera.

A propósito de Eurípides, recuerdo la acusación socrática, según la cual «Sófocles y Eurípides pervierten al pueblo». Con Piñera no hay ese peligro, el pueblo no lo lee, ni lo lee ni lo leerá nunca. «¿Quién coño lee aquí a ese maricón?», dijo un entendido, y eso también es Cuba.

Y es lástima que no se lea, porque estos cuentos, escritos en el extremo opuesto al costumbrismo, cumplen con tópicos caros a la literatura de masas. Por ejemplo, dan sensación de época, de acciones datables, ubicables, reales, es decir, del más cabal absurdo.

«Porque soy un nacido en 1912, pertenezco a la etapa de la vida republicana alienada, y mi obra refleja dicha alienación», dice Piñera en la Bohemia del 24 de noviembre de 1965, como recalcando esta idea de época, acciones datables, ubicables, reales, absurdas. Pero en su poema Testamento, Piñera lanza una advertencia que nos alcanza y sobrepasa, «como yo soy de un lugar / de demonios y de ángeles, / en ángel y demonio muerto / seguiré por esas calles». Y ahora noto que el levísimo espectro de Piñera me hace señas, como diciendo «acaba». Y acabaré, solo le pido permiso para una última consideración. Se lo pido y lo tomo.
 

decálogo moral

Quiero compartir con ustedes un decálogo moral que me suscita, de manera poco menos que fatal, los cuentos de un hombre que entre nosotros soportó el estigma de ser pobre, poeta, maricón y feo.

1. La moral es una abstracción que justifica los actos de unas personas, en contra de los actos de otras, y nada es más inmoral.
2. La moral es iracunda, estigmatiza, prohíbe, injuria, doblega, y nada es más detestable.
3. La moral ejerce la justicia contra un tipo de razón para favorecer a su propia razón, y nada es más irracional.
4. La moral avasalla costumbres y tradiciones, para fundar y fomentar otras costumbres y tradiciones, crea prejuicios en contra de otros prejuicios, y nada es más ilegítimo.
5. La moral modifica de continuo los ritos porque su evolución constante necesita rituales nuevos, y nada es más impredecible.
6. La moral logra que el derecho a la libertad individual desempeñe un papel secundario, a veces insignificante, porque su objeto es tiranizar la sociedad toda, y nada es más brutal.
7. La moral exige que algunas ideas brillen para que parezcan pálidas las ideas contrarias o ajenas, y nada es más sectario.
8. La moral convierte el orgullo y hasta lo presuntuoso en virtud, y nada es más idiota.
9. La moral hace que unas personas se encuentren en un escalón superior, otras muchas en varios escalones intermedios, y otras en lo más bajo de la escala, y nada es más injusto, absurdo e inadmisible.
10. La moral parece gravitar sobre nosotros, su templo reside en el cielo de los cielos, pero está obligada a acogerse, como cualquier invención humana, a las leyes terrenas, que son moldeadas por los intereses personales, los egoísmos, la ignorancia, la falta de honestidad, y nada es más aterrador.

 


© La Jiribilla.
La Habana. 2002
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